6

La estepa de Jiunati

«Se dice: un hombre nace de su madre y se alimenta de su madre. Después se alimenta de la tierra, y la tierra pasa a su interior, cogiendo y dando una pizca de polvo cada vez, hasta que el hombre ya no es de su madre, sino de la tierra.»

Proverbio scylvendio

«… Y en el antiguo sheyico, el idioma de las castas dominantes y religiosas del Nansurium, skilvenas significaba "catástrofe" o "apocalipsis", como si los scylvendios de algún modo hubieran trascendido el papel de los pueblos en la historia y se hubieran convertido en un principio.»

Drusas Achamian, Compendio de la Primera Guerra Santa

Principios de verano, año del Colmillo 4110, la estepa de Jiunati

Cnaiur urs Skiotha encontró al Rey–de–Tribus y los demás apiñados en la cima del risco, que les proporcionaba una vista panorámica de las montañas Hethanta y el ejército nansur, que estaba acampado más abajo. Deteniendo el avance de su caballo, observó desde la distancia mientras el corazón le latía como si la sangre se le hubiera espesado más de la cuenta. Por un momento, se sintió como un niño excluido por sus hermanos mayores y sus pérfidos amigos. No le hubiera sorprendido oír insultos flotando en el aire.

«¿Por qué me deshonran de este modo?»

Pero él ya no era un niño; era el muy sangriento caudillo de Utemot, un experimentado guerrero scylvendio, de más de cuarenta y cinco veranos. Poseía ocho esposas, veintitrés esclavos y más de trescientas cabezas de ganado. Era padre de treinta y siete hijos, diecinueve de ellos legítimos. Tenía los brazos cubiertos de swazond, trofeos rituales en forma de cicatriz, de más de doscientos enemigos muertos. Era Cnaiur, el–que–destroza–caballos–y–hombres.

«Podría matar a cualquiera de ellos. ¡Machacarlos hasta dejarlos cubiertos de sangre! ¿Y sin embargo me ofenden así? ¿Qué he hecho?»

Pero como cualquier asesino, conocía la respuesta. El atropello no se debía a su deshonra, sino a la presunción de que la conocían.

Llameante entre cimas cubiertas de nieve, el sol bañaba a los caudillos congregados bajo el pálido oro de la mañana. Parecían guerreros de distintas naciones y eras pese a que los veteranos de la batalla de Zirkirta llevaban los cascos puntiagudos de los kianene. Algunos vestían antiguos corsés escamados; otros, cotas de malla y corazas de distinta procedencia, botines de príncipes y nobles inrithi hacía mucho tiempo fallecidos. Sólo los brazos cubiertos de cicatrices, los rostros pétreos y el pelo negro largo les delataban como el Pueblo de la Guerra, como scylvendios.

Xunnurit, el Rey–de–Tribus por elección, estaba sentado entre ellos, con el brazo izquierdo firmemente apoyado en el muslo, y el derecho, señalando hacia la distancia. El jinete que estaba a su lado apuntó en esa dirección con la luna creciente llena de muescas que era su arco. Cnaiur vislumbró una flecha de abedul volando a través del cielo y vio cómo desaparecía al otro lado de la hierba que había junto al río. «Están midiendo distancias —pensó—, lo cual sólo puede significar que tienen planeado el asalto.»

«Sin mí.» ¿Podían simplemente haberse olvidado?

Maldiciendo, Cnaiur dirigió su montura hacia ellos. Mantuvo la cara girada hacia el este para librarse de la indignidad de sus miradas burlonas. El río Kiyuth cruzaba la superficie del valle, negro excepto allí donde había rápidos poco profundos congelados. Incluso desde la distancia, podía ver cómo el ejército de Nansur había ocupado la orilla, y entonces talaba los álamos que quedaban y los arrastraba sirviéndose de grupos de caballos. Fortificado con trincheras y empalizadas, el campamento imperial estaba aproximadamente a un kilómetro de distancia. Era un gran rectángulo de innumerables tiendas y carromatos bajo la montaña que los memorialistas llamaban Sakthuta, los Dos Toros.

Tres días antes, esa visión le había sorprendido y consternado. Que los nansur entraran en sus territorios era ya una afrenta, pero que clavaran postes y erigieran muros…

Entonces, con todo, sólo le llenaba de presagios.

Mostrando los dientes, se introdujo entre sus hermanos caudillos.

