9

ME BASTA ASÍ

Mauro y yo dormimos tres o cuatro noches juntos entre semana. Los viernes y los sábados cada uno sale con su gente, y los domingos nos vemos dependiendo de los planes. Algunas veces también quedamos los sábados por la noche cuando cada uno vuelve de su fiesta. Nos enviamos un mensaje a última hora, nos encontramos en el portal y hacemos como si acabáramos de conocernos.

—Hola —dice uno de los dos, por ejemplo, él.

—Hola, ¿te conozco? —pregunto yo.

—No, pero conocerme es un plan muy interesante… —contesta Mauro en plan actor de Hollywood—. Yo que tú, me tendría muy en cuenta.

—Te pasas de chulo —digo yo en plan actriz de cine francés, que son unas bordes—. Adiós.

Y cuando voy a entrar en el portal, me coge en brazos por detrás y, como me resisto, acaba subiendo la escalera conmigo a cuestas. Al entrar en casa hacemos como si acabáramos de entrar en un garito y nos ponemos a bailotear un rato juntos. Somos así de idiotas.

Todavía no les he dicho nada de lo de Mauro a Rita y a Carlota —no vaya a ser que al contarlo se joda—, y como los fines de semana sigo haciendo planes con ellas, nadie sospecha de nuestra relación. Es secreta.

Cuando dormimos juntos, Mauro me despierta con una canción que pone en su móvil, y yo siempre le digo que es una cursilada, pero cuando estoy sola me la vuelvo a poner y busco la traducción de la letra en Internet. No hemos ido más al cine para no discutir por las películas, pero salimos a cenar de vez en cuando, hemos ido a ver un par de exposiciones e incluso un día fuimos juntos a un centro comercial a hacer una compra para llenar la nevera. Yo fui enfurruñada, claro, no entendía que tuviéramos que ir a un centro comercial con la de tiendas que hay en Madrid. Mauro me dijo que qué problema tenía con las grandes superficies, que tienen parking y de un solo viaje se llena el maletero, así no tenemos que ir por la calle cargados de bolsas con riesgo de torcernos un tobillo con las obras que hay en la ciudad. Yo le dije que me dejara en paz, que si no me estaba viendo empujar el carrito. Se rió, me dio un beso y echó una bolsa de magdalenas en el carro.

No sé por qué me siento tan bien cuando estoy con él si no nos parecemos en nada. A lo mejor es por el pacto.

—Mauro —le he dicho esta mañana cuando nos hemos despertado.

—¿Qué?

—Tú estás bien así, ¿no?

—¿Así, cómo?

—Así, viviendo cada uno en su casa, viéndonos de vez en cuando pero sin proyectos de futuro… Sin pedirnos demasiadas explicaciones, vaya. Así.

—¿De amantes, quieres decir?

—¿Amantes?

—Sí, amantes, Nata. Es lo que querías, ¿no? Desde el principio me dejaste claro que aquí cada uno tiene su espacio. Ni siquiera tengo un cepillo de dientes en tu casa, que me lo tengo que llevar con la ropa en el maletín de la moto todas las mañanas.

—Es un pacto, ¿no?

—Jajaja —rió—. Querrás decir que es un pacto unilateral, ¿no? Porque lo decidiste tú solita.

Intenté recordar en qué momento preciso se me había ocurrido lo del pacto. Fue la noche siguiente a que Mauro me contara lo de su ex, una historia a la que di tantas vueltas que acabé mareada. No hacía más que pensar en ella, en cómo sería «la mujer perfecta», en aquellas escenas de celos y de reconciliaciones en las que los dos perdían la cabeza. Me los he imaginado yonquis de sí mismos, adictos a la dosis diaria de chute emocional. Y he pensado qué pasaría si Elena volviera a llamar a Mauro, si un día suena su teléfono y ella le dice que quiere verlo y, cuando llega, se pone a lloriquear y lo abraza porque no puede vivir sin él y lo echa tanto de menos que está dispuesta a intentarlo de nuevo. Me pregunto qué haría él. Si le hablaría de mí. Quizá sólo la besaría y después se mirarían a los ojos y se dirían lo importantes que son el uno para el otro. Entonces Mauro nunca más en la vida me llamaría ni me cogería el teléfono, porque habría decidido volver a la casa que se compró con ella para reencontrarse con su vida en pareja y planificar las vacaciones y los fines de semana con amigos y con niños.

