Antonio Fernández Molina

EL ELEFANTE

Al abrir la puerta me encontré con un elefante. No me preocupó pues creí que era una broma o una alucinación.

Pero al cerrar la puerta leí: «Cada vez que abras la puerta verás a un elefante».

Sentí que mi vida estaba arruinada.

Desde entonces no salgo a la calle y cuando me asomo por la mirilla veo ascender al elefante por el hueco de la escalera.

Antonio Fernández Molina, Arando en la madera.

UN GRAN ALIVIO

Al arrancarle la muela salió pegado a la raíz un ser diminuto que en todo se le parecía. Pero aquel ser comenzó a aumentar de tamaño, enseguida le igualó y siguió creciendo de tal modo que apenas distinguía el final. Entonces el gigante le tomó en los dedos con cuidado, le colocó bajo una muela y allí se quedó dormido.

Antonio Fernández Molina, Arando en la madera.

DORMIDO

Al despertar se dijo:

—Ha sido un mal sueño. Estoy fuera de la celda.

Pero estaba dormido.

Antonio Fernández Molina, Arando en la madera.

CAÍ EN LA CUENTA

De repente tuve la seguridad de que me había equivocado respecto a mi nombre y el mío verdadero es el de Marco Bruto y no el de Heinrich von Kleist como creí hasta entonces.

Antonio Fernández Molina, Arando en la madera.

EN LA CABINA

Entré en la cabina para telefonear y al ir a marcar el número vi que las cifras no estaban señaladas en la rueda pero de todas maneras, a riesgo de no acertar nunca, lo intenté. Atiné a la primera. Ello me resultó divertido. Fue mi mujer quien hablaba y estaba de buen humor. Al despedirme la pregunte si iba todo bien en casa: «Estoy a tu espalda», me dijo. Volví la cabeza y era cierto.

Antonio Fernández Molina, Arando en la madera.

Cada día trabajaba en mis libros. Pero durante el sueño alguien robaba mis cuartillas. Yo las buscaba inútilmente horas y horas.

Por fin decidí comerlas a medida que las iba escribiendo.

Antonio Fernández Molina, Arando en la madera.

COSTUMBRES

En aquel pueblo se veneraba a los ancianos pero si a alguno, por casualidad, se le escapaba un viento en presencia de otra persona a la que no estuviera unida por matrimonio se le adornaba con un anillo en la nariz.

Antonio Fernández Molina, La tienda ausente.

Aquella ciudad tan limpia, de calles amplias y fuentes y arbolados, amaneció estrecha, sucia y llena de tortugas. Pensé que estaba equivocado y traté de disimular buscando mis barrios habituales. Anduve de un lado para otro sin encontrarlos, aunque veía rostros de personas conocidas que no mostraban extrañeza. No quise hacer preguntas y sigo mi vida como si todo fuera normal.

Antonio Fernández Molina, Los cuatro dedos.

Al colocarme el sombrero se me hunde la cabeza entre la camisa. Pretendo subírmela con las manos pero la arranco del esfuerzo. No siento el menor mareo y puedo ver todo a mi alrededor, hasta a mí mismo, sin cabeza, triste y decepcionado.

Antonio Fernández Molina, Los cuatro dedos.

SUS FACULTADES

Aquel hombre hablaba por el tubo anal, oía por los ojos, veía por las orejas.

Lo que decía era elocuente, distinguiendo con precisión la línea de los ruidos, y veía a gran distancia aunque al andar tropezara con lo que tenía delante.

Antonio Fernández Molina, Dentro de un embudo.

ABANDONA

Había decidido abandonar el verso. Una voz me dijo: «Abandona la prosa». «Abandonaré la prosa —me dije—». La misma voz dijo: «Abandona el verso». «¿Ambos? —pregunté—». «Abandona, abandona», fueron sus últimas palabras.

Antonio Fernández Molina.