Eran siete, en una vieja caravana que se mantenía de una pieza a base de saliva, alambre para el heno y, tal vez, la resina de toda la marihuana que se habían fumado en su corroído interior. En un lateral de la caravana, perdida entre un batiburrillo psicodélico de color rojo y naranja, había pintada la palabra FURTHUR[1] en honor al autobús escolar International Harvester de 1939 con el que los Alegres Bromistas de Ken Kesey habían viajado a Woodstock el verano del 69. Por aquel entonces, solo habían nacido dos miembros de aquel grupo de hippies modernos.
Aquellos Alegres Bromistas del siglo XXI habían visitado Cawker City para rendir homenaje al ovillo de cuerda más grande del mundo. Desde la salida del pueblo se habían dedicado a fumar una cantidad sobrehumana de marihuana y estaban hambrientos.
Fue Twista, el más joven, quien vio La Roca Negra del Redentor, con su imponente campanario blanco y un aparcamiento que no podía estar mejor situado.
—¡Picnic en la iglesia! —gritó desde su asiento al lado de Pa Cool, que conducía. Dio saltitos emocionados que hicieron tintinear las hebillas de su mono vaquero—. ¡Picnic en la iglesia! ¡Picnic en la iglesia!
Los demás se unieron a la consigna. Pa miró a Ma por el retrovisor. Cuando ella se encogió de hombros y asintió, Pa metió la FURTHUR, la caravana del Más Allá, en el aparcamiento y la estacionó junto a un Mazda polvoriento con matrícula de New Hampshire.
Los hippies (todos con camisetas del ovillo de cuerda y todos oliendo a superbud) descendieron en tropel. Pa y Ma, por ser los mayores, eran capitán y primer oficial de la nave FURTHUR. Los otros cinco —MaryKat, Jeepster, Eleanor Rigby, Frankie el Mago y Twista— obedecieron sus órdenes de mil amores y sacaron la barbacoa, la nevera con la carne y, cómo no, la cerveza. Jeepster y el Mago estaban preparando la parrilla cuando oyeron el primer grito a lo lejos.
—¡Socorro! ¡Socorro! ¡Que alguien me ayude!
—Parece una mujer —dijo Eleanor.
—¡Socorro! ¡Ayuda, por favor! ¡Me he perdido!
—Esto no ha sido una mujer —dijo Twista—. Ha sido un niño pequeño.
—Está lejos —aportó MaryKat. Llevaba un colocón cataclísmico y no se le ocurrió nada más que decir.
Pa miró a Ma. Ma miró a Pa. Los dos rozaban los sesenta y llevaban mucho tiempo juntos, el suficiente para desarrollar telepatía de pareja.
—Un chico se ha metido en la hierba —dijo Ma Cool.
—La madre ha oído que gritaba y ha ido tras él —dijo Pa Cool.
—A lo mejor es bajita y no alcanza a ver por encima de la hierba —dijo Ma—. Y ahora…
—… se han perdido los dos —terminó Pa.
—Uf, qué putada —dijo Jeepster—. Yo me perdí una vez. Fue en un centro comercial.
—Está lejos —dijo MaryKat.
—¡Socorro! ¿Hay alguien? —Esa era la mujer.
—Vamos a sacarlos de ahí —dijo Pa—. Les sacaremos de ahí y les daremos comida.
—Buena idea —dijo el Mago—. Bondad humana, tío. Jodida bondad humana.
Hacía años que Ma Cool no llevaba reloj, pero se le daba bien saber la hora por el sol. Lo miró con los ojos entrecerrados, midiendo la distancia entre la bola que ya enrojecía y el prado de hierba, que daba la sensación de extenderse hasta el horizonte. Seguro que Kansas era así antes de que viniera la gente a fastidiarlo todo, se dijo.
—Sí que es buena idea —dijo—. Ya son casi las cinco y media, así que traerán un hambre que no veas. ¿Quién se queda a preparar la barbacoa?
No hubo voluntarios. Todos tenían una guasa tremenda, pero ninguno quería perderse la misión de rescate. Al final, todos desfilaron hacia el otro lado de la Ruta 73 y se adentraron en la hierba alta.
MÁS ALLÁ.