19


Ve al verdadero Nom

Un griterío bastante lejano. El parpadeo de una luz intensa. El sol entrando por un agujero de la tela de la tienda. La tela agitada por la brisa.

Buscador estaba solo en un lecho de alfombras. Se incorporó para sentarse y miró hacia el griterío. Estaban celebrando junto al puente una animada reunión. Vio a Caressa, a Sabin y a los capitanes orlanos, y a Salvaje y a sus jefes vagabundos. Vio a Estrella Matutina, que se mantenía alejada de todos, con la mirada fija en Salvaje, escuchando en silencio. Más allá del puente, la inmensa multitud que se había hecho llamar el Gozo se dispersaba en grupos más pequeños, y de cada grupo llegaba el sonido de voces inquietas.

«Maté a mi amigo —se dijo Buscador—, y le devolví la vida con la mía propia. ¿Por qué no estoy muerto?».

Por encima de todo deseaba estar solo. En cuanto supieran que estaba despierto acudirían a apiñarse en torno a él, preguntando y suplicando, buscando respuestas que él no tenía.

«No tengo nada más que hacer aquí —pensó, observando a Estrella Matutina—. Será mejor que me vaya».

Se puso en pie vacilante y permaneció quieto un momento haciendo breves y profundas inspiraciones. Estaba mareado, pero no se cayó. Los gritos de los jefes le llegaban a través de las paredes de la tienda.

«Discuten por los privilegios».

—Esta tierra es de los vagabundos —oyó que decía Salvaje—. ¡Y toda esa palabrería tuya no puede borrar eso!

Así que Salvaje volvía a ser el mismo de siempre. Y Estrella Matutina sólo tenía ojos para él, como siempre. Buscador no necesitaba quedarse a mirar.

Soltó la tela de la parte posterior de la tienda y salió con cuidado. La brillante luz del día le hizo parpadear. Momentáneamente se sintió demasiado débil para caminar, pero se quedó inmóvil, hizo acopio de fuerzas y el momento de debilidad pasó.

Emprendió la marcha con paso seguro, sin mirar atrás. Al cabo de un rato ya estaba al otro lado de la colina, fuera de la vista de la multitud. Siguió avanzando con paso resuelto, intentando vaciar su mente de toda la confusión del día anterior. Iba hacia la carretera, esperando encontrar de nuevo la puerta del muro y, más allá, el Jardín. Quería que lo libraran de sus poderes; quería postrarse ante el Todo y Único y pedirle que le devolviera su vida.

Oyó entonces, mientras avanzaba a grandes zancadas, el mismo estruendo sordo que al morir Manlir. En aquella ocasión fue un poco más fuerte, aunque seguía siendo más una vibración de la tierra que un auténtico sonido. Se parecía más al eco de un trueno, pero no había ninguna nube a la vista.

Luego oyó un sonido más fuerte: el rápido golpeteo de unos cascos. Del bosque que bordeaba el camino salió como una exhalación un caballo caspiano sin jinete, galopando desenfrenadamente. Reconoció el caballo de inmediato por sus manchas: era Kell.

—¡Kell! —gritó—. ¿Dónde está Eco?

Como si le respondiera, Kell volvió grupas y se internó de nuevo al trote entre los árboles. Buscador lo siguió. Había un sendero que atravesaba el bosque, pero ninguna señal de Eco. Pensando que podría haberse caído y estar herida en las cercanías, la llamó a gritos:

—¡Eco! ¡Soy yo! ¡Buscador!

No hubo respuesta. Pero en ese momento oyó un crujido en las ramas y, al levantar la vista, alcanzó a ver un rápido y repentino movimiento entre las hojas del verano.

—¡Eco! ¿Eres tú?

—Crees que lo has matado, ¿no es así?

La voz era estridente y socarrona. Allí, colgada de una rama alta, estaba Eco, y en sus ojos había una mirada perdida y salvaje.

