En cuanto Pazair hubo bebido el agua curativa contenida en una copela de cobre, Bravo exigió su parte. El perro, de altas patas, provisto de una larga cola retorcida, grandes orejas caídas que se erguían cuando le acercaban la comida, y con el cuello adornado por un collar de cuero rosa y blanco donde se había inscrito «Bravo, compañero de Pazair», lamió el benéfico líquido, seguido pronto por el asno del juez, que respondía al dulce nombre de Viento del Norte. Traviesa, la mona verde de Neferet, saltó sobre el lomo del asno, tiró de la cola al perro y se refugió detrás de su dueña.
—¿Cómo cuidarme en estas condiciones?
—No os quejéis, juez Pazair. Tenéis el privilegio de que os cuide, a domicilio y permanentemente, un concienzudo médico.
La besó en el cuello, en el lugar preciso donde la hacia estremecerse. Neferet tuvo el valor de rechazarlo.
—La carta.
Pazair se sentó en la posición del escriba y desenrolló en sus rodillas un papiro de buena calidad, de unos veinte centímetros de ancho. Dada la importancia del mensaje, utilizaría sólo el anverso del documento. A la izquierda, la parte enrollada; a la derecha, la desplegada. Para dar un carácter augusto al texto, escribiría en líneas verticales, separadas por una línea muy recta, trazada con su más hermosa tinta y un cálamo, cuya punta estaba perfectamente afilada.
Su mano no tembló.
Al visir Bagey, de parte del juez Pazair.
Quieran los dioses proteger al visir, Ra iluminarle con sus rayos, Amón preservar su integridad, Ptalí darle coherencia.
Espero que vuestra salud sea excelente y que vuestra prosperidad no sea menor. Apelo a vos, en mi calidad de magistrado, para informaros de hechos de excepcional gravedad. No sólo fui acusado, falsamente, del asesinato de Branir el prudente y deportado a un penal de ladrones, sino que también el arma del crimen ha desaparecido, cuando estaba en poder del jefe de Policía, Mentmose.
Juez de barrio, creo haber puesto en evidencia el comportamiento sospechoso del general Asher y demostrado que los cinco veteranos destinados a la guardia de honor de la esfinge fueron asesinados.
En mi persona se ha escarnecido toda la justicia. Intentaron librarse de mí, con la activa complicidad del jefe de policía y del decano del porche, para impedir mi investigación y preservar a unos conspiradores que persiguen un objetivo que ignoro.
Mi suerte personal me importa poco, pero quiero identificar a los culpables de la muerte de mi maestro. Séame también permitido formular mis inquietudes por el país; si tantas muertes atroces permanecen impunes, ¿no serán pronto el crimen y la mentira los nuevos guías del pueblo? Sólo el visir tiene capacidad para arrancar las raíces del mal. Por ello solicito su intervención, ante la mirada de los dioses, y jurando por la Regla que mis palabras son verídicas.
Pazair fechó la carta, puso su sello en el papiro, lo enrolló, lo ató y después lo cerró con un sello de arcilla. Escribió su nombre y el del destinatario. En menos de una hora lo entregaría al mensajero, que lo depositaría aquel mismo día en el despacho del visir.
El juez se levantó inquieto.
—Esta carta puede significar nuestro exilio.
—Ten confianza. La reputación del visir Bagey es merecida.
—Si nos equivocamos, nos separarán para siempre.
—No, partiría contigo.
No había nadie en el jardincillo. La puerta de la pequeña casa blanca estaba abierta, y Pazair entró. Ni Suti ni Pantera estaban allí, a pesar de lo avanzado de la hora. Poco antes de la puesta del sol, los amantes habrían podido tomar el fresco en el cenador, junto al pozo.
Pazair, intrigado, atravesó la estancia principal. Por fin oyó unos ruidos. No procedían de la alcoba, sino de la cocina al aire libre, situada detrás de la vivienda. Sin duda alguna, Pantera y Suti estaban trabajando.
