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Cuando llegó la carta, Bettina estuvo pensando mucho tiempo qué haría con ella.

La remitente era Elizabeth, y el sobre iba dirigido a Faraday. Bettina se tomó la libertad de abrirla y, cuando leyó lo que aquella mujer tenía que decir, comprendió que tenía que adoptar una acción inmediata. Que la cazafortunas podría presentarse allí cualquier día.

De pie en el umbral de la guarida de Faraday, Bettina observó los libros que se amontonaban desde el suelo al techo, los mapas y planos que cubrían las paredes y todos los periódicos y revistas diseminados en la habitación. Y al propio Faraday, encorvado sobre una carta que estaba escribiendo a un nuevo experto en temas indios solicitando que le enviara a Casa Esmeralda más información y llenara su precioso hogar con objetos indios. Morgana estaba sentada en una alfombra a sus pies, jugando con una muñeca kachina hopi.

Bettina se aclaró la garganta.

—Faraday… Esto no puede seguir así eternamente.

Él alzó la vista.

—¿Cómo dices?

—Vinimos aquí buscando a unos chamanes indios. Pero hace semanas que no te mueves de esta casa. ¿Cómo vamos a poder regresar a Boston algún día, si no realizas tu propósito? ¿O acaso has renunciado a él? Porque, si fuera así, regresemos a casa…

—¡Cielos…, no! —respondió poniéndose en pie de un salto—. No tengo la más mínima intención de renunciar. Lo que pasa es, si acaso, que se ha ampliado mi investigación, ¡que mi visión abarca ahora mucho más!

—Pues, entonces…, te aconsejo que hagas algo más que leer libros y escribir cartas.

Faraday adquirió un caballo y una mula, una tienda para acampar, un petate, linternas, sillas plegables, brújula, cuerda de escalada, cartas estelares y mapas… Llenó cantimploras de agua, sacos enteros de alimentos enlatados y galletas, y completó sus existencias de carboncillos y lápices de dibujo. Se sentía vivo, lleno de decisión. Y cuando se arrodilló delante de Morgana y la tomó por los hombros, le habló con voz excitada y le dijo:

—Me iré solo unos días, cariño, y cuando vuelva te traeré regalos y más dibujos para que los veas e historias que contarte.

Esta vez no llevaría guía para el desierto…, no lo acompañaría John Wheeler ni los hermanos Pinto. Con solo su caballo y su mula, vagó durante días sin encontrarse con otro ser humano. Sus compañeros fueron el negro y amarillo bolsero que anidaba en un árbol de Josué; una rata del bosque que lo construía con espinosas hojas de yuca al pie de las rocas; un lagarto nocturno que merodeaba por el tronco de un árbol de Josué caído en busca de insectos… Por la noche podía estar espiando a un lince, o a las lechuzas y coyotes. En ocasiones, los correcaminos le cortaban el paso, deteniéndose en mitad del sendero para enderezar las largas plumas de larga cola y echando a correr nuevamente; o lo detenía alguna mortal serpiente de cascabel, que se desplazaba de lado por la arena. Y aunque pudiera hacer una pausa para observar una avispa cazadora de color naranja ocupada en darse un festín a costa de una gran araña negra peluda, su atención estaba siempre fija en el paisaje que lo rodeaba.

El primer símbolo que la gitana le había dado parecía ser, ciertamente, un árbol de Josué, porque las extrañas plantas retorcidas semejaban hombres con los brazos en alto. Pero el significado del segundo símbolo —una línea en zigzag que dividía en dos un cuadrado— seguía siendo un enigma para Faraday.

Periódicamente volvía a Casa Esmeralda para descansar y recuperarse, pues la exploración del desierto era penosa y agotadora, pero también porque necesitaba ver a Morgana y tenerla en sus brazos. En sus solitarias noches ante el fuego no tenía más compañía humana que un retrato que había bosquejado de Elizabeth: estaría mirándolo durante horas a la luz de las estrellas, con los ojos fijos en el límpido azul de los de ella, hablándole con ternura. Elizabeth lo había rechazado por razones que él no comprendía, pero seguía amándola. Y jamás perdió la esperanza de que algún día, al regresar a Casa Esmeralda, la encontraría allí.

Puesto que Elizabeth había mostrado mucho interés por el dibujo pintado en la olla dorada, Faraday se obsesionó también por él, diciéndose que era una vía para encontrar a sus chamanes, pero sin ser consciente de que, a la vez, aquella fijación por la vasija dorada era asimismo una manera de mantener su conexión con Elizabeth.

Las figuras antropomórficas del dibujo se hallaban junto a la que ella había identificado como símbolo de agua. ¿Significaba aquello que los chamanes llegaron a un lago? Por extraño que pareciera, en el dibujo no había la típica línea en zigzag del rayo. Ni tampoco la imagen de un árbol de Josué. ¿Podría ser que estos dos símbolos trazados a mano hubieran de emplearse junto con la olla para que se revelara la respuesta al enigma?

