Pasa el tiempo; acabó el invierno y llega la primavera. Isak tuvo que bajar un día al pueblo. En casa le preguntaban a qué iba.
—No lo sé en concreto —respondió. Pero limpió el carruaje, asentó el pescante y emprendió la bajada. Como era de esperar, iba provisto de víveres para Eleseus, y se los daría a su paso por Storborg. No salía carro de Sellanraa que no llevara algo para Eleseus.
No era un acontecimiento de poca monta la bajada de Isak. Ahora escaseaba sus visitas porque Sivert iba en su lugar. En las dos primeras granjas, los moradores se dicen al verle:
—Es Isak. A qué viene su ida al pueblo, quisiera saber…
A su paso por Tierra de Luna, Barbro está al pie de la casa con un niño en brazos.
«Esta vez es él mismo quien va a la aldea», piensa Barbro.
En Storborg, Isak detiene el carruaje.
—¿Está en casa Eleseus?
Eleseus se presenta. No ha salido todavía de viaje, pero su intención es esperar la primavera para visitar las ciudades del Sur.
—Tu madre te manda esto. No sé qué es; seguramente no será nada de particular.
—¿No hay también una carta o algo parecido?
—Sí —responde el padre, buscando en los bolsillos.
—Será de la pequeña Rebecca.
Eleseus toma la carta que esperaba, que abulta bastante.
—Lástima —dice a su padre— que vengas dos días demasiado pronto. Pero si puedes esperar un poco cargarás mi baúl.
Isak se ha apeado y cuida del caballo. Luego da una vuelta por los campos. Andresen, el dependiente, no parece mal agricultor en las tierras de Eleseus. Es verdad que Sivert le ha prestado buena ayuda con los caballos de Sellanraa, pero también ha desguazado Andresen por sus propios puños, al lado de un jornalero, que ha rellenado las zanjas de piedras. A Storborg le bastará hogaño el forraje de cosecha propia, y tal vez otro año Eleseus tendrá un caballo suyo. Y todo esto se lo debería al amor por la agricultura que demuestra Andresen.
Al cabo de un rato Eleseus anuncia a su padre que tiene el baúl a punto. Y a él se le ve dispuesto también a partir; viste un traje azul y lleva un cuello blanco, botines y un bastón en la mano. Llegará al pueblo dos días antes de la salida del vapor correo. Pero le es igual detenerse en el pueblo. ¿Qué más da que esté allí o en otro sitio?
Salen padre e hijo en el carro de Isak. El dependiente Andresen les desea buen viaje desde la puerta de la tienda.
Isak piensa en el hijo; quiere dejar todo el pescante para él, pero Eleseus no lo permite y se sienta a su lado. En Amplia Vista, Eleseus recuerda de pronto que ha olvidado algo.
—¿Qué es? —pregunta el padre. Eleseus no quiere decir abiertamente que ha olvidado el paraguas, y se limita a responder:
—No importa. Sigue adelante.
—¿Volvemos por ello?
—No. Sigue.
¡Maldita memoria! Esta vez tenían la culpa las prisas, al ver que el padre se impacientaba alrededor de la casa. En Drontheim compraría uno nuevo. Ningún mal había en tener dos paraguas. Pero está de tal modo indignado consigo mismo que baja del asiento y sigue a pie detrás del carro.
Como el padre a cada palabra ha de volver la cara y hablarle por encima del hombro, la conversación es entrecortada.
—¿Cuánto tiempo estarás fuera? —pregunta el padre. Y responde Eleseus:
—Unas tres semanas; cuatro, a lo sumo.
El padre expone su asombro de que en una gran ciudad la gente no se pierda. Eleseus le explica cómo él la ha recorrido y no se ha perdido nunca. El padre dice que no es del caso que vaya él solo sentado en el pescante.
—Estoy harto, sube ahora tú un rato.
Ya pasan a la altura de las dos últimas fincas del valle más cercanas al pueblo y se nota la proximidad de este. Las dos nuevas colonias lucen visillos blancos en las ventanillas del cuarto que mira a la carretera y en el entramado del techo del henil hay un asta para la bandera que ondea al conmemorarse la fiesta del Diecisiete de Mayo.
