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El curtidor soltó su mendrugo de pan y corrió hacia Ardiente.

—¿Adonde vas?

—He trabajado bien, me has pagado, me voy.

—¡Es insensato! ¿No te gusta mi prima?

—Tiene unas nalgas espléndidas y un cerebro de gorrión.

—¿No quieres sucederme?

—A tu edad, deberías escuchar más a la gente. He obtenido lo que había venido a buscar y, como ya te había anunciado, me marcho.

—¡Piénsalo bien, Ardiente!

—Adiós, patrón.

Olvidando ya la tenería, el joven pensaba en adquirir la madera necesaria para fabricar un sillón. Podría haberla cambiado por el hermoso estuche de cuero, pero no tenía ganas de separarse de él. ¿No sería acaso una baza más cuando se presentara ante la puerta del Lugar de Verdad?

Ahora tenía que encontrar trabajo en casa de un carpintero y no perder más tiempo en casa del curtidor.

A media mañana, el joven se presentó al patrón de un taller que empleaba a más de veinte aprendices y otros tantos aguerridos profesionales, y producía un mobiliario sencillo pero sólido. De unos sesenta años, robusto, con un pequeño bigote, el patrón no parecía fácil.

—¿Tu nombre?

—Ardiente.

—¿Tu experiencia profesional?

—Granjero y curtidor.

—¿Te han despedido?

—No, me he marchado yo.

—¿Por qué razón?

—Es cosa mía.

—Y mía también, muchacho. Si te niegas a responder, busca en otra parte.

El tono agresivo del carpintero complació a Ardiente, que sintió deseos de librar combate.

—Mi padre es un hombre obtuso y abúlico; el curtidor con quien he trabajado es un oportunista sin envergadura. Podría haber sucedido a ambos, pero busco un dueño mejor.

El carpintero no ocultó su asombro.

—¿Qué edad tienes?

—Dieciséis años. Aparento más porque soy fornido. ¿Me contratáis o busco en otra parte?

—¿Qué deseas exactamente?

—Hacer, con la mayor rapidez posible, el número de jornadas de trabajo que me permita adquirir la cantidad de madera necesaria para fabricar un sillón y comprar una silla plegable.

—¿Conoces los precios?

—Para un perezoso, cinco meses de trabajo sin cansarse. Para mí, un mes como máximo.

—¿No duermes nunca?

—Lo mínimo cuando debo terminar un trabajo.

—¿Y luego?

—Cuando haya obtenido lo que deseo, me iré.

—¿No te interesa aprender a fondo el oficio?

—No tengo más que decir. Vos decidís.

—Eres un tipo raro… Aquí mando yo y no me gustan los cabezones. Si aceptas obedecerme, podemos probarlo.

—¿Comienzo en seguida?

—Puesto que necesitas madera, ve a cortarla tú mismo. Mi leñador te enseñará a manejar el hacha.

Clara y Silencioso avanzaban lentamente hacia el Lugar de Verdad, franqueando trigales separados por palmerales y bosquecillos de sicómoros.

—No es una aldea como las demás —le explicó él—. No van a admitirte.

—Salvo si vivimos bajo el mismo techo para ser marido y mujer.

Él se detuvo para tomarla en sus brazos.

—¿Lo deseas… Lo deseas realmente?

—¿Lo dudas?

El aire nunca había sido tan vivificante, el cielo tan puro ni el sol tan luminoso. Pero Silencioso sabía que aquella felicidad no iba a durar mucho.

—Las demás mujeres te harán la vida imposible y te obligarán a partir. Intentaré que te acepten, convencerlas de que no sólo eres mi esposa y de que no eres ajena a la obra que se realiza en el Lugar de Verdad, pero…

—No será necesario.

Así pues, Clara renunciaba. Había comprendido que su deseo era utópico.

—No será necesario —repitió tan apacible como decidida—, pues también yo he escuchado la llamada.

—¿De qué modo?

—Contemplando la cima de Occidente donde reside la diosa del silencio. ¿Acaso no protege los valles prohibidos donde moran las almas inmortales de los faraones y sus esposas, no es acaso la patrona secreta de los artesanos del Lugar de Verdad? Su voz se deslizó en el viento y ensanchó mi corazón. Ahora sé que pasaré mi vida descubriéndola, conociéndola y sirviéndola. Y sólo hay un lugar donde poder llevar a cabo esta tarea.

—Te ayudaré con todas mis fuerzas, Clara, y no cruzaré sin ti la puerta de la aldea.

Dándose la mano, con la mirada clavada en la cima de Occidente, siguieron avanzando hacia el Lugar de Verdad. El amor que los unía los hacía ya inseparables. Querían vivir la misma vida, en todas sus dimensiones, de la más material a la más espiritual. Fueran cuales fuesen las pruebas, no expresarían dolor ni se lamentarían; y si era preciso afrontar el espectro del fracaso, no retrocederían.

Dos caminos permitían acceder a la aldea. El primero se iniciaba muy cerca del Ramesseum, el templo de millones de años de Ramsés el Grande, pero estaba permanentemente cerrado por unos soldados que sólo dejaban pasar a los artesanos procedentes del Lugar de Verdad. El segundo era la única vía autorizada para quien quisiera intentar dirigirse a la aldea.

Clara y Silencioso dejaron a la derecha el templo de Amenhotep, hijo de Hapu, el gran sabio que había servido fielmente al faraón Amenhotep III, cuyo inmenso santuario se levantaba en las cercanías. A su izquierda se encontraba la colina de Djemé, donde estaban enterrados los dioses primordiales. Dejaron atrás la zona de cultivos y entraron en el desierto.

El primero de los cinco fortines señalaba el límite del dominio sagrado que dependía de la competencia de «la gran y noble Tumba de millones de años al Occidente de Tebas». Llamada, abreviadamente, «la Tumba», la institución agrupaba a los artesanos encargados de excavar y decorar las moradas de eternidad de los faraones y sus esposas. Y su territorio comprendía, además del propio Lugar de Verdad, el Valle de los Reyes y el de las Reinas.

Clara fue consciente de aventurarse por otro mundo, tan cercano y lejano al mismo tiempo, un mundo donde los humanos seguían amando, sufriendo y luchando con lo cotidiano, pero donde su trabajo consistía en moldear la eternidad como si fuera un material.

Desde que había escuchado la llamada, Clara veía a Silencioso de un modo distinto. De su ser emanaba un deseo de creación que la fascinaba, pero era preciso, además, poner a su disposición las herramientas indispensables para concretarlo.

Los policías no tenían un aspecto más amable que de costumbre.

—Vuestros salvoconductos.

—No tenemos.

—Entonces, volved al lugar de donde venís.

—Soy Silencioso, hijo de Neb el Cumplido, jefe de equipo del Lugar de Verdad. Haz que avisen a mi padre de que mi viaje ha terminado y deseo entrar en la aldea con mi esposa.

—Ah… Tengo que informar al jefe. De momento, quedaos aquí.

El policía transmitió la demanda a un colega, que se dirigió al segundo fortín, y la misma escena se repitió, de fortín en fortín, hasta el despacho del jefe Sobek, que autorizó a la pareja a cruzar «los cinco muros» para presentarse ante él.

Por su mirada agresiva, Clara y Silencioso sintieron que la partida todavía no estaba ganada, ni mucho menos.

—Vuestra historia me parece sospechosa —dijo Sobek con voz arrogante—. Si me habéis mentido, lo pagaréis muy caro.