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Al entrar en la biblioteca, Darcy vio que Stoughton y la señora Reynolds se habían esmerado en procurarles la máxima comodidad posible al coronel y a él. Habían avivado la lumbre, habían cubierto los carbones con papel para que no crepitaran, y sobre la rejilla estaban preparados los troncos nuevos. La cantidad de mantas y almohadones era más que suficiente. Una fuente cubierta, repleta de sabrosas tartas, botellas de vino y agua, platos, vasos y servilletas cubrían una mesa redonda, situada a cierta distancia de la chimenea.

Personalmente, Darcy consideraba innecesaria aquella guardia nocturna. La puerta principal de Pemberley quedaba bien cerrada con llave y cerrojos, e incluso si Denny había sido asesinado por un desconocido, tal vez algún desertor del ejército al que habían desenmascarado y que había respondido con una violencia mortífera, el hombre no supondría la menor amenaza física para la casa, ni para quienes residían en ella. Estaba a la vez cansado e inquieto, estado poco propicio para sumirse en el sueño, algo que, incluso en el caso de que llegara a suceder, parecería una dejación de su responsabilidad. Le perturbaba la premonición de que algún peligro amenazaba Pemberley, a pesar de que no era capaz de llegar a definir con un mínimo de lógica de qué peligro podía tratarse. Y allí, en una de las butacas de la biblioteca, con el coronel como compañía, no creía que fuera a echar más que alguna cabezada en las horas que quedaban de noche.

Mientras se instalaban en los asientos mullidos y bien tapizados —el coronel en el más cercano al fuego—, se le ocurrió que tal vez su primo hubiera propiciado aquella guardia porque quería confiarle algo. Nadie le había preguntado nada sobre su paseo a caballo, justo antes de las nueve, y sabía que, como él, Elizabeth, Bingley y Jane debían de esperar que les proporcionara alguna explicación. Como ésta aún no había llegado, la discreción prohibía formular preguntas. Con todo, la delicadeza no impediría que Hardcastle las planteara a su regreso; Fitzwilliam sabía sin duda que era el único miembro de la familia y de los invitados que aún no había presentado una coartada. Darcy no se había planteado siquiera que el coronel estuviera implicado de algún modo en la muerte de Denny, pero el silencio de su primo resultaba preocupante y, lo que era más sorprendente en un hombre tan formal como él, sonaba a descortesía.

Para su sorpresa, sintió que se quedaba dormido mucho más deprisa de lo que había supuesto, e incluso tuvo que hacer esfuerzos para responder a unos pocos comentarios superficiales que le llegaban desde una distancia remota. Cada vez que se revolvía en la silla, Darcy regresaba momentáneamente a la conciencia, y su mente se percataba de dónde se encontraba. Observó brevemente al coronel, medio tendido en la butaca, el rostro de hermosas facciones enrojecido por el fuego, la respiración profunda y acompasada, y se fijó durante unos instantes en las llamas moribundas que lamían un tronco tiznado. Obligó a sus miembros entumecidos a levantarse y, con infinito cuidado, añadió más leña a la chimenea, volvió a cubrirse con la manta y se quedó dormido.

Su siguiente despertar fue curioso. Fue un retorno súbito y absoluto a la conciencia, durante el cual todos sus sentidos pasaron a un estado de alerta tan agudo que tuvo la sensación de que hubiera estado esperando ese momento. Se encontraba acurrucado, de perfil, y a pesar de tener los ojos casi cerrados vio al coronel plantarse frente a la chimenea, bloqueando momentáneamente el brillo que aportaba la única fuente de luz a la estancia. Darcy no sabía si había sido ese cambio lo que lo había despertado. No le costó fingir que seguía dormido, ni seguir observando a través de sus ojos entornados. La casaca del coronel colgaba del respaldo de su silla, y en ese momento éste rebuscó algo en un bolsillo y extrajo un sobre. Todavía de pie, desplegó un documento y pasó un rato estudiándolo. Después, Darcy no vio más que la espalda de su primo, el movimiento brusco de su brazo y el destello de una llamarada; el papel estaba ardiendo. Darcy soltó un gruñido débil, y apartó más el rostro del fuego. En condiciones normales, habría dado a entender a su primo que estaba despierto, y le habría preguntado si había podido dormir un poco. Ahora, su pequeño engaño le parecía innoble. Pero la sorpresa y el horror al ver por primera vez el cadáver de Denny, la desorientación causada por la luz de la luna, lo habían agitado como un terremoto mental tras el que ya no estaba seguro de nada, y tras el que todas las cómodas convenciones y presuposiciones que, desde la infancia, habían regido su vida, se esfumaban a su alrededor, convertidas en escombros. Comparados con la sacudida inicial, el extraño comportamiento del coronel, su paseo nocturno a caballo, aún sin explicar y, ahora, la destrucción aparentemente furtiva de un documento no eran sino réplicas pequeñas que, de todos modos, resultaban desconcertantes.