—¡Xunnurit! —bramó—. ¿Por qué no he sido llamado?

El Rey–de–Tribus maldijo y tiró de las riendas de su caballo para encararle. La brisa matinal rizaba los adornos de piel de lobo de su casco de batalla kianene. Observó a Cnaiur con un evidente desprecio.

—Fuiste llamado como los demás, utemot.

Cnaiur había conocido a Xunnurit sólo cinco días antes, poco después de llegar con sus guerreros utemot. Se cayeron mal mutua e inmediatamente, como les sucede a los pretendientes de una misma mujer bella. El desprecio de Xunnurit, y Cnaiur no tenía ninguna duda, se debía a los escandalosos rumores sobre la muerte de su padre, ya antiguos. Ignoraba por completo, sin embargo, las razones de su propia antipatía. Quizá solamente había correspondido al desdén con más desdén. Quizá era el bordado de seda de la túnica de vellón de Xunnurit, o la enquistada vanidad de su sonrisa. El odio no necesitaba razones, aunque sólo fuera porque había tantas y tan fáciles de explicar.

—No deberíamos atacar —dijo Cnaiur sin rodeos—. Esto es una locura juvenil.

La desaprobación pendía en el aire como el almizcle en la brisa matutina. Los otros caudillos le escudriñaron con expresión cauta. A pesar de los rumores que sin lugar a dudas habían tenido que oír, los brazos despellejados de Cnaiur exigían una mezquina deferencia. Cnaiur sabía que ni uno solo de aquellos hombres había matado a la mitad que él.

Xunnurit se inclinó y escupió sobre la hierba, un gesto de falta de respeto.

—¿Locura? Los nansur cagan, mean y atizan culos en nuestra tierra santa, utemot. ¿Qué preferirías que hiciera? ¿Negociar? ¿Capitular y rendir tributo a Conphas?

Cnaiur se debatió entre desacreditar al hombre o desacreditar sus planes.

—No —respondió, optando por la sabiduría en lugar de la calumnia—. Yo preferiría esperar. Tenemos a Ikurei Conphas atrapado. —Alzó una mano de dedos gruesos y la cerró en un puño—. Sus caballos necesitan buen forraje; los nuestros, no. Sus hombres están acostumbrados a los techos, las almohadas, el vino y las comodidades de las mujeres fáciles, mientras los nuestros duermen en sus sillas y sólo necesitan la sangre de su caballo como sustento. A medida que los días pasen, el cervatillo empezará a correr a través de sus corazones y el chacal a través de sus estómagos. Tendrán miedo y hambre. Sus fortificaciones de tierra y madera les olerán más a cautiverio que a seguridad. Y pronto, ¡la desesperación los llevará a nuestro terreno!

Un sordo estruendo recorrió la asamblea de caudillos, y Cnaiur miró cada una de aquellas caras curtidas. Algunos eran jóvenes y estaban ansiosos por derramar sangre, pero la mayoría tenían el sólido conocimiento de muchas campañas; caras más viejas, como la suya. Eran hombres que habían sobrevivido a las muchas impaciencias de la juventud y, a pesar de eso, seguían en el momento álgido de su fuerza y advertían la sabiduría de sus palabras.

Pero Xunnurit no parecía muy impresionado.

—Siempre el táctico, ¿eh, utemot? Dime, Cnaiur urs Skiotha, si entraras en tu yaksh y encontraras a un grupo de hombres asaltando a tus esposas, ¿qué táctica adoptarías? ¿Esperarías en una emboscada fuera, donde tendrías más posibilidades de tener éxito? ¿Esperarías hasta que hubieran terminado de profanar tu hogar y tu útero?

Cnaiur soltó una risotada mientras advertía por primera vez que a Xunnurit le faltaban dos dedos de la mano izquierda. ¿Podría el muy idiota hacer un nudo?

—La ladera de las Hethanta es algo muy distinto a mi yaksh, Xunnurit.

—¿Lo es? ¿Es esto lo que nos cuentan los memorialistas?

Lo que sorprendió a Cnaiur no fue tanto la astucia del hombre como darse cuenta de que lo había subestimado.

Los ojos de Xunnurit refulgieron de triunfo.

