Cuando, a pie, dejo la calle Hermes y entro en la plaza Sintagma descubro que el tramo delante del Parlamento está bloqueado, al igual que las dos calles que confluyen en la plaza, la calle Otón y la avenida Rey Jorge. Sólo hay tráfico en la avenida Stadíu.
—¿Qué pasa ahora? —pregunto al agente uniformado que está junto a un coche patrulla, en la esquina de Rey Jorge con la plaza Sintagma.
—El pan nuestro de cada día, señor comisario. Unas doscientas personas han bloqueado la plaza.
—¿Quiénes son? ¿Los Indignados? —pregunto.
—No, los entusiasmados —contesta él.
—¿Los entusiasmados? —Lo miro con atención, a ver si ha perdido la cabeza de tanto estrés diario.
—Entusiasmados con el Recaudador Nacional ese. Piden que se haga cargo del Ministerio de Economía.
Desde lejos llegan a mis oídos las consignas que confirman sus palabras: «El Ministerio de Economía, para el Recaudador» y «Que el Recaudador termine con el cuento de los trescientos diputados del Parlamento».
—¿Los oye? —pregunta el agente.
—Los oigo. Por suerte no necesito cruzar la plaza. Tengo el coche en el aparcamiento de Kriesotu.
—¿Adónde se dirige, si no es indiscreción?
—A Katejaki, a los ministerios.
—Le sugiero que evite la plaza de Kolonaki. Hay jaleo. Suba la calle Píndaro hasta Anagnostopulu y salga por el hospital de Evanguelismós.
Puede que el viceministro y Langusis duden del éxito del Recaudador —el uno afirma que han dado resultado las presiones del gobierno y el otro que pagó para salvar a Grecia—, pero los que se han concentrado en la plaza Sintagma no son del mismo parecer.
Sigo el consejo del agente y llego a la salida de Ilisia por el Hospital Militar. El tráfico es normal hasta Katejaki y me planto sin dificultades ante el Ministerio del Interior. Guikas espera en la antesala del despacho del ministro del Interior, junto con Lambrópulos y Spiridakis, los hombres de Delitos Informáticos y Económicos. Por la expresión de Guikas, deduzco que está de malas pulgas, pero los otros dos conversan tranquilamente.
La secretaria anuncia lo obvio:
—Tendrán que esperar, señor comisario. El señor ministro está reunido.
Media hora después nos indica que podemos pasar y le encontramos acompañado del viceministro de Economía. Tras esperar a que nos sentemos, el viceministro toma la palabra.
—¿Puede explicarnos cómo llegaron tantos datos de Taxis a las manos del asesino? —pregunta a Spiridakis.
Lambrópulos, que tiene más experiencia y más prestigio, interviene para cubrir las espaldas de Spiridakis.
—Había una grieta en el sistema de seguridad de la Unidad de Delitos Económicos, señor viceministro. Ya la hemos subsanado, pero, por desgracia, aún tenemos dos problemas. El primero, que el asesino tuvo tiempo de hacerse con mucha información, como usted ha señalado. El segundo, que no estamos en condiciones de garantizar que no se colará por otro punto del sistema.
—Si han podido detectar la brecha, ¿cómo es que no pueden localizarle a él?
—Lo localizaremos, pero nos llevará tiempo. Y, entretanto, él seguirá perjudicándonos.
—¿Por qué no han bloqueado el Taxis? —insiste el viceministro.
—Si el Ministerio de Economía se hace responsable de la interrupción de todas las transacciones con Hacienda en todo el país, lo bloquearemos —contesta Spiridakis.
El viceministro cierra la boca, porque sabe que no puede asumir esta responsabilidad.
—¿En qué punto se encuentran las investigaciones? —quiere saber.
Se dirige a todos en general, pero me toca a mí contestarle.
—Para serle sincero, disponemos de muy pocos datos, señor ministro —respondo—. Seguimos a oscuras. Lo único que sabemos a ciencia cierta es que el asesino puede acceder a Taxis. También tenemos a dos testigos presenciales que lo vieron depositar los cadáveres en los recintos arqueológicos. Sin embargo, ignoramos su móvil, no sabemos cuál será su próximo paso y nos enfrentamos a alguien que borra sus huellas a la perfección.
