Durante un tiempo, mucho tiempo, que no era tiempo en absoluto, el hombre conocido como Lawrence Grey (exrecluso del Centro Correccional Masculino de Beeville y pederasta fichado por el Departamento de Salud Pública de Texas; empleado civil del Proyecto NOÉ y de la División de Armas Especiales; Grey la Fuente, el Desencadenador de la Noche, Familiar del Llamado Cero) no estuvo en ningún sitio. No era nada y ningún lugar, un ser aniquilado, que no poseía ni memoria ni historia, su conciencia dispersa en un mar carente de orillas y dimensiones. Un ancho y oscuro mar de voces que murmuraban su nombre. Grey, Grey. Estaban allí y no estaban, le llamaban mientras flotaba solo, uno con la oscuridad, a la deriva en un mar eterno; y arriba de todo, las estrellas.
Pero no sólo las estrellas. Porque ahora había llegado una luz, una suave luz dorada que ondulaba sobre su rostro. Briznas de sombras se movían a través de ella, giraban como un molinete, y con esta luz un sonido: aórtico, cardíaco, un tamborileo que latía al ritmo de sus giros. Grey contemplaba aquella maravillosa luz giratoria; y en su conciencia se fue insinuando la idea de que estaba viendo a Dios. La luz era Dios que estaba en los cielos, que se movía sobre las aguas, que rozaba el rostro del mundo como el dobladillo de una cortina, que acariciaba y bendecía a su creación. La certeza floreció en el interior de Grey con un estallido de dulzura. ¡Cuánto goce! ¡Cuánta comprensión y perdón! La luz era Dios y Dios era amor. Grey sólo tenía que entrar en ella, entrar en la luz, y sentiría aquel amor eternamente. Y una voz dijo:
Ha llegado la hora, Grey.
Ven a mí.
Sintió que se alzaba, que ascendía. Se levantó, y mientras se levantaba, el cielo extendió sus alas, le recibió, le transportó hacia la luz, que era casi insoportable: un brillo cegador y destructor, como el sonido de un chillido que era el suyo.
Grey, hacia lo alto. Grey, renacido.
Abre los ojos, Grey.
Obedeció. Abrió los ojos. Su visión se fue enfocando lentamente. Una forma oscura estaba girando de una manera desagradable encima de su cara.
Era un ventilador de techo.
Parpadeó para eliminar la mugre. Un sabor amargo, como a cenizas mojadas, pintaba las paredes de su boca. La habitación donde se encontraba tenía la pinta inconfundible de una cadena de moteles: el cubrecama áspero y la almohada de espuma barata, el colchón sembrado de cráteres abajo y el techo de gotelé arriba, el olor a aire reciclado y utilizado excesivamente en sus fosas nasales. Hasta mover la cabeza parecía exigir un esfuerzo sobrehumano, más allá de su alcance. La habitación estaba iluminada por una luz diurna amarillenta pegajosa que se filtraba a través de las cortinas. Sobre su rostro, el ventilador giraba y giraba, oscilaba en su soporte, y sus gastados cojinetes crujían rítmicamente. La visión era tan abrasiva para sus sentidos como sales aromáticas, pero no podía apartar la vista. (¿Y no había también algo así como un sonido ensordecedor, algo procedente de un sueño? ¿Una luz brillante, que le elevaba? Pero ya no se acordaba).
—Bien, te has despertado.
Sentado en el borde de la segunda cama, con la mirada baja, había un hombre. Un hombre menudo y fofo, que parecía estar embutido en su mono como una salchicha en su envoltorio. Uno de los empleados civiles del Proyecto NOÉ, conocidos como barrenderos: hombres como Grey, cuyo trabajo consistía en limpiar los orines y la mierda, dar apoyo a los funcionarios y vigilar a los fosforescentes durante horas y horas, hasta que poco a poco iban perdiendo la chaveta; delincuentes sexuales sin excepción, despreciados y olvidados; hombres sin historia que alguien quisiera recordar, su cuerpo debilitado por las hormonas, su mente y espíritu tan neutros como un perro castrado.