La rubia libia fabricaba mantequilla, mezclándola con fenogreco y alcaravea, para conservarla en la parte más fresca del sótano, sin añadirle agua ni sal para que no se oscureciera.
Suti preparaba cerveza. Había hecho una pasta, superficialmente cocida en moldes dispuestos alrededor de un hogar, con harina de cebada molida y amasada. Los panes obtenidos maceraban en agua azucarada con dátiles. Tras la fermentación era preciso agitar y filtrar el liquido, y luego verterlo en una jarra untada de arcilla, indispensable para la conservación.
Había tres jarras colocadas en los agujeros de una tabla elevada y provistas de un tapón de barro seco.
—¿Te dedicas a la artesanía? —preguntó Pazair.
Suti se volvió.
—¡Ni siquiera te había oído! Sí, Pantera y yo hemos decidido hacer fortuna. Ella fabricará mantequilla y yo cerveza.
Harta, la libia apartó la materia grasa, se secó las manos con un paño oscuro y desapareció sin saludar al juez.
—No se lo reproches, es una colérica. Olvidemos la mantequilla. ¡Afortunadamente, hay cerveza! Prueba esto.
Suti sacó de su agujero la jarra más grande, quitó el tapón y colocó el tubo conectado a un filtro que sólo dejaba pasar el líquido y que retendría los trozos de pasta en suspensión.
Pazair aspiró, pero se interrumpió casi enseguida.
—¡Agria!
—¿Cómo, agria? He seguido la receta al pie de la letra.
Suti aspiró a su vez y escupió.
—¡Infecta! Abandono la fabricación de cerveza, no es un oficio para mí. ¿Cuál es la situación?
—He escrito al visir.
—Peligroso.
—Indispensable.
—No resistirás el próximo penal.
—La justicia triunfará.
—Tu credulidad es conmovedora.
—El visir Bagey actuará.
—¿Y por qué no va a estar corrompido y comprometido, como el jefe de policía y el decano del porche?
—Porque es el visir Bagey.
—Ese viejo pedazo de palo es inaccesible a cualquier sentimiento.
—Defenderá el interés de Egipto.
—Espero que los dioses te oigan.
—Esta noche he recordado el horrible momento en que vi la aguja de nácar clavada en el cuello de Branir. Es un objeto precioso de elevado precio, que sólo una mano experta podía manejar.
—¿Una pista?
—Una simple idea, carente de interés quizá. ¿Aprobarías una visita al principal taller de tejido de Menfis?
—¿Yo, en misión?
—Parece que las mujeres son allí muy hermosas.
—¿Te dan miedo?
—El taller no está en mi jurisdicción. Mentmosé aprovecharía el menor paso en falso.
Monopolio real, el tejido empleaba gran número de hombres y mujeres. Trabajaban en telares de bajo lizo, formados por dos cilindros en los que se enrollaban los hilos de la urdimbre, y de alto lizo, formado por un marco rectangular colocado verticalmente, enrollándose el hilo de la urdimbre en el cilindro superior y la tela en el cilindro inferior. Algunos tejidos superaban los veinte metros de largo y su anchura variaba de un metro veinte a un metro ochenta.
Suti observó a un tejedor, con el pecho apoyado en las rodillas, que terminaba un galón para la túnica de un noble; prestó más atención a las muchachas que torcían los hilos y enrollaban en ovillo las fibras de lino enriadas. Sus colegas, no menos seductoras, disponían una urdimbre sobre el enjulio superior de un telar puesto a lo largo, antes de entrecruzar dos series de hilos tensos. Una hilandera utilizaba un bastón coronado por un disco de madera que manejaba con pasmosa destreza.
Suti no pasó desapercibido; su largo rostro, su mirada directa, sus largos cabellos negros, su aspecto lleno de elegancia y fuerza dejaban indiferentes a pocas mujeres.
—¿Qué buscáis? —preguntó la hilandera, que mojaba las fibras para obtener un hilo delgado y resistente.
