34

Jack había colocado un taburete al fondo de un pasillo con paneles de madera de nogal, justo en la puerta de la cocina. Había un espejo en la pared, seguramente para que los sirvientes se miraran, así que eso hice yo. Y me llevé un buen susto. La peluca seguía escondiendo mis rizos rubios rojizos, pero la nariz respingona y los grandes ojos azules que me miraban eran los míos.

—Encantamientos sin encanto —murmuró Jack mientras me observaba divertido.

Genial. Y el terciopelo verde no se veía negro con poca luz, al contrario de lo que había esperado. Intenté subirme el escote, pero lo único que conseguí fue que la falda se levantara a una altura indecente, así que desistí.

—¿Algo más que debería saber? —pregunté.

—Casi seguro —dijo tranquilamente.

Le lancé una mirada de odio, que no sirvió de nada, y empecé a recorrer el pasillo. Acababa en un enorme vestíbulo con una magnífica escalera, rebosante de madera vieja y discreta elegancia. Y otra media docena de vigilantes.

Aquello suponía un problema, porque conocía a un par de ellos. Altos, rubios e impasibles, eran como dos sujetalibros a juego, ataviados con sus impecables trajes oscuros y sus inquietantes ojos color miel. Me agaché detrás de un jarrón de pórfido más alto que yo y maldije para mis adentros.

Con razón Jack me había dejado entrar con tanta facilidad; sabía que no recorrería ni diez metros. Y tenía razón, joder. No había modo de que no me reconocieran. A aquellos dos los habían destinado a formar parte de mi escolta hasta que la fiestecita tuvo prioridad, y a unos ojos veteranos no se les escapa nada. Y lo que era peor, la escalera acababa a menos de dos metros de ellos, así que no podía ni siquiera intentar encontrar otra entrada sin que me pillaran.

Estaba a punto de darme la vuelta y ver si había otra salida por la cocina, cuando la puerta principal se abrió de golpe, dejando pasar un remolino de lluvia y a una pareja de brillantes cadáveres. Debían ser importantes, porque la mitad de los vigilantes se lanzaron a recibirlos y el resto se quedó observándolos como quinceañeros impactados al ver a su ídolo.

Nadie me estaba mirando a mí, así que avancé con los demás, esperando abrirme paso hasta el salón de baile mientras la amazona que acababa de entrar supusiera una distracción. La voluptuosa pelirroja, de unos dos metros de altura, estaba reluciente con su vestido de tubo plateado y suficiente visón como para provocarles un ataque a todos los miembros de PETA.

Al menos así fue hasta que se lo quitó y me lo tiró encima de la cabeza.

¡Mirsa! Quierro verr a Mirsa. ¿Dónde está ese herrmoso sinvergüensa? —preguntó.

—En el salón de baile, milady —murmuró alguien. O quizá lo dijera en un tono normal, no podría decirlo con seguridad. El maldito abrigo pesaba tanto que por poco me deja aplastada como un bulto cubierto de visón.

—Lyubov Oksinia Donskoi es una gran duquesa, su título correcto es ilustre alteza —dijo tímidamente el calvo bajito, mientras yo trataba de liberarme.

—Mis disculpas —dijo el vigilante, pero solo consiguió un coscorrón con un abanico adornado con piedras preciosas.

—¿Y bien? ¿A qué estás esperrando?

—¿Mi lady? Quiero decir, ¿su ilustre… za? —adivinó.

El calvo asintió ligeramente, pero a su acompañante parecía importarle un bledo. Levantó los largos y blancos brazos enguantados, como una estrella de la ópera a punto de cantar un aria, exhibiendo un pecho como la proa de un barco y suficientes diamantes como para cegar a cualquiera.

—¡Dile que venga a resibirr a su Lyubochka!

El vigilante se quedó parado durante un instante, como deslumbrado, y con razón. A continuación, tragó saliva y se comportó como un hombre.

—Lo haría, pero… en estos momentos está con la pitia, señora.

