57

(NATALIE MARVIN)

Cuando penetré en Miller’s Court, se había hecho muy tarde. Era el 30 de octubre, y el frío y la niebla dominaban Londres. Había pasado el día trabajando de costurera en Aldgate, un modesto empleo que había conseguido hacía unos cuantos días. No ganaba mucho, pero siempre era mejor que andar enseñándole el coño y las tetas a un tipo asqueroso por tres míseros peniques, además de aguantar su apestoso aliento. Además, desde que estaba con Fred, no permitía que ningún hombre que no fuera Nathan me tocase.

Me acerqué al número 26 y me entretuve un poco buscando la llave. La luz estaba dada, ya que Mary se encontraba en casa. Hacía tiempo que no salía, pues temía que la apuñalasen. Bebía mucho y hacía cosas raras en el transcurso de aquel encierro voluntario. Así que los únicos peniques que entraban en casa procedían de mi empleo de costurera y de que Nathan salía de vez en cuando escopeta en mano y volvía al anochecer borracho, pero con algunos florines en el bolsillo. Le dije a Fred que no le reprendiera por ello, al fin y al cabo, era lo único que Nathan sabía hacer.

Pronto tendríamos el dinero suficiente para marcharnos todos de Londres. Ya había hablado con Fred de ello y, aunque con pesar, me había dicho que, con él fuera del caso, es lo mejor que podíamos hacer. Es más, me prometió ayudarnos con algún dinero de su cuenta.

Me acerqué a la puerta, pero los gritos procedentes del interior me sobresaltaron mucho. Pegué el oído a la puerta.

—¿Qué haces, Marie? —gritó un hombre en el interior. Era Joe Barnett.

—Pensé… Bueno, María y yo pensamos… que te gustaría… —farfulló Mary.

—¿Qué me gustaría…? ¡Eres una asquerosa, Marie Kelly! —bramó él—. ¡Eres una zorra asquerosa! ¡Eres una enferma mental! —añadió Joe, encolerizado.

—¡Alto ahí, maldito cabrón! ¡No te permito que me insultes! —gritó Mary, con la voz pastosa por el efecto del alcohol ingerido.

—¡No me grites, puta maldita! —estalló él, fuera de sí.

Se oyó un confuso forcejeo y luego una silla que se caía con estrépito. Una mujer gritó en el interior; después, una botella rompió la ventana y cayó en el patio, haciéndose añicos.

—¡Hija de puta! ¡Casi me matas! —gritó Barnett.

—¡Maricón! ¡Puto maricón, que no sirves para nada! ¿Qué pasa? —lo retó altiva—. ¿No puedes follarnos a las dos? ¿No te atreves? ¡No eres suficiente hombre para nosotras! ¡Pues vete a la mierda, gilipollas! ¡Que te den por el culo! —rugió Mary. Nunca la había oído tan furiosa.

—¡Te voy a…! —contestó él. Pareció pensárselo mejor y finalmente no hizo nada.

Hecho una furia, Barnett se aproximó a zancadas a la puerta. Me aparté y me interné en la oscuridad. El salió al patio con Mary, que se encontraba medio desnuda, detrás de su amante, gritándole improperios que podían escandalizar a todo el edificio.

—¿A que no te atreves, maricón? —rugió con unos ojos que parecían salirle de las órbitas—. ¿Qué me vas a hacer?, ¿me vas a matar? ¡Pues mátame, Joe! ¡Mátame si tienes cojones! ¡No puedes porque no eres un hombre! —Mary rió a carcajadas, en un estado de histeria—. ¡Vete de aquí, maricón! ¡Lárgate de mi casa! ¡Que te jodan por ahí, desgraciado! —añadió mientras le caía baba por la boca.

Barnett se marchó al fin de Miller’s Court. Yo salí de mi escondite y agarré a Mary por los hombros, obligándola a que me mirase a la cara.

—¡Mary, por dios!, ¿qué haces? —pregunté incómoda por la tensa situación—. Vamos adentro —me quité el chal de lana y la tapé con él.

—Llegas a tiempo, Natalie —me dijo, echándome a continuación su aliento a alcohol barato—. ¡Únete a nuestra fiesta! ¡Vamos, no tengas miedo! ¡María y yo nos lo estábamos pasando en grande!