Cuando llegué a aquel momento se me revolvieron las tripas y tuve que ir a la cocina a hacerme una manzanilla. Y fue justo allí, en la cocina, mientras contemplaba el plato del microondas girar con mi vaso de agua burbujeando encima, donde me di cuenta de que tenía que hacer algo. Tenía que hacer un pacto con Mauro que no nos desgastara, que no nos dejara estar nunca con el agua al cuello. Porque ya lo había dicho él al contarme lo de Elena: «Cuando la relación se estabilizó, cuando todo se tranquilizó y sólo teníamos tiempo para querernos, nuestro amor se rompió en mil pedazos.» Como la relación de Donato y Paula, como la que mi jefe había tenido antes con Mayte. Como la de Jonás y Carlota. Como la mía con Beto. Como la de Diego Santaclara con la bailarina. Como la del camarero de la chocolatería. Todas las historias acaban por aburrimiento, y la única posibilidad de que la nuestra no termine como todas es que nunca sintamos que nos ahogamos el uno con el otro. Pero ¿cómo diablos se consigue? Y, sobre todo, ¿cómo se hace para que ninguno de los dos sufra? Al hacerme aquella pregunta, se me encendió una luz en la frente: «¡El documento!»

Me fui corriendo a la estantería a rebuscar entre los papeles. Abrí cajones, saqué cuadernos, revolví recibos y facturas, sacudí unos cuantos libros por si lo hubiera metido entre sus páginas, miré en el armario donde guardo el papel higiénico y las medicinas, pero nada, ni rastro del documento. Me senté en el suelo, cerré los ojos y los puños con fuerza para concentrarme bien y recordar dónde lo había puesto, y entonces me di cuenta de que jamás iba a encontrarlo porque no lo había escrito. Yo había dicho «Pienso escribir un documento…», pero nunca lo escribí. No existía. Así que llamé corriendo a Mauro y, a falta de documento, le dije que tenía que hacer conmigo un pacto que nos comprometiera a vivir el momento, pero no nos hiciera pensar nunca en el mañana.

—Es impepinable —le dije—. Sin pacto no sigo contigo.

—Vale —me dijo—. ¿Dónde tengo que firmar? ¿En tu ombligo?

Y ahora, al cabo de unos meses de aquello, me doy cuenta de que, aun con su firma en mi ombligo, tengo miedo de todo: de que me deje por ella, de que se aburra de mí, de que yo me aburra de él, de que quiera dar un paso y yo no se lo permita, de que no quiera dar ninguno.

—Te he dicho en broma lo del pacto unilateral —ha comentado al tiempo que me daba un pellizco en la mejilla para espabilarme—. Que se te ha ido el santo al cielo…

He salido del ombligo, del pacto y de la soga al cuello y lo he mirado. Me estaba sonriendo entre las sábanas.

—Yo estoy bien, Fortunata. Estoy feliz. Me basta así.

Cuando se ha ido me he quedado un rato en la cama dándole vueltas al asunto: que no necesita nada más, que está bien así, pero ¿así hasta cuándo? Porque… ¿y si Beto tiene razón? ¿Y si no puedo volver a tener una relación con nadie nunca más en toda mi vida porque no quiero aburrirme mientras estamos tirados viendo la tele? ¿Y si la vida cotidiana se me vuelve a echar encima? Pero… ¿cuál es la alternativa? ¿Estar sola para siempre? Recuerdo cuando los domingos por la tarde me parecían una mierda porque no hay nada peor en el mundo que un domingo por la tarde cuando acaban de dejarte. Insisto: habría que borrarlos del mapa. Que no existieran. Que desaparecieran de un plumazo. ¿Quién quiere vivir un domingo por la tarde cuando te duele la cabeza de la resaca del sábado, cuando nadie quiere hacer planes contigo porque se han ido de barbacoa y «sólo vamos parejas, pero vente si quieres»? ¿Cuando acabas en el sofá muerta de aburrimiento sin dejar de pensar en que al día siguiente es lunes y la tarde del domingo se te está escurriendo como arena entre los dedos? Cuánto tiempo ha pasado desde aquellos domingos y cuánto han cambiado las cosas. He dejado de odiarlos, incluso podría decir que me gustan a ratos, pero claro, lo digo porque sé que, si quiero, los paso acompañada porque estoy con Mauro. Así que quizá las cosas no hayan cambiado tanto, o a lo mejor han cambiado las cosas pero yo no. Eso sería lo peor, que todo evolucionara a mi alrededor excepto yo. No quiero pensarlo.

«Como si fueras a atormentarte otra vez porque la vida cotidiana se te vaya a echar encima…»