Regresé a casa con cierta sensación de triunfo. Mi plan había tenido un éxito mucho mayor del que yo hubiera podido esperar. Lord Nasby se había mostrado hasta jovial. Ahora sólo faltaba que yo demostrara «mi valer», como decía él.
Una vez encerrada en mi cuarto, saqué el precioso pedazo de papel y lo estudié atentamente. Era la clave del misterio.
En primer lugar, ¿qué representaban los números? Eran cinco y había un punto tras los dos primeros.
—Diecisiete…, ciento veintidós —murmuré.
Aquello no parecía conducir a ninguna parte.
A continuación, lo sumé. Es cosa que se hace con frecuencia en las novelas y que conduce a deducciones sorprendentes.
—Uno y siete son ocho; y uno, nueve; y dos, once; y dos, trece.
¡Trece! ¡Fatídico número! ¿Era aquello un aviso para que dejara el asunto en paz? Posiblemente. Fuera como fuese, parecía singularmente inútil salvo como aviso. Me negué a creer que conspirador alguno escribiera trece de esa suerte en la vida real. Si quería decir trece, hubiera escrito «13», así.
Había un espacio entre el uno y el dos. Por consiguiente, resté veintidós de ciento setenta y uno. El resultado fue ciento cincuenta y nueve. Probé otra vez, y me salió ciento cuarenta y nueve. Esos ejercicios aritméticos serían, sin duda, un entrenamiento excelente, pero desde el punto de vista de hallar la solución del misterio, se me antojaban algo más que ineficaces. Dejé la aritmética en paz, sin intentar divisiones o multiplicaciones caprichosas, y pasé a estudiar las palabras.
Castillo de Kilmorden. Aquello era algo concreto, por lo menos. Un lugar. Probablemente cuna de una familia aristocrática. ¿Heredero desaparecido? ¿Pretendiente al título? O posiblemente una ruina pintoresca. ¡Tesoro escondido!
Sí; bien mirado, me inclinaba a aceptar la teoría de un tesoro oculto. Siempre se usan números cuando se trata de un tesoro. Un paso a la derecha; siete pasos a la izquierda; cávese un pie de profundidad, desciéndase veintidós escalones. Algo así. Podría sacar eso más tarde. La cosa era llegar al Castillo de Kilmorden lo antes posible.
Hice una salida estratégica del cuarto y regresé cargada de obras de referencia. Quién es quién, el almanaque de Whitaker, un Nomenclátor, una Historia de Casas Solariegas Escocesas y las Islas Británicas de no sé qué autor.
Transcurrió el tiempo. Busqué con diligencia, pero con creciente enfado. Finalmente, cerré el último libro de golpe. No parecía existir el Castillo de Kilmorden.
Inesperado frenazo. Tenía que existir. ¿Por qué había de inventar nadie semejante nombre y escribirlo en un trozo de papel? ¡Absurdo!
Se me ocurrió otra idea. Tal vez se tratara de una monstruosidad hecha castillo, de construcción moderna, situada en los suburbios, cuyo nombre altisonante fuera invento de su propietario. Si tal era el caso, iba a ser extraordinariamente difícil dar con ella. Me senté sobre los talones, alicaída (siempre me siento en el suelo cuando he de hacer algo verdaderamente importante), y me pregunté cómo iniciar mi investigación.
¿Había alguna otra pista que pudiera seguir? Reflexioné un buen rato y luego me puse en pie de un brinco, encantada. ¡Naturalmente! Era preciso que visitara el «lugar del crimen». ¡Eso lo hacían siempre los mejores sabuesos! Y por mucho después que se presenten, siempre encuentra algo que se les ha pasado por alto a la policía. Se presentaba bien claro el camino que debía seguir. Tenía que ir a Marlow.
Pero ¿cómo iba a introducirme en la casa? Descarté varios métodos aventureros y opté por la sencillez. Si habían querido alquilar la casa, era de suponer que seguirían tratando de hacerlo. Yo sería una aspirante a inquilina.
Decidí, por añadidura, dirigirme a los agentes locales, puesto que tendrían menos cosas que ofrecer.
En eso, sin embargo, no había contado con la huésped. Un empleado muy amable me proporcionó detalles de media docena de fincas altamente satisfactorias. Hube de hacer uso de todo mi ingenio para hallar motivos para rechazarlas. A última hora creí haber perdido el tiempo en balde.
