Capítulo 35

La luna se refleja en la superficie tranquila de Leliegracht, uno de los rincones favoritos de Cristina en Ámsterdam. Leliegracht es uno de los canales que vertebran los semicírculos concéntricos de Herengracht, Keizersgracht y Prinsengracht. Los canales «de los Patricios», «del Emperador» y «del Príncipe» fueron construidos a comienzos del siglo XVII, cuando la explosión demográfica de Ámsterdam hizo necesarios nuevos barrios residenciales y vías de comunicación para el transporte de mercancías. Hasta entonces, la principal arteria defensiva y de comunicación de la ciudad había sido el Singel.

Sentadas en un banco, las dos amigas comparten una botella disimulada en una bolsa de papel. Lisa habría preferido que fuese Kraamanijs, pero Cristina conserva malos recuerdos del licor de anís a raíz de una borrachera juvenil. Al final compraron una botella de Oranjebitter, el brandy con sabor a naranja que suele tomarse durante las celebraciones relacionadas con la familia real.

Permanecen calladas, observando la superficie tornasolada del canal. En Keizersgracht, a poca distancia de allí, se levanta el edificio que había albergado la sede de Greenpeace y que constituye uno de los raros ejemplos de arquitectura modernista en Ámsterdam.

La inspectora tiene la vista nublada. Su cuerpo tolera mal el alcohol, aunque ha bebido demasiado para darse cuenta. No entiende cómo Lisa, que ha tomado más Oranjebitter que ella, no muestra signos de embriaguez.

Le viene a la mente la llamada «paradoja del inquisidor»: éste le pedía a un judío que hiciese una afirmación sobre sí mismo. Si lo que el judío decía era falso, sería ejecutado; si era cierto, sería colgado. La respuesta del judío, «hoy voy a ser ejecutado», ponía en aprietos a su interlocutor: si ejecutaba al prisionero, su afirmación resultaría verdadera, cuando la ejecución era el castigo que correspondía a una afirmación falsa; colgar al judío convertiría su afirmación en falsa, en cuyo caso habría tenido que ser ejecutado y no colgado. La paradoja del inquisidor era una variación de la paradoja del mentiroso, «esta oración es falsa». El enunciado de esta última no podía ser cierto porque aseguraba que era falso, y tampoco podía ser falso, pues en ese caso resultaría verdadero. La inspectora está cada vez más mareada. Piensa que debería volver a casa y meterse en la cama, pero es incapaz de levantarse.

—Frans no es guardaespaldas —le dice Lisa—. Es guardia de seguridad en un supermercado.

—¿Por qué me mentiste?

—Gerrit es médico forense, y muy atractivo. No quería sentirme inferior.

—¿Inferior? Pero si has tenido más novios en un año que yo en tres décadas.

Lisa acerca la botella de Oranjebitter a la boca, sin apartar la vista del canal. Su gesto le hace pensar a Cristina que tal vez tampoco eso sea cierto. Cuando algo parece demasiado bueno para ser verdad, habitualmente no lo es.

—Hace unos días visité a un astrólogo chino —dice Lisa—. Me explicó que el elemento del agua es demasiado fuerte en mí, y que por eso tengo la capacidad de fluir y ser libre. Necesito fuego para elevarme y recuperar el equilibrio entre los cinco elementos.

Cristina quiere decir algo, pero es como si alguien hubiese vertido insecticida en sus neuronas.

—Estoy harta de mi vida —continúa Lisa—. Lo peor no es la parálisis del brazo, sino los síntomas postpolio: la fatiga, los dolores musculares, la dificultad de respirar. A veces estoy tan cansada que tengo ganas de tirarlo todo por la borda.

Una alarma se enciende, entre los vapores del alcohol, en la mente de Cristina.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Trabajo más que Boer y Rils juntos, pero gano la mitad que cualquiera de ellos. El comisario ni siquiera me toma en serio.

—Yo te tomo en serio. Eres la mejor detective de la brigada.

—Pues eres la única que lo piensa.

Cristina siente deseos de abrazarla, pero tiene miedo de calcular mal la distancia y acabar en el suelo.

—Me he pasado toda la vida intentando convivir con esta enfermedad, pero creo que nunca lo conseguiré.

—Claro que lo conseguirás.

—Para ti es fácil decirlo. Tú no has visto a tu mejor amiga ignorarte en el colegio porque le daba vergüenza que los otros niños la viesen contigo, ni sufrido la humillación de que en una piscina la gente te mire como si vinieses del planeta Neptuno.

Se quedan en silencio unos instantes, observando las estrellas que flotan en la superficie bruñida del canal.

—¿Te he hablado alguna vez de D’Artagnan? —le pregunta Cristina—. Fue mi primer perro. Mis padres me lo regalaron cuando cumplí ocho años. Era una mezcla de veinte razas y muy feo, pero estaba tan orgullosa de él que lo llevaba conmigo a todas partes. Un día lo saqué a pasear y, al cruzar una calle, se paró a olisquear algo. Al ver que un coche se acercaba, lo llamé para que corriese hacia la acera. El conductor lo habría esquivado, pero, al obedecerme, D’Artagnan se metió debajo de las ruedas… Sé que no fue culpa mía, pero todavía hoy me siento culpable.

Lisa apoya la cabeza en el hombro de Cristina y le tiende la botella de licor, pero ésta la rechaza.

—¿Por eso no has querido tener hijos? ¿Tienes miedo de que les pase algo?

—Tal vez no haya encontrado al hombre adecuado.

—Pues es una lástima, porque creo que serías una buena madre.

Las palabras de Lisa conmueven a Cristina y, al mismo tiempo, le hacen sentirse incómoda.

—¿Por qué lo dices?

—Por todas esas dudas que tienes sobre tu lugar en el universo. Las personas inseguras suelen esforzarse más al hacer las cosas; por eso consiguen mejores resultados.