Los novios han desaparecido; una parte de los invitados los han seguido por una u otra razón. Abandonamos la mesa. Una mujer, que sabíamos era la tía del granjero, coge una vela de cera amarilla, nos precede y, siguiéndola llegamos a un pequeño dormitorio de doce pies cuadrados: una cama que no llega a los cuatro de ancho, una mesa y dos sillas constituyen todo el mobiliario. «Señor y señora —nos dice nuestra guía—, éste es el único cuarto que podemos proporcionaros». Pone la vela sobre la mesa y nos deja solos.
Biondetta baja la vista. Le dirijo la palabra:
«¿Les has dicho que estábamos casados?
—Sí —responde—, no podía decir más que la verdad. Tengo tu palabra, tú tienes la mía. Eso es lo esencial. Vuestras ceremonias son sólo precauciones contra la mala fe y no me conciernen en absoluto. Lo demás no ha dependido de mí. Por otra parte, si no quieres compartir la cama que nos ofrecen, me darás la mortificación de verte pasar la noche muy incómodamente. Necesito descanso: estoy rendida, agotada en todos los aspectos.» Mientras pronunciaba estas palabras con un tono muy excitado, se tiende en la cama con la cara vuelta hacia la pared. «¡Cómo! —grite—, Biondetta, te he disgustado, estás realmente enfadada. ¿Cómo puedo expiar mi falta? Pídeme la vida.
—Alvaro —me responde sin alterarse—, ve a consultar a tus gitanas de qué manera puede volver la calma a mi corazón y al tuyo.
—¿Cómo? ¿La conversación que mantuve con esas mujeres es el motivo de tu cólera? ¡Ah! Ya verás cómo me disculpas, Biondetta. Si Supieras hasta qué punto las opiniones que me han dado coinciden con las tuyas… ¡Me han decidido incluso a no regresar al castillo de Maravillas! Sí, ya está hecho, mañana partimos hacia Roma, Venecia, París, a cualquier lugar en que quieras que viva contigo. Allí esperaremos el consentimiento de mi familia…»
Al oír estas palabras, Biondetta se vuelve. Su rostro muestra una expresión seria e incluso severa. «¿Recuerdas, Alvaro, lo que soy, lo que esperaba de ti, lo que te aconsejaba hacer? ¡Y qué! Cuando, utilizando con discreción las luces de que estoy dotada, no he podido llevarte a nada razonable, ¡va a resultar que la regla de mi conducta y de la tuya van a basarse en las declaraciones de dos de los seres más peligrosos para ti y para mí, por no decir los más despreciables! Sí —exclamó, en un arrebato de dolor—, he temido siempre a los hombres; he vacilado durante siglos antes de tomar una decisión; está tomada y es irreversible. ¡Qué desdichada soy!» Prorrumpe entonces en sollozos, que procura ocultar a mi vista.
Combatido por las más violentas pasiones, caigo a sus rodillas: «¡Oh, Biondetta! —exclamé—, ¡no ves mi corazón! Dejarías, si lo vieras, de desgarrarlo.
—No me conoces Alvaro y me harás sufrir cruelmente antes de conocerme. Es necesario que un último esfuerzo te revele mis recursos y cautive a tal punto tu estima y tu confianza que ya no me vea expuesta a peticiones humillantes o peligrosas; tus pitonisas están demasiado de acuerdo conmigo como para que no me inspiren justos terrores ¿Quién me asegura que Soberano, Bernadillo, tus enemigos y los míos, no estén ocultos bajo esas máscaras? Acuérdate de Venecia. Opongamos a sus argucias un tipo de prodigios, que, sin duda, no esperan de mí. Mañana llego a Maravillas, de donde su política busca alejarme, las más envilecedoras y abrumadoras sospechas me recibirán allí, pero doña Mencía es una mujer justa, estimable; tu hermano tiene el alma noble: a ellos me abandonaré. Seré un modelo de dulzura, de complacencia, de obediencia, de paciencia; saldré al paso de todas las pruebas.»
Se detiene un momento. «¿Será rebajarte lo suficiente, desdichada sílfide?», exclama con doloroso tono de voz.
Quiere proseguir, pero la abundancia de las lágrimas le priva del uso de la palabra.