—No. Los memorialistas dicen que nuestra batalla es nuestro hogar, nuestra tierra y nuestro útero, nuestro cielo y nuestro yaksh. Hemos sido violados, como si Conphas hubiera poseído a nuestras mujeres y hubiera roto nuestros hogares. Violados. Profanados. Humillados. No estamos para calcular ventajas tácticas, utemot.

—¿Y qué hay de nuestra victoria sobre los fanim en Zirkirta? —preguntó Cnaiur.

La mayoría de los hombres presentes habían estado en Zirkirta ocho años antes, donde él mismo había abatido a Hasjinnet, el general kianene.

—¿Qué pasa con eso?

—¿Cuánto tiempo tardaron las tribus en replegarse ante los kianene? ¿Cuánto tiempo sangramos antes de romperles la espalda?

Dedicó a Xunnurit una sonrisa macabra, la que con tanta frecuencia llevaba a las lágrimas a sus esposas. El Rey–de–Tribus se puso tenso.

—Pero eso…

—¿Es distinto, Xunnurit? ¿Cómo puede una batalla ser como un yaksh y, sin embargo, no ser como otra batalla? En Zirkirta, tuvimos paciencia. Esperamos, y al hacerlo, destruimos completamente a un poderoso enemigo.

—Pero no es simplemente una cuestión de esperar, Cnaiur —gritó una tercera voz. Era Oknai Un Ojo, el caudillo de la poderosa tribu munuati, del interior—. La cuestión es cuánto tiempo debemos esperar. Pronto empezarán las sequías, y los que procedemos del corazón de la estepa debemos llevar a nuestros rebaños a los pastos veraniegos.

Numerosos gritos siguieron a la intervención, como si ésa fuera la primera cosa razonable que se decía.

—Ciertamente —añadió Xunnurit, repuesto gracias a su inesperado apoyo—. Conphas ha venido bien pertrechado, con un convoy de equipaje más grande que su ejército. ¿Cuánto tiempo nos harías esperar antes de que el cervatillo y el chacal royeran sus corazones y sus estómagos? ¿Un mes? ¿Dos? ¿Seis, incluso? —Se giró hacia los demás y se vio reconfortado por una oleada de asentimientos guturales.

Cnaiur se pasó la mano por el cuero cabelludo y escudriñó los rostros hostiles que le rodeaban. Comprendía sus preocupaciones porque también eran las suyas. Una ausencia demasiado prolongada planteaba excesivos peligros. Los rebaños desatendidos significaban lobos, pestes, incluso hambrunas. Si uno añadía a eso la amenaza de las revueltas de los esclavos, las esposas díscolas y, para las tribus de la frontera septentrional de la estepa como la suya, los sranc, entonces el atractivo de un regreso precipitado era irresistible.

Se giró hacia Xunnurit. Se daba cuenta de que la decisión de atacar no era algo que el hombre hubiera impuesto a los demás. Aunque eran conscientes de que la prisa era la maldición de la sabiduría, querían que la guerra concluyera rápidamente, mucho más de lo que lo habían querido en Zirkirta. Pero ¿por qué?

Todos los ojos estaban en él.

—¿Y bien? —preguntó Xunnurit.

¿Pretendía eso Ikurei Conphas? Supuso que resultaría bastante fácil conocer las diversas exigencias que las estaciones planteaban al Pueblo de la Guerra. ¿Había elegido Conphas deliberadamente las semanas anteriores a la sequía estival?

Las implicaciones de esa idea marearon a Cnaiur. De repente, todo lo que había observado y había oído desde que se había unido a las huestes tenía un significado distinto: la sodomía de sus prisioneros scylvendios, las embajadas burlonas, incluso el posicionamiento de sus retretes… Todo calculado para incitar al Pueblo de la Guerra a atacar.

—¿Por qué? —preguntó abruptamente Cnaiur—. ¿Por qué iba Conphas a traer tantas provisiones?

Xunnurit soltó una risotada.

—Porque esto es la estepa. No hay forraje.

—No. Porque espera una guerra de desgaste.

—¡Exactamente! —exclamó Xunnurit—. Pretende esperar hasta que el hambre obligue a las tribus a disolverse.

—¿Disolverse? —gritó Cnaiur, consternado porque su punto de vista pudiera ser tan fácilmente pervertido—. ¡No! Pretende esperar hasta que el hambre o el orgullo obliguen a las tribus a atacar.

La audacia de su afirmación provocó gritos entre los allí reunidos. Xunnurit rió a la manera atribulada de los que han confundido la ingenuidad con la sabiduría.