—¿De veras que no tiene ninguna más? —pregunté mirando lastimosamente al empleado—. Alguna que esté a orillas del río… y que tenga bastante jardín… y un pabelloncito.
Había procurado describir en pocas palabras la Casa del Molino, tal como yo la concebía por lo que publicaron los periódicos.
—Verá usted… Sí que hay una… La casa de sir Eustace Pedler, naturalmente —dijo el hombre, dubitativo—. La Casa del Molino, ¿sabe?
—No…, no; dónde… —vacilé. (El vacilar empezaba a convertirse en uno de mis fuertes.)
—¡Esa misma! ¡Dónde se cometió el asesinato! Pero quizá no le gustaría…
—Oh, no creo que me importara —le interrumpí, fingiendo recobrar mi aplomo. Me parecía que mi buena fe había quedado demostrada ya—. Y tal vez me la cedan barata…, dadas las circunstancias.
—Sí…, es posible… Es inútil fingir que será fácil alquilarla después de lo ocurrido… la servidumbre y todo eso, ¿sabe? No querrá nadie habitarla. Si le gusta la casa después de verla, le aconsejo que haga una oferta. ¿Quiere que le extienda una autorización para visitarla?
—Si me hace el favor…
Un cuarto de hora más tarde me hallaba ante la portería de la Casa del Molino. En contestación a mi llamada, la puerta se abrió de par en par y una mujer alta, de edad madura, salió botando, tal como suena.
—Nadie puede entrar en la casa. ¿Lo ha oído? ¡Estoy hasta arriba de periodistas! Las órdenes de sir Eustace…
—Tenía entendido que se alquilaba la casa —contesté con frialdad, enseñándole la autorización—. Claro que si ya está alquilada…
—¡Oh…, perdóneme usted, señorita! Los periodistas no me dejan a sol ni a sombra. No tengo ni un minuto de tranquilidad. No, la casa no está alquilada… ni es fácil que se alquile ya.
—¿No funcionan las tuberías de desagüe? ¿Está mal hecha la urbanización? —pregunté en un susurro preñado de ansiedad.
—¡Quiá, señorita! Las tuberías de desagüe no podrían funcionar mejor. Pero ¿es posible que no se haya enterado usted de que mataron a una señora extranjera aquí?
—Sí que creo haber leído algo de eso en los periódicos —dije con indiferencia.
Tal indiferencia hizo que se picara la buena mujer. De haber dado yo muestras de interés, es muy probable que hubiera enmudecido. Aquello, sin embargo, tuvo el efecto contrario.
—¡Claro que lo leyó usted! ¡Ha salido en todos los periódicos! El Daily Budget sigue haciendo todo lo posible por encontrar al hombre que lo hizo. Parece ser, según el periódico, que nuestra policía no sirve para nada. Bueno, pues ojalá le pesquen… aunque era un joven muy agradable, se lo aseguro. Tenía cierto aspecto marcial. Oh, bueno, supongo que le herirían en la guerra y a veces se vuelven un poco raros después de una cosa así. Eso le ocurrió al hijo de mi hermana, por lo menos. Tal vez le hubiera tratado ella mal… son de cuidado esas extranjeras… aunque era una mujer muy hermosa. Estuvo de pie ahí mismo, donde se encuentra usted ahora. Ahí es donde hablamos breves palabras.
—¿Era rubia o morena? —me atreví a preguntar—. No hay manera de saberlo por esos retratos de periódico.
—De pelo negro y cara muy blanca… demasiado blanca para ser natural, pensé yo… y los labios resaltaban enrojecidos de una manera espantosa. No me gusta verlo… un poco de polvos de vez en cuando es distinto.
Charlábamos como amigas ya. Hice otra pregunta.
—¿Parecía nerviosa o alterada?
—Ni pizca. Sonreía para sí como si algo la divirtiera. Por eso me quedé tan parada al salir aquella gente corriendo a la tarde siguiente, llamando a la policía a voz en grito y diciendo que se había cometido un asesinato. Jamás me reharé del susto. Y en cuanto a poner un pie en esa casa después del anochecer, no lo haría yo por nada del mundo. ¡Si ni siquiera hubiese querido quedarme en este pabellón de no habérmelo suplicado sir Eustace de rodillas!
