Stepney, miércoles 8 de junio, 20:25
Pendragon se detuvo un instante para poner en orden sus pensamientos. Se echó el pelo hacia atrás, tosió sin necesidad y pulsó el timbre. Sue Latimer abrió la puerta. Llevaba un vestido azul muy veraniego y el pelo recogido hacia atrás, lo que acentuaba sus delicados pómulos.
—Buenas. Veo que la puntualidad forma parte de su trabajo.
—Lo siento. ¿Tal vez tendría que haber quedado de moderno y haber llegado tarde?
Sue se rió del comentario y Pendragon hizo aparecer una botella de tinto en una mano y un ramo de tulipanes en la otra. Sue pareció realmente encantada:
—Qué detalle, son preciosos, Jack.
El piso nada tenía que ver con el de Pendragon, costaba creer que pertenecieran al mismo bloque. Las paredes estaban pintadas en tonos cálidos: colores chocolate, crema y azul huevo de pato.
La iluminación era tenue. Una librería que ocupaba una pared entera cobijaba cientos de libros y CD. La cocina era moderna y resplandeciente, con sartenes cromadas que colgaban de ganchos sobre una cocina de aspecto caro. Una amalgama de olores se escapaba de una olla sobre el fuego. En un extremo de la encimera sonaba en una radio una melodía de piano que le pareció reconocer.
—Espero que te guste la comida india —le dijo la anfitriona al tiempo que le tendía una copa de tinto.
Pendragon se sentía bastante relajado, cosa poco habitual. Nunca había sido muy sociable y solía costarle conocer a gente, pero Sue era tan abierta y cálida que resultaba natural bajar las defensas.
—He de reconocer que cuando te conocí me pareciste bastante enigmático —le confesó ella mientras removía el curry.
—Ah, bueno, no es más que una pose estudiada.
Sue alzó el cucharón de palo y se lo acercó a Pendragon, invitándole a probar. Saboreó un poco y le dio su aprobación.
—Pues, mira, la pose te ha funcionado —le contestó—. Sigo intrigada.
La música de la radio calló poco a poco y el presentador del programa dio paso al noticiero. Sue estaba alargando la mano para apagar el aparato cuando empezaron a leer las noticias: «La investigación por homicidio de las muertes de dos hombres vinculadas con Bridgeport Construction ha dado un nuevo giro esta misma tarde…».
—Espera un segundo —le dijo Pendragon a Sue, que retiró el dedo del off.
El locutor siguió diciendo: «Fuentes cercanas a la investigación de la comisaría de Brick Lane han revelado que un esqueleto humano de varios cientos de años fue desenterrado en la obra del barrio de Stepney poco antes del asesinato de Amal Karim en la madrugada del sábado pasado. La Policía no ha entrado en detalles sobre el hallazgo, pero el esqueleto desapareció la noche en que murió Karim y no se ha encontrado hasta esta misma mañana. Se ha hallado en una escombrera a menos de cien metros de la obra donde fue desenterrado. En un comunicado oficial de la comisaría de Brick Lane, la comisaria Hughes ha informado a los periodistas de que la Policía Científica está estudiando los huesos y de que los detalles solamente se harán públicos una vez que la investigación haya concluido. Pasando a otro…».
—¿Malas noticias? —preguntó Sue al ver el ceño fruncido de Pendragon.
—No, qué va —dijo con una sonrisa forzada—. Tarde o temprano iba a saberse.
—¿Es el caso en el que estás trabajando?
—Sí.
—Y eso que solo llevas aquí desde el fin de semana.
—La vida de un policía rara vez es aburrida.
—Ya lo veo, ya. Y entonces el esqueleto ese… ¿está relacionado con los asesinatos?
—Todavía no lo sabemos seguro.
—Pero han dicho que se descubrió poco antes de que el obrero fuese asesinado.
—Es cierto, pero eso no quiere decir que por fuerza ambas cosas estén relacionadas. Podría ser solo una coincidencia.
—¿Y tienes un sospechoso… o un móvil? Ay, Dios, perdona, supongo que no puedes…
—No pasa nada…, pero, no, tienes razón, en realidad no puedo entrar en detalles.
