Poco antes de Navidad recibo mi nómina correspondiente al mes de diciembre. Incluyendo la paga de Navidad, se trata de una cantidad muy satisfactoria. Ahora sí podría permitirme unas magníficas vacaciones con Napirai, pienso brevemente, y me dirijo a una agencia de viajes. Quisiera ir a un país en el que ahora haga sol y calor y en el que no se corra peligro de contraer la malaria. Después de dejarme asesorar por varias personas, me decido por un viaje a la República Dominicana. Me hace ilusión que me cuiden durante dos semanas en las que no tendré que dar golpe, y disfrutar plenamente de la compañía de mi hija, comer lo que nos apetezca en cualquier momento y bañarnos en el mar todo el tiempo que nos dé la gana. ¿Cuál será la reacción de Napirai cuando vuelva a verse rodeada de muchas personas de color? ¿Se acordará entonces de su papá?
Aún antes de nuestra partida recibo una carta de Barsaloi. James se disculpa por no haber escrito durante tanto tiempo, pero han pasado por una época difícil. En primer lugar, mucha gente ha muerto en las terribles luchas contra los rebeldes que les han robado casi todo el ganado. Y ahora ha llovido al fin, pero Barsaloi está plagada de mosquitos. Contraer la malaria solo es cuestión de tiempo. Le han dado un empleo en la nueva escuela en Barsaloi y se siente feliz con su trabajo, pero, por el momento, pocos niños van al colegio, porque algunos han muerto de malaria. También en el pequeño «hospital de Barsaloi» hubo muertos por la misma enfermedad. Aun así, está contento por haber encontrado trabajo y de que ahora hayan acabado las luchas, pero todo es mucho más caro que antes. La ropa, el arroz, el azúcar, incluso el maíz, valen ahora el doble que en mis tiempos. ¡Es increíble! Ahora en diciembre quiere ir a Mombasa para ver cómo está Lketinga. Tan pronto se entere de alguna novedad, volverá a escribir.
Por una parte, me alegro mucho de haber recibido esta carta, pues hacía tiempo que carecía de noticias, pero, por otra, me preocupa mi antigua familia, puesto que en estos momentos su vida parece haberse vuelto muy complicada. Recuerdo mis propios y terribles ataques de malaria. Debido a los constantes cambios entre cuadros de fiebre y escalofríos, en poco tiempo una se convierte en una ruina humana. Además, se tiene diarrea y, pese a tener el estómago vacío, una no para de vomitar hasta que queda tumbada en la cama, apática y sin fuerzas. Dios mío, no le deseo a nadie esta enfermedad y espero que esta plaga termine pronto en Barsaloi. Además, siento curiosidad por saber si James va a encontrar a Lketinga en Mombasa y por las novedades que cuente en su próxima carta. Al fin y al cabo, hace más de tres años que no sé nada de Lketinga.
Al fin ha llegado el momento. Por primera vez desde nuestra huida de Kenia, Napirai y yo subimos a un avión, aunque esta vez en dirección a Puerto Plata. Es un vuelo largo, pero a Napirai las azafatas le dan juguetes y lápices con los que se entretiene hasta que se queda dormida. Cuando, tras nuestra llegada, atravesamos el aeropuerto, todo me recuerda el aterrizaje en Mombasa hace unos cuantos años, donde también la atmósfera me cautivó en el acto. De repente todo vuelve a estar presente y por un instante no sé si lo que percibo ahora es Mombasa o Puerto Plata. Nos esperan unos microbuses que nos llevan al hotel. Miro por la ventana y veo la carretera llena de baches, orlada de palmeras, y a mucha gente de color enfundada en sus vestimentas abigarradas. Ya por la mañana el aire es cálido. ¡Cómo me gusta! Ante mis ojos aparece con toda claridad mi época en Kenia. Cada bache me hace recordar el increíble estado de las carreteras en el norte de Kenia. Todo me da vueltas en la cabeza, pero me siento segura y feliz, a pesar de que las lágrimas corren por mis mejillas. Mis sentimientos surgen atropelladamente y ya durante los primeros minutos revive en mí el pasado reprimido. Me alegro de que en el minibús no haya demasiados turistas, porque siento vergüenza de mis lágrimas.
Napirai mira por la ventana y lo que más la impresiona es el gran número de palmeras. A nuestra llegada al hotel mi estado emocional se ha tranquilizado. Las instalaciones del hotel son muy bonitas. Está situado en primera línea de mar y nuestra habitación es grande, acogedora y llena de luz. A continuación se celebra una pequeña recepción en el hotel y observo que hay pocas familias con niños y, en cambio, un elevado número de parejas enamoradas. Para Napirai existe un club infantil y yo dedicaré mucho tiempo a leer y a escribir cartas. El bufete es de ensueño y probamos el mayor número posible de todos aquellos platos exóticos. Los empleados del hotel se divierten con Napirai y creen que es dominicana. Enseguida me preguntan si hemos venido a hacerle una visita a su padre, y me produce risa la decepción en sus rostros cuando les explico que Napirai es originaria de Kenia. Al cabo de dos días ya se ha aclimatado. Con otros dos o tres niños revolotea por el hotel y yo apenas le veo el pelo.