—Pensaba que un ventilador lo lograría. Si quieres que te diga la verdad, ni siquiera puedo mirar esa cosa.
Grey intentó responder, pero no pudo. Notaba la lengua reseca, como si hubiera fumado mil millones de cigarrillos. Su vista se había nublado de nuevo. Tenía la impresión de que se le iba a partir la maldita cabeza. Habían pasado años desde que había bebido más de un par de cervezas seguidas (con la medicación, ibas demasiado dormido y perdías el interés por todo), pero Grey recordaba lo que era una resaca. Así se sentía. Con la peor resaca del mundo.
—¿Qué pasa, Grey? ¿Te ha comido la lengua el gato? —El hombre soltó una risita, debido a algún chiste privado—. Es divertido, ¿sabes? Teniendo en cuenta las circunstancias, no le haría ascos ahora a un poco de tartar de gato. —Se volvió hacia Grey y arqueó las cejas—. No pongas esa cara de besugo. Ya sabrás a qué me refiero. Tardas unos días, pero después te enganchas.
Grey recordó el nombre de aquel individuo: Ignacio. Aunque el Ignacio que Grey recordaba era mayor, más hecho polvo, con una frente pronunciada y arrugada, unos poros en los que podías aparcar un coche y unos mofletes que colgaban como los de un basset. Este Ignacio se encontraba en plena forma, todo rosadito, las mejillas encarnadas, piel suave de bebé, ojos que centelleaban como circonitas. Hasta su pelo parecía más joven. Pero no cabía duda de quién era, teniendo en cuenta el tatuaje: tinta carcelaria, borrosa y azulada, una serpiente encapuchada que trepaba por su garganta desde el cuello abierto del mono.
—¿Dónde estoy?
—Eres la monda, ¿sabes? Estamos en el Red Roof.
—¿El qué?
El hombre resopló.
—En el puto Red Roof, Grey. ¿Creías que ellos nos iban a enviar al Ritz?
¿Ellos?, pensó Grey. ¿Quiénes eran ellos? ¿Y a qué se refería Ignacio con «enviar»? ¿Enviar con qué propósito? Fue en ese momento cuando Grey reparó en que Ignacio estaba aferrando algo en la mano. ¿Una pistola?
—Iggy, ¿qué estás haciendo con eso?
Ignacio levantó la pistola con un movimiento perezoso, una 45 de cañón largo, y la miró con el ceño fruncido.
—No gran cosa, por lo visto. —Ladeó la cabeza en dirección a la puerta—. Aquellos otros tipos estuvieron un tiempo aquí también. Pero todos se han ido.
—¿Qué tipos?
—Venga, Grey. Ya sabes a quién me refiero. El flacucho, George. Eddie no-sé-qué. Jude, el de la coleta. —Miró hacia las cortinas—. Si quieres que te diga la verdad, nunca me cayó bien. Me enteré de lo que hizo, aunque soy de poco hablar. Pero ese hombre era de lo más desagradable.
Ignacio estaba hablando de los demás barrenderos. ¿Qué estaban haciendo ahí? ¿Qué estaba haciendo él ahí? La pistola no era una buena señal, pero Grey era incapaz de convocar un sólo recuerdo de cómo había ido a parar allí. Lo último que recordaba era que estaba cenando en la cafetería del recinto: guisado de buey con una salsa espesa, acompañado de patatas cortadas muy finas y judías verdes, además de una Cherry Coke para trasegarlo todo. Era su plato favorito. Siempre se relamía de gusto al pensar en el guisado de buey. Si bien, al pensar en su sabor grasiento, el estómago se le revolvió y sintió náuseas. Un chorro de bilis ascendió a su garganta. Tuvo que relajarse un momento para poder respirar.
Ignacio señaló la puerta con un gesto lánguido de la pistola.
—Mira tú mismo, si quieres. Pero estoy convencido de que se han ido.
Grey tragó saliva.
—¿Adónde?
—Eso depende. A donde debían ir.
Grey se sentía confundido por completo. Ni siquiera era capaz de imaginar qué preguntas debía hacer. De todos modos, estaba convencido de que las respuestas no le gustarían. Tal vez lo mejor sería mentir con discreción. Confiaba en no haber hecho algo terrible, como en los viejos tiempos. Los días del Antiguo Grey.