—Me gustaría hablar con el director del taller.
—La señora Tapeni sólo recibe a los visitantes recomendados por palacio.
—¿Nunca hace excepciones? —murmuró Suti.
Conmovida, la hilandera abandonó su instrumento.
—Voy a ver.
El taller era grande y estaba limpio. La inspección de trabajo lo exigía. La luz entraba por tragaluces rectangulares practicados en el techo plano y la circulación de aire se obtenía gracias a una sabia disposición de ventanas oblongas. En invierno trabajaban calientes; en verano, frescos. Los especialistas calificados, tras varios años de aprendizaje, percibían un salario elevado, sin discriminación entre hombres y mujeres.
Cuando Suti sonreía a una tejedora, la hilandera regreso.
—Seguidme.
La señora Tapeni, cuyo nombre significaba «el ratón», se hallaba en una inmensa sala donde había telares, urdimbres, bobinas de hilo, agujas, bastones de hilandera y demás instrumentos necesarios para la práctica de su arte. Pequeña, con los cabellos negros, los ojos verdes y la piel oscura, muy vivaz, reinaba sobre los obreros con mano de militar. Su aparente dulzura ocultaba un autoritarismo a menudo penoso. Pero los productos que salían de su taller eran de tal belleza que no podía hacérsele crítica alguna. Soltera a los treinta años, Tapeni pensaba sólo en su oficio. Hijos y familia le parecían obstáculos para la prosecución de una carrera.
En cuanto vio a Suti, tuvo miedo. Miedo de enamorarse estúpidamente de un hombre al que le bastaba comparecer para seducir. Su temor se transformó en seguida en otro sentimiento, muy excitante: el irresistible atractivo de la cazadora ante la pieza. Su voz se hizo acariciadora.
—¿Cómo puedo ayudaros?
—Se trata de un asunto… privado.
Tapeni despidió a sus ayudantes. El perfume del misterio aumentaba su curiosidad.
—Ahora estamos solos.
Suti dio la vuelta a la estancia y se detuvo ante una hilera de agujas de nácar dispuestas en una tabla cubierta de tejido.
—Son soberbias. ¿Quién está autorizado a manejarlas?
—¿Os interesan los secretos de mi oficio?
—Me apasionan.
—¿Inspector de palacio?
—Tranquilizaos: busco a alguien que utilizó este tipo de aguja.
—¿Una amante en fuga?
—¿Quién sabe?
—También los hombres las utilizan. Espero que no seáis…
—Alejad vuestros temores.
—¿Cómo os llamáis?
—Suti.
—¿Vuestra profesión?
—Viajo mucho.
—Comerciante y un poco espía… Sois muy guapo.
—Y vos encantadora.
—¿De verdad?
Tapeni corrió el pestillo de madera que servia de cerrojo.
—¿Pueden encontrarse estas agujas en cualquier taller?
—Sólo los mayores las poseen.
—Entonces, la lista de usuarios es limitada.
—Ciertamente.
Ella se acercó, giró a su alrededor, tocó sus hombros.
—Eres fuerte. Debes de saber combatir.
—Soy un héroe. ¿Querríais darme algunos nombres?
—Tal vez. ¿Tanta prisa tienes?
—Identificar al propietario de una aguja como ésta…
—Cállate un poco, más tarde hablaremos. Aceptaré ayudarte, a condición de que te muestres tierno, muy tierno…
Posó sus labios en los de Suti que, tras una breve vacilación, se vio obligado a responder a la invitación. La cortesía y el sentido de la reciprocidad eran valores intangibles de la civilización. No rechazar un regalo era uno de los imperativos de la moral de Suti.
La señora Tapeni untó el sexo de su amante con una pomada a base de semillas de acacia machacadas con miel; esterilizado el esperma, gozaría con total tranquilidad de aquel magnifico cuerpo de hombre, olvidando el ruido de los telares y las recriminaciones de los obreros.
«Investigar para Pazair —pensó Suti— no sólo presenta peligros».