Raoul Brissac, el picapedrero, mantenía el ojo pegado a la abertura practicada en la parte inferior de la pared del barracón rojo que daba al gran patio. Esperaba, incansable. Habría esperado durante siglos. La herida en la oreja todavía le producía agudas punzadas, pero no tenía cura. El cabrón que le había robado el anillo de compañero y que había matado a Pierre Laniel lo pagaría con su propia vida. De momento, el intendente parecía intocable. Un carnicero de mirada ausente cuyo rostro obsesionaba a Raoul Brissac. No podría vivir tranquilo mientras aquel tipo existiera. La muerte de un hermano no queda impune.
Era imposible actuar solo. Ni hablar de poner a otros hermanos en peligro. Raoul Brissac acechaba pacientemente, observaba durante horas. Esperaba la mejor ocasión. Llegaría. La deseaba con tanta fuerza que propiciaba las condiciones como por arte de magia. En la logia «Conocimiento», durante la iniciación al grado de compañero, se revelaba el uso del poder personal, el manejo de las energías interiores. Ahora tenía la capacidad de modificar el curso de las cosas sólo de manera infinitesimal; y, pese a ello, de modificarlas proyectando su voluntad hacia el objetivo que quisiera alcanzar. El venerable posiblemente hubiera reprochado a Brissac el uso de un poder, el desvío de una fuerza espiritual hacia la materialidad. El compañero rechazaba aquella crítica de antemano. La protección de la logia pasaba por el combate. Había que atacar, destruir la maquinaria del adversario, demostrarle que su sistema no era infalible. Y, para empezar, vengar la muerte de Laniel.
Los acontecimientos ocurrieron tan rápido que Raoul Brissac no tuvo que pensárselo dos veces. Se dejó llevar por el instinto. Vio que un hombre salía tambaleándose de la torre central. Estaba envuelto en llamas. Ya no le quedaban fuerzas para gritar. Lo seguían dos agentes de las SS, también en llamas, con una enorme marmita de aceite de la que salían humo y llamaradas. Uno de ellos, un coloso, logró recorrer unos metros a costa de un increíble esfuerzo. Las manos se le quedaron pegadas al metal ardiendo. Finalmente, se desplomó contra la pared de un barracón que enseguida se incendió.
Las sirenas de la fortaleza se activaron en el preciso instante en que los primeros deportados abandonaron el barracón para evitar ser quemados vivos. Los agentes de las SS salieron de su caserna, arma en mano. Dispararon a los detenidos que, locos de esperanza, intentaban escalar los muros de la fortaleza. Otros empezaron a evacuar los barracones y obligaron a los presos a concentrarse ante la torre, junto a los lavabos. Los masones fueron los últimos en salir.
Durante unos minutos, reinó el caos. El fuego que se extendía, los quemados que gritaban, los equipos de emergencia que se organizaban con demasiada lentitud, los insensatos que intentaban huir sin importar adónde, la manga de incendio que no funcionaba correctamente, los cubos que no se encontraban, los agentes de las SS que disparaban al aire para no abatir a sus camaradas, los cabecillas que tomaban la precaución de abandonar las filas en cuanto éstas se formaban.
Raoul Brissac había localizado al intendente. En la mano derecha, el compañero sostenía una varilla de metal procedente del pequeño arsenal que la logia había improvisado. Brissac avanzó ligeramente encorvado y a paso ligero, invisible, entre las sombras del incendio.
Un barracón totalmente destruido, otro medio calcinado, cadáveres salidos de la fortaleza: aquél era el único balance que los hermanos de «Conocimiento» podían trazar. Disipado el pánico, se formaron filas de presos en el gran patio bajo la supervisión de los agentes de las SS. Klaus, el jefe, había restablecido el orden en menos de un cuarto de hora. El incendio estaba controlado.
Los masones habían vuelto a su barracón conducidos por una decena de agentes crispados. Cada uno de los hermanos sentía un extraño malestar. Por mucho que el incidente pareciera zanjado, les rondaba la angustia, como si el incendio fuera sólo el preludio de una tragedia. No se les distribuyó la ración de cena.
—¿Nadie ha visto al venerable? —preguntó Dieter Eckart.
