Las zapatillas resonaban en los peldaños de madera. El ambiente se iba enfriando a medida que descendíamos. Mamá siempre se queja de que en el sótano no hay calefacción.

Gwynnie iba la primera y avanzaba con rapidez. Yo, agarrado a la barandilla, me esforzaba por no separarme de ella.

Al pie de la escalera me detuve de repente para no chocar contra ella. Los dos echamos un vistazo alrededor de la estancia.

Una de las bombillas del techo se había fundido. La mitad de la sala estaba en penumbra. Oí el continuo goteo de un grifo del cuarto de la lavadora situado al fondo.

El sonido de una respiración profunda me hizo lanzar un grito ahogado.

Enseguida me di cuenta de que el sonido procedía de Gwynnie.

Gwynnie se adentró en la estancia. Entonces hizo bocina con las manos y gritó:

—¡Eh, chico! ¿Estás ahí?

Me arrimé a ella y agucé el oído.

No hubo respuesta.

—¿Keith? —llamó Gwynnie—. ¿Keith? ¿Dónde estás?

Me estremecí. Estaba ahí. Lo sabía. ¿Por qué Gwynnie no estaba asustada?

Un ruido brusco me hizo dar un salto. Levanté la mirada hacia el techo. Las ráfagas de viento hacían temblar los cristales de las ventanas.

Agucé el oído para identificar otro ruido extraño. ¿Era un ratón?

No. No eran más que las zapatillas de Gwynnie rozando el suelo de linóleo.

Fuimos acercándonos más al fondo. Me aproximé a la mesa de billar y miré debajo.

Allí no había nadie.

Gwynnie abrió la puerta de la despensa que estaba detrás de la caja de la escalera. Encendió la luz y rebuscó por entre los estantes.

Cerró la puerta y se volvió hacia mí.

—Estoy empezando a sentirme un poco imbécil, Marco.

—Keith está aquí abajo —insistí con un hilo de voz—. Dice que vive en el sótano. Yo sé que está aquí.

Gwynnie exhaló un suspiro.

—Le daré unos minutos más y luego me largo.

—Busquemos por ahí —dije—. Al lado de la caldera.

Cruzamos la estancia. La caldera estaba en la parte más oscura y se elevaba ante nosotros como una especie de criatura gigantesca.

—¿Keith? —llamó Gwynnie—. Keith, ¿dónde te escondes? Sal, sal, ¡estés donde estés!

Su voz resonó entre las paredes oscuras. El viento soplaba en el exterior y hacía que las ventanas vibraran.

—¡Eh! ¡Espera! —dije. No quería que Gwynnie se me adelantara demasiado.

Abrió un armario de ropa vieja.

—Keith, ¿estás ahí?

El olor de las bolas de naftalina inundó el ambiente. Gwynnie cerró la puerta del armario de golpe.

—¿Keith? ¡No seas tímido, Keith! —llamó.

Echamos una ojeada detrás de la caldera. Ahí no había nadie escondido.

—El cuarto de la lavadora es el único sitio donde no hemos mirado —le dije.

—Seguro que se esconde en la secadora —bromeó Gwynnie.

Sabía que no me estaba tomando en serio, pero no me importaba. Me alegraba que estuviera allí abajo conmigo. Yo nunca me hubiera atrevido a registrarlo solo.

La seguí hacia el cuarto de la lavadora, situado junto a la pared.

Estábamos a mitad de camino cuando se detuvo de forma repentina.

—¡Oh, vaya! —exclamó—. ¡Ahí está! ¡Lo estoy viendo!