—Hoy es el mismo Isak quien baja a la aldea —comenta la gente de ambas granjas al ver pasar el carro.
Por fin, Eleseus logra apartar el pensamiento de sí mismo y de sus cosas, y pregunta:
—¿Qué plan tienes para hoy?
Isak dice después de carraspear:
—No tengo, propiamente, ninguno.
Ya que Eleseus se disponía a hacer un viaje, no estaba de más que se enterara de las disposiciones de su padre, el cual declara que irá a recoger a Jensine, la del herrero.
—¿Te das ese trabajo habiéndolo podido hacer Sivert? —pregunta Eleseus. Y es que no veía más allá de sus narices y no tenía en cuenta que Sivert no vendría a buscar a la que tan orgullosa se había mostrado, y había abandonado Sellanraa. El henaje no había ido bien el año pasado. Inger se había esforzado de veras, Leopoldine había ayudado y, además, tenía el rastrillo mecánico tirado por un caballo. Pero el hecho era, en parte, de clase especial y, además, los prados estaban lejos. Sellanraa era, actualmente, una extensa heredad, y las mujeres tenían otras obligaciones: el numeroso ganado requería cuidados, las comidas exigían puntualidad y la elaboración de la mantequilla y del queso una asidua atención; y lo mismo el lavado y el amasar y cocer el pan. Madre e hija hacían un trabajo excesivo: No quería Isak otro verano como aquel. Decidió que Jensine volviera a Sellanraa, si estaba disponible. Más juiciosa que antes, Inger no se oponía a ello.
—Por mi parte —dijo— puedes hacer lo que quieras.
¡Oh! Se había vuelto ahora más dócil; no es ninguna minucia eso de recobrar el juicio. Pasados sus últimos ardores pasionales (el invierno había enfriado sus ímpetus), le quedaba sólo el ardor necesario para usos domésticos. Se conservaba muy bien, hermosa y gallarda, tal vez porque su florecimiento fue más bien tardío. Dios sabe cómo vienen esas cosas; todo tiene sus causas, y nunca una sola. ¿Y no la alababa sobremanera la mujer del herrero del pueblo? La primavera de Inger tuvo la contrariedad de su labio partido; luego le robaron seis años de su verano en medio de una atmósfera artificial; pero con la sangre ardiente que tenía, su otoño había de dar brotes silvestres. Inger es mejor que la esposa del herrero, una de las que con más encono le hicieron reproches; algo maleada, algo torcida, sí, pero una naturaleza buena y valiosa.
Padre e hijo llegan ahora a la posada de Brede Olsen. Ha oscurecido. Llevan el caballo a la barraca y ellos entran en el local.
Brede Olsen ha alquilado aquella casa. Es un anexo propiedad del tendero; tiene dos salas y dos dormitorios. Está bastante bien y además el sitio es estratégico. El café tiene parroquianos fijos y se ve, además, frecuentado por los viajeros que esperan el vapor correo.
La fortuna parece, por fin, sonreír a Brede; ha dado con lo suyo, y se lo ha de agradecer a su esposa. Fue ella la que tuvo la idea de abrir un café y una posada, mientras allá en la memorable venta pública de Amplia Vista estaba expendiendo unas tazas de café. En aquella ocasión la entretuvo y complació sobremanera el ver correr la moneda entre sus dedos. Desde que se han establecido, todo ha ido viento en popa. Tiene ella un café en toda forma, tiene un albergue, cuyas alabanzas cantan los viajeros que pasan por él. Naturalmente, su segunda hija, que ha salido muy dispuesta, la ayuda mucho; pero, como es natural, su permanencia en el hogar es sólo cuestión de tiempo. Entretanto, todo sigue su ordenado curso, y eso es lo esencial. El principio fue decididamente afortunado, y más lo fuera si el tendero hubiese podido proveerles de un surtido constante de roscas y otras pastas para tomar el café; la gente que acudió en los días de la celebración del Diecisiete de Mayo, pedía en vano aquellas pastas. Fue una lección para el tendero.
