XXIX

En la atmósfera del Tiempo del Este, tan translúcida como un cristal y refractiva como un prisma, alcanzábamos a ver la aterradora cantidad de nuestra impotente compañía, incluso aquellos barcos que en condiciones más normales habrían resultado invisibles, las velas ocultas bajo el horizonte. El Viento del Este encuentra un malicioso placer en aumentarle a uno la capacidad de visión, con el fin, tal vez, de que vea mejor la cabal humillación, el carácter desesperado de su cautividad. El Tiempo del Este es claro por lo general, y eso es cuanto puede decirse en su favor: casi sobrenaturalmente claro cuando se le antoja; pero sea cual sea su talante, hay algo desasosegador en su naturaleza. Su doblez es tal que engañará a un instrumento científico. No hay barómetro que dé aviso de un temporal del Este, por húmedo que éste sea. Sería injusto e ingrato decir que el barómetro es un invento estúpido. Se trata simplemente de que los ardides del Viento del Este son demasiado para su fundamental honradez. Después de años y años de experiencia, el instrumento de esa índole más fiable que jamás se haya hecho a la mar atornillado al mamparo de un camarote de barco se verá, casi invariablemente, inducido a subir por el diabólico ingenio del Tiempo del Este justo en el instante en que éste, descartando sus procedimientos más duros, secos, insensibles y crueles, esté considerando la posibilidad de ahogar los ánimos que a uno le queden en torrentes de una lluvia particularmente fría y desagradable. Los turbiones de aguanieve y granizo que suceden al relámpago final de un temporal del Oeste son bastante fríos y entumecedores, punzantes e inclementes. Pero el Tiempo seco del Este, cuando se torna húmedo, parece arrojar sobre la cabeza de uno lluvias envenenadas. Es una especie de aguacero estable, persistente, abrumador e inacabablemente torrencial, que se le clava a uno en el corazón abriéndoselo a presentimientos tétricos. Y el talante tormentoso del Tiempo del Este se cierne negro sobre el cielo con una negrura singular y asombrosa. El Viento del Oeste suspende ante la vista pesadas y grises cortinas de bruma y espuma, pero el intruso oriental de los mares estrechos, cuando se ha armado del valor y la crueldad suficientes para un temporal, le arranca a uno los ojos, se los arranca de cuajo, le hace a uno sentirse irreversiblemente ciego con una peligrosa costa a sotavento. Y es también el viento quien trae la nieve.

Desde su negro y despiadado corazón lanza sobre los barcos del mar una blanca y cegadora sábana. Posee un más amplio abanico de villanías, y no más conciencia, que un príncipe italiano del siglo diecisiete. Su arma es una daga que lleva oculta una capa negra cuando sale a sus empresas ilegales. La mera sospecha de su proximidad llena de pavor a toda embarcación que surque los mares, desde los barcos pesqueros de velas áuricas hasta los buques de cuatro mástiles que reconocen la soberanía del Viento del Oeste. Incluso en su modalidad más complaciente inspira el temor de la traición. Yo he oído cobrar vida y empezar a resonar, como uno solo, a más de doscientos molinetes en plena noche, llenando las Dunas de un despavorido ruido de anclas apresuradamente arrancadas del fondo al primer asomo de acercamiento. Por fortuna, el corazón le falla a menudo: no siempre sopla hacia casa, sobre nuestra expuesta costa; no tiene el intrépido temperamento de su hermano occidental.

Las naturalezas de esos dos vientos que se reparten los dominios de los grandes océanos son fundamentalmente diferentes. Es curioso que los vientos que los hombres son propensos a calificar de caprichosos permanezcan fieles a su carácter en todas y cada una de las diversas regiones del globo. A nosotros, aquí, por ejemplo, el Viento del Este nos llega a través de un gran continente, tras recorrer la mayor masa de tierra firme de este mundo. Para la costa Este australiana, el Viento del Este es el viento del océano, que llega a través de la mayor masa de agua del globo; y sin embargo, tanto aquí como allí sus características siguen siendo las mismas, con una extraña consistencia en todo lo que es vil y bajo. Los miembros de la dinastía del Viento del Oeste se ven modificados, en ciertos aspectos, por las regiones que gobiernan, al igual que un Hohenzollern, sin dejar de ser él, se convierte en un rumano debido a su trono, o que un Sajonia-Coburgo aprende a revestir de locuciones búlgaras sus pensamientos particulares, cualesquiera que éstos sean.

