11

Carter pensaba, cada día, en el Valle de los Reyes, del que tan cerca y tan lejos estaba. Deir el-Bahari no le concedía demasiado descanso. Le era imposible dejar libre curso a su imaginación: cada acuarela debía reproducir fielmente una escena de ofrenda, un barco bogando por el Nilo o una columna de jeroglíficos. No pintaba por placer sino para transmitir a las futuras generaciones el esplendor de un templo donde reinaba Hathor, la de la mágica sonrisa. Hacer aparecer en el papel el rostro de la diosa fue una emoción tan intensa que, concluida la obra, su mano tembló. Incapaz de proseguir su trabajo, solicitó a Naville autorización para abandonar por unas horas el paraje.

¿Dónde descansar, si no en el templo de Luxor, cuyas columnas, las más esbeltas de Egipto, elevaban el alma al cielo? Tomó pues la barca de los campesinos, donde, como de costumbre, reinaba un alegre tumulto. Nadie podía explicarse cómo, en tan reducido espacio, podían amontonarse tantos hombres, animales y mercancías; las mujeres aprovechaban la travesía para reunirse y charlar. ¿Sabían, aquellas buenas musulmanas, que una egipcia cristiana había lanzado la moda del vestido negro, en los primeros siglos de nuestra era, con la intención de llorar la muerte de Cristo? Cuando los seres animados e inanimados ocuparon ya su lugar, hasta el punto de no moverse en absoluto, la barcaza se puso en marcha; adoptó una moderada velocidad, pues según las Escrituras, el apresuramiento procede del diablo.

Y en medio del río, la vio.

Tenía unos veinte años, llevaba un largo vestido rojo, la garganta adornada con un collar de lapislázuli, un brazalete de oro en la muñeca derecha, su rostro era muy fino, sus cabellos largos y negros y sus ojos tenían el color verde del agua. Los bordes de sus párpados estaban subrayados con un trazo de maquillaje negro; las uñas de sus manos y sus pies, desnudos en las sandalias, estaban teñidas de henna.

Les separaba un campesino de hinchado abdomen, impaciente por llegar a puerto para vender un cargamento de cebollas y habas.

—Mi nombre es Howard Carter —anunció con una voz que quiso hacer firme—; perdóneme que le dirija la palabra tan directamente, pero se parece usted a la diosa Hathor que acabo de pintar en Deir el-Bahari. Es… conmovedor encontrar a una diosa viviente.

Ella pareció contrariada, pero respondió por fin.

—Nunca debe elogiarse a una mujer en términos tan excesivos, señor Carter; podría usted condenarla al mal de ojo y ofender a su marido.

—¿Está usted casada?

—Todavía no. ¿Es usted arqueólogo?

—Preparo una publicación sobre el templo de Deir el-Bahari.

—Es magnífico; hablo a menudo de él a mis alumnos.

—¿Es profesora?

—Maestra, benévola, en mi pueblo; a veces* enfermera e incluso guía para turistas si se presenta la ocasión.

—Eso explica su buen inglés.

—¿Habla usted árabe?

Él arriesgó algunas frases de cortesía, comenzando por el indispensable «En el nombre de Dios clemente y misericordioso» que debía inaugurar cualquier discurso. Su sonrisa le hechizó.

—No está mal… Tiene que progresar.

—¿Me aceptaría como alumno?

La barcaza redujo la marcha; se produjo un movimiento de la multitud. Todos se preparaban para desembarcar, con una impaciencia muy poco oriental.

Desesperado ante la idea de perderla, utilizó los codos para ser uno de los primeros en llegar al muelle. En cuanto la vio, se colocó a su lado.

—¿Puedo acompañarla?

—Regreso a casa.

—¿Y si tomáramos una calesa? Me haría usted descubrir la campiña y su pueblo. La hospitalidad egipcia es tan proverbial que no puede usted negarse.

Acorralada, aceptó subir a una rutilante calesa; Carter había elegido un caballo saludable y bien cuidado que galopó sin dificultades. Salieron enseguida de la pequeña ciudad y penetraron en el inmutable universo de los campos y los canales de riego, que no había variado desde hacía milenios. Durante el trayecto, ella permaneció silenciosa.

A la entrada del pueblo, la muchacha ordenó al cochero que se detuviera.

—Me llamo Raifa. ¿Quiere usted beber té, señor Carter, o regresa a la ciudad?

—Usted decide.

La siguió. Pasaron entre el espacio destinado a la cosecha y el homo público donde las mujeres cocían redondos panes mientras otras sacaban agua del cercano pozo. Algunos perros vagabundos, más bien hostiles, les observaban. Oculto en un palmeral, el pueblo de Raifa se componía de casas bajas de adobe, sin electricidad ni agua corriente; sobre los techos, había palmas trenzadas y ladrillos de bosta seca que servían como combustible. Tomaron estrechas y polvorientas callejas que formaban un verdadero laberinto. Al pie de la mezquita, cuyo minarete emergía de entre la compacta masa de las viviendas, unos hombres en cuclillas desgranaban su rosario.