Brede y los suyos viven lo mejor que pueden de su propia industria. Algunas de las comidas consisten en café y sobrantes de pastas, pero también esto mantiene el cuerpo y el espíritu, y los pequeños adquieren un aspecto más que fino, distinguido, por decirlo así.
«No todo el que quiere puede vivir de café y pastas», dicen los del pueblo. Los Brede tienen hasta un perro que ronda a los huéspedes para cazar algún bocado, y le luce el pelo. Un perro como aquel es una buena propaganda en una posada.
Brede Olsen, jefe de la industriosa familia, ha medrado. Vuelve a ser el alguacil y acompañante del delegado, y durante algún tiempo ejerció gran actividad en esos oficios. Desde que en el otoño su hija Barbro tuvo diferencias con la señora delegada, y fue despedida por culpa de cosa tan pequeña como es un piojo, los señores no volvieron a mirar a Brede con tan buenos ojos. No ha perdido mucho con esto, pues tiene otros señores que le solicitan, principalmente para hacer rabiar a la señora delegada; el doctor le tiene como el mejor de los cocheros, y la señora del pastor no posee todos los cerdos que Brede quisiera degollar. Estas son sus propias palabras.
A veces hace el hombre de cocinero, y entonces no todos parecen tan bien nutridos como el perro. Gracias a Dios, Brede sabe conformarse: «Los pequeños crecen cada día más —dice— y no importa que lleguen otros».
Los mayores se bastan a sí mismos y, de vez en cuando, mandan algo, por poco que sea, a los padres. Barbro, casada en Tierra de Luna, y Helges, ocupado en las pesquerías del arenque, mandan especies o dinero siempre que pueden, y hasta Katrine, la que está en casa y atiende a los huéspedes, dio a su padre, en momentos azarosos, un billete de cinco coronas. «¡Vaya muchacha!», decía Brede elogioso sin preguntar de quién y por qué había obtenido ella aquel billete. Que los hijos tuvieran afecto a los padres, y los asistieran. ¡Así debía ser!
De su hijo Helges no está muy contento. A veces, plantado en la tienda, desarrolla Brede, delante de los que quieran escucharle, los puntos de vista acerca de los deberes de los hijos para con sus padres: «Si fuma un poco y bebe una copita de vez en cuando, no le he de contrariar; todos hemos sido jóvenes. ¡Pero que nos escriba una carta tras otra y que no nos mande más que saludos…! Su madre llora por culpa de él. Esto no es justo. Antiguamente, los hijos, con lo que ganaban por sus servicios, ayudaban a sus padres. Así debería ser siempre. ¿No les han llevado el padre y la madre en sus entrañas? ¿No han padecido sudores de sangre hasta verles crecidos? Esto no deberían olvidarlo nunca».
Como si hubiera oído este discurso de su padre, llegó, precisamente entonces, una carta de Helges con un billete de cincuenta coronas. Y entonces pareció que la familia Brede emprendía un tren de señorío; se les vio comer carne y pescado al mediodía, y además, un buen día apareció una lámpara de prismas de cristal colgada en el centro de la mejor habitación de la posada.
Pasaron los días. ¿Qué más podían desear? Vivían al día —y, a veces, ni aun eso—; pero sin grandes cuidados. ¿Puede pedirse más?
—¡Una visita poco frecuente! —exclamó Brede; y condujo a padre e hijo al cuarto donde había colgado la lámpara de prismas—. Pero ¿qué veo? ¿Tú Isak, también de viaje?
—No; he bajado para una diligencia en casa del herrero.
—¡Ah! Entonces es Eleseus el que emprende uno de esos viajes a las ciudades.
Acostumbrado a la vida de fonda, Eleseus se dispone a acomodarse; cuelga el abrigo y el bastón y pide café. El padre de Eleseus lleva consigo algo de comer. Katrine sirve el café.
—¡Oh, no! No permitiré que paguéis —les dice Brede—. He sido vuestro huésped en Sellanraa, y a Eleseus le soy también deudor. No aceptes nada, Katrine.
Pero Eleseus saca el bolso, paga y da veinte ores de propina.
—¡Nada! ¡A callar!