Serval y Spinot negaron con la cabeza. Ellos habían ayudado a Guy Forgeaud a desplazarse, mientras Dieter Eckart observaba lo que ocurría a su alrededor para prevenirlos del peligro.
—¿Y tú, Raoul?
El compañero Brissac estaba más enfurruñado que el día en que había sufrido el primer «interrogatorio» que decidiría su futuro iniciático. Aquel hombre, de frente baja y ojos juntos, se encerraba en sí mismo.
—Raoul… te he hecho una pregunta —insistió Dieter Eckart, asombrado ante el mutismo de su hermano.
—No. No he visto al venerable.
Se perdía el último rayo de esperanza. Por primera vez, los hermanos de «Conocimiento» habían visto a sus camaradas de infortunio, a los otros deportados. Al menos trescientos. Muchos ancianos.
—Dios mío, ¿dónde puede estar? —estalló Guy Forgeaud, cuya energía apenas parecía mermada por las heridas.
—¿No crees que a lo mejor…? —preguntó André Spinot, con voz ansiosa.
—Tampoco he visto al monje —observó el aprendiz Jean Serval.
—Puede que los hayan liquidado a los dos —dijo Brissac, sombrío.
—La enfermería no se ha quemado —objetó Dieter Eckart—. No han hecho evacuar a los enfermos.
—Un incendio —dijo el monje.
—Cualquiera diría que ha cundido el pánico.
El monje y el venerable oyeron gritos, órdenes en alemán, martilleo de botas, ráfagas de disparos.
—Tengo la impresión de que van a dejar que nos asemos aquí, con los enfermos.
—Son capaces —valoró el monje—. Voy a bendecir a nuestros protegidos.
Cuando el pesado corpachón del benedictino se tambaleaba en dirección de las camas, se volvió hacia el venerable.
—¿En su logia no se preparan para la muerte?
—La vivimos simbólicamente durante la iniciación al grado de maestro. Es la única manera de conocerla desde el interior. Cuando un hermano muere, celebramos una sesión fúnebre. No honramos al individuo, sino su mandil de iniciado. Para nosotros, no está muerto; pasa al Oriente eterno. Su ser se convierte en luz. Es una estrella que guía a sus hermanos en la tierra.
El monje adoptó la actitud severa que habían conocido perfectamente algunos novicios a los que había procurado la formación.
—Lo suyo es la poesía, el paganismo, el…
—¿Por qué, padre? ¿No fue una estrella lo que llevó a los magos hasta Cristo?
El monje masculló una respuesta imprecisa.
—Desprecia usted la humanidad, venerable. Sólo da importancia a sus hermanos.
François Branier se cruzó de brazos, en una actitud bien conocida por los jóvenes hermanos a quienes había orientado hacia los misterios.
—¿Usted admite a todo el mundo en su cementerio, padre? Yo diría que sólo reúne allí a los hermanos del monasterio… Ustedes también forman una élite. Siempre he envidiado esa manera de vivir el reposo eterno. He visitado algunos cementerios benedictinos, perdidos entre la maleza, aislados en los flancos de una colina, inmersos en el silencio. Todos aquellos que han vivido, trabajado y rezado juntos están allí, unidos por siempre jamás. Cuando un hermano va a meditar a las inmediaciones, vuelve a ver sus rostros. Llora por dentro, pero así alarga su existencia, los continúa.
—Ocupémonos de los enfermos —interrumpió fray Benoît.
Klaus y cuatro agentes de las SS irrumpieron en la enfermería. Empujaron fuera al monje y al venerable, obligaron a los enfermos a levantarse y les hicieron avanzar a culatazos en los riñones. Tres de ellos, incapaces de moverse, fueron ejecutados de un disparo en la sien.
Delante del barracón de los lavabos, los agentes de las SS habían apiñado sin orden ni concierto los cadáveres de los quemados y los restos de madera calcinada, todavía humeantes. Captó la atención del monje y del venerable el estrado sobre el que yacía el cuerpo de un agente. Al lado estaba el comandante de la fortaleza, envarado en su uniforme impecable, con las piernas ligeramente separadas y las manos cruzadas detrás de la espalda. Lo acompañaba su ayudante de campo.
