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El trabajo arqueológico, las tareas administrativas, las relaciones con la prensa, el problema del reparto de los objetos, la organización de visitas oficiales, los tratos comerciales, las tentativas de desviación…, todo eso aguardaba a Carter cuando llegó a El Cairo, el 8 de octubre de 1923, en la serena belleza del otoño egipcio que hacía casi seductoras las más destartaladas moradas. La ausencia de Carnarvon le ponía nervioso e inquieto. No se sentía capaz de enfrentarse solo con aquellos monstruos de múltiples rostros, pero no tenía elección. En Londres, la atmósfera se había hecho irrespirable desde la muerte súbita, en septiembre, de Aubrey Herbert, hermano de Carnarvon. Añadiéndose a otras sorprendentes desapariciones, suponía la prueba definitiva de una maldición, cuyo autor no podía ser otro que Tutankamón.

El viacrucis comenzaba por la sede del Servicio de Antigüedades donde, antaño, el conde manipulaba a Lacau a su guisa.

Pese a los temores de Carter, el director le recibió con indiscutible amabilidad.

—¿Ha reconstruido su equipo?

—Hemos viajado juntos desde Trieste.

—¿Qué desea lady Almina?

—Que la concesión de la tumba sea puesta a su nombre.

Legítima demanda. ¿Puedo esperar que sea usted confirmado como experto?

—Eso ha decidido.

—Mejor así. ¿Quién puede dudar de su competencia?

—A este respecto, me gustaría resolver con usted el problema de los visitantes. Hacen que mi trabajo sea imposible; la mejor solución sería que nadie fuera admitido en la tumba antes de desmontar las capillas.

Pierre Lacau hizo una mueca.

—Eso es extremadamente molesto. Mire.

Señaló dos enormes montones de cartas que llenaban la mesa de su despacho.

—Son peticiones oficiales de personalidades egipcias; no dejan de acumularse. Esos notables estiman que la tumba pertenece a su país y que nadie debiera impedirles el paso.

—Sin embargo, es imposible.

—Lord Carnarvon se mostraba más flexible; me pone usted en una situación muy molesta. ¿Qué debo responder?

—Que soy el único que puede dar una autorización de visita.

Lacau tomó algunas notas.

—¿No acaba de expirar la exclusiva concedida al Times?

—Numerosos periódicos firmaron, durante el verano, acuerdos con el Times; por ello debe conservar su posición privilegiada. Por lo tanto, he contratado a su corresponsal, Arthur Merton, como miembro de mi equipo.

—¿No es algo… irresponsable?

—Es un excelente arqueólogo aficionado; estará allí para relatar los acontecimientos.

—Temo que los periódicos egipcios no se lo tomen demasiado bien.

—Seguirán gozando de un privilegio no desdeñable, un comunicado gratuito. Son los únicos que no deberán pagar las informaciones oficiales.

—Bueno, bueno… Su expediente estará listo mañana.

Carter sentía prisa por regresar al Valle, disfrutar de nuevo su salvaje esplendor y franquear la última etapa que les separaba, todavía, de Tutankamón.

El Cairo era demasiado grande, demasiado ruidoso; nunca le habían gustado las ciudades donde el hombre se convierte en hormiga o en desarticulada marioneta, separada de la tierra y el cielo. El vacío dejado por Carnarvon no se colmaba; ¿podría Carter, sin él, doblegar a Lacau?

Subió a la ciudadela y meditó frente al desierto roído por la incesante expansión de la capital. ¡Cómo le gustaba ese paisaje absoluto, esa llamada a una verdad eterna que ninguna villanía podía mancillar! En la violencia del viento y en el rigor de las rocas, incluso, subsistía la ternura de los nómadas de incesante vagabundeo. Cuando hubiera descubierto el secreto del faraón resucitado, llevaría allí a Eve.

El fino rostro de Lacau parecía más cerrado que la víspera; las manos descansaban sobre una carpeta roja.

—Estoy muy molesto, Carter.

—¿Por qué?

—He defendido su expediente, pero algunos miembros del Servicio oponen argumentos que no puedo desdeñar. En mi posición, debo ser equitativo y tener en cuenta las opiniones de todos; el compromiso y el término medio son las únicas soluciones razonables.

—¿Puede ser más claro?

—Contratar a Merton es casi ilegal; por lo que se refiere a la negativa de recibir visitas y al desprecio por la prensa indígena, pueden provocar una molestísima campaña de opinión contra usted.

—¿Me están tomando el pelo? ¿No les basta la información gratuita?

Lacau abrió lentamente la carpeta roja.

—De buena gana le acusarían de detestar Egipto y considerar la tumba como su propiedad privada.

—¿Qué yo detesto Egipto? ¡Si vivo aquí desde mis dieciocho años! ¡Es mi verdadero país, señor director! Le he entregado mi alma.

—Le creo, naturalmente, aunque esas declaraciones me parecen excesivas… Su intransigencia con los visitantes es también muy criticada.

—¡Son unos esnobs a quienes la tumba les importa un bledo! Su único objetivo es presumir, en una cena mundana, de haber visto a Tutankamón. ¿Y exige usted que frene los trabajos científicos por culpa de una pandilla de curiosos? Firme la concesión y terminemos de una vez. Debo regresar enseguida al Valle.

Lacau acarició la carpeta con la punta de los dedos.

—Veremos, Carter, veremos… Debo consultar con el ministro.

Abdel Hamid Suleman Pachá, ministro de Obras Públicas, era un vividor, amante de banquetes y largas fiestas; su ascenso social, lento y constante, se apoyaba en un carácter amable y paciente. Feroz enemigo de los conflictos, poseía el genio de la diplomacia y solía resolverlos halagando a sus adversarios. La independencia de Egipto le parecía un sueño peligroso que llevaría el país a la ruina; sin embargo, debía cuidar las susceptibilidades de los nacionalistas y fingir que aprobaba algunas de sus teorías.

Pierre Lacau se inclinó ante el ministro.

—¿Cuál es el delicado asunto del que desea hablarme, señor director?

—La concesión Carnarvon.

—¿No es un problema resuelto?

—Lamentablemente no, señor ministro. Howard Carter es un hombre obstinado que no quiere ceder a ninguna de las legítimas exigencias del Servicio.

—Y, sin embargo, se alaba su competencia.

—No la niego… Pero debiera mostrarse menos intransigente con la prensa egipcia y aceptar que la tumba fuera visitada por los notables.

—El señor Carter es súbdito británico, si no me equivoco.

—En efecto.

—La colonia inglesa de El Cairo es un elemento esencial para el equilibrio en el país.

—Naturalmente, pero…

—Contrariar al señor Carter sería importunar al alto comisario y nos produciría muchos problemas diplomáticos.

—La exclusiva del Times es una injuria a Egipto.

—¡No exagere, señor director! Como máximo, un arreglo comercial. ¿Y no pueden los visitantes tener un poco más de paciencia? El conflicto me parece muy inútil.

Despechado, Lacau intentó en vano convencer al ministro de lo razonable de sus puntos de vista.

—¿Qué me aconseja usted?

—Firme la concesión y autorice a Carter a proseguir sus trabajos. Por lo que a mí respecta, señor director, el asunto está archivado.