—Tú, utemot, vives lejos del Imperio —dijo como si le estuviera perdonando la vida a un idiota—, de modo que tal vez tu ignorancia de la política imperial sea de esperar. ¿Cómo ibas a saber que la estatura de Ikurei Conphas crece mientras que la de su tío, el Emperador, se tambalea? Hablas como si Ikurei Conphas hubiera sido mandado aquí para conquistar, cuando en realidad ha sido enviado aquí ¡para morir!

—¿Bromeas? —gritó Cnaiur, exasperado—. ¿Has mirado sus huestes? Su caballería de élite, sus auxiliares norsirai, prácticamente todas las columnas del Ejército Imperial, ¡hasta la Guardia Eótica del Emperador! Han vaciado el ejército para reunir esta expedición. Se han incumplido tratados, se han prometido y gastado fortunas en oro. Éste es un ejército de conquista, no una procesión fúnebre por…

—¡Pregunta a los memorialistas! —espetó Xunnurit—. Otros emperadores han sacrificado tanto como eso, si no más. Xerius tenía que engañar a Conphas, ¿no es así?

—¡Bah! ¡Y tú dices que los utemot no saben nada del Imperio! El Nansúrium es un lugar sitiado. ¡No puede permitirse perder ni siquiera una parte de su ejército!

Xunnurit se inclinó hacia adelante en su montura y alzó el puño en un gesto amenazador. Sus cejas se hundieron sobre los ojos resplandecientes. Los orificios nasales le brillaron.

—Entonces, ¡más razón para aplastarlo ahora! Después, ¡avanzaremos hacia el Gran Mar arrasando como nuestros padres de antaño! ¡Destruiremos sus templos, dejaremos embarazadas a sus hijas, decapitaremos a sus hijos!

Para alarma de Cnaiur, gritos de adhesión estallaron al viento matutino. Los silenció con una mirada asesina.

—¿Sois todos una panda de borrachos ciegos? ¡Qué mejor razón para dejar que los nansur se consuman! ¿Qué creéis que haría Conphas si estuviera entre nosotros? ¿Qué…?

—¡Sacarse mi espada del culo! —gritó alguien, lo que provocó una explosión de carcajadas desbordantes.

Cnaiur pudo percibir entonces la jocosa camaradería, que en realidad se reducía a poco más que una conspiración para reírse de un hombre, siempre el mismo, independientemente de cuál fuera su llamada a las armas o al intelecto. Sus labios se fruncieron hasta formar una mueca. Le habían juzgado hacía muchos años y le habían encontrado carencias.

«Pero los indicadores son incesantes…»

—¡No! —gritó Cnaiur—. ¡Se reiría de vosotros como vosotros os reís de mí! Diría que a un perro hay que conocerlo para domarlo, ¡y yo conozco a esos perros! ¡Mejor de lo que se conocen a sí mismos! —Su voz y su expresión habían adoptado un tono lastimero; trató de sofocarlo—. Escuchad. ¡Debéis escucharme! Conphas está jugando incluso con esta misma reunión: con nuestra arrogancia, con nuestros… pensamientos habituales. ¡Ha hecho todo lo que ha estado en su mano para provocarnos! ¿No lo veis? Nosotros decidimos su genio en el campo de batalla. Sólo nosotros podemos dejarle en ridículo. Y hacer lo que más le aterroriza, aquello que ha querido prevenir con todos sus medios. ¡Debemos esperar! ¡Esperar a que él venga a por nosotros!

Xunnurit le observaba fijamente, con los ojos refulgentes de deleite. Entonces sonreía con sorna.

—Los hombres te llaman Cnaiur, el que Mata Hombres; hablan de tu destreza en el campo de batalla, de tu infinita hambre de santas matanzas. Pero ahora —negó con la cabeza en un gesto de reprensión—, ¿ha desaparecido esa hambre, utemot? ¿Debemos llamarte ahora Cnaiur, el que Mata el Rato?

Más carcajadas salidas del fondo de sus corazones, graves, ordinarias, honestas al modo de la gente sencilla, pero a la vez teñidas de un regocijo desagradable: el sonido de hombres de poca valía deleitándose en la degradación de otro de más. A Cnaiur le zumbaban los oídos. La tierra y el cielo se encogieron hasta que todo el mundo se convirtió en una suma de rostros con los dientes amarillos, riéndose. La percibió revolviéndose en su interior, su segunda alma, la que emborronaba el sol y manchaba de sangre la tierra. Sus risotadas titubearon ante su amenaza. Su mirada hostil barrió las sonrisas de sus caras.