Un día me cuenta tras la cena que aquel día ha conocido a una mujer de larga melena rubia y que quiere mostrármela sin falta, pero un instante después desaparece. Cinco minutos más tarde, una mujer alta y rubia es conducida por Napirai hasta mi mesa. Andrea me cuenta que ha venido con su novio y que ambos son del sur de Alemania. Me invita a sentarme con ellos, pues forman un grupito de diferentes parejas y creen que yo también lo pasaré bien con ellos. Napirai siente fascinación por Andrea, aunque solo sea por su largo cabello rubio, por el que pasa constantemente sus pequeños dedos morenos. A lo largo de las vacaciones tendré que escuchar repetidamente el deseo más ardiente de mi hija, pero imposible de cumplir: «¡Mamá, yo también quiero tener el cabello así!». A partir de este momento hacemos muchas cosas juntas, pues el amigo de Andrea prefiere leer montones de folletos en vez de charlar con su encantadora novia. No lo entiendo y solo sé que es mejor ir solo de vacaciones que estar solo siendo dos. Si bien durante la primera semana disfruto haciendo el vago, en la segunda ya empiezo a sentirme inquieta y quisiera hacer muchas más cosas. Aunque al principio todo me lo recordaba, este país no es comparable con Kenia. Kenia es más salvaje, más variada y, ante todo, mucho más rica en animales. En cierto modo echo de menos Kenia y automáticamente establezco constantes comparaciones. Por lo tanto no lamento demasiado que las vacaciones toquen a su fin.
De vuelta en casa dedico toda mi energía a mi trabajo. Las camisetas estampadas y bordadas encuentran buena acogida en todas partes, ya sea como regalos publicitarios o, en varias empresas, como uniforme. Es tal el auge que han tenido que muchas empresas de gastronomía llegan incluso a vender divertidas camisetas y gorros bordados. El negocio va viento en popa y, en consecuencia, también la economía doméstica. Así puedo darle un billete de cien a una mujer de nuestro grupo, que con sus dos hijos no puede permitirse ni el autobús, y a través de mis relaciones estoy también en condiciones de proporcionarle un trabajo mejor a alguna de las madres.
Conozco a mujeres interesantes y con muchas me encuentro también al margen del ámbito laboral. Una de estas mujeres es Hanni, a la que tengo que contar una y otra vez mis historias de África mientras le muestro la colección. Siente tanto entusiasmo por mis relatos que me aconseja una y otra vez que cuente mi vida en un libro. Me echo a reír y le digo:
—Hanni, primero no sé hacerlo y, segundo, tengo un trabajo de jornada completa, y además una hija y un hogar.
Con eso doy por concluido el tema, pero Hanni volverá a la carga a lo largo de los meses siguientes.
A mediados de febrero de 1994 recibo otra carta de Kenia. La abro llena de curiosidad y, como siempre, leo en primer lugar los cariñosos saludos de toda la familia. A continuación James escribe que fue a Mombasa y que localizó a Lketinga. Estaba muy mal, muy flaco y tuvo muchos problemas. Ya no tiene coche, ni siquiera ropa decente. Él, James, tuvo que comprarle algo que ponerse y le acompañó a casa. Ahora está con mamá. Lketinga quiere volver a casarse, pero James no lo cree posible, porque no posee lo suficiente para una boda. Continúa diciendo que el dinero que he ingresado mensualmente a nombre de la Misión para mamá, se ha gastado en su totalidad este mes. Mamá me reitera las gracias por la ayuda de tanto tiempo. Después pide otra suma de dinero, ya que mamá tiene problemas con la vista que solo un médico puede arreglar. Volverá a escribir tan pronto tenga novedades que contar, especialmente de Lketinga.
Me tranquiliza saber que después de tanto tiempo Lketinga vuelve a estar en casa. Al mismo tiempo me entristece que nada, nada en absoluto, haya quedado de la anterior riqueza. Aun así, espero que encuentre la manera de casarse de nuevo. Es curioso, pienso, no hace ni dos meses que obtuve el divorcio de Lketinga después de que estuviera sin noticias de él durante más de tres años, y ahora aparece en su casa y habla, a su vez, de boda. ¡Qué extraño es el destino!
El tiempo pasa volando. Suelo reservar los fines de semana para mis amigas y sus hijos. Ahora, en invierno, vamos a menudo a patinar sobre hielo o a bajar en trineo por las laderas de las afueras del pueblo, algo que nos divierte sobre todo de noche. Después vamos a mi cálido piso y nos ponemos a charlar mientras los niños juegan en el suelo.