Por lo demás, habla con Katrine únicamente lo indispensable; prefiere conversar con Brede. Isak ha ido a casa del herrero. No; a Eleseus no le atraen las muchachas; una vez le trataron mal, y ya no quiere nada con ellas. Es dudoso que haya sentido alguna vez impulsos de amor que valga la pena mencionar; pues no le preocupan las muchachas. Un hombre singular entre los de aquellos parajes, es Eleseus; un señorito de manos delgadas de escribiente, y con un sentido femenino respecto a las ropas de uso: paraguas, bastones, chanclos de goma. Es tieso y raro: un solterón extravagante. Su labio superior no llega a cubrirse del vello suficiente para un bigote que merezca tal nombre. Es probable que la Naturaleza le dotara de cualidades normales, y que él, luego, al moverse en cierto ambiente no natural, se hubiera convertido en un cretino. ¿Fue tal su aplicación en el trabajo de escritorio y de mostrador que el manantial de sus cualidades de origen se había secado? Es posible. Sea como quiera, allí está Eleseus, con su soltura y su falta de pasión, algo endeble, algo indiferente, y siguiendo más y más su mal camino. Podría envidiar a cualquiera de aquellos colonos que le rodean, pero ya ni siquiera es capaz de ello.
Katrine, acostumbrada a bromear con los huéspedes, pretende que hay alguna novia que le atrae hacia el Sur.
—Tengo otros asuntos en que pensar —responde Eleseus—. Quiero negociar y entablar nuevas relaciones.
Brede amonesta a su hija:
—No has de insistir tanto, Katrine, con personas distinguidas.
¿Y Eleseus? ¡Oh! Le agrada aquella cortesía y corresponde a ella haciéndose el benévolo y clemente.
Llama a Brede, por broma. ¡Excelentísimo Señor!, y se da importancia. Habla de que ha olvidado el paraguas en casa.
—He echado de menos el paraguas, precisamente al pasar al lado de Amplia Vista.
Brede dice:
—Espero que esta noche aceptaréis un vaso de toddy en casa de nuestro tendero.
Y Eleseus responde:
—Si estuviera solo, sí. Pero está aquí mi padre.
Brede, campechano como nunca, no cesa de hablar:
—Pasado mañana —anuncia— espero a uno que regresa a América.
—¿Ha estado aquí de paso?
—Sí; es del pueblo de arriba. Hacía muchos años que no había estado en casa, y esta vez ha pasado en ella todo un invierno. Han bajado su maleta en un carro. Es una maleta enorme.
—También he pensado alguna vez en ir a América —dice Eleseus con sinceridad.
—¿Usted? —exclama Brede—. Usted no necesita ir a América.
—No para eternizarme allí —observa Eleseus—. Al menos ahora pienso así. Tantos viajes he hecho, que también podría emprender este.
—Claro —responde Brede—. Y allí, en América, debe de ganarse una locura de dinero. Pongamos por caso el hombre que le digo. Arriba, en su aldea, ha costeado este invierno fiesta tras fiesta en las Navidades, y, cuando viene aquí, suele decir: «Ponedme una caldera de café, y todas las pastas que tengáis». Así trata las cosas. ¿Vamos a ver su maleta?
Salieron al pasillo para contemplarla. Era una verdadera maravilla del mundo. Una gran maleta brillante de metales y chapeada por todos lados, con tres cerraduras suplementarias de resorte, a más de la principal.
—A prueba de robo —decía Brede, como si él hubiera hecho la prueba.
Volvieron al interior. Eleseus estaba ahora muy callado. Aquel magnate de la sierra con sus viajes le anonadaba. Y Brede, al parecer, sólo sabía pensar en él. Eleseus pidió más café, y para dárselas de rico, pidió pasteles para que los comiera el perro. Así y todo, se sentía pequeño, aplastado. ¿Qué era su maleta en comparación con aquel portento? Allí estaba, recubierta de hule negro, ya desgastada, con los cantos abollados. Tenía que comprarse una maleta magnífica en la ciudad. ¡Ya verían!
—No le deis nada al perro —dijo Brede.
Y Eleseus, que volvía a sentirse humano, se daba importancia.
—Está tremendo de gordo este perro —indicó.