Conocía a su primo desde que eran niños, y el coronel siempre le había parecido el hombre menos complicado del mundo, el menos dado al subterfugio y el engaño. Pero desde que se había convertido en hijo mayor y heredero de un conde, en él se había operado un cambio. ¿Qué se había hecho del joven y galante coronel de espíritu alegre, de aquel ser sociable, confiado y de trato fácil, tan distinto de Darcy y su timidez, que en ocasiones lo paralizaba? Antes parecía el hombre más popular y más afable. Pero ya entonces era consciente de sus responsabilidades familiares, de lo que se esperaba de un hijo menor. Él no se habría casado jamás con una mujer como Elizabeth Bennet, y Darcy sentía en ocasiones que había perdido algo del respeto que le profesaba su primo, por haber antepuesto su deseo por una mujer a las responsabilidades de familia y clase. Sin duda, Elizabeth parecía haber detectado también algún cambio, aunque a él nunca le había hablado del coronel, salvo para advertirle de que su primo pretendía pedirle la mano de su hermana Georgiana. A ella le había parecido lo correcto prepararlo para ese encuentro, pero éste, por razones obvias, no se había producido, ni se produciría ya; supo, desde el momento en que Wickham, en estado de embriaguez, cruzó casi en volandas el umbral de Pemberley, que el vizconde Hartlep buscaría a su futura condesa en otro lugar. Lo que ahora le sorprendía no era que la oferta no llegara a formularse, sino que él, que había acariciado tan altas ambiciones para su hermana, se alegrara de que por lo menos ella no se sintiera tentada de aceptarla.

No podía sorprender que su primo se sintiera oprimido por el peso de sus responsabilidades futuras. Darcy pensaba en el gran castillo de sus antepasados, en las millas de bocaminas que salpicaban el oro negro de sus campos de carbón, en la mansión de Warwickshire con sus grandes extensiones de tierras fértiles, en la posibilidad de que el coronel, cuando heredara, pudiera sentir la obligación de renunciar a la carrera que tanto amaba para ocupar su escaño en la Cámara de los Lores. Era como si se hubiera impuesto la disciplina de modificar el núcleo mismo de su personalidad, y Darcy no sabía si algo así era posible o siquiera recomendable. ¿Se enfrentaba tal vez a alguna otra obligación privada, a algún problema, más allá de los que conllevaba la responsabilidad de su herencia? Volvió a pensar en lo extraño que le parecía el nerviosismo de su primo, que le había llevado a pasar la noche en la biblioteca. Si quería destruir una carta, la casa estaba llena de chimeneas encendidas, y habría podido encontrar un momento de privacidad para hacerlo. En cualquier caso, ¿por qué había escogido ese momento y había obrado con ese secretismo? ¿Había ocurrido algo que hiciera ineludible su destrucción? Intentando acomodarse lo mejor posible para dormir un rato más, Darcy se dijo que ya había suficientes misterios, y que no hacía falta añadir más, y finalmente volvió a entregarse al sueño.

Lo despertó el coronel, que descorrió las cortinas con gran estrépito, echó un vistazo al exterior y volvió a correrlas.

—Apenas hay luz todavía —anunció—. Tú has dormido bien, diría.

—Bien no, pero correctamente. —Darcy consultó el reloj.

—¿Qué hora es?

—Las siete.

—Creo que iré a ver si Wickham está despierto. Si es así, tendrá que comer y beber algo, y es posible que sus custodios tengan hambre. No podemos relevarlos, las instrucciones de Hardcastle han sido muy claras. Pero creo que alguien debería acercarse a ver. Si Wickham ha despertado y se encuentra en el mismo estado en que, según el doctor McFee, se encontraba cuando lo trajimos, quizá Brownrigg y Mason tengan dificultades para controlarlo.

—Ya voy yo —dijo Darcy, levantándose—. Llama tú para pedir el desayuno. Hasta las ocho no lo servirán en el comedor.

Pero el coronel se encontraba ya junto a la puerta.

—Mejor déjamelo a mí —insistió—. Cuanto menos trato tengas con Wickham, mejor. Hardcastle está alerta ante cualquier interferencia por tu parte. Él se ocupa del caso y no te conviene enemistarte con él.

