43. NANEFER, ESPOSA ADORADA

«No reclames contra el que no tiene hijos —recomienda el sabio Ptah-hotep en su novena máxima—, no critiques el hecho de no tenerlos, y no te jactes de tenerlos tú; hay muchos padres que viven en la aflicción, y lo mismo le ocurre a muchas madres que han dado a luz, mientras que otra, sin hijos, vive más serena que ellas». No tener hijos no era en el antiguo Egipto una tara o una maldición; según Ptah-hotep, la falta de descendencia carnal podía incluso facilitar el acceso a una vida espiritual en el interior del templo.

Una pareja estéril y deseosa de educar a un niño tenía la posibilidad de adoptarlo. No conocemos las modalidades detalladas de este procedimiento, pero sí que implicaba una inversión material. Un contrato de adopción procedente de Tebas, con fecha del 536 a. J. C., está redactado en forma de contrato de venta. El padre adoptivo «compra» a su hijo, que hace la siguiente declaración: «Estoy satisfecho del precio que has pagado para que me convierta en tu hijo. Soy tu hijo, con los niños que traeré al mundo, y todos los bienes que poseo o poseeré. Ninguna otra persona tendrá derecho sobre mí, ni padre ni madre ni amo ni ama».

En el campo de la adopción se dio un caso extraordinario, el de la dama Nanefer, «la bella».[121] Los acontecimientos tuvieron lugar durante la XX dinastía, bajo el reinado de Ramsés XI. La dama Nanefer era una cantora del dios Set y ejercía sus talentos rituales en la ciudad de Sepermeru, la actual Bahnasa; su marido, Nebnefer, era jefe de caballerizas. Una pareja apacible que gozaba de cierta comodidad material en una tranquila ciudad de provincia.

Nebnefer, sin embargo, estaba angustiado. Temía hallarse enfermo y le obsesionaba el futuro de su esposa. No tenían hijos y le preocupaba que, después de su muerte, algunos miembros de su familia impugnaran de una manera u otra la herencia de Nanefer.

Tomó entonces una sorprendente decisión: adoptó a su mujer, que pasó a convertirse así en… su hija única. «Me he convertido en hija suya», explica la esposa.

Fue necesario un documento escrito, que redactó un escriba delante de testigos; fueron cuatro jefes de caballerizas, dos soldados y varias mujeres, entre ellas otra cantora de Set. Desde entonces, y de manera explícita, Nanefer iba a ser la única legataria de todos los bienes de su marido y nadie podría impugnarle su propiedad.

Sabia decisión, ya que la dama Nanefer sobrevivió mucho tiempo a su marido. Dieciocho años después de la muerte de aquél, ella tuvo un noble comportamiento. Siempre al frente de los bienes que su difunto marido le legó, ella consideró justo que sus allegados se beneficiaran de ellos, ya que la habían tratado bien durante su viudedad.

Nanefer, en efecto, no se había vuelto a casar y no había tenido hijos. Su hermano menor, Padiu, le había demostrado atención y afecto, al igual que su sirvienta, madre de tres niños, dos muchachos y una niña. Padiu, también él jefe de cuadras, se había enamorado de la mayor. La dama Nanefer facilitó su matrimonio adoptando a su hermano menor y legándole su fortuna, que debería compartir con los tres hijos de la sirvienta. Los había alimentado y se había ocupado de su educación y, a cambio, ellos la habían tratado bien.

Un hermoso ejemplo de generosidad y reconocimiento que le ha valido a la dama Nanefer, mujer e hija de su mando, que se conserve su memoria.