El autocrático dominio del Viento del Oeste, lo mismo a cuarenta grados al norte que a cuarenta grados al sur del Ecuador, se caracteriza por una abierta, generosa, franca, bárbara temeridad. Pues es un gran autócrata, y para ser un gran autócrata hay que ser un gran bárbaro. A mí su influjo me ha moldeado en exceso para abrigar ahora en mi corazón idea alguna de rebelión. Además, ¿qué es una rebelión entre las cuatro paredes de una habitación contra la tempestuosa soberanía del Viento del Oeste? Sigo fiel a la memoria de ese poderoso Rey que en una mano lleva una espada de doble filo y con la otra ofrece recompensas de grandes singladuras y travesías portentosamente rápidas a aquellos de sus cortesanos que sepan aguardar atentos cada señal de su reservado talante. Según nos salían siempre las cuentas que echábamos los hombres de altura, hacía que un año de cada tres resultara bastante movido para cualquiera que tuviese negocios en el Atlántico o bien a lo largo de «los cuarenta» del Mar del Sur. Había que aceptar lo amargo y lo dulce; y no puede negarse que jugaba despreocupadamente con nuestras vidas y nuestras fortunas. Pero, con todo, fue siempre un gran rey, digno de gobernar sobre los grandes mares, donde, hablando en rigor, un hombre no tendría nada que hacer de no ser por su audacia.

Los audaces no deberían lamentarse. Un simple comerciante no debería quejarse de los peajes impuestos por un rey poderoso. Su poderío resultaba a veces muy agobiante; pero incluso cuando tenía uno que desafiarlo abiertamente, como en el banco de las Agujas en viaje de vuelta desde las Indias Orientales, o en viaje de ida al doblar Hornos, sus hirientes golpes se los asestaba a uno limpiamente (en pleno rostro, además), y ya era asunto de cada cual el no salir demasiado tambaleante o malparado. Y si, después de todo, uno había mostrado realmente serenidad, el benévolo bárbaro le dejaba abrirse paso en la lucha delante mismo de los escalones de su trono. Tan sólo de vez en cuando se abatía la espada y caía una cabeza; pero si uno sucumbía, tenía la seguridad de unas impresionantes exequias y una tumba amplia y generosa.

Así es el rey ante quien los jefes vikingos inclinaban la testa, y a quien el moderno y suntuoso buque de vapor desafía impunemente siete veces por semana. Y sin embargo, se trata sólo de desafío, no de victoria. El magnífico bárbaro, entronizado en un manto de nubes forradas de oro, contempla sentado desde las alturas los grandes barcos que se deslizan por sus mares como juguetes mecánicos, y a los hombres que, armados de fuego y hierro, ya no tienen que vigilar ansiosamente la señal más leve de su talante regio. No se le hace ya caso; pero ha conservado toda su fuerza, todo su esplendor y gran parte de su poder. El tiempo mismo, que hace vacilar todos los tronos, está aliado con ese rey. La espada que lleva en la mano sigue tan afilada como siempre por sus dos lados; y él muy bien puede seguir jugando con sus huracanes a su real juego de tejos, arrojándolos desde el continente de las repúblicas al continente de los reinos, en la certeza de que tanto las nuevas repúblicas como los viejos reinos, el calor del fuego como la fuerza del hierro, junto con las incontables generaciones de hombres audaces, se desharán en polvo ante los escalones de su trono, y pasarán, y serán olvidados, antes de que su propio reinado toque a su fin.