La mañana del domingo, sosteniendo la mano de Mary revestida de un guante negro, entraron en la estación de Earl’s Court. Amantes reconfortados y envueltos en sonrisas y miradas y palabritas murmuradas al oído. Y acabo de afeitarme y rociarme con una ardiente loción, porque Mary tú dices que te gusta tanto frotar tu mejilla contra la mía.
La guía hacia el interior del tren. Mary cuando cruza así las piernas me atraganto. Veo que te has depilado bastante las cejas, y no lo apruebo.
Salieron del metropolitano en Victoria. Se cruzaron con unos cuantos rostros animados. Y luego frente al Palacio Buckingham y Semley Place y hacia el interior de esta iglesia de ladrillos rojos. Entre las cortinas verdes, en dirección a la música y el oro.
La gente dispersa en el recinto, la frente tocando el suelo. Huelo el humo. Y el canto. Sal de las puertas del altar con el bálsamo y la bendición y tócame. Y un poco también a Mary. Y cuando vaya a mi último lecho quiero que todos ustedes usen esta vestidura de oro, y depositen mucho bálsamo sobre el ataúd.
—¿Qué te parece, Mary?
—Maravilloso. Tanta música. Me siento extraña por dentro. Quisiera volver a nuestro cuarto. ¿Vamos?
—Jesús, realmente no tienes reverencia.
—Sé que es terrible. No puedo evitarlo. Pero, ¿cuánto dura, cuándo termina?
—Toda la mañana. Entran y salen.
—Es extraño. ¿Qué son?
—Rusos.
—Ojalá fuera rusa. Es tan excitante.
—Eso mismo.
—Y los hombres con barba. Sebastián, ¿te dejarías la barba?
—Soy un poco conservador.
—Siempre quise casarme con un hombre de barba.
—Ven aquí, y absorberemos un poco de este incienso.
Y se acercaron al pequeño grupo que recibía la bendición. Dangerfield puso un puñado de monedas como limosna.
Los pájaros de motor vienen con mucho más desde el otro lado del mar. Y quiero que me quieran por mi dinero.
Con las campanas de la iglesia a vuelo salieron y entraron en una cafetería de paredes blancas, a beber té.
—Sabes, Sebastián, cuántas cosas hay aquí. Iglesias de todas clases y los trenes subterráneos y uno diría que tal como proceden con nosotros en Irlanda no deberían tener tiempo para hacer todo esto.
—Los británicos tienen tiempo para hacer muchas cosas, Mary.
—¿Después del té volveremos al cuarto?
—Mary, realmente. Primero un paseíto por el parque para respirar.
—Quiero probar todas esas cosas que tú me dijiste.
Sentados uno frente a otro. Mary un poco encorvada, mirándolo por encima de las masas. Mary, eres un demonio. Pero necesito un paseo por el parque. Contengo la respiración. Oh, sé que me crees capaz de hacerlo noche y día con las luces apagadas y encendidas, pero eso se gasta lo mismo que el resto. Vamos, demos un paseo tranquilo, subiendo por la calle Bond para que tengas idea de las cosas que necesitaré en adelante. Y quizá convenga ver algunos disfraces, porque ciertos amigos nos quieren mucho cuando hay abundancia.
Tomaron el ómnibus en dirección al parque. Estas enormes entradas con las corrientes de coches. Y entre los árboles Rotten Row. Los caballos galopando. Tantos brincos y cabriolas seguramente les desarrollan los traseros muy grandes. Tengo la sensación de que todo el pecado comienza en el parque. Del mismo modo que el matrimonio empieza en la sombra. Y concluye con las luces encendidas.
—Mary, caminaremos hacia el estanque.
—¿Qué es eso?
—Donde navegan los botes.
—¿Y luego volvemos?
—Mary, ¿por qué lo deseas tanto?
—No lo sé. Pero lo siento así. Y lo sentía incluso antes de conocernos. A veces cuando me arrodillaba a rezar en una reunión de la Legión de María.
—Una excelente organización.
—No seas tan mentiroso. No crees que es una excelente organización. ¿Por ahí se sale del parque?
—Mary, ambos somos miembros de la Legión. Ya verás que yo también gozo de prestigio. Qué terrible, jóvenes como tú ansiosas de pene y ni un poquito de religión.
—La Legión puede irse al infierno.
—Muy bien, Mary, si así lo deseas, pero te diré lo siguiente. Si no fuera por la Legión, en Irlanda todos se matarían copulando. También los arzobispos. Y todas las monjas estarían embarazadas.
—No quieres llevarme de vuelta al cuarto.
