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Romain Rolland, testigo de la acusación en el eterno juicio contra Goethe, sobresalía por dos características: por una actitud de adoración hacia la mujer («Era mujer, y ya sólo por eso la amamos», dice de Bettina) y por un deseo entusiasta de apoyar el progreso (lo cual significaba para él: apoyar la Rusia comunista y la revolución). Es curioso que este admirador de las mujeres admirase al mismo tiempo tanto a Beethoven por negarse a saludar a unas mujeres. Porque de eso se trata, si hemos entendido bien la historia del paseo de Karlsbad: Beethoven, con el sombrero calado hasta la frente y con las manos a la espalda, avanza hacia la emperatriz y su corte, en la que junto a los señores también habría damas, con toda segundad. ¡Si no las saludó es que era de una descortesía sin igual! Pero precisamente eso es lo que no resulta creíble: aunque era extravagante y atravesado, Beethoven nunca fue maleducado con las mujeres. Toda esa historia es una evidente estupidez y la confianza con que fue aceptada y transmitida sólo es posible porque la gente (¡e incluso un novelista, lo cual es una vergüenza!) había perdido todo sentido de la realidad.

Me dirán que es improcedente investigar la verosimilitud de una anécdota que evidentemente no es un testimonio, sino una alegoría. Bien; veamos entonces la alegoría como alegoría; olvidemos cómo surgió (de todos modos nunca lo sabremos con precisión), olvidemos el sentido partidista que uno u otro haya querido otorgarle y tratemos de captar, si puede decirse así, su significado objetivo:

¿Qué significa el sombrero de Beethoven calado hasta la frente? ¿Que Beethoven rechaza el poder de la nobleza por reaccionario e injusto, en tanto que el sombrero en la humilde mano de Goethe pide que se conserve el mundo tal como es? Sí, esta es la interpretación generalmente aceptada, que sin embargo resulta indefendible: al igual que Goethe, también Beethoven tuvo que buscar en su época un modus vivendi para sí y para su música; por eso dedicó sus sonatas unas veces a unos príncipes y otras veces a otros y ni siquiera dudó en componer, en honor de los triunfadores que se reunieron en Viena después de la derrota de Napoleón, una cantata en la que el coro grita: «¡Que el mundo vuelva a ser como era!»; fue incluso tan lejos que escribió para la zarina rusa una polonesa, como si pusiera simbólicamente a la pobre Polonia (a esa Polonia por la que treinta años más tarde tan valerosamente luchará Bettina) a los pies de su invasor.

Si Beethoven avanza en nuestra imagen alegórica hacia un grupo de aristócratas sin quitarse el sombrero, eso no puede significar, por tanto, que los aristócratas son unos despreciables reaccionarios y él un admirable revolucionario, sino que quienes crean (estatuas, poemas, sinfonías) merecen mayor honor que quienes gobiernan (a sirvientes, a funcionarios o a naciones enteras). Que la creación es más que el poder, el arte más que la política. Que inmortales son las obras y no las guerras y los bailes de los príncipes.

(Goethe, por lo demás, tiene que haber pensado lo mismo, sólo que no consideraba útil exponerles a los señores del mundo esta desagradable verdad allí mismo, en vida. Estaba seguro de que en la eternidad serían ellos quienes hiciesen antes la reverencia y eso le bastaba).

La alegoría es clara y sin embargo se interpreta generalmente en contradicción con su verdadero sentido. Aquellos que al ver esta imagen alegórica se apresuran a aplaudir a Beethoven no entienden en absoluto en qué consiste su orgullo: son en su mayoría personas cegadas por la política, que suelen preferir a Lenin, Guevara, Kennedy o Mitterrand a Fellini o Picasso. Seguro que Romain Rolland hubiera hecho, al quitarse el sombrero, una reverencia mucho más profunda que Goethe si por el paseo de Karlsbad avanzase Stalin hacia él.