—¿La pitia? —Frunció los labios color carmín—. ¿Qué es eso?

—La nueva vidente —dijo el calvo—. ¿No lo recuerdas, Lyly? La coronación. —Parecía estar en blanco—. La razón por la que hemos venido.

—Yo he venido parra verr a Mirsa. —Bajó la mirada para observar al vigilante con sus ojos almendrados color avellana. Aquello pareció ponerlo nervioso; medía más de metro ochenta, pero supongo que no estaba acostumbrado—. ¿No sabes dónde se encuentrra tu maestrro?

—En el salón de baile, su ilustreza —repitió; empezaba a parecer preocupado.

Entonses, si sabes dónde se encuentrra, ¿porr qué te quedas ahí parrado? —Le dio un pícaro golpe en el brazo que hizo que se tambaleara.

—Sí, mi… su… Ahora mismo.

El vampiro se escabulló y yo me escabullí detrás de él, arrastrando unos cuarenta kilos de visón. Y ninguno de los vigilantes me echó un primer vistazo, y mucho menos un segundo. Entonces entré en el salón de baile y dejé de preocuparme por los vampiros que tenía detrás. Estaba más preocupada por el que tenía delante.

Lo localicé casi inmediatamente. Estaba rodeado de un grupo de gente, cerca de un brillante piano color negro charol, como sacado de una película de los años cuarenta. Alto, moreno y guapo; el contraste perfecto para la perfección rubia que llevaba del brazo. Cada mechón del moño alto de su acompañante estaba en su sitio, excepto los artísticamente rizados que le caían por los lados. El traje de noche escotado de color negro azulado era igualmente perfecto, conseguía de algún modo abrazar cada curva sin parecer vulgar.

Decidí que iba demasiado guapa.

Nadie se iba a creer que era yo.

¿Eeeso? —Pegué un salto al escuchar una voz retumbante justo detrás de mí. Me giré y vi que la principesca o serinissima o como coño fuera su título estaba a menos de un metro, mirando a mi doppelgänger a través de unas gafas en un palito.

—¿Eeeso es la nueva pitia? —preguntó, a nadie o a todo el mundo; resultaba difícil decirlo.

El hombre bajito que había a su lado dijo algo que no pude escuchar por la conversación y la música y el ruido de la gente que se estaba atiborrando. Pero, al parecer, Lyly no coincidía con él.

—Ordinaria —afirmó en un tono que ponía punto final al asunto.

Y lo hizo en un tono casi tan alto como el del locutor de un partido de fútbol.

Como era de esperar, todos los que había alrededor se pararon para mirarnos; incluido Mircea, que apartó la mirada de Lyly para clavarla en mí justo antes de que pudiera echar a correr. Entrecerró los ojos y apretó los labios, que en él era el equivalente a una rabieta. Y entonces, rápidamente, su expresión se neutralizó y volvió a su acompañante, riéndose con ella por algo.

Y ya no vi nada más porque otro vampiro con esmoquin y el ceño fruncido me estaba sacando a rastras de la sala.

Kit Marlowe era el jefe de inteligencia del Senado. Era conocido por sus alegres ojos oscuros, sus despeinados rizos castaños, una sonrisa fácil… Y una reputación en desacuerdo con todo lo anterior. Casi siempre me resultaba difícil ver al vampiro peligroso que todo el mundo juraba que había bajo aquel atractivo exterior.

Aquella noche no me costó en absoluto.

—Quiero hablar con Mircea —le dije mientras me empujaba hacia atrás.

—Ya estás hablando con él —dijo con voz entrecortada—. ¿No crees que resultaría un poco extraño que, de pronto, dejara de lado a la pitia electa para charlar con una sirvienta?

—Ella no es la pitia. Es un blanco fácil al que están a punto de freír. ¡Va a haber un ataque, Marlowe!

—Es muy probable.

Me puse firme para intentar imponerme, pero no ayudó mucho que el suelo estuviera recién encerado. Ni siquiera creo que Marlowe se diera cuenta.

