19

Bibbi Johansson se golpeó la cabeza con la palma de la mano para indicar que eran todos unos idiotas. Se encontraba junto a la casita de Camilla Ekstróm vigilando el trabajo de la policía.

—No doy crédito a mis oídos… ¿Así que la policía tiene que hacer su trabajo con tranquilidad? ¡Anda ya! Ahí dentro hay un montón de tíos buscando. Y ya sé yo cómo buscan los hombres. Es de risa. «Échate a un lado que te voy a enseñar cómo se hace. Todas las chicas jóvenes escriben un diario, lo he visto mil veces en las series policíacas que dan por la tele. Lee el diario y sabrás quién es el asesino», le he dicho. «Es fácil. Por si quieres saberlo, está debajo del colchón». Así se lo he dicho al policía. Siempre guardan ahí los diarios. ¿Y dónde lo habéis encontrado…? Dímelo… ¿dónde lo habéis encontrado? —preguntó, triunfante—. Y seguro que en el bolso llevaba una agenda. ¿Habéis mirado en el bolso?

—Gracias por la información, comprobaremos minuciosamente ese asunto —respondió Hartman con amabilidad forzada.

Maria procuró no mirarlo mientras lo decía. Ciertamente, en el registro de la pequeña casa de Camilla Ekstróm había aparecido el diario. Lo había encontrado Erika justo después de que Bibbi Johansson dijera a todo aquel que quisiera escucharla dónde tenían que buscar. Para asombro de todos estaba debajo del colchón. De manera inexplicable Bibbi lo sabía y luego se mostró exultante y absolutamente insoportable. Cuando llegó un reportero del periódico, se abrió paso hasta llegar delante de él para darle su versión de los hechos. Maria no quería ni pensar en los titulares del día siguiente.

—¡Estoy aterrada! ¡La policía no hace nada!

Es curioso cómo reaccionan algunas personas ante las tragedias, se vuelven eufóricas, pensó Maria.

—Tal vez podríamos ir a tu casa para que me cuentes qué otras observaciones has hecho —le dijo, y consiguió que Bibbi la siguiera camino abajo.

—El primo de mi marido es vigilante de seguridad y dice que la policía tiene que buscar al culpable en el círculo más próximo a la víctima. Deberíais preguntarle a Sture, él sabe cómo hay que hacer una investigación. Lleva mucho tiempo trabajando en ello. —Bibbi hizo un gesto con la cabeza a Hartman, que no sabía qué cara poner en una situación tan seria—. A Sture no le cabe en la cabeza que haya que estudiar tantos años para un trabajo tan sencillo como el de policía. Solo hay que coger a esos cabrones y meterlos entre rejas. Eso dice Sture, y sabe de qué habla porque lleva más de veinte años trabajando de vigilante de seguridad.

—Esa es una teoría, claro —dijo Maria—. El problema está en dar con el culpable y encontrar pruebas que se sostengan en el juicio. —De lo contrario podríamos detenerte a ti y el problema de encontrar un chivo expiatorio quedaría resuelto. Esto último lo pensó, pero no lo dijo, mientras esperaba a que Bibbi atara al perro—. ¿Sabes si Camilla Ekstróm recibía visitas a menudo?

—Camilla acababa de mudarse a vivir aquí. Había alquilado la casa para el verano a Lennart Björk. Él alquila casas a más gente. En la casita roja ni siquiera hay agua caliente, así que no deja de ser extraño que consiga alquilársela a alguien. No he visto que haya tenido ninguna visita, pero como te digo no lleva mucho tiempo viviendo aquí. —Cuando Bibbi bajó la voz y empezó a hablar en un tono normal fue más fácil charlar con ella.

—¿Cuándo fue la última vez que la viste? —Maria se sentó en la terraza pintada de blanco de Bibbi Johansson; Sixten, para gran satisfacción suya, estaba en la caseta dando cuenta de la comida que había dejado a medias.

—La semana pasada la vi salir al jardín en camisón. Se lo había metido por debajo del pantalón, pero vi con claridad que era un camisón. Eran las dos de la madrugada. Sixten ladró y por eso me desperté.

—¿Viste adónde iba? ¿Estuvo mucho tiempo fuera? —Maria entornó los ojos hacia el sol. Hacía calor de verdad aunque solo estaban a finales de mayo.

—Cruzó al jardín de Frida Norrby. Desde la ventana de mi habitación no podía verla bien, así que me fui a la cocina y entonces la vi al lado de la ventana del cuarto de estar de Frida. Allí mismo, al lado del seto, pero no pude ver si entró. En camisón. Imagínate… Si Lennart, el sacristán, hubiera estado mirando, podría haberla visto. Lennart es soltero.

—Seguro que habría podido soportarlo sin mayores consecuencias —dijo Maria con resignación—. ¿Esa fue la última vez que la viste?

—No sé. Cuando no trabaja, las persianas suelen estar bajadas hasta las doce, pero a las siete y media ya estaban subidas. Si hubiera tenido coche o bicicleta habría sido más fácil saber dónde estaba. Como cuando la enfermera visitaba a Frida, sabía que estaba ahí porque dejaba la bici tirada en el césped, no te creas que la dejaba bien apoyada. Pero la enfermera también está muerta. ¡Tres muertos en la misma parroquia! ¿Por qué no hace nada la policía? Exijo protección. Seguro que las violaron a todas, ¿a que sí? ¿Por qué la policía no dice las cosas como son?

—Entonces, ¿cuándo fue la última vez que la viste?

—En la piscina, iba con Stina Haglund. Solo las vi de refilón cuando estaban nadando.

—¿A qué fuiste tú allí?

—Estaba enfadada. Es increíble, francamente. Mis compañeros de trabajo me regalaron un vale para masajes, pero la cantidad que ponía en cifras no coincidía con la que ponía en letras y a mí me parece que entonces uno automáticamente tiene derecho al importe mayor, ¿no es cierto? Quería que me devolvieran el dinero y así poder comprarme algo de verdad, una maceta de cerámica para colgar, por ejemplo.

Cuando consiguió la información que necesitaba y algo más, Maria se despidió dándole las gracias y se fue hacia el cordón policial que habían levantado alrededor de la casa de Camilla Ekstróm, donde en ese momento Erika Lund estaba asegurando las pruebas. Erika se levantó del suelo con un gesto de dolor y luego se sentó en las escaleras y se frotó sus doloridas piernas. Maria se sentó a su lado.

—¿Algo nuevo?

—A simple vista, no. Enseguida termino aquí fuera. Tardaremos un poco en recibir la respuesta del Laboratorio Nacional de Investigaciones Criminológicas. ¿Y tú?

—He hablado con el taxista, Joakim Rydberg.

—He leído sobre los últimos días en el diario de Camilla. Estaba muy enamorada. Tanto que me he sentido realmente incómoda leyéndolo. Se conocieron en la fiesta de cumpleaños de Stina Haglund, la jugadora de baloncesto, ya sabes. La última página estaba llena de corazones. Habían quedado en verse después de que ella fuera a la piscina.

—Sí, lo he visto. Pero ella no llegó a esa cita con Joakim en la ciudad, no salió de la casa de baños de Roma. He entrevistado a Stina Haglund antes de venir aquí. Pero tenemos un par de testigos que vieron a Joakim en la casa de baños. Él no estaba en condiciones de responder a esa pregunta, pero por la tarde, cuando se le haya pasado la borrachera, lo interrogaremos otra vez.