Entramos en la casa y cerré la puerta.

En la habitación había otra chica. Se llamaba María Harvey y era prostituta. En ese momento, avergonzada, intentaba vestirse.

Senté a Mary en una vieja silla que crujía.

—Hola, Natalie —musitó la jovencita.

—Hola, María —contesté con frialdad.

Lo comprendí todo enseguida. Mary, borracha como una cuba, había invitado a María a hacerlo con ella, pero también a Joe Barnett…

—Mira que guapa es, Natalie —articuló Mary con voz rasposa—. Y su coño es dulce como un caramelo… Créeme… ¡Y cómo suspira la condenada! —Mary se levantó y besó a la muchacha en el rostro. Pero ella la rehuyó, mirándome con vergüenza.

—No, Marie… Esto no está bien.

—¿No está bien, dices? —preguntó con acritud—. ¡Hace un momento no pensabas eso! —gritó furiosa.

—¡Decías que me querías! —añadió.

—Me… me voy… a casa, Marie —balbució la muchacha, bajando luego la cabeza.

—¡Pues claro que te vas, furcia asquerosa! ¡Vete a chuparle el coño a otra! —bramó mi compañera.

María salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí, sin hacer ruido. Exhausta, Mary se dejó caer en la cama. Me levanté y tapé con una tela de arpillera el boquete de la ventana. Estuve un rato mirando a Mary, que lloraba en silencio bajo la luz de la casi consumida vela. Veía ya a mi amiga en lo más bajo.

Mary, mi ejemplo de energía y fuerza durante años, permanecía ahora tumbada en una cama ante mí, rindiéndose, emborrachándose y cometiendo barbaridades por doquier. Había tocado fondo… Al poco rato, se durmió.

Apagué la vela, me desvestí y me tumbé en la única cama que teníamos, donde había hecho el amor con mi inspector. Mary se estrechó a mí en sus sueños, en busca de protección ante imaginarios peligros. La abracé e intenté dormirme. En la chimenea, las últimas brasas iban consumiéndose poco a poco y con ellas, menguaba la luz de la deprimente habitación, que nos aislaba de los letales peligros del exterior.

Minutos más tarde entró Nathan en la casa, cerró la puerta con la llave que había dejado yo encima de la mesa, nos besó en la frente y se sentó en el suelo, al lado de la cama. Se recostó contra la pared y se tapó con su gabardina.

Cuando logré dormirme, lo último que oí fue el tenue crepitar del fuego consumiéndose, los ronquidos de Nathan y la respiración acompasada de Mary.

El día transcurrió sin complicaciones dignas de ser mencionadas.

Eludí las miradas de disculpa de Mary por la mañana e inventé la excusa de que habíamos roto el cristal en una pelea, cuando Nathan me preguntó al respecto. Al final, la rotura del cristal nos sirvió para algo. Quedé con Nathan y Mary en que el primero en llegar depositaría la llave en la mesa que había frente al agujero roto de la ventana. Así, los siguientes podrían meter la mano por el boquete y cogerla. O eso, o meter la mano por el agujero y hacer girar el picaporte para abrir la puerta.

Pasé el día con Fred en West End. Me vino a buscar por la mañana en un coche que había alquilado y nos trasladamos hasta su casa, en Whitehall. Hicimos el amor sin prisas, hasta la hora de comer. Después, fuimos a una tienda cercana y compramos ropa decente para mí, dado que en West End la mía desentonaba un poco. Tras asegurar que jamás había visto una mujer tan hermosa como yo, Fred me llevó al Hyde Park, en Westmister. ¡Era todo tan distinto! ¡Tan bello! Nada comparable a la suciedad de Whitechapel y de East End. Todo brillaba allí. Me parecía increíble que la ciudad de Londres pudiese albergar tanta belleza y tanto horror al mismo tiempo, y así se lo hice saber a Fred.

—Tú solo te mueves en East End, Natalie, que es una auténtica cloaca urbana… —me explicó, arrugando luego la frente—. Cuando cada día entro en Whitechapel, veo el infierno. Es el horror de vivir a solo un paso de dos mundos. Pero no creas que esto es mejor que East End —añadió con un deje de amargura.

