CAPITULO XII

Fue suavizándose a medida que los meses se convertían en un año. Toda aquella vieja energía suya iba desapareciendo y su carácter iba suavizándose. No era tan severo como antes, ni hacía con tanta dureza la distinción entre su credo y el de los demás. Más que nunca le desagradaba la denominación de los diferentes sectas, pero en aquellos días era capaz incluso de perdonar a un hombre que creyese en la inmersión y no discutía ya de nada. Pero su creencia permanecía inconmovible. Creía palabra por palabra el Credo de los Apóstoles y vivía feliz en la creencia de la segunda venida de Jesucristo. Un día Cristo aparecería en el cielo, estaba seguro de ello, y los cuerpos de los justos se levantarían de la tierra para ascender con Él.

Pero Andrew no esperaba con ansiedad su venida. Esperaba no morir —ante la palabra «muerte» el terror aparecía en los ojos de la hija de Carie y se apoderaba de su corazón—, pero decía tranquilamente:

—No nos han dicho cuándo aparecerá Cristo; puede ser mañana, puede ser dentro de mil años…

Pero, en realidad, esperaba que no fuese dentro de mil años. Solía decirle a la hija de Carie que había ciertos signos, guerras y miseria, y especialmente el levantamiento de lo que él llamaba «Anticristo» en Rusia, que presagiaban su venida. La hija de Carie lo escuchaba y no discutía jamás con él ni le daba muestras de su incredulidad. Por nada del mundo hubiera querido robarle a Andrew un ápice de la fe que tanto había valorizado su vida, especialmente ahora que, siendo viejo, necesitaba su fe para alentar su muerte.

Y tan poseído estaba de su fe que jamás se le ocurrió preguntarle a la hija de Carie cuál era la suya.

Así vivió sus últimos años, suaves y dorados, sin enfadarse jamás, mimado, bajo todos los aspectos por grandes y pequeños. Y así, imperturbable, parecía convertirse ante nuestros ojos en un espíritu inefable, más frugal en el comer y beber que nunca, de más pausada palabra, más espiritual, más remoto y alejado de la tierra.

Es difícil decir cuándo se dio cuenta por primera vez del comienzo de la disolución de su vida. Pero, como todos los viejos, experimentó gradualmente la percepción de que no le quedaban ya muchos días para trabajar, ni muchas noches en que yacer dormido, y que pronto llegaría un alba de la que no despertaría. Algunas veces, durante las horas crepusculares, parecía temeroso de encontrarse solo, como si recordase las viejas historias de fantasmas que había oído referir siendo chiquillo. Hacía encender las luces temprano, quería oír voces humanas, tener gente a su alrededor. La hija de Carie permanecía a su lado y le contaba cosas alegres, trabajando con la costura del día, mientras los chiquillos rondaban a su alrededor. Andrew se sentía reconfortado con aquellos pequeños detalles, pese a que jamás supo compartir la vida hogareña y de los chiquillos. Pero allí estaba sentado, y la expresión de terror desaparecía de sus ojos, y al cabo de un rato se levantaba para irse a la cama. Y la hija de Carie encontraba siempre un pretexto para subir a su cuarto a comprobar si estaba bien arropado, y si la luz estaba al alcance de su mano, y ponía sobre la mesita de noche una campanilla para que pudiese llamar por la noche, y dejaba la puerta entreabierta a fin de que pudiese oír los pasos de la gente y no se encontrase solo pensando en el pasado tan lejano y en la muerte que se avecinaba.

Cuando llegaba el alba y con ella el trabajo, volvía a ser el mismo de siempre. Nada podía apartarlo de su trabajo, ni la hija de Carie lo hubiera intentado, sabiendo que dejarlo trabajar era para él darle fuerzas y vida.

Pero durante la primavera de su octogésimo año incluso el trabajo fue ya demasiado para él. Aquel año cambió. Su carne se puso casi transparente, hasta que su cuerpo llegó a parecer una pálida neblina, como un verdadero espectro, en el cual sus ojos brillaban con una especie de luminosidad de bondad ultraterrena. Cuanto era humano había desaparecido en él: todo apetito, todo rencor, toda impetuosidad. Incluso su antigua obstinación. La mayor parte del tiempo, una vez había regresado a casa después de su trabajo, lo pasaba echado, con los ojos cerrados. Pero le gustaba acostarse en la habitación donde estaba la hija de Carie. Ésta, algunas veces, al levantar la vista de su costura, lo veía echado sobre el sofá, tan blanco, tan inmóvil, que sentía ganas de gritar. Y entonces él abría los ojos.