—Si estáis tan seguros, ¿por qué coño lo estáis haciendo?

—Porque es la tradición. Porque los malditos magos insistieron. Porque nadie va a firmar la infernal alianza sin, al menos, conocer a la nueva pitia.

—¿Y si la matan? ¿La firmarán entonces? —pregunté, mientras Jack abría la puerta trasera con aire pensativo.

—No van a matar a nadie esta noche, te lo aseguro. Hemos tomado precauciones. Es totalmente seguro.

—Y si es tan seguro, ¿por qué no puedo quedarme?

—Porque estás cansada y quieres volver al hotel —dijo con suficiente poder de sugestión como para dejarme mareada.

—¡Eso no funciona conmigo! —le dije furiosa.

—Bueno, ¿y qué me dices de esto? —preguntó. Y por segunda vez aquella noche, la puerta se cerró delante de mis narices.

—¡Marlowe!

Al cabo de un rato, cuando fue obvio que no estaba bromeando, me senté en la escalera. Estaba fría y húmeda, como la neblina que rodeaba la casa. Era agosto, pero a aquella altura y en la montaña, el verano era otra cosa.

Miré con odio el difuso manto de estrellas y la lluvia me cayó directamente en la cara. Ni me molesté en secarme. Encajaba con mi humor.

¿Es que iba a ser así siempre? ¿Sin dejarme entrar o sin dejarme salir? ¿Toda mi vida soltando predicciones, sin tener ni voz ni voto en cómo se utilizaban o, incluso, si se utilizaban?

Era como si volviera a ocurrir lo de Tony. Era como lo de Tony, pero con el Senado en su lugar. No esperes influir en nada; no esperes controlar nada; no esperes decidir nada.

Tú quédate en tu rincón y haz lo que te dicen.

Tú ponte ese bonito vestido y sonríe.

Tú pórtate bien, niña.

Y lo había hecho. Había hecho todo lo que me habían dicho hasta que me enteré de cómo utilizaba Tony la información, de la gente a la que estaba haciendo daño, de las vidas que estaba arruinando. Y entonces, me marché, porque no iba a ser la responsable de hacer daño o incluso matar gente, ni por poder. Porque no iba a formar parte de un sistema del que no sabía nada. Porque ya estaba harta.

¿En qué momento me había olvidado de todo eso?

La puerta se entreabrió, pero no me di la vuelta. Alguien bajó la escalera y me puso una chaqueta sobre los hombros. Desprendía un intenso olor a especias, a bosque oscuro y a Mircea. Me envolví con ella automáticamente.

—Dijiste que no cambiaría nada —dije sin levantar la mirada.

Mircea no fingió no saber de qué estaba hablando.

—Y no lo ha hecho. Esto no tiene nada que ver con nuestra relación personal.

—Ah, ¿no? —Levanté la mirada; me sentía impotente, furiosa, engañada y dolida.

Se puso delante de mí; y al estar yo sentada en el escalón más alto y él al pie de la escalera, cuando se inclinó y me cogió la mano, casi estábamos al mismo nivel. Recordé algo que había leído una vez, sobre ejecutivos que se aseguran de que sus asientos están más altos que los de sus subordinados, para conseguir una especie de ventaja psicológica. Mircea no utilizaba ese tipo de trucos. Mircea no los necesitaba.

—No. Nosotros tenemos dos relaciones, Cassie. Ya lo sabes. No puede ser de otro modo. Y esto ha sido una decisión profesional… y se tomó anoche.

—Profesional —dije con rencor, mirando fijamente sus preciosos ojos oscuros. Reflejaban la luz de gas, como los de Jack. Sin embargo, conseguían ser muy diferentes.

—Sí.

—Entonces, hablemos en plan profesional —dije en voz baja—. Hace un mes, me prometiste que no ibas a meterte en cómo hacía mi trabajo.

—Hace un mes, Apolo estaba muerto y pensaba que lo peor había pasado.

—Entonces me mentiste.