Raifa vivía en la casa más hermosa, junto a la del alcalde; en la puerta pintada de azul, una herradura y una mano de Fátima destinadas a apartar los espíritus malignos. Le rodearon una veintena de niños; las chiquillas jugaban con muñecas de trapo, los muchachos se empujaban. Algunas cabritillas, atraídas por aquella agitación, solicitaron alimento. Raifa tranquilizó a aquella pequeña multitud y empujó la puerta de su vivienda.

En la primera estancia, con el suelo de tierra batida, dormía un asno; una anciana desdentada, con un harapiento vestido negro, amasaba harina. Asustada al ver un occidental, se echó el paño a la cabeza hasta que sólo quedó una rendija para los ojos. Raifa ordenó que preparara té y le invitó a entrar en una segunda estancia, bastante más grande, con el suelo embaldosado. A lo largo de las paredes, almohadones y multicolores banquetas.

—Siéntese, señor Carter.

—¿Vive usted sola?

—Con mi hermano Gamal. Es terrateniente y recaudador.

—Su voz ha cambiado cuando ha pronunciado usted su nombre.

—Le quiero mucho pero… A veces es violento. Debe mostrarse severo y azotar a los malos pagadores. Gamal respeta mucho las tradiciones y su presencia aquí no le gustará demasiado. En el pueblo me consideran una mujer demasiado libre; afortunadamente, cuento con el apoyo del alcalde, al que curé de una infección. Tantos infelices y tantos enfermos… Una mujer tiene el deber de aliviar su miseria.

La anciana criada sirvió el té y pasteles de miel. Apareció un joven fornido, de piel muy morena, cejas negras y pobladas que se unían formando un inquietante trazo. En su mano derecha tenía un látigo.

—Salga de aquí. No tiene usted derecho a estar solo con mi hermana.

—No aceptar su invitación hubiera sido un insulto. Mi nombre es Carter y le saludo. Permítame que me despida.

Indiferente al furor de Gamal, Carter dejó el vaso de té a la menta, se levantó y abandonó la estancia.

En el umbral, una cobra erguida le cerró el paso.

—No tenga miedo —recomendó Raifa—; vive en nuestra casa y viene a pedir leche.

Se volvió hacia su hermano.

—Nuestra serpiente sólo se muestra a los amigos sinceros; eso debiera tranquilizarte, Gamal.

Cuando Carter salió del pueblo, las mujeres veladas lanzaron una retahíla de «yuyuyús», haciendo ondular su lengua contra el paladar, para expresar su alegría.

Algunos días más tarde, sus pasos le llevaron hacia el Ramesseum, el templo de millones de años de Ramsés II. El edificio había sufrido mucho; en el gran patio que se abría ante la ala de columna, yacía el mayor coloso jamás esculpido. Intacto y de pie, pesaba más de mil toneladas. El fanatismo y la estupidez habían conseguido derribarlo, si no aniquilarlo; su rostro, iluminado por el rojizo oro del poniente, seguía expresando un sereno poder.

Un rebaño de cabras negras y blancas pasaba por el lugar. Carter se introdujo por entre los bloques esparcidos y los bosquecillos de tamariscos, cuidando de evitar las punzantes hierbas, y se sentó bajo la copa de una acacia que florecía entre las ruinas.

Desde su encuentro con Raifa, había desdeñado una decena de acuarelas fallidas. Incapaz de olvidar a la muchacha, desamparado, no conocía a nadie a quien confiarse. Estaba obsesionado por volver a verla; evidentemente, si su hermano le denunciaba, Naville se vería obligado a despedirle. Detestaba lo conflictos y sólo pensaba en la publicación de «su» templo; sin embargo, corrió el riesgo.

El guarda del lugar, con un bastón en la mano, se acercó.

—Tenga cuidado; aquí no son raras las serpientes.

Sin edad, con el rostro arrugado y los gestos lentos, se sentó en un bloque cubierto de jeroglíficos y miró hacia el poniente.

—¿No está usted buscando la tumba de un rey desconocido?

—¿Quién se lo ha dicho?

—El viento sopla en abundancia y tengo el oído muy fino.

—¿Ha oído usted hablar de objetos con el nombre de Tutankamón?

—Ni mercaderes ni ladrones los tienen. Es normal… El gran Ramsés destruyó su templo y desvalijó su tumba para borrar todo rastro de aquella época maldita.

Esas palabras le dejaron consternado. La opinión de aquel gaffir tenía más peso que la de los egiptólogos.

—Siga su camino, señor Carter, sin preocuparse de unos o de otros; no se convierta en un desvalijador, no permita que se le seque el corazón. Si no fuera usted inglés, le daría un talismán para protegerse contra los enemigos que, en la sombra, se disponen a perjudicarle. Pero los ingleses no creen en Dios.