Al cabo de un rato de saltar de un tema a otro, interrumpió la conversación, fue al cobertizo para ocuparse del caballo, y allí abrió la carta que llevaba en el bolsillo. No había mirado aún el dinero que contenía. Las cartas que recibía de su casa solían contener unos billetes, como contribución a sus gastos de viaje. Esta vez sólo había un gran pedazo de papel gris pintarrajeado, obsequio de la pequeña Rebecca a su querido hermano Eleseus, y una carta de su madre. ¿Y qué más? Nada más. Ni rastro de dinero.
La madre le comunicaba que no había podido pedir dinero a su padre, pues quedaba ya bien poco del producto de la venta de los terrenos del cobre. Todo se había ido en la compra de Storborg, y, luego, en la de los diversos artículos y en los frecuentes viajes. Esta vez tendría que mirar de procurarse él mismo el dinero para el viaje, dado que el que quedaba disponible debía destinarse a sus hermanos, que no podían tampoco quedarse sin un céntimo. Buen viaje y cariñosos saludos.
Ni rastro de dinero.
El que tenía Eleseus no le bastaba para el viaje. Fue bien poco lo que había podido reunir rebuscando en todos los cajones. ¡Qué necio había sido! Hacía sólo unos días, había remitido a su proveedor de Bergen un giro postal, y pagado, además, algunas facturas. También hubieran podido esperar. Naturalmente, cometió una imprudencia al disponerse a viajar sin abrir antes la carta. Hubiera podido ahorrarse la bajada al pueblo con su mísero equipaje. Y ahora…
Volvió Isak, logrado ya el objeto de su visita en casa del herrero: Jensine subiría al día siguiente con él a Sellanraa.
Jensine no se puso tonta ni se había hecho rogar demasiado, comprendiendo en seguida la utilidad de su ayuda en Sellanraa durante las labores estivales. Otra buena noticia.
En cuanto a Eleseus, mientras habla su padre piensa en sus asuntos. Señala al padre la recia y lujosa maleta del americano y dice:
—¡Qué feliz sería si pudiera estar en este momento en el lugar de dónde procede esa maleta!
Y el padre responde:
—Sí. No sería eso lo peor…
Al amanecer, se dispone Isak a volver a casa; desayuna, engancha el caballo, pasa por delante de la fragua para recoger a Jensine y carga su baúl, y se dirige hacia Sellanraa. Eleseus les sigue largo rato con la mirada, y cuando el carruaje se ha perdido detrás de los árboles, paga a Katrine lo que debe, le da una propina y le dice:
—Guarda mi equipaje hasta que vuelva.
¿Hacia dónde se dirige? No le queda más recurso que volver a casa. Emprende la cuesta, procurando no perder de vista a su padre y a Jensine, pero sin que le vean a él. Anda, y anda, y ahora empieza, realmente, a envidiar a cada uno de aquellos campesinos.
¡Lástima de Eleseus! La vida le ha trastornado por completo.
¿No está al frente de una tienda en Storborg? Sí, pero nada significa ser allí el dueño. Son demasiados aquellos viajes de placer con el fin de adquirir relaciones comerciales, y el viajar como a él le agrada resulta caro. «No hay que ser tacaño», este es su lema; y da veinte ores de propina, cuando bastarían diez. El negocio no puede mantener a un dueño tan generoso. Y, así, necesita la ayuda familiar. Ahora se cosechan en Storborg patatas, heno y cereales para el gasto casero, pero de Sellanraa han de enviar algo para comerlo con el pan. ¿Y esto es todo? Sivert trae muchos de los artículos de la costa, sin cobrar nada. ¿Hay más todavía? Su madre ha de insistir con Isak cada vez que Eleseus necesita dinero para un viaje. ¿Esto es todo, en fin?
Aún viene lo peor.
Eleseus hace un negocio como un necio. Tan halagado se siente de que los vecinos del pueblo suban a proveerse en su tienda, que se presta a venderles fiado. Cuando esto se divulga, va cada día en aumento el número de parroquianos, y Eleseus, complaciente, no se cansa de fiarles.
Su tienda se llena y se vacía. Todo esto es muy costoso. ¿Quién paga? El padre.