Los presos abandonaron sus barracones en largas y resignadas hileras, y fueron realineados en una veintena de filas, de cara al estrado. El monje y el venerable se hallaban en el extremo izquierdo de la primera fila. François Branier giró la cabeza en vano para localizar a sus hermanos. Y ellos, que estaban en la cola, tampoco vieron al venerable. Los agentes de las SS hicieron mantener un alineamiento impecable, y luego se colocaron ellos mismos en cuadrado alrededor de los deportados.
Sonó un plañido musical. La obertura de El buque fantasma, de Wagner. Dos presos hablaron y se movieron. Enseguida fueron señalados por el jefe, sacados de la fila y molidos a palos. El comandante permaneció inmóvil hasta el final de la obertura. El monje rezó. El venerable invocó al Gran Arquitecto del Universo. Ni el uno ni el otro clamaron una gracia concreta; sólo buscaban intensificar una presencia.
La música se extinguió. Las piernas de algunos se volvían pesadas. Los enfermos se derrumbaban. El comandante esperó a que el silencio fuera absoluto. Tomó la palabra:
—Se ha cometido un monstruoso crimen. Un soldado del Reich ha sido vilmente asesinado, apuñalado por la espalda. Que el culpable se entregue de inmediato. De lo contrario, cada minuto, haré ejecutar a dos presos. Klaus, empiece la cuenta atrás.
El jefe de las SS miró el reloj. El monje se preguntaba quién estaría lo bastante loco para llevar a cabo un acto semejante. Seguramente el comandante no se contentaría con una sola víctima expiatoria. Tal vez cerraría la enfermería, suprimiría las raciones, instituiría un régimen de trabajos forzados y multiplicaría los servicios. Sin duda, había sido un pequeño grupo que había aprovechado la confusión para vengarse de un cabo de vara, y que así creía actuar de manera heroica. El monje sólo vio una solución: entregarse antes de que acabara la cuenta atrás. Y mostrarse convincente para explicar cómo lo había hecho. Sería una lástima perder así una apuesta ganada de antemano. Pero tenía muchas vidas que salvar.
Habían transcurrido treinta segundos. El venerable estaba seguro de que los hermanos de «Conocimiento» eran responsables de aquel atentado. Indudablemente, el preludio de una tentativa de evasión abortada. Lo habían dado por muerto y no habían querido morir como perros. No habría una segunda oportunidad. El venerable se veía obligado a declararse culpable del asesinato.
Esperaba salvar a sus hermanos. El maestro de la obra tenía el deber de intervenir cuando los obreros se vieran amenazados. Perdería su apuesta, y el secreto del Número quedaría sepultado en las tinieblas.
Veinte segundos más. El jefe de las SS empezó a desgranarlos en voz alta. Diecinueve, dieciocho, diecisiete… El comandante sabía que el o los culpables se entregarían. ¿La reacción de unos desaprensivos? ¿Un golpe de fuerza? En menos de quince segundos, saldría de dudas. Imaginaba al asesino muerto de miedo, dudando si abrir la boca. Seguramente tendría que ejecutar a algunos presos para persuadirlo.
El monje había tomado una decisión. Se manifestaría cinco segundos antes del plazo. Pero una hipótesis lo atormentaba. ¿No se trataría de una comedia? ¿El comandante no habría ordenado aquel asesinato para poner a los masones en un aprieto?
Treinta segundos, doce, once…
—¡He sido yo!
Una voz potente eclipsó la del jefe de las SS. Raoul Brissac salió de la última fila y se abrió paso entre los presos, empujando a quienes no se apartaban lo bastante rápido. El efecto sorpresa fue tajante. Los agentes, en espera de una orden que no llegaba, no dispararon. Brissac se paró en seco a un metro del comandante que no había alterado su posición.
—Yo liquidé a ese asesino.
—¿Cómo? —preguntó el comandante.
Raoul Brissac contempló el cadáver, tendido boca abajo. En la base del cuello, tenía una varilla de metal clavada hasta el fondo.
—¡Así! —gritó el compañero, abalanzándose sobre los restos mortales del agente de las SS que había matado a Pierre Laniel y que le había robado el anillo.