—Mañana —declaró Xunnurit, guiando nerviosamente a su caballo hacia el distante campamento nansur— sacrificaremos una nación entera al Dios–Muerto. ¡Mañana pasaremos un Imperio a cuchillo!

Balanceándose en silencio sobre las monturas de madera, innumerables jinetes avanzaron a través de la hierba helada y grisácea a causa del rocío matinal. Habían pasado casi ocho años desde la batalla de Zirkirta, ocho años desde que Cnaiur había sido testigo por última vez de una reunión del Pueblo de la Guerra como aquélla. Grandes congregaciones seguían a sus caudillos y cubría una extensión de laderas y cumbres de una milla. Ocultos tras grupos de lanzas levantadas, cientos de pendones sobresalían de las masas, señalando tribus y federaciones de toda la estepa.

¡Tantos!

¿Era consciente Ikurei Conphas de lo que había hecho? Los scylvendios eran rebeldes por naturaleza, y aparte de sus rituales escaramuzas en la frontera con el Nansurium, se pasaban la mayor parte del tiempo asesinándose entre ellos. Su afición a las regañinas y la aniquilación recíproca era el mayor baluarte del Imperio contra su raza; más incluso que Hethanta, el que arrasaba el cielo. Al invadir la estepa, Conphas había unido al Pueblo de la Guerra y había puesto al Imperio bajo la amenaza del mayor peligro experimentado por toda una generación.

¿Qué podía haber provocado que asumiera ese riesgo? Sin ninguna razón aparente, Ikurei Xerius III se había jugado el Imperio por su sobrino. ¿Qué promesas le había hecho Conphas? ¿Qué circunstancias le habían motivado?

No todo era como parecía; Cnaiur estaba seguro de eso. Y sin embargo, mientras contemplaba los campos de jinetes armados, no pudo evitar arrepentirse de sus recelos pasados. Dondequiera que mirara, veía adustos, belicosos jinetes, con pedazos de cuero clavados en sus escudos circulares, con los caballos guarnecidos con faldones hechos de monedas nansur y kianene saqueadas. Miles y miles de scylvendios, endurecidos por crueles estaciones y una guerra inacabable, se habían unido como en los días legendarios. ¿Qué esperanzas podía tener Conphas?

Los cuernos nansur atronaron desde detrás de las montañas y asustaron a los hombres y los caballos por igual. Todos los ojos se volvieron hacia el largo risco que oscurecía el valle. El caballo de Cnaiur resopló, hizo una cabriola y agitó en el aire las cabelleras que adornaban sus bridas.

—Pronto —murmuró, tranquilizando la cabeza retozona del caballo con una mano firme—, pronto estallará la locura.

Cnaiur siempre recordaba las horas previas a la batalla como insoportables, y debido a ello, cuando tenía que pasar por el trance invariablemente se sorprendía. Había momentos en los que la enormidad de lo que iba a suceder se apoderaba de él y le dejaba aturdido como un hombre que acabara de evitar una caída mortal. Pero esos momentos eran pasajeros. En buena medida, esas horas transcurrían como las demás, más ansiosas quizá, y puntuadas de fogonazos de odio y turbación, pero tan tediosas como las demás. En buena medida, necesitaba recordarse la locura que iba a desencadenarse.

Cnaiur fue el primero de los miembros de su tribu en llegar a la cima del risco. Ardiendo entre dos montañas de formas incisivas, el sol naciente los cegaba, y pasó un largo rato antes de que Cnaiur pudiera discernir las lejanas columnas del Ejército Imperial. Falanges de infantería formaban un gran grupo segmentado en el campo abierto, entre el río y el campamento fortificado de los nansur. Soldados de vanguardia a caballo se alineaban en las abruptas laderas que había ante ellos, preparados para hostigar cualquier intento scylvendio de cruzar el Kiyuth. Como si dieran la bienvenida a su antiguo enemigo, los cuernos nansur retronaron de nuevo y provocaron estremecimientos a través del crudo aire matinal. Un fuerte grito surgió de entre las columnas, seguido del hueco repiqueteo de los golpes de las espadas en los escudos.