Un día, próximo a la primavera, suena el teléfono y me sorprende oír la voz de Andrea, la alemana de la larga melena rubia. Con frecuencia se intercambian direcciones cuando las vacaciones se acercan a su fin, pero por regla general después ya no se reciben más noticias. Andrea quiere hacernos una visita. Napirai se pone muy contenta. Se presenta al cabo de una semana, aunque sin su compañero. Intercambiamos fotos de las vacaciones y nos contamos muchas cosas. Me entero de que ya no se siente feliz en su relación, porque su novio apenas tiene tiempo para ella. Napirai propone que venga a vernos más a menudo. A cambio, le hará unos preciosos peinados. Si bien Andrea no se muestra precisamente encantada con esta perspectiva, promete volver pronto. Ya unas semanas más tarde cumple su promesa después de que yo le preguntara si tenía ganas y tiempo de ayudar en la apertura del negocio de unos amigos que, a la vez, son buenos clientes míos. Enseguida aceptó y así conseguimos organizar todo juntas y con éxito. Esta noche cambiará su vida, pues se enamorará. Medio año más tarde se trasladará a vivir a Suiza y un año después estará casada. Seguimos manteniendo una buena amistad que hará que más adelante también mi vida cambie de forma drástica.
A principios de 1995 llega una carta de James con buenas noticias. Escribe que Lketinga se ha casado con una joven que, además, quedó inmediatamente embarazada. Esta noticia hace que me sienta muy feliz y aliviada por el hecho de que volverá a convertirse en padre. James escribe que su mujer es una muchacha que vivía cerca de nuestra manyatta. Me enviará una foto tan pronto consiga que le presten una cámara fotográfica. Siento mucha curiosidad por saber quién es esta muchacha, pues, si vivía cerca de nosotros, seguro que la reconoceré. Me alegro tanto por Lketinga que contesto enseguida y transfiero dinero para que pueda comprar una vaca para la boda. ¿Qué aspecto tendrá el hijo de ambos? ¿Habrá en él algún parecido con Napirai? Por el momento tengo que dominar mi curiosidad y tener paciencia. Aunque James consiga una cámara fotográfica, el revelado requerirá otros dos meses.
Continúo disfrutando de mi trabajo, entre otras cosas porque me alegra ver que mis ventas siguen aumentando. Sin embargo en el transcurso de la primavera entra a trabajar un nuevo colaborador que deberá servir de apoyo a la dirección de la empresa. Ya en nuestro primer encuentro me doy cuenta de que es un tipo de persona completamente diferente de mi actual jefe, y no me parece posible que los dos puedan trabajar juntos. Pero a mí me da igual, pues realizo mi trabajo, por así decirlo, de manera autónoma y estoy poco tiempo en la empresa. Tengo otros problemas, pues tras las vacaciones de verano Napirai irá al parvulario. Eso significa que tengo que buscar a otra persona que la cuide, porque la señora que lo hace ahora, no vive en nuestro municipio. De nuevo tenemos mucha suerte, pues mi hija encuentra un lugar en una familia a la que ya conoce. Los nuevos padres de acogida tienen cuatro hijos propios, una niña y tres chicos. Tampoco aquí Napirai tardará en sentirse en casa, pese a que, al principio, el tener que compartir la atención con tantos niños constituye un gran cambio para ella. Este mismo año también mi madre y Hanspeter trasladan su domicilio a nuestro pueblo.
Al fin llega el gran día en el que Napirai va por primera vez al parvulario. Orgullosa lleva su carterita y la banda luminosa de seguridad en el pecho. En el parvulario nos saluda una señora mayor que se presenta como maestra. Ya han llegado varios padres. Como única familia uniparental nos miran más bien de reojo en vez de recibirnos abiertamente. Sobre todo a Napirai los niños la repasan con descaro, lo que, de repente, despierta su desconfianza. En cualquier caso no quiere que la deje allí sola. Semejante comportamiento resulta más bien insólito en ella. Gracias a Dios esta timidez remite a lo largo de los días siguientes. Ahora ocurre con cierta frecuencia que quiera pasar la noche con la familia de acogida o en casa de mi madre, lo que me permite salir más amenudo.
Salgo bastantes noches con Hanni. Primero vamos a comer y después a bailar. Esta mujer parece conocer a todo el mundo. En cualquier lugar encuentra a gente y a mí me presenta, como es habitual en ella, como «la de África», lo que da pie, naturalmente, a muchas preguntas. Incluso cuando han pasado cinco años desde mi regreso, el interés por mi historia de amor sigue siendo el mismo, y Hanni me riñe por enésima vez diciendo que me decida ya a escribirla.