En su fuero interno, Darcy admitía que el coronel tenía razón. Él seguía empeñado en ver a Wickham como a un invitado de su casa, pero habría sido insensato negar la realidad. Wickham era el principal sospechoso en una investigación por asesinato, y Hardcastle tenía todo el derecho a esperar que Darcy se mantuviera apartado de él, al menos hasta que aquél hubiera sido interrogado.

El coronel acababa de ausentarse cuando entró Stoughton con café, seguido de una criada que iba a encargarse de la chimenea, y de la señora Reynolds, que preguntó si deseaba que sirvieran el desayuno. Los rescoldos de un tronco enterrado en la ceniza crepitaron, volvieron a la vida alimentados por el nuevo combustible, y las llamaradas iluminaron las cuatro esquinas de la biblioteca e hicieron más patente la oscuridad de la mañana otoñal.

Amanecía un nuevo día, un día que para Darcy no presagiaba más que el desastre.

El coronel no tardó ni diez minutos en regresar, y lo hizo cuando la señora Reynolds ya se retiraba. Se dirigió directamente a la mesa para servirse café. Acomodándose una vez más en la butaca, dijo:

—Wickham está inquieto, y balbucea cosas, pero sigue dormido, y es probable que así siga un rato más. Volveré a visitarlo antes de las nueve y lo prepararé para la llegada de Hardcastle. A Brownrigg y a Mason les han suministrado alimentos y bebida esta noche. El jefe de distrito estaba adormilado en su silla, y Mason ha comentado que tenía las piernas agarrotadas y debía ejercitarlas. Seguramente lo que le hacía falta era visitar el inodoro, ese aparato infernal que habéis instalado aquí, y que, según creo, ha suscitado el interés obsceno del vecindario, por lo que le he indicado cómo llegar a él y lo he reemplazado hasta su regreso. Por lo que he podido ver, Wickham estará lo bastante despierto a las nueve para que Hardcastle pueda interrogarlo. ¿Es tu intención estar presente?

—Wickham se halla en mi casa, y Denny ha sido asesinado en mi finca. Lo correcto, evidentemente, es que yo no participe en la investigación, que sin duda se desarrollará bajo la dirección del alto comisario cuando Hardcastle se lo haya comunicado, pero no es probable que tome parte activa en ella. Me temo que todo esto va a resultarte inconveniente. Hardcastle querrá iniciar sus pesquisas lo antes posible. Con suerte, el juez de instrucción se encontrará en Lambton, por lo que no debería haber retraso en la selección de los veintitrés miembros de los que ha de salir el jurado. Serán lugareños, aunque no sé si eso constituirá una ventaja. La gente sabe que a Wickham no se lo recibe en Pemberley y no me cabe duda de que los chismosos habrán especulado mucho sobre las razones. Sin duda, los dos tendremos que aportar pruebas y supongo que ello pesará más que tu incorporación a filas.

—Nada puede pesar más que mi deber —precisó el coronel Fitzwilliam—, pero si la instrucción del caso se lleva a cabo pronto, no debería haber problemas. El joven Alveston goza de una posición más propicia: al parecer, no le preocupa descuidar la que se dice que es una carrera muy activa en Londres para disfrutar de la hospitalidad de Highmarten y Pemberley.

Darcy no comentó nada. Tras un breve silencio, el coronel Fitzwilliam prosiguió.

—¿Qué has planeado para hoy? Supongo que habrá que informar al servicio de lo que ocurre, y prepararlo para el interrogatorio de Hardcastle.

—Primero iré a ver si Elizabeth está despierta, tal como creo, y juntos hablaremos con el servicio. Si Wickham recobra la conciencia, Lydia exigirá verlo, y tiene derecho a ello, por supuesto. Después, claro está, todos deberemos prepararnos para el interrogatorio. Conviene que tengamos las coartadas listas, para que Hardcastle no haya de perder demasiado tiempo determinando quién se encontraba en Pemberley ayer noche. Es seguro que te preguntará cuándo iniciaste tu paseo a caballo, y cuándo regresaste.

—Espero poder responder satisfactoriamente —se limitó a replicar el coronel.

—Cuando la señora Reynolds regrese, infórmale, por favor, de que estoy con la señora Darcy, y de que tomaré el desayuno en el comedor pequeño, como de costumbre.

Dicho esto, se retiró. La noche había resultado incómoda en más de un aspecto, y se alegraba de que hubiera terminado.