E
s que era el negro más embrollón de toda la negrería… Se había criado en la casa de este amo rico, que lo quería mucho. El negro era flojonazo. Se lo llevaba hablando solo; dele y dele tejer planes y sacando cuentas con los dedos de las manos, y cuando le faltaban dedos hacía entrar en sus embrollas a los de los pies. Se rascaba las enredadas motas a cada momento, y se perdía detrás de sus pensados artificios.
Dondequiera que anduviera se oía el mormollo, no más, de sus vanos planes y devaneos. «Que voy a hacer esto, y antes que lo acabe, ya voy a estar haciendo lo otro, y no voy a parar de hacer tantas hechuras, hasta que las hechas y por hacer digan: ¡basta…!». Ya lo tenía aburrido a su amo, con tantas vueltas y recovecos.
Una vez quiso el amo regar la huerta y lo puso al negro a abrir una acequiecita. «Vas a cavarla a pala, le dijo, desde la hijuela de la calle hasta la entrada de la huerta. ¿Has oído?». «Sí, mi amito», contestó el negro, y sin más se puso a trabajar.
Al día siguiente le preguntó su amo por la acequia y el negro le contestó: «Voy por la higuerita, mi amo…».
Y a la sombra de la higuerita se sentaba el negro retinto y comenzaba con su parloteo, peor que loro de vieja.
A la semana siguiente le volvió a preguntar el amo por la acequia. «Por la higuerita voy, mi amito», le contestó. «Uh…», no más dijo el amo, y se fue.
Partió a Chile su dueño llevando un arreo de ganado, y como al mes recién pudo volver. En cuanto lo vido al negro, le preguntó: «¿Y la acequia, negro?». «Voy por la higuerita, mi amo…». Y se fue a los mormollos. «Ya vas a ver, negro mandinga, se dijo el amo. Mañana voy a espiarte y sabré por qué no salís de esa higuerita».
Al otro día, ya el sol alto, se fue el rico por detrás del cerco y, gatiando entre tanta espina, pudo arrimarse hasta cerca de la higuerita. Ahí se acomodó para escuchar las embrollas del negro. Miró por entre las ramas secas y ya lo vio abarajándose unos dedos con los otros, y haciéndose un tiempito para rascarse las enredadas motas. Muy acalorado, se decía: «Cuando mi amito se muera, me voy a casar con mi amita y vamoh a tener higuitos, muchos higuitos… ¡Puh! Más de muchos. Y va a venir la chorrera de higuitos míos y me van a icir: “Tatita, ice la mamita que vaya a isayunarse”. Y yo voy a estar trabagando en esta cequiecita y les voy a icir: “¡lganle que estoy dele y dele trabagar!”. Y se van a ir mis higuitos a icirle eso a su mamita… ¡Ay, qué lindo! Ji…, ji…, ji… Ispués me voy a ir a la sala de las visitas y me voy a sentar frente al espejo mayor, y voy a sacar frascos de tinta y mucho papel y me voy a poner a escribiñar… Van a venir mis higuitos, y me van a icir: “Tatita, ice la mamita que vaya a almorzar…”. Y yo les voy a contestar: “Iganle que estoy escribiñando…”. Y se van a ir mis higuitos a icirle eso a su mamita, y al fin voy a ir a almorzar con mi señolita… Otra vez me voy a poner a pinturiar las puertas, de mi casa y van a venir mis higuitos y me van a icir: “Tatita, ice la mamita que vaya a tomar mate”. Y yo les voy a contestar: “Iganle que estoy pinturiando”. Y se van a ir mis higuitos. Ji… ji… ji… Ispués me voy a ir a tomar mate con mi señolita… Otro día me voy a poner a escarbañar la huertita para mover la tierra y mientras esté escarbañando, van a venir mis higuitos y me van a icir: “Ice la mamita que vaya a dormir con ella, que tiene miedo…”. ¡Al momento, higuitos! Y me voy a ir corriendo. Ji… ji… ji…».