Apreté su brazo y le regalé un gracioso mohín.

—¿Y eso por qué? —pregunté, muy interesada.

—Porque aquí flota la hipocresía, la explotación de los más pobres… ¿Por qué crees que esta gente vive tan bien? Lo hace a costa de la clase obrera, de sus padecimientos…

Paseamos durante toda la tarde por el grandísimo parque. Me hicieron mucha gracia las ardillas que subían y bajaban de los árboles. Cuando anocheció, Fred alquiló un coche y me llevó a su casa. Era todo un caballero.

Una vez allí, insistí en ponerme mis viejas ropas y dejar en su casa las que me había comprado.

—Si pasease por Whitechapel con esto encima, no tardarían en asaltarme y matarme —le confesé con voz queda.

El coche, tirado por unos caballos blancos de exuberante cola, nos trasladó a East End y, una vez en Dorset Street, me apeé y besé a Fred con renovada pasión. El vehículo tiró de las riendas, y los caballos comenzaron a patear de nuevo los sucios adoquines para llevar a Fred calle arriba.

Unos días más tarde, la noche del 5 de noviembre, durante la denominada Bonfire Night, Nathan y yo nos acercamos a Whitechapel Road a ver las hogueras que se habían formado. En esa noche se rememoraba el atentado sufrido en el siglo XVII por el rey James I, a causa de una bomba colocada por un traidor llamado Fawkes…, o eso es lo que al menos me contó Nathan.

Cuando acabaron las hogueras, mi protector fue al Ringer a tomarse una copa y yo regresé a casa. Mary no había llegado aún, así que cerré la puerta con llave y la dejé luego en la mesa, debajo de la ventana, a la altura del boquete abierto, para que mi compañera pudiera cogerla con facilidad al entrar. Me acosté en la cama.

Al poco rato entró Mary en casa y más tarde Nathan. Respiré tranquila. No tardé caer en un profundo sueño.

Ichabod Crow llevaba todo el día vigilando la casa de aquellas putas de mierda. Hacía escasos momentos, había visto como una de ellas entraba en ella. Este podría ser el momento. Entraría en la vivienda y mataría a la zorra… No obstante, su señor no le había encomendado precisamente eso.

En cuanto vio que se apagaba la luz, esperó un poco más. Su experiencia militar le había demostrado en más de una ocasión que apresurarse no era bueno. E hizo bien, pues al poco rato la otra furcia entró en la casa y después de ella, el asesino. Ahora sí.

El siniestro cochero se acercó despacio a la ventana rota e introdujo la mano. Sabía dónde se encontraba la llave, pues había oído hablar a las chicas sobre su exacta ubicación el pasado día. Cogió la pequeña llave de metal y sacó la mano. Ya estaba. Se la guardó en un bolsillo y salió de Miller’s Court. Se aproximó a su coche, que estaba aparcado calle abajo con los caballos atados a una valla, y subió de un ágil salto a él.

Su misión había terminado… Al menos por ahora…

El resto de los días pasaron con tranquilidad, hasta el 7 de noviembre.

Había pillado a Mary borracha y en vergonzosa intimidad con otras mujeres —entre ellas, María Harvey— durante toda la semana, jadeando placeres prohibidos. Nathan llegaba cada vez más tarde y, además, más borracho. Y para colmo, la llave de la casa seguía sin aparecer, por lo que no dormía tranquila.

Ahora abríamos la puerta metiendo la mano por el cristal roto y girando el pomo desde dentro, pero aquello no era seguro. Nathan decía que no teníamos nada que mereciese la pena llevarse, pero a mí no me convencía en absoluto. El dinero de nuestros pasajes a Irlanda estaba guardado en la cuenta corriente de Fred.

Aquel día había pasado toda la tarde con mi inspector en West End y volvía sola a mi casa por Dorset Street. Hacía frío y lloviznaba a ratos. Una vez más, el otoño se presentaba duro. Los gamberros habían fundido casi todas las luces de gas de la calle, por lo que casi no veía nada. Las de la tienda de McCarty me indicaron que el pasadizo a Miller’s Court estaba cerca. Apreté el paso, pero una inquietante sombra salió a mi encuentro. Grité agitada.

