A comienzos del año 1773, Jean-Louis tomó la diligencia a París. Tan ocupado estaba soñando con su gloria futura que el largo viaje le pareció corto. Al amanecer de un hermoso día entró en la capital por el puesto de la ruta de Orleans, teniendo por todo equipaje sus veinticinco años, un agradable carácter y un manejo profesional ya muy apreciable. Se detuvo un momento en un merendero frente a la barrera Saint-Jacques y recuperó el ánimo con un vaso de vino.
El aire era suave, pero el olor poco agradable. París merecía el sobrenombre de «ciudad de fango». Luego comprobaría que en el Louvre, en las Tullerías, en el Palacio de Justicia, en el Palais-Royal, sucedía lo mismo. El Sena, que arrastraba basuras e inmundicias de todo tipo, estaba contaminado por el río de los Gobelinos y por los residuos de los hospitales y los talleres. Los relentes de las letrinas eran insoportables, ya que ningún propietario respetaba los reglamentos sobre higiene. Pero al joven no le importaba: en su ánimo se embriagaba con el aire vivo de la capital de las ideas nuevas. Llegó a la calle de Roule haciendo un desvío para ver la plaza Luis XV, recién terminada, donde se alquilaban caros los pabellones edificados por Gabriel, la calle Royal y la iglesia de la Madeleine, en construcción. Rodeó las verjas de los jardines de las Tullerías antes de llegar a la cuadra de Roule, que ocupaba un lugar central en el barrio des Halles. La calle, «con una anchura conveniente, bordeada por casas colmadas de comerciantes de todo tipo, parecía una de las más pobladas y más frecuentadas de París». La circulación era fluida al desembocar en el Pont-Neuf y más densa al norte, donde la estrecha calle de Prouvaires terminaba en el portal de San Eustaquio.
En el número 11, la casa de cuatro pisos de Vigier, con sus balcones, buhardillas y aguilones, era idéntica a todas las que bordeaban la calle. En 1691 se estableció el loteo que había impuesto esta regularización en una parcela antes ocupada por un edificio oficial. Al joven provinciano le latía el corazón al empujar la puerta. En la primera ojeada la tienda no parecía muy diferente de la de su padre, pero en ésta todo era más refinado y delicado. Las paredes estaban cubiertas de maderas pintadas de blanco perlado, realzado con azul porcelana. Los estantes de caoba llegaban hasta el techo decorado con angelotes mofletudos que jugueteaban en un cielo de apariencia engañosa. Contenían cajas, frascos, artículos de tocador, guantes, ligas y todo lo que podían necesitar las mujeres de calidad. Respiró con ebriedad un sutil aroma a flores que hacía olvidar el aire de la calle. El lugar le gustó: visiblemente estaba consagrado al deseo de seducir.
La dueña había pasado los cuarenta años, pero era muy agradable y tenía un talle esbelto. Estudió de pies a cabeza al joven de una manera que, en Montpellier, hubiera parecido el colmo del descaro.
—Estoy contenta de tenerlo aquí —dijo por fin—. Me gusta la gente con buena cara y me parece muy adecuado para su oficio. Sé que su formación fue excelente y la reputación de su familia es conocida. Sus primos me han ayudado muchas veces. Y por eso la recomendación en su favor tuvo gran peso para mí. Deseo retirarme y la propuesta de compra de su madre me ha agradado. Si Dios quiere, usted sucederá a mi difunto marido. Como hemos convenido, le daré los medios para ser recibido en la maestría.
Le expuso con amplitud qué debía esperar. En verdad, el negocio era floreciente, pero exigía mucha prudencia y discernimiento. Al entorno de Su Majestad lo llamaban la «Corte perfumada» y el uso de perfumes se expandía sin cesar. Era verdad, porque en ese año, 1774, el conde de Fersen, al descubrir París, exclamó: «¡Qué derroche de joyas y de perfumes! ¡Y este olor tan especial en los salones del país!». A Fargeon lo sorprendió una costumbre que ignoraba en Montpellier: los parisienses de calidad perfumaban las paredes de las piezas para quitar el desagradable olor a cebolla del barniz que las revestía. Con orgullo citó a las clientas más notables, madame Du Barry y la princesa de Guéménée, gran amiga de la Delfina. Estuvo de acuerdo en que ciertas cortesanas tenían la molesta costumbre de no pagar sus cuentas y al presentárselas había que mostrarse firme sin ser inoportuno. Los gustos eran de una diversidad increíble; la condesa de Sainte-Hermine gastaba todo su dinero en ligas perfumadas y el abate de Osmond, en polvo a la violeta. La gente de alto nivel usaba un perfume distinto según el momento del día. El perfumista Bailly, que había introducido el uso de jabones moldeados y perfumados en 1713, se enriqueció y llevó una vida de gran señor.
