Las audiencias de la reina Tuya habían sido agotadoras. En ausencia de su marido, que había partido a inspeccionar las líneas de defensa de la frontera nordeste, había recibido al visir, al director del Tesoro, a dos jefes de provincia y a un escriba de los archivos. Muchos problemas urgentes que resolver al instante, intentando evitar los desaciertos.
Seti estaba cada vez más preocupado por la agitación permanente de las pequeñas comunidades de Asia y de Siria-Palestina, que los hititas alentaban a sublevarse. Normalmente, una visita protocolaria del faraón bastaba para calmar a unos reyezuelos parcos en palabras.
Hija de un oficial de carros, Tuya no pertenecía ni a una estirpe real ni a una noble ascendencia, pero se había impuesto rápidamente en la corte y en el país por sus cualidades. Tenía una elegancia natural: el cuerpo muy delgado, el rostro con grandes ojos almendrados, severos y penetrantes. Una nariz fina y recta le confería un porte altivo. Como su esposo, imponía respeto y no toleraba ninguna familiaridad. La brillantez de la corte de Egipto era su preocupación esencial; del ejercicio de sus responsabilidades dependía la grandeza del país y el bienestar de su pueblo.
Ante la idea de recibir a Ramsés, su hijo preferido, la fatiga se evaporó. Aunque había elegido el jardín del palacio como marco para la entrevista, había conservado su largo vestido de lino con ribete de oro, una capa corta plisada sobre los hombros, un collar de amatistas de seis vueltas y una peluca con mechones ensortijados, paralelos y del mismo grosor, que le ocultaban las orejas y la nuca. ¡Cuánto le gustaba pasearse entre las acacias, los sauces y los granados, al pie de los cuales crecían acianos, margaritas silvestres y espuelas de caballero!
No hay más bella creación divina que un jardín, donde todas las criaturas vegetales entonaban, a lo largo de las estaciones, la alabanza de Dios. Día y noche, Tuya se concedía unos minutos de ensueño en aquel paraíso antes de preocuparse de los deberes de su cargo.
Cuando Ramsés se dirigió hacia ella, la reina se sorprendió. En unos meses, el muchacho se había convertido en un hombre de una belleza notable. Al verlo se imponía una sensación: la de poder. Por supuesto aún le quedaban trazas de la adolescencia, en el porte o en las actitudes, pero la indolencia del niño había desaparecido.
Ramsés se inclinó ante su madre.
—¿El protocolo te impediría besarme?
La estrechó unos instantes en sus brazos; ¡cuán frágil le pareció!
—¿Te acuerdas del sicómoro que plantaste cuando tenías tres años? Ven a admirarlo, está maravilloso.
Tuya supo muy pronto que no lograría calmar la cólera sorda de su hijo; aquel jardín, en el que había pasado numerosas horas cuidando los árboles, se le había vuelto extraño.
—Has sufrido una dura prueba.
—¿El toro salvaje o la soledad del último verano? En el fondo, poco importa, puesto que el coraje es ineficaz ante la injusticia.
—¿Tienes alguna queja?
—Mi amigo Ameni ha sido acusado injustamente de insubordinación y de injurias a un superior. Debido a la intervención de mi hermano, ha sido despedido del despacho de escriba en el que trabajaba y condenado a penosos trabajos en las cuadras. No tiene fuerzas para ello. Este castigo inicuo lo matará.
—Son acusaciones graves. Sabes que no me gustan los chismes.
—Ameni no me ha mentido; es un ser recto y puro. ¿Debe morir sólo porque es mi amigo y ha suscitado el odio de Chenar?
—¿Detestas a tu hermano mayor?
—Nos ignoramos.
—Él te teme.
—Me ha invitado expeditamente a abandonar Menfis lo antes posible.
—¿No lo has provocado convirtiéndote en amante de Iset la bella?
Ramsés no disimuló su sorpresa.
—Ya lo sabes…
—¿No es mi deber?
—¿Acaso soy espiado permanentemente?
—Por un lado, eres hijo del rey; por otro, Iset la bella es algo parlanchina.
—¿Por qué se jactaría de haber ofrecido su virginidad a un vencido?
—Sin duda porque cree en ti.
—Una simple aventura para burlarse de mi hermano.
—No estoy tan segura de ello; ¿la amas, Ramsés?
El joven dudó.
—Amo su cuerpo, deseo volver a verla, pero…
—¿Piensas casarte con ella?
