CAPÍTULO CUARENTA Y TRES

Sam

Hojas

Debería haber sabido que aquello acabaría por pasar. Y en cierto modo, creo que lo presentía, porque apenas me sorprendió ver aquel todoterreno azul aparcado frente a la casa de Beck.

Era uno de esos coches relucientes del tamaño de un supermercado pequeño. En la matrícula ponía CULPEPER y, cómo no, el mismísimo Tom Culpeper se encontraba junto a él. Estaba hablando con Colé; aunque gesticulaba violentamente, Cole no parecía nada amilanado.

No tenía ninguna razón para odiar a Tom Culpeper, exceptuando el hecho de que había organizado una cacería de lobos y me había pegado un tiro en el cuello.

Así que, cuando lo vi en la entrada de mi casa, el estómago se me encogió.

—¿Es ese Tom Culpeper? —preguntó Grace, y por su voz supe que se alegraba tanto de verlo como yo—. ¿Crees que habrá ve nido para preguntar por Isabel?

Un cosquilleo de inquietud me recorrió la espalda.

—No —respondí—, no lo creo.

Cole

Tom Culpeper era un capullo.

Teniendo en cuenta que yo también lo era, tenía todo el derecho del mundo a colocarle la etiqueta.

Llevaba un buen rato intentando sonsacarme dónde estaba Beck cuando el pequeño Volkswagen gris de Sam aparcó junto al bordillo. Sam salió por la puerta del conductor con cara de preocupación: estaba claro que ya había tenido algún encontronazo con aquel tarugo.

Tom Culpeper dejó de rajar al ver que Sam avanzaba sobre la hierba amarillenta. La tarde estaba tan sombría que su cuerpo no proyectaba ninguna sombra

—¿Puedo ayudarle en algo? —preguntó Sam al llegar junto a nosotros.

Culpeper metió los pulgares en los bolsillos de sus chinos y le observó. De repente parecía jovial, seguro de sí mismo.

—Tú eres el chico de Geoffrey Beck, ¿verdad? El adoptado.

—Sí —respondió Sam con una sonrisa tensa.

—¿Sabes si anda por aquí?

—Me temo que no.

Grace se colocó entre Sam y yo. Tenía el ceño ligeramente fruncido, como si estuviera escuchando alguna canción que los demás no percibíamos y no le estuviera gustando. La sonrisa irónica de Culpeper se ensanchó al verla.

—Cuando le vea, le diré que ha venido a buscarle —añadió Sam.

—¿Es que no va a volver hoy?

—No, señor —contestó Sam, consiguiendo sonar educado e insolente al mismo tiempo. Pensé que tal vez le hubiera salido así sin querer.

—Es una lástima, porque me gustaría mucho darle una cosa en persona. Aunque supongo que podéis entregársela vosotros —dijo Culpeper señalando el maletero de su coche con la barbilla.

Sam fue tras él, con el rostro tan sombrío como el cielo, y yo le seguí de cerca. Grace se quedó atrás.

—¿Crees que esto podría interesarle a tu padre? —preguntó Culpeper mientras abría la puerta del maletero.

Hay momentos que te cambian para siempre. Para mí, aquel fue uno de ellos.

En el maletero, entre un montón de bolsas de plástico y latas de aceite, había un lobo muerto. Yacía de lado, con las patas encogidas. Tenía manchas de sangre en el pelaje del cuello y el vientre. Su mandíbula estaba ligeramente abierta, y la lengua asomaba lacia entre los caninos.

Era Victor.

Sam se llevó el dorso de la mano a la boca, muy lentamente. Yo me quedé mirando la cara gris y negra del lobo, los ojos castaños de Victor que miraban sin ver la superficie enmoquetada del maletero.

Crucé los brazos para ocultar el temblor de mis manos El corazón se me sacudía como si estuviera cogiendo carrerilla para escapar. Hubiera querido darme la vuelta para no verlo más pero no era capaz.

—¿Qué es esto? —preguntó Sam con frialdad.

Culpeper agarró al lobo por una de las patas traseras y le dio un tirón. El cuerpo aterrizó en el suelo con un golpe sordo. Grace soltó un grito; en su voz sonaba el mismo horror que estaba empezando a crecer dentro de mí.

Aparté la mirada: me sentía como si las tripas se me estuvieran desenrollando.

—Díselo a Beck —gruñó Culpeper—. Dile que deje de alimentar a estas alimañas. Si vuelvo a ver alguna rondando por mi propiedad, le pegaré un tiro igual que a esta. Pienso matar hasta al último lobo que se cruce en mi camino. Esto es Mercy Falls, no el National Geographic —miró a Grace, que parecía tan descompuesta como yo, y se dirigió directamente a ella—. Y tú… Pensaba que sabrías buscarte amigos más adecuados, teniendo en cuenta quién es tu padre.

—¿Más adecuados que Isabel? —consiguió replicar Grace.

Culpeper le dedicó una sonrisa, casi una mueca.

—Señor Culpeper, estoy seguro de que sabe usted a qué se dedica mi padre adoptivo —intervino Sam, reaccionando al oír la voz de Grace.

—Evidentemente. Es una de las poquísimas cosas que tenemos en común.

—Y también estoy seguro de que no es especialmente legal arrojar un animal muerto en una propiedad privada —repuso Sam en un tono inquietantemente monótono—. Estamos en época de veda para la mayor parte de los animales, y desde luego para los lobos. Si esto puede ser objeto de alguna acción legal, mi padre es la persona adecuada para emprenderla.

Culpeper sacudió la cabeza y se dirigió hacia la puerta del conductor.

—Muy bien, pues le deseo suerte. Pero hace falta pasar algo más que la mitad del año en Mercy Falls si quieres que el juez se ponga de tu lado y no del mío.

Apenas podía aguantar las ganas de tirarme a su cuello: necesitaba borrarle esa sonrisa engreída y untuosa de la cara. Cerré los puños.

Por un momento pensé que no iba a ser capaz de dominarme.

Y entonces algo me rozó el brazo. Bajé la mirada y vi que Grace acababa de rodearme la muñeca con los dedos. Me miró mordiéndose el labio; por la expresión de sus ojos y la posición de sus hombros, me di cuenta de que tenía tantas ganas como yo de sacudirle a aquel cretino. Eso fue lo que me detuvo.

—Será mejor que quitéis esa cosa de ahí si no queréis que le pase por encima con el coche —dijo Culpeper mientras cerraba la puerta del conductor.

Los tres nos abalanzamos hacia el cuerpo de Victor, y logramos apartarlo justo antes de que el todoterreno empezara a dar marcha atrás.

Hacía una eternidad que no me sentía tan pequeño, tan impotente frente a un adulto.

—Se ha ido. Cabrón… —masculló Grace cuando el coche azul se perdió de vista.

Me dejé caer de rodillas al lado del lobo y le levanté el hocico Los ojos de Victor me devolvieron la mirada, apagados e inertes, tragados por la muerte.

Y le dije lo que debería haberle dicho hacía mucho tiempo:

—Lo siento, Victor. Lo siento.

Era la última persona a la que pensaba destruir en mi vida.