—¿Tiene buena memoria? —le preguntó.
—Los padres oratorianos estaban satisfechos, señora.
—Eso viene de maravillas, porque tendrá que recordar las preferencias de cada uno. Veo por sus modales que ha recibido una excelente instrucción. Aquí le servirá. Nada detesta más nuestra clientela que a los rústicos sin educación.
Caía la noche y, después de una cena frugal, el joven provinciano tomó posesión del pequeño cuarto que le habían preparado en el entresuelo. Al día siguiente empezó a trabajar con vigor. A cada momento debía dejar el laboratorio para ir a la tienda, donde la dueña del lugar le presentaba a sus principales clientes. Se asombró de que las grandes burguesas se tomaran el trabajo de ir en persona. La viuda Vigier le dijo que les gustaba encontrarse en su tienda porque allí, de alguna manera, estaban en terreno neutral. Podían hablar con toda libertad porque sabían que nada sería repetido. Invitó al joven a ser tan discreto como ella.
—No hay comerciante próspero si es charlatán. Tratamos con cortesanos que se enfrentan entre ellos y disputan sin cesar. Necesitamos mucha diplomacia para no estar mal con alguna de las facciones en pugna. Una indiscreción o un paso en falso puede perdernos. Tiene que saberlo.
En los días siguientes descubrió a los parisienses: mujeres extremadamente adornadas; unas bastante feas que lo sospechaban, porque trataban de tener tan buen aspecto que no se notaba; otras que para nada lo sospechaban y que, con la mejor buena fe del mundo, tomaban su coquetería por una linda cara. Muchas clientas alababan su buen aspecto y lo provocaban hasta el punto de hacerle creer que querían seducirlo. Algunas lanzaban alusiones de tal impudicia que se ruborizaba hasta las orejas, lo que las hacía estallar de alegría. Les veía un ardor en la mirada y una licencia que habrían horrorizado a su madre. En Montpellier, las damas de alto linaje se hacían las mojigatas y los nobles ocultaban mal su desprecio por la plebe.
En París, aunque era joven y en posición todavía subalterna, los nobles cortesanos siempre se dirigían a él con cortesía. Es verdad que, en general, había que quejarse menos de los grandes señores y cortesanos que de la nobleza provinciana, pobre y poco ilustrada. No era de sorprenderse, porque ésta solo gozaba de títulos que oponía, sin cesar, a la superioridad verdadera de una clase burguesa cuya riqueza e instrucción la molestaba y humillaba. Siempre se reconocía a un hombre de la Corte por su cortesía.
El joven estaba azorado por la manera en que esos nobles tan corteses hablaban de sus pares apenas éstos les daban la espalda. Madame de Marsan, gobernanta de las hijas del rey, ponía en la picota el gusto por las fiestas y la coquetería de la Delfina. La Du Barry era el blanco de epigramas feroces y palabras ultrajantes. No se dudaba de cometer con palabras el crimen de lesa majestad de criticar al mismo rey. Fargeon reconoció el retrato del cortesano que le había hecho su padre. Tenía razón cuando decía que Francia estaba arruinada por estos prebendados y que un día habría que pensar en reformar o suprimir la monarquía. Pero el perfumista agregaba, con una sonrisa, que la república, como lo había señalado Montesquieu, se basaba en la virtud; pero, por desgracia, no era en la virtud en la que se basaba la prosperidad de la perfumería.
En la calle de Roule se bromeaba sobre los temas más graves sin siquiera bajar la voz. Jean-Louis tenía la impresión de descubrir, a su pesar, secretos de Estado. ¿No irían a comprometerlo en intrigas de la Corte? Le confió su inquietud a la viuda Vigier.
Nada tiene que temer si sabe callarse. Aquí puede escucharse todo con la condición de no repetirlo.
—¡Pero hablan del Delfín en términos increíbles! Lo pintan como un torpe, a quien sólo le gusta cazar y mirar las estrellas con un anteojo.
—En efecto, esos son sus gustos principales.
—Llegan a decir que no ha consumado el matrimonio.
La viuda Vigier se limitó a contestar:
—Como dice alegremente una de mis amigas, con su conducta en el matrimonio sólo anuncia que nuestro próximo rey carecerá de firmeza.
—Esto debería ser secreto.
—Nada hay secreto en la Corte, y todos los secretos terminan en las tiendas de moda. Por eso las frecuentan los espías. ¿No observó a un grandote desgarbado que, con el pretexto de tener pasión por los guantes, está siempre instalado aquí? Es el secretario del embajador de España, que viene a hacer provisión de rumores. No dude de que no está aquí para comprar guantes, sino para informar a su señor.