—¡Casarme con ella!
—Está en el orden de las cosas, hijo mío.
—No, todavía no…
—Iset la bella es una persona muy testaruda; puesto que te ha elegido, no renunciará tan pronto.
—¿Mi hermano no es mejor partido?
—No parece que ésa sea su opinión.
—¡A menos que haya decidido seducimos a los dos!
—¿Piensas que una joven podría ser tan astuta?
—Después de las desdichas de Ameni, ¿cómo tenerle confianza a alguien?
—¿Ya no soy digna de la tuya?
Ramsés tomó la mano derecha de su madre.
—Sé que jamás me traicionarás.
—Existe una posible solución, en lo que concierne a Ameni.
—¿Cuál?
—Conviértete en escriba real; podrás elegir a tu secretario.
Con una obstinación que provocaba la admiración de Ramsés, Ameni resistía, a pesar de los esfuerzos físicos que se le imponían. Temiendo una nueva intervención del hijo de Seti, cuya identidad habían descubierto, los palafreneros ya no lo torturaban. Uno de ellos, arrepentido, cargaba menos los capazos y a menudo prestaba ayuda al frágil muchacho, que, no obstante, se debilitaba día tras día.
Cuando Ramsés se presentó al concurso de escriba real, no estaba preparado. El examen tenía lugar en el patio contiguo a los despachos del visir; los carpinteros habían levantado columnitas de madera, y tendieron telas para proteger del sol a los participantes.
Ramsés no gozaba de ningún privilegio. Ni su padre ni su madre habrían podido intervenir en su favor, so pena de violar la ley de Maat. Ameni se habría presentado a este concurso tarde o temprano; Ramsés no poseía ni sus conocimientos ni su talento. Pero lucharía por él.
Un viejo escriba, apoyándose en un bastón, arengó a los cincuenta jóvenes que esperaban obtener los dos puestos de escriba real ofrecidos por la administración.
—Habéis estudiado con el fin de obtener un cargo que os permitirá ejercer un poder. Pero ¿sabéis cómo comportaros? ¡Tened las ropas limpias, las sandalias inmaculadas, velad sobre vuestro rollo de papiro y desterrad la pereza! Que vuestra mano escriba sin vacilación, que vuestra boca profiera las palabras justas, no os canséis de estudiar y estudiar cada vez más, obedeced las órdenes de vuestros superiores y tened un solo ideal: practicar correctamente vuestro oficio, ser útil a los demás. No seáis indisciplinados; un mono entiende lo que se le dice, un león puede ser amaestrado, pero nadie es más estúpido que un escriba disipado. Contra la ociosidad, un único remedio: ¡el bastón! Éste abre los oídos que están en la espalda y coloca las ideas en su lugar. Ahora, a trabajar.
Se les dio a los candidatos una paleta de madera de sicómoro cubierta con una fina capa de yeso endurecido; en el centro, una cavidad que contenía las cañas que servían para escribir. Cada cual diluyó los panes de tinta roja y negra en un poco de agua e imploró al gran sabio Imhotep, patrón de los escribas, vertiendo unas gotas de tinta en su memoria.
Durante varias horas fue necesario copiar inscripciones, responder a preguntas de gramática y de vocabulario, resolver problemas de matemáticas y de geometría, redactar un modelo de carta, recopilar a los clásicos. Varios candidatos abandonaron; otros carecían de concentración. Llegó la última prueba, en forma de enigmas.
En el cuarto, Ramsés tropezó: ¿cómo transformaría el escriba la muerte en vida? ¡No se imaginaba que un letrado dispusiera de semejante poder! No se le ocurrió ninguna respuesta satisfactoria. Este lapsus, añadido a inevitables errores de detalle, podían eliminarle. Su empeño fue inútil; no daba con la solución.
No obstante, si fracasaba, no abandonaría a Ameni. Lo llevaría al desierto, junto a Setaú y sus serpientes; más valía arriesgarse a la muerte a cada instante que sobrevivir como un prisionero.
Un babuino bajó de una palmera y se introdujo en la sala de exámenes; los vigilantes no tuvieron tiempo de intervenir.
Saltó sobre los hombros de Ramsés, que permaneció impasible. El mono murmuró unas palabras al oído del joven y desapareció como había venido.