—Bien —dijo Ignacio, y carraspeó—, aprovechando que estás despierto, supongo que lo mejor será que me ponga en marcha. Me espera una larga caminata. —Se levantó y extendió el arma—. Toma.
Grey vaciló.
—¿Para qué quiero yo una pistola?
—Por si te entran ganas de, ya sabes, matarte.
Grey se quedó demasiado estupefacto para contestar. Lo último que deseaba era un arma. Si alguien le descubría con un arma encima, le enviarían a la cárcel sin más dilación. Como no hizo ademán de aceptar el arma, Ignacio la dejó sobre la mesita de noche.
—Piénsalo, de todas formas. No tardes tanto como hice yo. Cuanto más esperas, más difícil se te hace. Mira en qué lío me he metido.
Ignacio avanzó hacia la puerta, desde donde se volvió para pasear la mirada por la habitación por última vez.
—Lo hicimos de verdad. Por si te lo estabas preguntando. —Respiró hondo, expulsó el aire con las mejillas hinchadas y levantó la cabeza hacia el techo—. Lo curioso es que no sé qué hice para merecer esto. No era tan malo, la verdad. No tenía la intención de hacer la mitad de aquellas cosas. Estaba hecho de otra pasta. —Miró de nuevo a Grey. Sus ojos estaban entelados de lágrimas—. Eso decía siempre el loquero. Ignacio, estás hecho de otra pasta.
Grey no tenía ni idea de qué decir. A veces no se le ocurría nada, y supuso que era una de dichas ocasiones. La expresión del rostro de Ignacio le recordó a algunos de los presos que había conocido en Beeville, hombres que, al llevar encerrados tanto tiempo, eran como zombis de alguna película antigua. Hombres sin otra cosa que el pasado para mortificarse, y delante, un tramo interminable de nada.
—Bien, a la mierda. —Ignacio sorbió por la nariz y se la frotó con el dorso de la muñeca—. Ya no sirve de nada quejarse. Si haces la cama, has de acostarte en ella. Piensa en lo que te he dicho, ¿de acuerdo? Hasta la vista, Grey.
Y con un chorro de luz de la puerta abierta, desapareció.
¿Qué deducir de eso? Grey permaneció inmóvil durante mucho rato, mientras su cabeza daba vueltas como un neumático gastado sobre hielo. En parte, no estaba seguro de si se hallaba despierto o continuaba durmiendo. Repasó los datos para proporcionar a su mente algo a lo que aferrarse. Estaba en una cama. La cama estaba en un motel, un Red Roof. El motel se encontraba en algún lugar de Colorado, probablemente, suponiendo que no hubiera ido muy lejos. La luz de las ventanas informaba de que era de mañana. No daba la impresión de estar herido. En algún momento de las últimas veinticuatro horas, tal vez más y tal vez menos, pero no más de un día, había perdido el conocimiento.
Tendría que partir de ahí.
Se incorporó sobre los codos. La habitación hedía a sudor y humo. Tenía el mono manchado y roto en las rodillas. Estaba descalzo. Movió los dedos de los pies, y las articulaciones crujieron y chasquearon. Daba la impresión de que todo funcionaba.
Y ahora que lo pensaba, ¿no era cierto que se encontraba mejor? Y no sólo mejor: mucho mejor. El dolor de cabeza y el mareo habían desaparecido. Se le había aclarado la vista. Notaba las extremidades firmes y fuertes, henchidas de energía nueva y contenida. Todavía notaba un mal sabor en la boca (encontrar un cepillo de dientes o un paquete de chicle era lo primero que debía hacer), pero por lo demás, Grey se sentía perfectamente.
Bajó los pies al suelo. La habitación era pequeña, el espacio justo para las camas, con sus cobertores marrón y naranja, y una mesa pequeña con un televisor. Pero cuando levantó el mando a distancia para encenderlo, sólo consiguió una pantalla azul con el sonido de un tono de marcar. Zapeó de canal en canal. Las emisoras afiliadas, CNN, el Canal de la Guerra, GOVTV, todas apagadas. Bien, era de esperar. Tendría que decírselo al director. Aunque no recordaba haber pagado la habitación, y le habían confiscado el billetero meses antes, cuando había llegado al recinto.