Arrancó la varilla de metal y la clavó repetidas veces en el cadáver. Mientras lo hacía, su mirada se cruzó con la del venerable.
Fue su última visión. Agentes de las SS arremetieron contra él.
—Ejecución inmediata —ordenó el comandante.
Raoul Brissac no había vacilado. En sus ojos anidaba el salvaje orgullo que François Branier había visto en su futuro hermano desde su primer encuentro. Brissac era un hombre de palabra, término ridículo que ya no tenía razón de ser. Pero, al compañero Brissac, las modas le traían sin cuidado. Anteponía el honor de la logia y de sus miembros a cualquier otra consideración. Por su carácter demasiado independiente, no había soportado aquel atentado a cuerpo y alma. Una vez más, había cometido un error que le impediría seguir su camino hacia la maestría: actuar solo, por su cuenta y riesgo, sin consultar a la comunidad.
—¿Por qué lo ha hecho? —preguntó el monje.
Todos los detenidos habían sido devueltos a sus respectivos barracones. La enfermería estaba medio vacía. François Branier parecía ausente. Aquélla era la primera pregunta que el monje se atrevía a hacerle pasadas dos largas horas.
—Consideraba que ése era su deber.
—Pues mire adónde lo ha llevado…
El venerable miró al monje con una severidad que le dio escalofríos. Una presencia… eso era lo que le evocaba aquel masón. Una inmensa presencia, comparable a la del primer abad que había conocido.
—Eso lo ha llevado al Oriente eterno, padre. Allí resplandecerá para ayudarnos a sobrevivir.
Brissac el indómito, Brissac el indomable… Había abandonado el espacio y el tiempo para fundirse en la luz.
—Le agradezco lo que tenía intención de hacer —dijo el venerable.
Aquello cogió desprevenido al monje.
—¿De qué me está hablando?
—De la decisión que había tomado. Lo llevaba escrito en la cara. Se declararía culpable para evitar una masacre. Tiene usted agallas, padre.
El monje tosió.
—¿Acaso no había considerado usted la misma solución?
—Pero, en su caso, se sacrificaría por un masón…
—¡No sabía que uno de los suyos había dado el golpe! Si no…
—¿Si no qué?
El pecho del monje se estremeció con otro ataque de tos.
—Debería cuidarse, padre. Si quiere un diagnóstico…
—No lo necesito. Jamás he ido al médico. No veo por qué iba a empezar precisamente hoy. Me curaré yo solo. Y ahora será mejor que vayamos a dormir.
El religioso se acostó de lado, inquieto. La muerte de Raoul Brissac lo había impresionado enormemente. Su mirada también se había cruzado con la última del compañero que, sin ayuda de nadie, había desafiado el poderío nazi. En cierta manera, había triunfado. La primera brecha en la fortaleza había que atribuírsela a él. El comandante era consciente del peligro, por mínimo que fuera. ¿Y cómo reaccionaría? Al monje le habría gustado prever los golpes, pero su espíritu no se separaba de la persona de Raoul Brissac, aquel masón que había elegido su propio destino con inquebrantable determinación.
La masonería era una fuerza dañina. No hacía falta volver sobre ello. Pero los masones de aquella logia… ¿a qué categoría pertenecían? ¿Cómo no reconocer que se comportaban como verdaderos hermanos? Puede que el espíritu de comando bastara para explicarlo. Sin embargo, en los ojos de Raoul Brissac, el monje había captado aquella luz que sólo algunos monjes excepcionales habían sabido generar en su interior.
El venerable se pasó la noche entera postrado. Pierre Laniel, Raoul Brissac… dos hermanos, un maestro, un compañero. Un hombre maduro, uno joven. Se conocían muy poco, no habían entablado amistad. El compañero apreciaba del maestro su sentido de la decisión, su compromiso tan discreto como eficaz, su espíritu de síntesis. Al maestro le gustaba del compañero su sentido de la dignidad, su exigencia, su capacidad de trabajo. Dos hermanos irreemplazables. François Branier jamás volvería a dormir como antes. A escasos pasos de él, el cadáver de Raoul Brissac se balanceaba en el viento nocturno, colgado de una horca instalada ante la enfermería.