Siguió echando nuevas embrollas y tirando la mar de cuentas. Sudaba el negro de tanto que le trabajaba la mollera.
El patrón se alejó hablando solo de pura rabia. «¡Ah, negro pícaro!, es que se decía. ¡Con que te vas a casar con mi señora y van a tener muchos hijitos, si yo me muero! Ya vas a ver, negro sabandija». Y se puso a maquinar el castigo.
Fue a la sala y escribió una larga carta a un amigo suyo. Entre otras cosas le pedía que le contara trescientos azotes de ley al negro portador de ese papel. Ya salió al patio y lo llamó a gritos al negro, que todavía estaba debajo de la higuera con el sartal de embrollas.
Vino el negro a los resollidos. «Aquí estoy a su mandato, mi amo», dijo, mientras se secaba el sudor de la frente. «Mira, negro, le ordenó el rico. Te vas a ir con esta carta a lo de mi amigo y esperas la contesta. ¡No te vas a venir antes! ¿Has oído?». «Sí, mi amito», contestó el negro. «¡Y al trote te vas yendo, ya mesmo!, le volvió a gritar el amo. Y si no me traís la contesta, ¡vas a ver la que te pasa!». Ya el negro se perdía por la senda… Siguió al trote hasta detrás de unos chañares.
Ahí se paró y abrió el sobre. Sacó la carta, escrita por las dos caras, y se puso a quererla leer… Ahí fue el rascarse las motas enredadas y sudar a mares. Al fin se sentó el negro y comenzaron los dedos de las manos y después los de los pies a entrar en tanta embrolla y devaneo. Por ahí alzaba la voz y se le oía decir, con desconfianza:
Garabato va,
garabato viene…
¡Alguna cosa contiene!
En este parloteo se le pasaban las horas al negro. Miraba la carta al trasluz, por derecho, por revés, por los lados, por abajo, por arriba y por detrás; pero solo veía unos garabatos inclinados que caminaban, unos para adelante y otros para atrás. Allí había algo raro. Uh… Si parecían hombrecitos, con tamaños garrotes al hombro.
Garabato va,
garabato viene…
¡Alguna cosa contiene!
Ya estaba para entrarse el sol y seguían en un ser las embrollas del negro atrás del chañar. De repente se acordó del mandado; pero en vez de irse a la casa del amigo del amo, se fue a la de su compadre; otro negro embrollón.
En llegando, no más, le dijo: «Vea, pueh, compare; resulta que me manda mi amo a cobrar trescientas onzas, de oro y como yo no sé contar, le piro que vaya usté a recibirlas. Cuéntelas bien contadas y me las entrega para llevárselas a mi amito». «Bueno, pueh, compare. Iré, pueh», contestó el otro negro. Tomó la carta y se fue a la casa de ese rico. El negro embrollón lo siguió hasta cerca, y, desconfiado, se sentó a esperar a su compadre. Mientras tanto, volvió a las tramoyas de siempre.
Llegó el compadre negro a la casa y pasó la carta al dueño de ella. La leyó y la volvió a leer, muy serio el rico. «Sentate, que voy a escribir la contesta», le dijo al negro, y se fue para adentro.
Se sentó el compadre negro, muy orondo, a esperar, cuando, de repente, se le apareció el dueño de casa acompañado por dos mocetones con un lazo y dos látigos. Cayeron sobre él, lo ataron al palenque y le empezaron a contar trescientos azotes de ley. «¡Ay!… ¡Ay!…», gritaba el pobre negro.
Oyó los gritos de su compadre el negro embrollón y paró el giro de sus cuentas. Siguió escuchando y ya dijo: «Ve… ¡Ahí le están contando las onzas de oro a mi compare, y parece que no haya buena la cuenta…!». Y siguió escuchando. Por fin cesaron los ayes, y al ratito, cayó el pobre compadre a los bufidos y lamentos. «Ay… compare», le dijo. Las onzas se volvieron azotes. «Ve… dijo el negro embrollón, haciéndose el santito. Si bien decía yo:
Garabato va,
garabato viene…
¡Alguna cosa contiene!».