—¿Acaso los testigos no pueden identificarle?
—Era de noche y lo vieron de lejos.
—Muy bien. Hoy mismo la investigación queda suspendida —declara el ministro del Interior.
Los cuatro lo miramos estupefactos.
—Disculpe, ¿puede repetirlo? —dice Guikas.
—Creo que he sido muy claro. A partir de hoy la investigación queda suspendida.
—¿Por qué? —se me escapa, mientras pienso que Guikas tenía otra vez razón con respecto a las malas noticias.
—¿Sabe qué está pasando en estos momentos en Sintagma, señor comisario? —dice el viceministro.
—Lo sé, vengo de allí.
—Si lo detienen ahora, cargaremos con el peso de la captura de un héroe popular —dice el ministro—. Es preferible tener a un asesino suelto que a un héroe popular en la cárcel.
—¿Y vamos a dejar que siga asesinando? —se asombra Guikas.
—Puesto que los evasores de impuestos están atemorizados y han empezado a pagar, no tiene por qué seguir matando —afirma el viceministro de Economía—. No nos engañemos: en estos momentos el asesino satisface la indignación popular contra los evasores de impuestos y nadie desea su arresto. Creo que los evasores seguirán pagando, más por temor a la ira popular que al propio asesino.
A punto estoy de decirle que de las presiones del gobierno, que alegaba anoche en televisión, ahora pasa a la indignación popular, pero me muerdo la lengua y me trago el comentario.
—Cada vez que descubran nuevos datos, tendrán que hablar conmigo para decidir cómo procederemos —dice el ministro, y añade—: Si siguen adelante bajo su responsabilidad, sepan que no contarán con el respaldo del ministerio.
—Es decir, que seguirán esforzándose por evitar la fuga de datos de Taxis —dice el viceministro de Economía—. Pero no irán más allá.
—Creo que hemos terminado, Dimos —le dice el ministro.
El viceministro asiente con la cabeza y pone fin a la reunión. Tras salir del ministerio nos quedamos ante la entrada, mirándonos los unos a los otros. A tres cargos policiales y a uno de la Unidad de Delitos Económicos se les ha tragado la lengua el gato.
Spiridakis es el primero en romper el silencio.
—Esperaba cualquier cosa, pero esto es demasiado —declara.
—Hemos llegado a un punto donde todo es demasiado —replica Lambrópulos—. El único consejo que te puedo dar es: «Calla y sigue la corriente».
Volvemos a Jefatura y recupero el aliento en el despacho de Guikas.
—Dígame qué debo hacer —le ruego—. ¿Continúo o meto la investigación en el congelador?
—Haz lo que tengas que hacer para mantener un perfil bajo —responde él—. Y, puesto que tendrás mucho tiempo libre, búscate un buen sastre para que te haga un uniforme nuevo. Tienes la promoción en el bolsillo.
—¿Me está tomando el pelo sobre mi promoción?
Guikas se echa a reír.
—Eres un ingenuo, Kostas —dice—. ¿Cómo se atrevería a rechazar mi propuesta? Sabe muy bien que si tú o yo nos fuéramos de la lengua y contáramos que ha ordenado la suspensión de la investigación de un asesino que ya cuenta con dos víctimas ilustres, el coste político será insostenible para él. Y ya ves que el gobierno hace grandes esfuerzos por recortar todos los costes menos los políticos. Por eso, el ministro apoyará con creces mi propuesta de promocionarte, para tener la conciencia tranquila. —Ve que sigo mirándole con cara de gilipollas y vuelve a reírse—. Así funcionan las cosas. ¿Qué pensabas, que te ganarías el ascenso por tus méritos? ¿Acaso has conseguido así alguno?
Al final me convencerá de que la única manera de conseguir un ascenso en la administración pública griega es no hacer nada, y eso el ministro acaba de servírmelo en bandeja.