Durante unos instantes, el hijo del rey y el animal sagrado del dios Thot, el creador de los jeroglíficos, habían formado un solo ser; sus pensamientos se habían unido, el espíritu de uno había guiado la mano del otro.
Ramsés leyó la respuesta que le había sido dictada: el raspador de fina arenisca, con el que el escriba sacaba la capa de yeso sobre la que había escrito a fin de sustituirla por una nueva capa, le permitía hacer que la paleta pasara de la muerte a la vida, dejándola de nuevo utilizable, como nueva.
Ameni sufría tanto que ya no lograba levantar el capazo.
Sus huesos estaban a punto de romperse y la nuca y el cuello más tiesos que una rama seca. Incluso si se le pegaba, no tendría fuerzas para avanzar. ¡Qué cruel se mostraba la suerte!
Leer, escribir, trazar jeroglíficos, escuchar las palabras de los sabios, recopilar los textos que había creado la civilización…
¡Qué maravilloso porvenir había imaginado! Por última vez, intentó desplazar la carga.
Una mano poderosa se encargó de ello.
—¡Ramsés!
—¿Qué piensas de este objeto?
El príncipe mostró a su amigo un portapinceles de madera dorada, en forma de columna coronada con un lirio de cabeza cónica, que servía para pulir una inscripción.
—¡Es magnifico!
—Será tuyo si descifras la inscripción.
—«Que el babuino de Thot proteja al escriba real…» ¡No tiene ninguna dificultad!
—Yo, Ramsés, como escriba real, te tomo como secretario particular.
La choza de cañas, construida junto a un campo de trigo, estaba abandonada por la noche, por lo que Iset la bella y Ramsés ocultaban en ella sus amores, bajo la protección de Vigilante, dispuesto a alejar a cualquier inoportuno.
La sensualidad de los jóvenes armonizaba a las mil maravillas; inventivos, apasionados, inagotables, se ofrecían horas de gozo sin intercambiar una palabra.
Aquella noche, Iset la bella, lánguida y satisfecha, con la cabeza apoyada en el pecho de su amante, canturreaba.
—¿Por qué estás conmigo? —quiso saber Ramsés.
—Porque te has convertido en escriba real.
—Una persona de tu condición ¿no ambiciona un matrimonio mejor?
—Compartir la existencia de un hijo de Seti… ¿qué puede haber mejor?
—Casarse con el futuro faraón.
La joven hizo una mueca.
—Pensé en ello… Pero no me gusta: está demasiado gordo, demasiado pesado, es demasiado astuto. Ser tocada por él me repugna, y por ello he decidido amarte.
—¿Qué, lo has decidido?
—Cada ser humano posee una fuerza para el amor; unos se dejan seducir, otros seducen. Yo no me convertiré en el juguete de un hombre, aunque sea el rey. Te he elegido, Ramsés, y tú me elegirás, pues somos de la misma raza.
Aún febril por la noche apasionada vivida en los brazos de su amante, Ramsés cruzaba el jardín de su lugar de trabajo, cuando Ameni salió de su despacho, que daba a un macizo de iris, y le cerró el paso.
—¡Debo hablarte!
—Tengo sueño… ¿Puedes esperar?
—¡No, no! Es muy importante.
—En ese caso, dame de beber.
—Leche, pan fresco, dátiles y miel: el desayuno principesco está preparado. Antes, el escriba real Ramsés debe saber que está invitado, en compañía de sus colegas, a una recepción en palacio.
—Quieres decir… ¿en casa de mi padre?
—Sólo existe un Seti.
—En palacio, ¡cómo invitado! ¿Es una de tus bromas de mal gusto?
—Comunicarte las noticias importantes forma parte de mis funciones.
—En palacio…
Ramsés soñaba con encontrarse de nuevo con su padre; como escriba real, sin duda tendría derecho a una corta entrevista. ¿Qué decirle? Sublevarse, pedir explicaciones, protestar contra su actitud, saber lo que exigía de él, preguntarle qué suerte le reservaba… Tenía tiempo para reflexionar.
—Hay otra novedad, menos buena.
—Explícate.
—De los panes de tinta negra que me entregaron ayer, dos son de muy mala calidad. Tengo la manía de probarlos antes de utilizarlos, y no lo lamento.
—¿Tan dramático es eso?
—¡El error es grave! Tengo intención de investigar en tu nombre. Un escriba real no puede aceptar semejantes prácticas.
—Como quieras; ¿puedo dormir un poco?