Faraday estuvo incluso buscando otra olla igual, pero no encontró nada que se le pareciera. Visitó muchas colecciones, repasó libros y catálogos, habló con conservadores de museos, sin poder dar con nada semejante. Lo cual, según le dijeron, era muy inusual, porque el alfarero solía mantener un mismo diseño, y producir muchas obras con él. Recurrió hasta escribir a la Smithsonian Institution, enviándoles una foto de la vasija, y recibió la siguiente respuesta: «Es muy raro. Es casi como si el alfarero hubiera creado esta pieza única y ninguna más. Pero eso es imposible. Para alcanzar este nivel de destreza, el artesano tendría que haber hecho muchas vasijas, y unas pocas, al menos, deberían haber llegado hasta hoy. Pero no podemos encontrar ninguna en nuestros archivos».

Tenía, pues, ante él un nuevo misterio: ¿por qué un alfarero diestro crearía solo una pieza?

Morgana seguía creciendo y convirtiéndose en una chiquilla encantadora, más parecida a Abigail cada día. En ocasiones, cuando observaba a Morgana junto a su tía, no podía evitar compararlas y decirse que, aunque Bettina fuera la hermana de Abigail, le faltaban la gracia y la belleza de esta. Morgana y Bettina se diferenciaban también en otro aspecto. Su hija sentía la atracción del desierto como si tuviese arena en las venas: traía a casa, como mascotas, pequeñas culebras y tortugas, saboreaba los higos chumbos como un gran regalo, y buscaba constantemente el sol como una flor del desierto. Bettina, en cambio, manifestaba con frecuencia su disgusto por el sudoeste y el desierto; despreciaba todo lo que fuera indio o español, y se esforzaba al máximo por recrear Boston en su hogar del desierto, lo que explicaba que cada vez que Faraday regresaba a casa no encontrara la olla a la vista.

Bettina hubiera tenido mucho que objetar acerca de su nuevo estilo de vida, pero Faraday no quería prestarle atención.

A diario llegaban a la región nuevos colonos, familias llenas de esperanzas a las que Bettina calificaba de «ocupantes ilegales». Se quejaba del creciente número de chamizos que se extendían a lo largo y ancho del valle. Pero peor aún eran las tiendas de campaña de los «tísicos», pues cada vez eran más numerosos los aquejados de enfermedades pulmonares que llegaban en busca de las virtudes curativas del aire y el sol del desierto. Bettina hizo traer árboles ya crecidos y plantarlos alrededor de la villa para no ver desde la casa el sanatorio que había al otro lado de la carretera, que atraía a pacientes de tuberculosis y de bronquitis; al propio tiempo comenzó a inquietarse, a pesar de las seguridades en sentido contrario que le daba su cuñado, por la posibilidad de que el viento pudiera llevar a su casa las enfermedades. «¿Por qué no se marchan a alguna otra parte? —protestaba con periodicidad regular—. ¿Por qué vienen aquí, donde estamos intentando vivir personas sanas?». Escribió inútilmente cartas a senadores, congresistas y al propio gobernador de California. Así que decidió llevar la guerra al terreno personal. El huerto de Casa Esmeralda producía fruta en abundancia. Lo que Bettina no guardaba para uso de la familia lo vendía por las casas del valle, diciéndose, eso sí, que no se trataba de un comercio corriente, sino más bien de compartir cristianamente con otros las riquezas de Dios (aunque encontraba justificado pedir por ellas un elevado precio, ya que la fruta no crecía gratis). Pero cuando su jardinero mexicano partía con el carro cargado de albaricoques, aguacates, naranjas, limones y limas, le daba instrucciones de no detenerse en el sanatorio ni en las tiendas de campaña.

Bettina le decía a su cuñado que su único consuelo en aquella «tierra salvaje» eran las postales que recibía del señor Vickers, puesto que, como se encargaba de repetir, Zachariah le expresaba siempre su profundo afecto por ella y le reiteraba su promesa de matrimonio. Comenzó a llevar un álbum de recortes y pegaba cada postal en una página, copiando debajo el texto que el señor Vickers había escrito en el reverso. Luego se pasaba horas y horas volviendo las páginas, contemplando vistas del Kilimanjaro y la llanura del Serengeti, así como repitiéndole a Faraday cuán maravilloso era que aquellos salvajes desnudos se beneficiaran de la caridad cristiana del señor Vickers.

En cuanto a su sobrina, que ya había cumplido los siete años, Bettina no dio su aprobación a la escuela local de una sola aula, que llenaban los hijos de los «ilegales» sin un céntimo, y por eso hizo venir una institutriz para dar clases particulares a Morgana y una profesora de piano que le daba también clases de canto, mientras ella se ocupaba personalmente de enseñarle politesse y punto de aguja. Estaba educando a la hija de Faraday para ser una dama y se juró en secreto a sí misma que algún día se ocuparía de casar a Morgana con un miembro de alguna de las mejores familias.