El recinto, pensó Grey, y la palabra cayó sobre su estómago como una roca. Fuera cual fuera la verdad, estaba metido en un buen lío. No te levantabas y te marchabas sin más. Recordó a Jack y a Sam, los dos barrenderos que se habían ausentado sin permiso, y lo mucho que se había cabreado Richards. Alguien a quien era mejor no cabrear, por decirlo de una manera suave. Bastaba una mirada del hombre para que las tripas de Grey se revolvieran.
Tal vez por eso habían huido los barrenderos. Tal vez tenían miedo de Richards.
Su sed se despertó entonces, una sed enloquecedora, como si hiciera días que no bebiera. Puso la cabeza bajo el grifo del cuarto de baño, bebió con ansiedad, dejó que el agua cayera a chorros sobre su cara. Tómalo con calma, Grey, pensó, vas a ponerte enfermo si bebes así.
Demasiado tarde: el agua llegó a su estómago como una ola violenta, y al instante siguiente se encontró de rodillas, aferrado a los bordes del retrete, mientras toda el agua volvía a su boca.
Bien, qué estupidez. Él era el único culpable. Se quedó de rodillas un momento, esperando a que se le pasaran los retortijones, aspirando el hedor de su propio vómito, sobre todo agua, pero con la última arcada una bolita empalagosa, como una yema de huevo, sin duda los restos sin digerir del guiso de buey. Debía de haber hecho un esfuerzo inusitado, porque le zumbaban los oídos: un gemido tenue, casi inaudible, como el sonido de un diminuto motor que zumbara dentro de su cráneo.
Se puso en pie con un esfuerzo y tiró de la cadena. Vio en el tocador una pequeña botella de colutorio en una bandeja con jabones y lociones, todos sin tocar, y dio un trago para eliminar el sabor de su boca, hizo gárgaras un rato y escupió en el lavabo. Después, miró su cara en el espejo.
El primer pensamiento de Grey fue que alguien le estaba gastando una broma: una broma complicada, carente de gracia e improbable, en que el espejo había sido sustituido por una ventana, y al otro lado se alzaba un hombre, un hombre mucho más joven y apuesto. El impulso de extender la mano y tocar la imagen era tan fuerte que lo hizo, y el hombre del espejo reprodujo a la perfección sus movimientos. ¿Qué coño?, pensó Grey, y entonces lo dijo: «¿Qué coño?». El rostro reflejado era delgado, de piel clara, atractivo. El pelo peinado sobre las orejas en una melena lustrosa, de un intenso tono castaño. Tenía los ojos claros y brillantes. De hecho, centelleaban. Jamás en su vida había tenido Grey un aspecto tan estupendo.
Algo más le llamó la atención. Una especie de marca en el cuello. Se inclinó hacia delante y alzó la cabeza. Dos líneas de depresiones simétricas, como cuentas, dispuestas de una manera más o menos circular, con la parte superior del círculo que llegaba hasta la línea de la mandíbula, y la inferior rozaba la curva de la clavícula. La herida tenía un color rosado, como si acabara de curarse. ¿Cuándo demonios había sucedido aquello? Un perro le había mordido cuando era pequeño. Esto se le parecía. Un chucho viejo y desabrido de la perrera, pero a él le gustaba pese a todo, era algo que le pertenecía, hasta el día que había mordido a Grey en la mano, sin ningún motivo. Grey sólo había querido darle una galleta, y su padre lo había llevado a rastras hasta el patio. Dos disparos, Grey lo recordaba con claridad, el primero seguido de un gañido agudo, mientras que el segundo silenció para siempre al perro. El perro se llamaba Buster. Hacía años que Grey no pensaba en él.
Pero esa cosa en el cuello, ¿de dónde había salido? Le recordaba algo, una sensación de déjà vu, como si el recuerdo hubiera estado guardado en un cajón equivocado de su mente.
Grey, ¿no lo sabes?
