MEMU

Año 2605 a. C.

No había conocido mujer como aquella. Se diría que las putas que había frecuentado hasta entonces no eran mujeres, sino reses. Tan honda impresión le había causado la primera vez que la vio.

Descubrió en ella algo más que belleza. Supo que aquella mujer sí gozaría de su modo de hacer el amor. Eran tal para cual. Eran iguales: ambiciosos. Y ella ya tenía un largo recorrido disfrutando del fruto deseado; el poder.

Sabía que era terreno vedado, pero no podía evitar mirarla y perder la noción del tiempo. La recorría con los ojos pensando en lo que gozaría con su cuerpo. La imaginaba retorciéndose bajo él, pidiéndole más y más.

Debía ser cauto, pues incluso su marido, nada menos que el propio faraón, había descubierto sus intenciones. ¡Y no le había hecho matar! Él mataría a cualquiera que mirase más arriba de sus pies, y sin embargo no cambiaría un ápice su manera de vestir. Era ella, auténtica y poderosa, bella y peligrosa, como las serpientes que solía cazar en el desierto para vender su piel a los mercaderes extranjeros.

Y el faraón le había dicho: «algún día». Algún día…

Desde entonces ya no existió otra mujer. Y cuando coincidían en un acto público, ella se estremecía ante su mirada, y él debía contenerse para no tomarla en sus brazos y poseerla allí mismo, como hizo el faraón con su hermana. Jamás compartiría una mujer como aquella con nadie. En el momento que la poseyera, y estaba seguro de que lo haría, no podría seguir sirviendo al faraón. O huían, o debería matarle.

No le importaba cometer el grandísimo pecado: matar a un sobrino de Ra.

Él se llamaba hijo del dios. Pues bien, mataría a un dios. Para Memu no había más diosa que aquella gata, que le deseaba tanto como él a ella.

Merittefes le había mirado cuando avisó a su marido de la existencia de los túneles y de una conspiración para sacar a Henutsen de Palacio. Y el cabecilla era nada menos que el buen Gul.

¡Cómo se había reído cuando vio la cara del faraón recibir la noticia y encajar la traición del nubio! Al principio lo había negado, e incluso había acusado a su esposa de mentirle. ¡A su gata! A punto estuvo de atravesarle el cuello con su espada. Lo hubiera hecho de buena gana.

Él mismo se había ocupado de comandar la operación de vigilancia.

Incluso habían excavado huecos en los túneles para apostar hombres que estarían atentos a cualquier paso o conversación. Los nubios fueron discretamente vigilados y espiados cuidadosamente, incluso con enanos apostados dentro de muebles.

No les costó mucho saber la fecha de la fuga. La noche anterior habilitaron unas cuantas cámaras cerradas y selladas, contiguas a la del túnel, y las llenaron de hombres armados que pasaron la noche en ellas, de manera que nadie sospechara nada.

Habían inspeccionado bien el túnel y pusieron un pequeño ejército en las casas contiguas a su salida, enviando a sus inquilinos a una mansión durante unos días.

De manera que los nubios no sospecharon. Cuando Gul y la princesa entraron en el pasadizo, los soldados acabaron con los que guardaban su retaguardia, y a la vez, entraron en la casa, matando rápidamente con sus arcos a los nubios, que se defendieron con valor, pero sucumbieron debido a que eran diez veces más que ellos.

Así, solo tuvieron que esperar a que Gul saliera del túnel y degustar su cara de sorpresa, como un licor añejo.

Pero el nubio les decepcionó. Se diría que había adivinado lo que iba a ocurrir. No movió un músculo de su cara. Mal asunto. Eso le hacía más peligroso, sin el efecto sorpresa que tanto daño había hecho a sus compañeros.

Se limitó a dejar a la princesa en el suelo y sonreír.

Él hubiera dejado que le ensartaran a la primera, pero no podía dar esa orden con el faraón delante.

Y había previsto la eventualidad de tener que combatir con él. Al fin y al cabo, el rey no era sino un crío estúpido, ávido de emociones y juegos.

Jamás le hubiera batido en duelo de igual a igual, pero para él, el combate era algo más que un intercambio de golpes. Aquellos escribas de carrera sabrían mucho de signos, justicia, medicina e historia, pero él había aprendido a luchar en escuelas mejores que las de los escribas. Visitó al médico y le pidió unos polvos muy especiales.

Amagó un golpe que ni sobresaltó al nubio, pero le sirvió para acercarse lo suficiente y soplar los polvos que llevaba en su mano hacia la cara de Gul.

Inmediatamente supo que había dado en el blanco. El nubio agitó la cabeza, cegado.

Pero al instante, se recompuso… ¡Y sonrió! ¡Le estaba mirando!

Memu sintió miedo. Nadie había escapado jamás tras el efecto de los polvos. Cegaban durante unos minutos. Él mismo los había probado. Durante un día entero tenías molestias y apenas podías ver formas.

Aquel nubio del demonio era algo más que un guerrero. Tal vez un espectro, un fantasma, un espíritu maligno, un diablo del sur.

Y pareció percibir su miedo, pues lanzó el golpe más fuerte que jamás había soportado. Hubo de pararlo sujetando su espada con las dos manos. Un hachazo no hubiera sido más fuerte, y la espada quedó a apenas un par de dedos de su cabeza.

Pero era solo una distracción.

En el instante que dura un pestañeo de ojos, se dirigió hacia el faraón y flexionó sus potentes piernas mientras cambiaba la sujeción de la espada.

Memu gritó entonces.

—¡Disparad!

Fue providencial. Había adivinado el propósito y la estrategia de su contrincante. Sí que estaba cegado, pero había oído la risa del faraón y le había distraído con su golpe lo suficiente para acercarse a él.

La experiencia de un millar de batallas, y aquella fiebre que le dominaba cuando se hallaba en situación de combate, que parecía ralentizar todos los movimientos, le puso en alerta con la suficiente antelación para gritar la orden.

Sus hombres estaban bien aleccionados por el miedo, y tan pronto como la orden salió de su garganta, las primeras flechas volaban ya hacia el cuerpo de Gul, que las recibió con apenas un leve balanceo de su cuerpo.

Los primeros impactos apenas mermaron un ápice su propósito, y muchos más hicieron falta para hacer que sus brazos bajaran, al tiempo que el faraón era apartado.

Memu se levantó sin dejar de mirar el cuerpo del nubio, que no dejaba de sonreír. Parecía burlarse de él…

Entonces percibió un leve movimiento tras de sí.

Un soldado corría hacia la princesa Henutsen con su espada alzada. La bendita fiebre hizo que le viera moverse lentamente. Ni oyó su grito, aunque sí le vio abrir sus labios y rechinar sus dientes en un esfuerzo que, sabía, sería el último.

Le resultó insultantemente fácil mover su espada lateralmente por encima del cuerpo inmóvil de la princesa, y acertar al soldado en un costado, abriendo su cuerpo con tal fuerza que el empuje le lanzó contra la pared, ya sin vida.

Henutsen quedó bañada en la sangre del asesino, aunque no llegó a ser tocada.

El faraón se adelantó, mirándole con ojos vidriosos.

—Pídeme lo que quieras.