Wimbledon es el más antiguo de los torneos de tenis y el único del Gran Slam que se juega sobre hierba, y fue el 9 de julio de 1877 cuando se dieron los primeros raquetazos de esta competición. Nació el famoso torneo de Wimbledon, ése durante el cual llueve en el noventa por ciento de las ocasiones, porque por algo se celebra en Inglaterra, y que es el orgullo de los ingleses pese a que no lo ganan ni sobornando al contrario.
Al principio, los ingleses sí ganaban Wimbledon, porque por algo eran ellos los organizadores, pero en cuanto aprendieron a jugar los extranjeros y comenzaron a participar, los británicos ya no daban pie con bola. El último inglés que ganó lo hizo en 1936 y la última inglesa, en el 77. Eso de que jugar en casa ayuda a ganar es una paparruchada, al menos en Wimbledon. En los inicios del torneo sólo podían jugar hombres, y uno contra uno. Pero siete años después se pensó que no era un juego indecoroso para mujeres y ya las dejaron saltar a la hierba. Aprovechando la innovación, se comenzaron a disputar partidos de dobles.
Pero lo que tardó mucho en igualarse entre hombres y mujeres fue la cuantía de los premios. Durante ciento veintinueve años los hombres ganaban más que las mujeres, hasta 2007, cuando, por primera vez, cada ganador individual se llevó un millón cien mil euros. El trofeo, sin embargo, no es el mismo, los señores, como antaño, reciben una copa y las señoras, una bandeja, mucho más útil para servir el té. Lo que tiene de especial Wimbledon, al margen de la propia competición, es el mantenimiento del protocolo y las tradiciones. Allí hay que seguir jugando vestido casi totalmente de blanco, los jueces y recogepelotas visten de verde y en las instalaciones se toma el té con el meñique estirado caiga quien caiga. Decir que ha llovido mucho desde que se estrenó el torneo de Wimbledon es una obviedad, pero un detalle da la media del tiempo. En 1877 los espectadores pagaron un chelín por entrada. En 2007 algunos han aflojado hasta mil euros.