Grey dio media vuelta.
—¿Iggy?
Silencio. Volvió al dormitorio. Abrió el armario, se arrodilló para mirar debajo de las camas. Nadie.
Grey. Grey.
—¿Dónde estás, Iggy? Deja de tocarme los huevos.
¿No te acuerdas, Grey?
Algo le estaba pasando, algo grave. No era la voz de Iggy la que estaba escuchando: la voz estaba en su cabeza. Cada superficie sobre la que se posaban sus ojos parecía estar viva. Se frotó los ojos, pero sólo consiguió empeorar la situación. No sólo tenía la impresión de ver cosas, sino también de tocarlas, olerlas y saborearlas, como si se le hubieran cruzado los cables.
¿No te acuerdas… de haber muerto?
Y al instante siguiente se acordó: el recuerdo le atravesó el pecho como una flecha. El azul acuático de la cámara de contención, y la puerta que se abría poco a poco. Sujeto Cero sobre él, asumiendo al cien por cien todas sus terribles dimensiones; el tacto de las mandíbulas de Cero sobre la curva de su cuello y el abrazo de los dientes, alineados fila tras fila; la partida de Cero, que le dejaba solo, el bramido de la alarma y el sonido de disparos y los gritos de los hombres que morían; cuando salió tambaleante al pasillo, una visión infernal, sangre por todas partes, que pintaba las paredes y el suelo, y los restos espeluznantes, un matadero de brazos, piernas y torsos con sus entrañas desenrolladas; el chorro arterial pegajoso que se filtraba entre sus dedos, apretados contra la garganta; el aire que se escapaba con un silbido de su cuerpo, su larga caída al suelo, la negrura que le rodeaba, la vista que oscilaba; y después, la sumisión.
Oh, Dios.
Ven a mí, Grey. Ven a mí.
Salió corriendo de la habitación y la luz del día cegó sus ojos. Era una locura; estaba loco. Atravesó corriendo el aparcamiento como un gran animal torpe, ciego y sin sentido de la orientación, las manos aplastadas contra los oídos. Había algunos coches en el aparcamiento, abandonados en ángulos erráticos, muchos con las puertas abiertas. Pero en su estado enfebrecido, la mente de Grey no consiguió registrar este dato, ni tampoco otros detalles preocupantes: las ventanas rotas de la fachada del motel; la autopista en la que no se veía el movimiento de ningún coche; la gasolinera abandonada del otro lado de la carretera de acceso, con las ventanas manchadas de rojo, y el cuerpo de un hombre derrumbado contra el surtidor como si se estuviera echando una siesta improvisada; el McDonald’s destrozado, las sillas, mesas, paquetes de ketchup, juguetes de Happy Meal y clientes de diversas edades y razas arrojados a través de las ventanas con inusitada violencia; la columna de humo químico de los restos todavía en llamas de un tráiler, a tres kilómetros de distancia; las aves. Grandes nubes giratorias de aves enormes y negras, cuervos, buitres y águilas ratoneras, los carroñeros, que daban vueltas perezosas en el cielo. Todo ello suspendido como el desenlace de una terrible batalla, bañado por el sol implacable del verano.
¿Lo ves, Grey?
—¡Basta! ¡Cierra el pico!
Tropezó con algo blando. Algo orgánico, húmedo y blando, bajo sus pies. Cayó a cuatro patas y resbaló sobre el asfalto.
Mira el mundo que hemos creado.
Cerró los ojos con fuerza. No conseguía respirar. Sabía sin necesidad de mirarla que la cosa blanda era un cadáver. Por favor, pensó, sin saber muy bien a quién o a qué se dirigía. A él mismo. A la voz de su cabeza. A Dios, en el cual jamás había creído, pero en el que deseaba creer ahora. Siento lo que hice, fuera lo que fuera. Lo siento, lo siento, lo siento.
