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El teniente Ernst Kyller observaba con sus prismáticos los dos cruceros ingleses que daban vuelta alejándose de la costa y se fundían con la oscuridad que caía velozmente sobre el océano y la tierra. Se habían ido.

—Todos los días es igual —Kyller dejó que los prismáticos cayeran contra su pecho y sacó el reloj del bolsillo de su chaqueta—. Quince minutos antes de la caída del sol y otra vez quince minutos antes de que salga el sol, navegan por aquí para demostrarnos que están esperando.

—Si, señor —estuvo de acuerdo el marinero que escudriñaba en la caseta de la tripulación al lado de Kyller.

—Voy a bajar ahora. Esta noche la luna sale a las 23:44, manténgase despierto.

—Sí, señor.

Kyller balanceó sus piernas sobre el costado y se enganchó con los pies en los peldaños de la escalerilla de cuerda. Luego bajó por la palmera hasta la playa, quince metros más abajo. Cuando llegó a la playa, la luz ya se había ido y el lugar era una borrosa mancha blanca bajo la fosforescencia verdosa de la marejada.

La arena crujía como azúcar bajo sus pesadas botas mientras se dirigía hacia donde estaba anclada la lancha. Mientras caminaba, su mente estaba totalmente absorta en los detalles del sistema de defensa.

Sólo por dos de las muchas bocas del Rufiji podían atacar los ingleses. Estaban separadas por una alta isla cuneiforme de arena, cieno y mangles. Fue en la parte que daba al mar, dentro de la isla, donde Kyller hizo colocar los cañones antiaéreos de cuatro libras sacados de sus montajes en la cubierta superior del Blücher.

Sumergió una balsa de leños en el barro para que tuvieran una base firme donde apoyarse e hizo cortar los mangles de manera que pudieran disparar sin obstáculos a derecha e izquierda. Las luces de rastreo estaban situadas con igual cuidado; de esa forma podían iluminar hacia ambos lados sin deslumbrar a los artilleros.

Pidió al comandante Lochtkamper un cable de acero de nueve centímetros, consciente, no obstante, de que conseguirlo era tan difícil como que un insolvente obtuviera dinero de un prestamista, pues el comandante Lochtkamper no podía sacarlo fácilmente de sus depósitos. A lo lejos, río arriba, el subteniente Proust seleccionó a algunos de sus hombres para talar cincuenta gigantescos árboles de caoba africanos. Hicieron flotar los troncos corriente abajo, cortados del tamaño de las columnas de un templo griego. Con esto y el cable, Kyller hizo poner una cadena de contención que se extendía entre ambos canales, un obstáculo tan formidable que incluso destrozaría la barriga de un crucero pesado que viniera río abajo a toda velocidad.

No satisfecho con eso, porque Kyller había desarrollado la teutónica capacidad de tomar infinitas precauciones, elevó las gruesas minas esféricas con sus siniestros cuernos que el Blücher había esparcido tras de sí en su trayecto río arriba. Las volvió a acomodar en hileras geométricas detrás de su extendida cadena de contención, una tarea que dejó a sus hombres casi en estado de postración nerviosa y agotados.

Dicho trabajo supuso diez días e inmediatamente después Kyller comenzó a levantar los puestos de observación en las distintas elevaciones del terreno que dominaban el océano. Los construyó en lo alto de las palmeras y en las islas más pequeñas que daban al mar. Convino un sistema de señales con sus vigías, banderas y heliógrafos durante el día, y cohetes voladores por la noche.

Durante las horas de oscuridad, dos botes balleneros remaban continuamente a lo largo de la cadena de contención, tripulados por marineros que abofeteaban crispadamente la tenue nube de mosquitos que zumbaba alrededor de sus cabezas, y pronunciaban ocasionales juicios venenosos sobre los antepasados del teniente Kyller, sus actuales méritos y sus futuras perspectivas.

A las diez de la noche sin luna del 16 de junio de 1915, el torpedero inglés YN2 se deslizó con sus dos motores funcionando suavemente entre los elaborados preparativos de recepción del teniente Kyller.