—Estoy bien —decía—; he trabajado mucho hoy y ahora descanso.

Sí, aquella primavera sufrió un cambio. El temprano calor de abril no lo excitó y por primera vez no miró con anhelo hacia la colina. La hija de Carie tuvo miedo y llamó a un doctor, y el doctor dijo:

—Nada grave, es sólo el agotamiento; déjele hacer lo que quiera.

Siempre lo hizo.

El final llegó feliz y rápidamente aquel verano. El calor lo había fatigado mucho, de manera que aceptó con gusto ir río arriba a pasar el verano en las montañas de Lu Shan, en casa de su otra hija. Subió contenta con su yerno, que vino a buscarlo. Aquel día se encontraba bien y estuvo bromeando durante el viaje. Y desde allí escribieron que el viaje parecía haberlo reanimado y que el aire de la montaña lo había hecho ser nuevamente el mismo que había sido desde hacía mucho tiempo.

Pasó todo el verano feliz. Encontró amigos y enemigos tan viejos que casi parecían amigos ya, y juntos olvidaron las viejas querellas y lo atendieron, y su hija le proporcionaba pequeñas distracciones. El verano pasó rápidamente y pronto estuvo, según dijo él, listo para el trabajo. Estaba mejor; en su vida se había tomado unas vacaciones tan largas. Escribió, pues, a la hija de Carie y ella preparó de nuevo su habitación y lo dispuso todo para esperarlo.

Fue el verano de las inundaciones torrenciales del Yangtsé. Los postes del telégrafo fueron arrancados de cuajo y arrastrados hacia el Océano, y los barcos correos sufrieron retrasos de varios días. Cuando también Andrew sufrió un retraso, ella no se preocupó grandemente. Nadie podía moverse. Cuando, al cabo de una semana, llegó una carta y un telegrama, remitidos por líneas indirectas, Andrew había muerto ya. Allí, en lo alto de las montañas, se sintió otra vez enfermo con su vieja disentería, y a las pocas horas dejaba de existir. No sintió mucho calor, no muchos sufrimientos, sólo una profunda fatiga corporal, en medio de la cual su espíritu se elevó con un ge mido hacia las esferas de su libertad.

Pero su cuerpo formaba tan poca parte de si mismo que no parecía tener importancia. Estaba ya medio fuera de él, y la muerte no era sino acabar de despojarse de él y ser finalmente lo que siempre había sido, un espíritu. Enterramos su despojo corporal en lo alto de la montaña, en un sitio donde no hay nada entre el cielo y él, ni un árbol, ni una habitación humana. Las rocas lo coronan, las nieblas lo envuelven, los vientos soplan, y el sol y las estrellas brillan, pero no hay ninguna voz que pueda oírse por ninguna parte.

Es una insondable ironía de la vida pensar que Carie, que había amado las alturas de las claras montañas y suspiraba por vivir en ellas en cuerpo y alma, tuviese que yacer para siempre enterrada en un oscuro rincón de la tierra, en una parcela amurallada en el corazón de una ciudad china, rodeada de algunos muertos extranjeros. El mismo aire en que yacía estaba saturado de miasmas humanas, y a su alrededor resonaban incesantes los gritos, las querellas, las risas y los sollozos de los humanos. Ni las altas murallas ni las gruesas puertas pueden mantenerlos apartados. Y Andrew, que buscaba a los hombres por sus almas, yacía solo en la cima de aquella montaña, tan alejada de ella en la muerte como lo había estado durante la vida. Toda su vida había suspirado por escapar a la presa humana y su calor, y toda su vida la Humanidad la retuvo prisionera, prisionera de su propia humanidad y de la de todo el mundo, y la muerte fue una batalla con la vida y la perdió. Pero Andrew jamás rozó los bordes de la vida humana, jamás conoció su esencia, jamás sintió sus dudas ni compartió sus penas. Y así vivió, alma feliz, y jamás supo que se moría.

FIN