—¡No puedes matarlo! —dijo en tono burlón—. ¡Manny viene por ti!

Diciendo eso, se balanceó con asombrosa agilidad de una rama alta a otra y, volviendo a mirar a Buscador, le gritó de nuevo con la misma voz dura y socarrona:

—¡Manny va a matarte!

Se alejó saltando de rama en rama, hasta que estuvo muy arriba en uno de los árboles más altos. Allí se paró en seco y, acurrucándose en el nacimiento de una rama, inclinó la cabeza para esconder la cara. Buscador la siguió hasta el pie del enorme árbol.

—¡Eco! —llamó—. Soy Buscador, tu amigo. Quiero ayudarte.

Ella levantó entonces la cabeza y lo miró con sus hermosos ojos. Esbozó una triste sonrisa y le habló con su propia voz.

—Demasiado tarde —dijo—. Adiós, amigo Buscador. Ahora tengo que irme.

Soltó la rama y se impulsó con las piernas para saltar del árbol, y empezó a caer. Mientras caía abrió completamente los brazos y giró en el aire sin hacer el menor esfuerzo por salvarse, con la intención de despachurrarse los sesos contra el suelo y acabar así con su tormento. Pero sus manos extendidas iban rozando las hojas arracimadas, e instintivamente, agarrándolas para acercarse al tronco, encontró la elástica sujeción de las ramas una vez más y saltó hacia atrás, ilesa.

—¡Nooo! —gritó—. ¡Déjame morir!

La otra voz, más dura, le respondió de inmediato desde su propia boca:

—¡Quiero vivir! ¡Quiero vivir eternamente!

Buscador contempló con horror y compasión cómo Eco subía de nuevo volando la escalera arbórea e intentaba matarse arrojándose al vacío una vez más. De nuevo se agarró, y de nuevo gritó en su desdicha:

—¡Déjame morir!

Pero aunque gritó con su propia voz, la otra que llevaba dentro pugnaba por imponerse, provocando desde las alturas a Buscador.

—¡Aquí el único que va a morir es Buscador! ¡Ya no puede escapar de Manny!

Eco volvió a alejarse, columpiándose con rapidez entre los árboles, ganando altura paulatinamente. Ya en la distancia, Buscador la vio lanzarse en picado desde la copa de los árboles como un halcón sobre su presa, dejándose caer casi hasta el suelo antes de remontar el vuelo de golpe, indefensa y segura en las ramas familiares, persiguiendo la muerte, incapaz de morir. Oyó desvanecerse sus gritos en la distancia a medida que saltaba de árbol en árbol y Kell avanzaba al trote por el sendero que discurría debajo.

Obsesionado por la voz lastimera de Eco, Buscador regresó a la carretera. ¿Qué había querido decir? Manlir estaba muerto. De eso estaba seguro. ¿Por qué, pues, le infundían semejante temor sus palabras?

«¡Ya no puede escapar de Manny!».

Cuando Buscador llegó a la carretera encontró un carro tirado por bueyes parado en la cuneta, como si estuviera esperándolo. El carretero era un joven desgarbado de ojos saltones y semblante risueño. En la carreta había una camilla cubierta por un baldaquín blanco.

El carretero miró fijamente a Buscador con expresión bobalicona, y haciendo una señal con la cabeza hacia atrás, dijo:

—Quiere hablar contigo.

Del baldaquín blanco salió una mano. Buscador se acercó. Allí, en la camilla, vestido de blanco como un cadáver, yacía Jango. Sus ojos hundidos miraron fijamente a Buscador.

—Date prisa, muchacho —dijo—. Te queda muy poco tiempo.

—¡Jango! —gritó Buscador—. ¿Estás herido?

—Herido, no, amigo mío. Sólo soy viejo.

Y efectivamente, parecía más viejo que antes. Hablar lo cansaba. Hizo una pausa para recuperar el resuello, como el que habla mientras asciende por la ladera de una montaña.