—¿Marie Kelly? —preguntó la sombra con suavidad, como temiendo molestar.

Reconocí al dueño de aquella voz. Era Indian Harry, un empleado del señor McCarty. Había sido un veterano de Bengala, pero ya estaba retirado del ejército británico. Era muy amigo de Nathan, pues los dos profesaban el mismo asco al Imperio.

Aunque Indian Harry se confundía, le contesté airada:

—¡Joder, Harry! —exclamé todavía con el miedo en el cuerpo, a la vez que me recorría un cosquilleo—. ¡Vaya susto me has dado! —como siempre, me confundían con Mary debido a nuestro parecido y a que ella era mucho más conocida en Dorset Street que yo.

—Siento haberte asustado, Marie —él seguía en sus trece sobre mi identidad—. Es la cautela de un tigre lo que estaba ensayando… Lo aprendí en Bengala —afirmó, dándole luego una prolongada calada a su cigarro.

Resoplé un poco harta.

—Sí… Harry, muy bien —recordé que el viejo andaba ya un poco chiflado—. ¿Qué quieres? —le interrogué con mi mejor tono.

—McCarty quiere el alquiler, chica. Lo siento… Le he hablado de Nathan, pero lo quiere ya…

—He hablado con él esta mañana y le he dicho que lo tendrá dentro de nada —respondí, alzando algo la voz—. Buenas noches, Harry.

Todo era mentira. Era Mary la que había hablado con McCarty, pero deseaba irme de allí con rapidez.

—El viernes como muy tarde, chica —me avisó Harry.

Se dio la vuelta y se marchó calle arriba.

Yo me interné en el angosto pasadizo de Miller’s Court y seguidamente entré en casa, metiendo la mano por el agujero del cristal. Encendí las velas y preparé la lumbre para elevar la gélida temperatura ambiental. Poco después llegó Mary. Se la veía feliz, pero no borracha.

Indian Harry siguió calle arriba, pero al instante recordó que se le había olvidado advertir a Marie de la cantidad que le debía a McCarty. Se dio la vuelta y enfiló sus pasos hacia Miller’s Court. Pasó por delante del pasadizo y vio a Marie hablando con un hombre joven, apuesto, con un pequeño bigote negro y unos ojos azules muy peculiares.

El caballero vestía una chaqueta negra y un elegante sombrero de copa. Por encima de esta asomaban los largos y puntiagudos cuellos blancos de una camisa, al igual que los puños de aquella, que se dejaban ver debido a las cortas mangas de la chaqueta.

Indian Harry pensó que no le apetecía mezclarse en los asuntos de aquellas prostitutas, así que se marchó calle arriba, meditando que ya le diría a Marie cuánto debía a McCarty otro día.

Pero lo que ni Natalie ni nadie sabían era la identidad de la persona con la que la verdadera Mary estaba hablando poco antes de que aquella entrase en casa…

Crow penetró en Scotland Yard y pidió audiencia a Sir Charles Warren. Después de mostrar sus credenciales, le condujeron sin problemas hasta el despacho del jefe de la Policía metropolitana.

—Me envía Sir Howard Livesey, señor. Todo está dispuesto. La última víctima caerá mañana por la noche. Todo está preparado —informó glacial.

—¡Maldita sea! —exclamó Warren—. Esto es una auténtica locura. Dígale a Livesey y al resto de los conjurados que la hermandad no desea que esto continúe.

—La hermandad no es cosa nuestra, Sir Charles, sino suya. Además, nosotros nada tenemos que ver con sus preceptos. Nos encargamos de proteger, Sir Charles. El resto es cosa del doctor —precisó Crow—. Solo quería informarle de la fecha, nada más. Buenas noches.

Crow se dio la vuelta y salió del despacho.

Fastidiado, Sir Charles Warren sacó un cigarro de tabaco hindú y lo encendió. Le dio intensas caladas para calmar los nervios y por fin tomó una importante determinación. Llamó a su secretario, a quien le dijo que quería enviar un telegrama urgente y que avisase al inspector jefe Anderson.

—¿Puedo saber para qué, señor? —inquirió su subordinado, sin comprender nada del asunto.

—Para presentar mi dimisión —respondió Sir Charles con voz hueca.