¿En qué me transformo yo ante estos testimonios de pasión, estas señales de dolor, estas resoluciones dictadas por la prudencia, estos impulsos de un coraje que se me antojaba heroico? Me siento a su lado: trato de calmarla con mis caricias. Primero, me rechaza; poco después ya no encuentro resistencia, pero no hay motivo para felicitarme por ello, la respiración se le hace difícil, tiene los ojos semicerrados, el cuerpo no obedece sino a movimientos convulsivos, un frío sospechoso se le propaga por la piel, el pulso apenases perceptible y el cuerpo parecería totalmente inanimado si el llanto no fluyera con la misma abundancia.
¡Oh poder de las lágrimas, sin duda el más poderoso de todos los rasgos del amor! Mis desconfianzas, mis resoluciones, mis juramentos, todo queda olvidado. Queriendo secar el manantial de aquel precioso rocío, me había acercado demasiado a aquella boca donde la frescura se unía al dulce perfume de la rosa; y, aunque quiero alejarme, dos brazos, cuya blancura, suavidad y forma no sabría describir, actúan como lazos de los que no me puedo desprender…
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«¡Oh Alvaro mío! —exclama Biondetta—, he triunfado: soy el más feliz de todos los seres.»
Yo me sentía incapaz de hablar: experimentaba una turbación extraordinaria; diré más: estaba avergonzado, inmóvil. Se precipita fuera de la cama, se arroja a mis rodillas, me descalza. «¡Cómo! Querida Biondetta —exclamé—, ¡cómo!, ¿tú rebajarte?…
—¡Ah! —me responde—, ingrato, te servía cuando no eras más que mi déspota: déjame servir a mi amante.»
En un momento me hallo despojado de mis ropas; mis cabellos, recogidos con orden, son depositados en una red que ella ha encontrado en un bolsillo.
Su fuerza, su actividad, su habilidad han triunfado sobre todos los obstáculos que yo quería oponer. Con igual ligereza, lleva a cabo su aseo nocturno, apaga la vela que nos alumbraba y corre las cortinas.
Entonces, con una voz cuya dulzura no podría compararse a la más deliciosa de las músicas, me dice: «¿He hecho feliz a mi Alvaro como él me ha hecho a mí feliz? Pero no, todavía soy yo la única feliz: él lo será, quiero que lo sea; lo embriagaré de delicias, lo colmaré de ciencias, lo elevaré al pináculo de las grandezas. ¿Querrás, corazón mío, querrás tú ser la criatura más privilegiada, someter conmigo a los hombres, los elementos, la naturaleza entera?
—¡Oh, mi querida Biondetta! —le dije, aunque forzándome un poco—, tú me bastas, tú colmas todos los deseos de mi corazón…
—No, no —replicó vivamente—, Biondetta no debe bastarte: no es ése mi nombre; tú me lo habías dado, me halagaba, lo llevaba con placer; pero debes saber quién soy… Soy el diablo, mi querido Alvaro, soy el diablo…»
Al pronunciar esta palabra con un tono de dulzura tan encantadora, cerraba más que exactamente el paso a las respuestas que hubiese querido darle. En cuanto pude romper el silencio, le dije: «Deja mi querida Biondetta, o quienquiera que seas, de pronunciar ese nombre fatal y de recordarme un error del que he abjurado hace mucho tiempo.
—No, mi querido Alvaro, no era ningún error; he tenido que hacértelo creer así, querido hombrecito. Era necesario engañarte para que te volvieras, por fin, razonable. Tu especie huye de la verdad: cegarte es la única manera de hacerte feliz. ¡Ah, cuánto lo serás si quieres serlo! Me propongo colmarte de felicidad. Convendrás conmigo en que no soy tan repugnante como me pintan…»
Su juego me tenía totalmente desconcertado. Me negaba a jugarlo, y la ebriedad de mis sentidos ayudaba a mi distracción voluntaria.
«¡Vamos, respóndeme!», me dijo.
«¡Eh! ¿Y qué quieres que te responda?… —Ingrato, coloca la mano sobre este corazón que te adora; que el tuyo se anime, si es posible, con la más ligera de las emociones que tan sensibles son en el mío. Deja que fluya por tus venas un poco de esa llama deliciosa que abrasa las mías; suaviza, si puedes, el sonido de esa voz tan propia para inspirar amor y de la que no te sirves, y en exceso, más que para asustar mi alma tímida; dime, en fin, si te es posible, pero con la misma ternura que yo siento por ti: mi querido Belcebú, te adoro…»