—¿Por qué me queda poco tiempo? —inquirió Buscador—. Hice lo que se me envió a hacer.

—No del todo —dijo Jango—. Todavía no.

—¡Manlir está muerto! —Buscador lo dijo gritando para hacerlo verdad—. ¡Yo lo maté!

—Su cuerpo está muerto.

—No entiendo…

Jango levantó débilmente una mano para que se callara.

—Deprisa, deprisa. Haz lo que te diga. —Hizo una nueva pausa para recuperar las fuerzas—. Tócame.

Buscador tendió la mano. Jango la tomó en la suya y se la apretó contra la marchita mejilla. En su rostro se dibujó una débil sonrisa.

—Una mano cálida —dijo—. Una mano fuerte.

—Dime, ¿no era lo bastante fuerte?

—Eras fuerte. Más que él. Él sabía que tenías el poder para matarlo. Así que hizo lo que ningún hombre ha hecho antes: diseminó su lir vital.

Buscador oyó aquello con un temor renovado.

—Lo vi —dijo.

—Ningún hombre conoce el lir como él —dijo Jango.

—Entonces, ¿dónde está ahora?

—Por todas partes.

—¡Por todas partes!

—El lir está en la tierra —dijo Jango—. En los árboles. En los ríos. En las nubes. En los océanos. Pero este gran poder que existe en toda la materia viva jamás se había unido antes en una única voluntad.

—¡La voluntad de Manlir!

—Nadie lo había hecho hasta ahora. Él ha perdido su yo, pero no ha muerto.

«Mi vida es toda la vida». Buscador volvió a oír las últimas y entrecortadas palabras del erudito. «Nunca moriré».

—¿Qué puedo hacer? —dijo Buscador.

—Ve al Verdadero Nom. Apela a la fuerza del Todo y Único.

—¿Qué es el Verdadero Nom?

Los ojos de Jango se cerraron y, en su agotamiento, resolló débilmente mientras se tumbaba. Buscador no sabía nada del Verdadero Nom, así que esperó a que Jango recuperara las fuerzas antes de seguir preguntando. Pero cuando Jango abrió los ojos de nuevo fue para hacerle una pregunta.

—Dime, hijo —dijo—, ¿amas al Todo y Único?

—Sí —respondió Buscador.

—Piensa sólo en tu amor. Tu fe ha de ser fuerte. Una fe verdadera es la única armadura que Manlir no puede perforar. ¿Me oyes?

—Sí —dijo Buscador.

Jango le agarró la mano con fuerza, hasta hacerle daño, y volvió a decir con una intensidad tremenda.

—¿Me oyes?

—Te oigo —contestó Buscador.

—Fe, muchacho. ¡Fe hasta el final!

Y diciendo aquello se volvió a hundir en el lecho y dejó que sus ojos debilitados se cerraran de nuevo.

—¿Qué camino he de tomar? —preguntó Buscador.

—El camino al Verdadero Nom. Hemos estado allí antes.

A Buscador sólo se le ocurrió que se refería a la puerta del muro, cruzando la cual había encontrado la umbría arboleda y el Jardín resplandeciente.

—Al oeste —dijo el anciano, en voz apenas audible—. Ve al oeste. Él no tardará en estar preparado. Ve deprisa…

Ya no habló más. Se había sumido en el sueño, agotadas sus escasas energías por la conversación. Buscador levantó la vista hacia el desgarbado joven sentado en el asiento del cochero.

—¿Sabes adónde quiere que me dirija?

El joven negó con la cabeza.

—¿Adónde lo llevas?

—Al oeste —dijo el carretero—. Por el bosque. Siempre hacia el oeste.

Buscador permaneció indeciso. Entonces, una vez más, oyó el profundo estruendo que sacudía la tierra. Levantó la vista hacia el carretero; por su expresión ausente, el joven no daba muestras de haber oído nada.

«¿Soy el único que lo oye?».

El estruendo se alejaba ya. En esta ocasión había durado más y había sonado más cerca.