Al principio fue la madre su más leal intercesora: Eleseus era el más ilustrado de la familia y debían ayudarle a salir adelante. Hacía notar a Isak lo barato que había comprado Storborg y cómo Eleseus dijo en seguida con precisión lo que daría por ello. Cuando el padre indicaba que el negocio de Eleseus iba resultando una pura comedia, la madre replicaba: «Eso es hablar por hablar». Y acto seguido se expresaba en tales términos que no parecía sino que Isak trataba a Eleseus demasiado familiarmente.
También ella había viajado; se hacía cargo de que no era aquel el ambiente de Eleseus, el cual tenía hábitos más finos, se había movido en las varias esferas de la sociedad y no podía encontrar en las montañas a sus iguales. Es cierto que fiaba demasiado a los parroquianos, pero no lo hacía con malicia, ni para abusar de sus padres, sino por una disposición distinguida y bondadosa que le movía a beneficiar a los que le rodeaban. ¡Señores! ¿Es que también era el único que usaba pañuelos blancos, que había que lavar a cada paso? La gente se acercaba a él confiadamente, pidiendo crédito, y si él lo hubiera negado, el alto concepto que de él tenían se hubiera desvanecido. Y además tenía sus deberes como único hombre de ciudad y como cerebro genial entre todos los habitantes de la comarca.
Así lo consideraba la madre. Pero el padre, que no entendía de esto ni pizca, le abrió un día los ojos y los oídos al decirle:
—Mira; esto es lo que queda del dinero de la venta del terreno del cobre.
—¡Ah! ¿Y en qué se ha ido tanto dinero?
—En Eleseus.
La madre juntó las manos y exclamó:
—¡Es hora de que haga uso del cerebro!
¡Pobre Eleseus! Está confuso, estropeado. Más le valiera haberse contentado con ser un labrador entre ellos; ahora es el hombre que ha aprendido a escribir, pero que no tiene ni espíritu de empresa, ni profundidad. Pero tampoco es un facineroso; no es hombre de amoríos, ni codicioso; no es, realmente, nada, ni siquiera un gran malhechor.
Aquel joven tenía algo de desgraciado, algo de condenado, como si estuviera lastimado en su interior. Mejor fuera que allá, en su adolescencia, el bueno del ingeniero del distrito no le hubiera descubierto y llevado a la ciudad para hacerle hombre. Fue como cortar las raíces al niño, y de ello se resintió siempre. Todo lo que emprenda llevará este sello: un no sé qué de lastimado, de desgarrado, una mancha oscura sobre un fondo claro.
Eleseus camina y camina. Isak y Jensine ya han pasado cerca de Storborg. Eleseus da un rodeo y no se acerca a su casa. ¿Qué iba a hacer en la tienda? Los dos del carruaje llegan a Sellanraa al anochecer, y Eleseus va casi pegado a ellos. Ve a Sivert que acaba de salir al patio y mira atónito a Jensine; se dan las manos, ríen un poco, y luego Sivert conduce el caballo a la cuadra.
Eleseus se arriesga. Él, el orgullo de la familia, se arriesga. Más que andar, se desliza, y encuentra a Sivert en la cuadra.
—Soy yo —le dice.
—¡Cómo! ¿Tú también aquí? —exclama Sivert, atónito una vez más.
En voz baja, los dos hermanos debaten sobre la conveniencia de que Sivert entere a la madre y la convenza de que le procure el dinero para el viaje; la salvación. Esta noche realizará lo que tantas veces ha pensado; saldrá para América; esta misma noche. Es preciso convencer a la madre.
—¡Pero América…! —dice Sivert—. No; no debes hacer eso.
—En absoluto. En seguida me vuelvo y llegaré todavía a tiempo para tomar el vapor correo.
—¿Pero antes comerás algo?
—No tengo apetito.
—¿No quieres dormir un rato?
—No.
Sivert aprecia a su hermano, e intenta disuadirle; pero Eleseus tiene tesón… por primera vez en su vida. Sivert está completamente aturdido; antes le había sobrecogido un poco la vista de Jensine, y ahora, Eleseus quiere dejarles, quiere abandonar aquellos sitios, como quien dice, abandonar el mundo.
