CAPÍTULO 83

WISTY

Hay una buena razón por la que las peores pesadillas a menudo están relacionadas con caídas al vacío. Es la conciencia (como la de un ciervo cuando de repente ve los faros de un coche) de que algo malo, realmente malo, está a punto de suceder, pero no hay nada que se pueda hacer para evitarlo. Es la mejor —¿o debería decir la peor?— receta para el terror definitivo, inmenso, de primera clase.

Estaba cayendo de cabeza en la temblorosa y desenfocada oscuridad, chocando contra polvorientas paredes de metal a un lado y a otro, agitando las patas para poder agarrarme a algo —a cualquier cosa— capaz de frenar mi caída.

Pero no había nada. Solo el viento soplando más y más fuerte mientras yo caía más y más rápido.

Y más rápido aún.

Y seguía sin haber el mínimo rastro de suelo. Sin embargo, en aquella oscuridad absoluta, era bastante improbable que lo viera venir.

—¡Alto! —chillé sin darme cuenta de lo que hacía. «Piensa rápido, Wisty». Era una bruja. Una bruja podía usar magia. La magia podía detener la caída de un objeto. Whit detuvo una maza en medio del aire. ¿Por qué no iba a poder yo frenar algo tan pequeño como un ratón?

Hice gestos con las patas, agité la cola como si fuera una varita, me enfadé como cuando, en el pasado, me había vuelto invisible o había estallado en llamas… pero nada funcionaba. Sentía que tenía la misma cantidad de magia que un tomate… un tomate cayéndose del tejado de un edificio muy alto.

¡A punto de hacer chof!

He de decir que eso de que tu vida entera pasa ante tus ojos es totalmente cierto. Lo vi todo: Wisty, la hija cabezota pero cariñosa. Wisty, la malhechora de instituto. Wisty, la bruja mala y terrorífica. Wisty, la Liberadora. Wisty, la ratona muerta. O algo que se iba a parecer muchísimo a eso.

Entonces me di cuenta. Mi agitada respiración se detuvo literalmente. No se trataba de una superficie lisa. En lugar de eso, estaba rodeada por un olor purulento, cien veces peor que la bolsa de gimnasia de Whit.

Y yo estaba cayendo directamente encima.

Una luz tenue empezó a llenar el túnel debajo de mí, y en ese instante vi el lugar en el que iba a terminar mi caída sin frenos: la montaña de basuras de la cárcel.

Afortunadamente, había una especie de tela metálica tendida. La golpeé a una velocidad de ciento veinte kilómetros por hora. Menos mal que las cuerdas tenían cierta elasticidad, si no, estoy segura de que me hubiera aplastado en el acto. Si la tela metálica hubiera estado un poco más tensa o un poco menos, la habría traspasado como si fuera mantequilla. Pero tal y como estaba, aquella cosa funcionó como una cama elástica y me hizo rebotar hasta el túnel antes de la caída final.

La fuerza del impacto sacó todo el aire de mi cuerpo, y en ese mismo instante me di cuenta de que me había roto varias costillas y la pata izquierda. Por la manera en que me colgaba la cabeza, y por el hecho de que no podía ver bien, supuse que también tenía una conmoción cerebral.

Temblando, herida y desorientada, pero viva, me obligué a mí misma a examinar los alrededores. Le había hecho una buena marca a la tela metálica, y los oxidados herrajes que la mantenían en su sitio casi se habían arrancado.

Entonces retrocedí, al oír un ruido tras de mí. Superé mi sensación de vértigo —se me dan tan mal las alturas que normalmente giro la cabeza hacia atrás en las escaleras mecánicas de bajada—, y me di la vuelta para mirar a través de la tela.

En realidad no era un patio de basuras, sino un gran contenedor metálico descubierto, lleno de sábanas retorcidas, uniformes sucios y repugnantes despojos de la cocina de la cárcel. Y estaba (sorpresa) ¡lleno de ojos que me miraban!

Ratas. Decenas de ratas. De pelo sucio, cola grasienta y mirada malvada.

Normalmente no soy demasiado mojigata con estos animales. Mi profesor de ciencias incluso trajo una a clase el año pasado. Pero esas eran ratitas blancas domésticas. Y yo ya no era una chica humana: era un ratón, es decir, una presa.

«Venga, magia. Haz el favor». ¿Un hechizo que me haga trepar o volar? ¿Uno que disuelva estas ratas en el olvido? ¿Uno que convierta todo esto en un sueño del que pueda despertar?

Pero mi mente, mi energía y mi espíritu estaban completamente congelados. Solo era capaz de mirar a las ratas, a su pelo revuelto, sus ojos negros y sin alma, sus malignos dientes amarillos, sus colas rosas como lombrices.

Por el momento estaba a salvo. Como poco había dos metros de espacio entre ellas y yo, y a menos que se les diera endemoniadamente bien hacer pirámides humanas (no «humanas» en sentido estricto), no iban a ser capaces de acercarse demasiado.

Miré hacia arriba y vi una soldadura en la que convergían dos barras de metal. No era mucho, pero bastaría para escalar por ella. Y si había otra junta más arriba, y luego otra…

Salté desesperadamente hacia lo alto, alzando la pata que no estaba herida, y fallé.

Una lástima, porque los herrajes de metal no estaban preparados para sostener otra caída, y cedieron en ese momento.

No, no, ¡no!

La tela metálica se abrió y caí de espaldas, sin poder evitarlo, sumergiéndome en la basura y en esa pesadillesca masa de ratas.