Cuando miró por fin, toda esperanza le había abandonado. El cadáver era de una mujer. La carne de la cara se había pegado tanto a los huesos que costaba discernir su edad. Iba vestida con pantalones de chándal y una camiseta de cuello redondo, con un volante de encaje rosa en la línea del cuello. Grey supuso que habría estado acostada y salió a ver qué pasaba. Estaba espatarrada sobre el pavimento, la espalda y los hombros torcidos. Zumbaban moscas sobre ella, entraban y salían de su boca y ojos. Tenía un brazo estirado sobre el pavimento, y las yemas de sus dedos tocaban la herida de su garganta. No se trataba ni de un corte ni de un tajo; nada tan pulcro como eso. Le habían mordido la garganta hasta el hueso.
No era la única. La visión de Grey se ensanchó, como una cámara que flotara sobre la escena. A su izquierda, a seis metros de distancia, una camioneta Chevy estaba aparcada con la puerta del conductor abierta. Un hombre corpulento con pantalones provistos de tirantes había sido arrancado de su asiento, y ahora colgaba medio dentro y medio fuera de la camioneta, oscilando cabeza abajo sobre el estribo, aunque la cabeza ya no estaba: se hallaría en otro sitio.
Había más cadáveres esparcidos cerca de la entrada del hotel. No eran cuerpos, hablando en términos estrictos, sino más bien una zona de partes humanas. Habían destripado a una mujer policía al salir del coche. Descansaba con la cabeza apoyada contra el guardabarros, la pistola todavía sujeta en la mano, el pecho abierto como las solapas de una trinchera. Un hombre con un chándal púrpura brillante, con suficiente oro alrededor del cuello para llenar el cofre de un pirata, había sido arrojado hacia arriba, y su cuerpo se hallaba alojado como una cometa entre las ramas de un arce. La mitad inferior había ido a posarse sobre el capó de un Mercedes negro. Las piernas del hombre estaban cruzadas en los tobillos, como si la mitad inferior de su cuerpo no se hubiera enterado de que faltaba el resto.
A esas alturas, hasta Grey sabía que sufría una especie de trance. No podías ver algo como aquello y permitirte sentir algo.
El que al final lo consiguió fue el que no estaba. Dos vehículos, un Honda Accord y un Chrysler Countryside, habían padecido una colisión frontal cerca de la salida, con sus extremos delanteros arrugados mutuamente como los fuelles de un acordeón. Habían disparado al conductor del sedán a través del parabrisas. Por lo demás, ese vehículo se hallaba intacto, pero el monovolumen parecía saqueado. Habían arrancado la puerta deslizante para arrojarla al otro lado del aparcamiento como si fuera un disco volador. En el pavimento, junto a la puerta abierta, en un reguero de restos (maletas, juguetes, un paquete de pañales), yacía el cadáver postrado de una mujer. Detrás, fuera del alcance de su mano extendida, volcado de costado, había un cochecito de bebé vacío. ¿Qué habrá sido del bebé?, pensó Grey.
Y después: Oh.
Grey eligió la camioneta. No le habría importado conducir el Mercedes, pero supuso que una camioneta sería lo más sensato. Había sido propietario de una Chevy, en una vida que ahora ya no parecía importar, de modo que estaba acostumbrado a la camioneta. Liberó el cadáver decapitado y lo depositó sobre el pavimento. Le preocupaba no poder devolver la cabeza al pobre tipo. No le parecía justo abandonarlo sin ella. Pero la cabeza no se veía por parte alguna, y Grey ya había visto bastante. Buscó a su alrededor un par de zapatos de su talla (una 45; lo que Cero le hubiera hecho, no había disminuido el tamaño de sus pies), y se decantó al fin por un par de mocasines que calzaba el hombre del Mercedes. Eran de piel de becerro italiana, blandos como mantequilla, y un poco estrechos en la punta del pie, pero una piel como ésa se daría. Subió al vehículo y puso en marcha el motor. Quedaban algo más de las tres cuartas partes del depósito de gasolina. Grey calculó que podría llegar casi hasta Denver.
Estaba a punto de marcharse cuando se le ocurrió una última idea. Puso el coche en punto muerto y regresó a la habitación. Sujetando la pistola a escasa distancia de su cuerpo, volvió a la camioneta y la depositó en la guantera. Después, con la única compañía de la pistola, puso en marcha la camioneta y se alejó.