La Biblioteca de la Asociación Progresista de Flatey se encuentra en la parte más elevada de la isla, unos pasos a la espalda de la iglesia. Kjartan se detuvo a observar la construcción cuando llegó a la cancilla de una cerca baja. Se trataba de un edificio diminuto, incluso más pequeño de lo que parecía visto desde el pueblo. Una vez dentro, apareció ante él una habitación estrecha con estanterías de libros a lo largo de las paredes. El alcalde Grímur le había dicho que hacía mucho tiempo que todas las posesiones de valor de la colección —antiguos manuscritos de papel, diarios y documentos— habían sido trasladadas al sur, a Reikiavik, y ahora estaban bajo custodia de la Biblioteca Nacional. Sólo quedaba la vieja literatura popular, que todavía se podía pedir prestada y que era lo que leían los habitantes de la pedanía. Kjartan les echó un vistazo a los lomos de los libros y miró algún que otro título. Allí estaban El anillo del general, de Selma Lagerlöf; El barco sigue navegando, de Nordahl Grieg; Anna de Heidarkot, de Elínborg Lárusdóttir. No es que fuese una selección de libros muy reciente.
No había duda de dónde estaba guardada la edición de Munksgaard del Libro de Flatey. En la pared norte, entre dos ventanas, había una mesa baja con un panel de cristal encima, y en el cajón inferior había un libro grande y abierto. Kjartan observó las páginas a través del cristal. Eran copias en blanco y negro de las hojas del manuscrito en tamaño original. La escritura era clara y nítida pero Kjartan no era capaz de leer aquellas letras. Abrió el cajón y hojeó el libro. En lo alto de la primera página habían escrito las palabras Aenigma Flateyensis, y debajo había un poema:
Oscura la noche cae
en ruta a la muerte helada.
Avante la singladura
el alma su azar demanda.
La magia que cruel decide
remar con denuedo y ansia
desecha encontrar respuesta
peleando como esperanza.
So furia de hielo y ondas
sortear soluciones falsas.
El mundo en un cráneo abierto
despensa invernal del alma.
Las dos últimas líneas habían sido escritas por otra mano y debajo se añadía: «Así debe de ser como el poeta quiso acabarlo».
En la parte inferior había un dibujo extraño, trazado con un lápiz afilado. Probablemente la runa mágica de la que le había hablado Hallbjörg, pensó Kjartan.
En las páginas siguientes había una especie de preguntas, cuarenta en total, escritas con una caligrafía hermosa y clara:
1. No era capaz de llevarlo ningún caballo. Cuarta letra.
2. La cabeza mató a un hombre aun estando decapitada del cuerpo. Sexta letra.
3. Hendida en dos con la proa de un barco. Cuarta letra.
Kjartan sacó de su bolsillo las respuestas del profesor Lund que le había dado el sacerdote y las comparó con las preguntas.
1. Caminante - I
2. Melbrigdi - I
3. Hervör - V
Si Kjartan se estaba acercando, era muy poco. Le pareció que las preguntas eran raras y las respuestas no le decían nada. La cuadragésima y última pregunta sonaba así: «¿Cuál ha sido la frase más sabia?». A continuación, una serie de letras en tres filas.
U C P C D A S U N L N E A
S O L O D A L U E I N O S
D S D U S O E S I E P A T
Kjartan sacó la nota que Jóhanna había encontrado en el bolsillo de Gaston Lund y que el sacerdote había reconocido más tarde. Observó la serie de letras del dorso y la comparó con la que había en la hoja de las preguntas. Las letras eran exactamente las mismas y en el mismo orden.
El profesor Gaston Lund había entrado en aquel edificio tras despedirse del sacerdote y había copiado la clave. Algo que, según la leyenda, estaba prohibido bajo el castigo de aquella maldición. Y lo cierto es que había sufrido una auténtica desgracia. A Kjartan le pareció un pensamiento incómodo. No quería creer en ese tipo de hechizos, pero aquello, de todos modos, resultaba escalofriante.
Debajo de la serie de letras estaba escrito: «Las treinta y nueve respuestas correctas han de ordenarse al modo de las treinta y nueve letras que forman la respuesta de la cuadragésima pregunta, y así habrá de ser recitado el poema».
Kjartan volvió a meter las páginas en el libro. Estuvo mirando durante un buen rato la nota que había sido hallada con el cadáver y decidió que también sería mejor guardarla en el libro. Tal vez lo más prudente fuese hacer caso de aquella superstición según la cual la clave tenía que permanecer en la biblioteca y en ningún otro lugar. Él no sería capaz de sentirse cómodo yendo de un lado a otro con ella en el bolsillo ahora que se había dado cuenta de lo que era en realidad. Guardó el libro tal y como lo había encontrado. Luego cerró el cajón y salió a la luz del sol con la mente en otra parte.
¿Qué había hecho que Gaston Lund regresara a la biblioteca cuando iba de camino al barco y se pusiese a copiar la clave? ¿Tan ansioso estaba por resolver el acertijo que rompió a sabiendas aquella viejas y estrictas reglas del juego? ¿Cómo pudo entrar en el edificio si estaba cerrado con llave?
—6.ª pregunta: «Soldados del rey Juan Sin Tierra. Segunda letra». A principios de verano, el rey de Inglaterra había enviado al rey Sverre, que por entonces se hallaba en Bergen, doscientos soldados a los que llamaban Ribaldos. Eran de pies tan veloces como los animales y además grandes arqueros, de enorme audacia, y no tenían reparos en causar estragos. La respuesta es «Ribaldos» y la segunda letra es la I…