—Creí que sir Eustace estaba en Cannes.
—Sí que estaba allí, señorita. Regresó a Inglaterra en cuanto supo la noticia; y en cuanto a lo de arrodillarse, eso no fue más que una forma de hablar. El señor Pagett, su secretario, nos ofreció doble sueldo si nos quedábamos, y como dice mi Juan, el dinero es el dinero en estos tiempos.
Me mostré cordialmente de acuerdo con el poco original contenido de Juan.
—El joven ese… —dijo la señora James, volviendo, de pronto, a ese punto de la conversación—. Ése sí que estaba alterado. Los ojos, unos ojos claros, por cierto, le brillaban una barbaridad. Excitado, pensé yo. Pero jamás se me ocurrió pensar que hubiese sucedido nada anormal. Ni siquiera cuando volvió a salir con una cara muy rara.
—¿Cuánto tiempo estuvo en la casa?
—Oh, no mucho rato. Unos cinco minutos tal vez.
—¿Qué estatura tendría, cree usted? ¿Un metro ochenta?
—Sí, puede que sí.
—¿Afeitado dice usted?
—Sí, señorita. Ni siquiera tenía uno de esos bigotitos que parecen cepillos de dientes.
—¿Tenía así la barbilla brillante por casualidad? —pregunté, obedeciendo a un súbito impulso.
La señora James me miró con cierto respeto.
—Ahora que lo dice usted, señorita, sí que la tenía. ¿Cómo lo adivinó?
—Es una cosa muy curiosa —expliqué al buen tuntún—, pero es frecuente entre asesinos tener la barbilla brillante.
La señora James aceptó la explicación de buena fe.
—¡Caramba, señorita! ¡Nunca había oído decir eso hasta ahora!
—Supongo que no se fijaría usted en la clase de cabeza que tenía, ¿verdad?
—Una cabeza corriente. Le traeré las llaves, ¿quiere usted?
Las acepté y me dirigí a la Casa del Molino. Hasta donde había llegado se me antojaba buena mi reconstrucción de los hechos. Desde el primer momento me había dado cuenta de que la única diferencia que existía entre el hombre descrito por la señora James y el médico del «Metro» era la compuesta por cosas no esenciales. Un gabán, una barba, lentes con marco de oro. El médico había parecido de edad madura, pero recordé que se había agachado sobre el cadáver como un hombre joven. La flexibilidad de sus movimientos denotaba juventud.
La víctima del accidente (el hombre de la naftalina, como le llamaba yo para mis adentros), y la extranjera señora de Castina o como quiera que se llamase en realidad, habían quedado en encontrarse en la Casa del Molino. Tal era mi teoría, por lo menos. Ya fuese porque temieran que se les estaba vigilando o por alguna otra razón, había escogido el ingenioso método de obtener cada uno de ellos una autorización para visitar la misma casa. Así, su encuentro allí parecía obedecer a una simple casualidad.
También me sentía bastante segura de que el hombre de la naftalina había visto, de pronto, al médico y de que el encuentro le había resultado tan inesperado como alarmante. ¿Qué había sucedido después? El doctor se quitaría el disfraz para seguir a la mujer hasta Marlow. Cabía la posibilidad de que, si se lo había quitado precipitadamente, aún conservara en la barbilla rastro de la goma empleada para sujetar la barba postiza. De ahí la pregunta que dirigí a la señora James.
Mientras reflexionaba llegué a la puerta baja, anticuada, de la Casa del Molino. La abrí con la llave que me habían dado y entré. El vestíbulo era oscuro y de techo bajo. La casa olía a moho. A pesar mío, me estremecí. ¿Habría tenido algún presentimiento, habría experimentado algún escalofrío la mujer que entrara sonriendo para sí unos días antes al pisar la casa? ¿Se desvanecería? O… ¿subiría la escalera sonriendo, aun sin presentir la fatalidad que estaba a punto de alcanzarla? Mi corazón palpitó con más violencia. ¿Estaba la casa vacía, en efecto? ¿Me acecharía la fatalidad allí dentro a mí también? Por primera vez comprendí el significado de tan manido vocablo «ambiente». Había ambiente en aquella casa, un ambiente de crueldad, de amenaza, de mal.