—¿Y Storborg? —pregunta Sivert.
—Puede quedar para Andresen —responde Eleseus.
—¿Para Andresen? ¿Cómo se entiende?
—¿No se ha de casar con Leopoldine?
—No lo sé. Sí; será probable.
El diálogo se hace cada vez más confidencial. Sivert opina que lo mejor será que salga el padre y que Eleseus hable con él.
—¡No, no! —susurra Eleseus.
No se siente capaz de afrontar tales peligros. Siempre ha necesitado de intermediarios.
—Ya sabes cómo es madre —le hace notar Sivert—. Con ella no llegarás a ningún acuerdo; tal serán su llanto y sus cosas. Ella no debe enterarse.
—No —aprueba Eleseus—, que no se entere.
Sivert entra en la casa y, al cabo de una eternidad, vuelve con dinero, con mucho dinero.
—Mira; es todo lo que él tiene. ¿Crees que bastará? Cuéntalo; él no lo ha contado.
—¿Y qué ha dicho?
—Poca cosa. Ahora me esperas un rato más; voy a echarme algo encima, y te acompaño.
—Es preferible que vayas a descansar.
—¡Cómo! ¿Temes, tal vez, quedarte solo a oscuras en la cuadra? —pregunta Sivert, intentando echarlo a broma.
Al cabo de poco vuelve, ya vestido, para acompañarle, y lleva la mochila del padre llena de provisiones. A los primeros pasos, el padre se les pone súbitamente delante.
—¿Qué he oído? ¿Quieres ir tan lejos? —interroga.
—Sí —responde Eleseus—, pero volveré.
—Bueno. Te estoy deteniendo tontamente —murmura el viejo, y da media vuelta—. ¡Buen viaje! —grita luego con voz extraña, ronca, y se va prestamente.
Cuesta abajo caminan los dos hermanos, y no tardan en sentarse para comer. Eleseus tiene un apetito tal que apenas logra satisfacerlo. ¡Noche magnífica de primavera! Los urogallos en celo dejan oír su voz en todas las colinas, y esta voz familiar pesa unos momentos en el ánimo del emigrante.
—¡Qué buen tiempo! —observa—. Ahora, te vuelves a casa, Sivert.
—Bien —contesta este.
Pero continúa andando al lado de su hermano. Pasan por Storborg, por Amplia Vista, y durante el camino les acompañan los gritos de los urogallos en celo desde aquella y la otra colina. No se parecen a las músicas de la ciudad, no, pero son el pregón que anuncia la primavera. De pronto, oyen cantar un pájaro, el primero, en la copa de un árbol; despierta a otros, y empiezan a llamar y responder de todos lados. Es más que un cántico; es un himno. El emigrante siente surgir en su alma una sombra de nostalgia, un algo de desamparo. Nadie tan en sazón como él para irse a América.
—Ahora sí que has de volverte a casa, Sivert —dice.
—Si te empeñas… —responde este.
Se han sentado a la entrada del bosque y contemplan el pueblo allá abajo, la casa del tendero, el desembarcadero, la posada de Brede. Al lado del vapor correo se mueven algunos viajeros.
—¡No puedo esperar más aquí! —exclama Eleseus, poniéndose en pie.
—Es una gran lástima que te vayas tan lejos —dice Sivert.
—Ya volveré. Pero entonces no vendré con una maleta de hule.
Al despedirse, Sivert pone en la mano de su hermano una cosa pequeña envuelta en un papel.
—¿Qué es esto? —pregunta Eleseus.
Sivert evita la respuesta, diciéndole:
—Escribe a menudo.
Y se va. Eleseus abre el papel y examina el objeto: es la moneda de oro, veinte coronas.
—No puedo aceptarlo —grita a su hermano.
Pero Sivert no se detiene. Anda unos momentos; después vuelve atrás y se sitúa de nuevo a la entrada del bosque. Alrededor del vapor correo aumenta la animación; ve cómo la gente se dispone a entrar en el barco; ve también a su hermano. Y el barco sale. Allí va Eleseus para América.
Y no volvió nunca más.