—No, dije que lo intentaría. Y lo he hecho, pero esto no tiene nada que ver con tu trabajo.

—¡Es mi coronación!

—Es una formalidad. Que me ha puesto nervioso desde el principio.

Para mi sorpresa, se sentó en el escalón húmedo a mi lado, mojándose el trasero vestido de Armani. Supongo que podría ir a cambiarse; al fin y al cabo, era su casa. Aunque no había tenido la oportunidad de verla.

—Te habría traído hace mucho —dijo, con esa misteriosa habilidad de adivinar mis pensamientos—. Pero tratábamos de que fuera seguro. Sabíamos que la coronación sería un objetivo obvio, pero era imposible renunciar a ella. La gente necesita verte…

—Lo único es que, al parecer, no van a verme a mí.

—Habíamos planeado que fueras tú la que estuvieras aquí; la intención siempre fue esa.

—¿Y qué la cambió?

Me miró sorprendido.

—La cambió esta última semana. ¡La han cambiado los tres ataques en esos días! La posibilidad de un ataque se convirtió en algo probable, y luego pasó a ser algo seguro, y el riesgo era demasiado alto. Se decidió…

—Sí —le interrumpí—. Se decidió. Sin consultarme, sin ni siquiera decirme…

—¿Y si te lo hubiéramos dicho? Si te hubiéramos dicho «hemos decidido que asista a la ceremonia una doppelgänger por razones de seguridad», ¿cómo habrías reaccionado?

—¿Qué coño te crees? —dije enfadada—. Te lo he dicho mil veces… ¡No está bien que alguien muera por mí!

—Y yo te he dicho que, a veces, es necesario. Es una profesional; corre este tipo de riesgos todo el tiempo. Es su trabajo…

—¡Y éste es el mío!

No quedamos mirándonos, y el rostro de Mircea reflejaba la frustración, incluso algo de la ira, que yo estaba sintiendo. Me sorprendió que me dejara verlo; su fachada era inquebrantable cuando quería. Escudriñé su cara, preguntándome si era un truco, si era un modo de manipularme para que me sintiera culpable por causarle más problemas, por apartarle de sus obligaciones, por volver a ser un coñazo.

De ser así, estaba funcionando muy bien. Sentía todas esas cosas, junto con una persistente sospecha de que tenía razón. El problema era que yo también la tenía. Y él no podía verlo, no podía ver nada más que a una niña de once años encogida de miedo en su habitación. Yo ya no era esa persona; no lo era desde hacía tiempo, pero no sabía si alguna vez había sido capaz de verlo, de verme…

Mis pensamientos se dispersaron cuando algo me golpeó de costado. No era un ataque, o si lo era, lo estaba haciendo mi propio poder. Se formó como un nudo en mi interior, que estiraba bruscamente de mí, que intentaba empujarme a algún sitio, a algún momento.

Mircea estaba hablando, estaba diciendo algo que seguramente sería lógico y razonable y encantador al mismo tiempo, y podría haber sido muy convincente, lo único que es yo estaba demasiado ocupada como para escucharlo en ese momento. Y entonces, el estirón se convirtió en tirón, y el empujón en arrastre; y fue como antes de convertirme en pitia, cuando el poder me movía a su antojo, adonde él necesitaba. Y debía necesitar algo desesperadamente, porque aunque estaba luchando, estaba perdiendo.

Al final, Mircea debió darse cuenta de que pasaba algo, porque me agarró por los hombros.

—¡Cassie! ¡Cassie! ¿Qué…?

—Cuidado —le dije con los dientes apretados. Porque me estaba cogiendo por los brazos, y si me iba antes de que me soltara, vendría conmigo, quisiera o no.

—¿Qué?

—¡Cuidado! —grité mientras intentaba apartarme. Porque no sabía adónde me llevaba mi poder, pero a juzgar por la intensidad con la que tiraba, no iba a ser a un sitio agradable.

—¡Suéltame! —le dije, pero apretó con más fuerza, clavándome los dedos en la carne.

Y al momento siguiente, nos fuimos.