—Nada de eso. Ocurre sólo que soy un poco sensible respecto de la Legión. En todas las cosas hay algo de bueno. Todo es bueno. Todo. Leo en tus ojos que no me crees. Muy bien. Taxi. Derecho a nuestro cuarto sin desvíos.
Mary corre las cortinas. Los tiene bien marcados. Dice que le gustan las cosas ajustadas. Cada vez que me quito las bombachas jadeas.
Y se quedaron en el cuarto hasta el lunes. Apasionada Mary. Y luego el martes Mary implacable y desconsiderada. Pero el miércoles con una grisácea y general tristeza en toda la ciudad y un toque de lluvia fría, lo llamaron al teléfono y MacDoon dijo que había correspondencia de aspecto oficial, y besando a Mary por la puerta entreabierta y Mary creo que eres dura como la roca. Y tengo la sensación de que estuve pegándote sin parar con un martillo. Pero no llores si me retraso, ni te angusties. Acércate a tu máquina de coser y canta una cancioncilla. Pon un poco de hilo amarillo y hazme una bandera.
Desciende los cuatro tramos de la escalera alfombrada de verde. A paso rápido, calle arriba. Allí tengo un bonito y pequeño refugio con Mary. Nada le alcanza. Y no puedo decir que estoy en condiciones de darle mucho más. Tendré que pedir consejo a Doon. Dicen que si no se les da bastante lo buscan en otro lado. Que me envíen manzanas de Nueva Inglaterra y también algunas especias de Oriente. Para tener buena provisión de jugo. Muy bien, MacDoon, ¿qué tienes para mí? Estoy un poco seco, por las exigencias de Mary. Y recuerdo los tiempos cuando era más joven, me lo pasaba manipulando botones, cierres y alfileres, retorciendo, tirando y rompiendo, intentando conseguirlo. Y ahora me sobra. Vamos cálmate, querida. Realmente, esto es excesivo. Hubo un hombre que se gozaba en sus picantes aventuras y su perversión hasta que todo esto lo llevó a la muerte a los noventa y siete años. Mary puede ser petulante. No me gustó la expresión de sus ojos cuando le pedí que me pasara las medias que estaban en el respaldo de la silla. Signo de rebelión. Tal vez después se convierta en una mujer prepotente. Tengo que observarla. Y guarda sus cosas en su cajón, y tiene su propia toalla. De todos modos, un poco áspera. Me tenía por las muñecas cuando estaba encima con esa expresión, a ver si te salvas de ésta. Pero tengo algunos trucos para afrontar esas tonterías. No le gustó mucho cuando le pasé el brazo por la pierna y le hice la llave egipcia, hasta que se mordió los labios y casi lloró.
—Mac, por Dios, ¿dónde está?
—Oh, aquí lo tengo Danger. Ahora tranquiliza tu pobre y doliente alma y por Jesús crucificado dame un minuto para contarte una pequeña historia. Bueno, en Irlanda un hombre avanzaba por un camino rural y encontró a dos niñitas, y les pidió que fuesen a jugar con él. Les dijo que era un jueguito perverso, y que les daría una bolsa de chocolates. Y las niñas jugaron, y él les dio la bolsa. Cuando se marchó, la abrieron y estaba llena de piedras.
—Basta. Basta. Dame eso, por lo que más quieras. ¿Dónde está la carta, la carta?
—Siéntate. Tal vez sean tus últimos instantes de pobreza. Y el único modo de gozar de la abundancia es recordar los días de escasez. Danger, afírmase que no has salido de la cama desde que ella llegó y te diré francamente y en la cara que es una deshonra que tan buen cristiano como tú incurra en tan grave lascivia que lo mantiene en su cuarto tres días seguidos.
—Mac, estoy fuera de mí. Mi corazón no soporta esa clase de tratamiento.
—Te haré un solo pedido, entregártela en mi bandeja de plata.
—Dámela sobre un pedazo de mierda. Preséntamela sobre tu pene si lo prefieres, pero dámela.
—Ah, aquí estamos. Aquí estamos Danger, en mi propia bandeja de plata que se remonta al tiempo de los geeks que eran gooks de la Galia.
Un dedo rasga el sobre. Despliega el papel oficio. La ley. Al final los ojos se le clavaron sobre esto:
… una suma retenida en fideicomiso que aporte un ingreso no mayor de seis mil dólares anuales, el cual comenzará a pagarse cuando usted haya alcanzado la edad de cuarenta y siete años, momento en que…
Yo postrado y completamente loco.
Mac vierte agua caliente en su teterita marrón. Afirma que es una clase especial de té, proveniente de Shaba Gompa.
Sólo quiero
abrirme paso
no que me abran
la cabeza.