Sue rellenó las copas y lo condujo hacia el salón. Se acomodaron en el sofá, Sue sentada en el borde con la copa apoyada en la rodilla. Desde la cocina llegó otra pieza de piano, una animada mazurca de Chopin.
—Pero el caso es que… si el hallazgo del esqueleto es una coincidencia, vale, bien, ahí está. Pero si no, estaríamos ante un asunto mucho más complejo, ¿no? —Le brillaban los ojos mientras escrutaba la cara de Pendragon.
El protocolo dictaba que no debía añadir nada más, sobre todo tratándose de aspectos del caso que se estaban ocultando a la opinión pública, pero algo indefinible le decía que mandase al cuerno el protocolo.
—Creo que tienes toda la razón —le contestó Pendragon—. Descarté lo de la coincidencia hace tiempo, antes incluso del segundo asesinato.
Sue arqueó una ceja y preguntó:
—¿Y eso?
—Cuando se encontró el esqueleto por primera vez llevaba un anillo. Al volver a descubrirlo esta mañana en la escombrera ya no estaba.
—No deberías contarme esto.
—No, no debería.
—Bueno, entonces, ya tienes un móvil, ¿no?
—Puede ser. —El policía bebió un poco de vino.
—¿Tenían algo de ritual los asesinatos?
—No, nada. ¿Por qué? ¿Qué se te ocurre?
Sue se quedó mirando al vacío un instante.
—En el periódico decían que la primera víctima, el albañil…, ¿Kaalim?
—Karim.
—Eso, Karim…, que lo habían matado a golpes. El segundo, en cambio, fue envenenado. Tiene que tratarse de transferencia.
—Lo cual significa…
—Perdona. —Volvió a fijar los ojos en Pendragon—. La clave tiene que estar en el anillo. El asesino le da gran importancia. Y como no hay ningún aspecto ritual evidente, no se trata de un culto o de algo religioso, de modo que ha de ser una transferencia personal, o un ritual personal, si lo prefieres. El verdugo necesita el anillo para llevar a cabo los asesinatos. O al menos para el segundo asesinato.
La cara de Pendragon era de perplejidad.
—Había oído algo sobre esa teoría, pero no es muy habitual, ¿no?
Sue frunció los labios y ladeó la cabeza.
—Hasta hace unos veinte años no se había llegado a comprender bien, por eso antiguamente muchos crímenes se explicaban con móviles distintos. Cuando hice la tesis me metí un poco en el tema de la psicología criminal. Recuerdo un caso práctico en particular que encaja con la descripción de la transferencia perfectamente.
Pendragon la miró inquisitivo y la psicóloga prosiguió:
—Un tipo que se llamaba Hopper, James Hopper, un asesino de principios de los ochenta de Devon. Su mujer, Gina, tenía una aventura y quiso que su marido se enterase. Ella lo consideraba un hombre débil e indeciso al que había acabado despreciándolo. Se arreglaba antes de ir a las citas con su amante y no tenía otra cosa que hacer que provocar a James enseñándole las medias y las bragas de fantasía que se había puesto, diciéndole que solo su amante las disfrutaría.
—Ah, ahora me acuerdo —comentó Pendragon—. La estranguló con una de esas medias, ¿no es verdad?
—Eso solo fue el principio. Después se dedicó a matar a tres de las amigas íntimas de Gina, que, de algún modo, habían estado implicadas en la aventura: la mujer que le había presentado al amante a su mujer, y dos amigas que habían encubierto a Gina hasta que esta decidió que su marido debía saberlo y empezó con sus jueguecitos provocativos.
—¿Y usó las medias todas las veces?
—Sí, James Hopper les confirió a las medias un significado muy especial. Para él eran lo más importante, el blanco de su ira.
—Ya entiendo, ya… —decía Pendragon cuando de repente le sonó el teléfono. Reconoció el número—: ¿Turner…? Sí, sí. Vale. Llego dentro de cinco minutos. —Colgó el teléfono.
—¿El deber te llama?
Pendragon suspiró con pesar:
—Sí. No sabes cuánto lo siento.