Mientras las otras tribus se reunían a lo largo del risco, Cnaiur escudriñó a los nansur con una mano levantada contra el sol. El hecho de que ocuparan el terreno central en lugar de la orilla oriental del río no le sorprendió, aunque imaginaba que Xunnurit y los demás estarían en ese momento tratando de cambiar sus planes a toda prisa. Intentó contar las columnas —las formaciones parecían extraordinariamente amplias—, pero tuvo dificultades para concentrarse. La absurda magnitud de sus circunstancias le pesaba como algo palpable. ¿Cómo podían suceder cosas así? ¿Cómo podían naciones enteras…?

Bajó la cabeza y se frotó la nuca, ensayando la letanía de recriminaciones que siempre consumaban esos pensamientos tan culpables. Vio mentalmente a su padre, Skiotha; la cara se le iba ennegreciendo mientras se ahogaba en el barro.

Cuando levantó la mirada, sus pensamientos estaban tan ausentes como su expresión. Conphas, Ikurei Conphas era el centro de lo que iba a suceder; no, Cnaiur urs Skiotha.

Una voz le sobresaltó: Bannut, el hermano de su padre.

—¿Por qué se han desplegado tan cerca de su campamento? —El viejo guerrero se aclaró la garganta, un sonido como el de las monedas del bajo vientre de los caballos—. Creía que se valdrían del río para impedir que cargáramos.

Cnaiur retomó su evaluación del Ejército Imperial. El vértigo del inminente derramamiento de sangre le recorrió las extremidades.

—Porque Conphas necesita una batalla decisiva. Quiere que extendamos nuestras líneas en su lado del río. Negarnos espacio de maniobra y obligarnos a un enfrentamiento a todo o nada.

—¿Está loco?

Bannut tenía razón. Conphas estaba loco si creía que sus hombres podrían imponerse en una batalla campal. Desesperados, los kianene habían hecho una intentona similar en Zirkirta ocho años antes, pero no habían logrado más que un desastre. El Pueblo de la Guerra no se venía abajo.

Una carcajada afloró entre los murmullos de los parientes que le rodeaban. Cnaiur giró la cabeza. ¿Se reían de él? ¿Estaba alguien riéndose de él?

—No —respondió, distante, observando a esos hombres por encima del hombro de Bannut—. Ikurei Conphas no está loco.

Bannut escupió, un gesto destinado, o al menos eso le pareció a Cnaiur, al Exalto–General nansur.

—Hablas como si le conocieras.

Cnaiur miró directamente al anciano, tratando de descifrar qué significaba el tono indignado de su voz. En cierto sentido, conocía a Conphas. Mientras hacía incursiones en el Imperio el otoño anterior, había capturado a numerosos soldados nansur, hombres que parloteaban sobre el Exalto–General con una adoración que había despertado el interés de Cnaiur. Con carbones calientes y preguntas severas, había descubierto muchas cosas de Ikurei Conphas, de su brillantez en las Guerras Galeoth, de sus audaces tácticas y su novedoso régimen de entrenamiento; suficiente como para saber que era distinto de cualquier otro con el que se hubiera encontrado en el campo de batalla. Pero ese conocimiento era inservible con viejas serpientes como Bannut, que nunca le había perdonado el asesinato de su padre.

—Cabalga hasta Xunnurit —le ordenó Cnaiur, sabiendo perfectamente que el Rey–de–Tribus no prestaría la menor atención a un mensajero utemot—. Descubre cuáles son sus intenciones.

Bannut no se dejó engañar.

—Me llevaré a Yursalka conmigo —dijo con la voz quebrada—. Se casó con una de las hijas de Xunnurit, la deforme, la primavera pasada. Quizá el Rey–de–Tribus se acuerde de su generosidad. —Bannut volvió a escupir, como si quisiera subrayar lo que había dicho, y espoleó para mezclarse con el resto de utemot.

Durante un largo rato, Cnaiur permaneció sentado, sombrío, en su caballo, contemplando absorto cómo los abejorros se lanzaban entre las cabezas inclinadas de los tréboles morados del suelo. Los nansur siguieron aporreando sus distantes escudos. El sol, lentamente, envolvió el valle con su cálido abrazo. Los caballos piafaban de impaciencia.

Más cuernos sonaron mientras tanto, y los nansur detuvieron su clamor. El rumor de los murmullos de sus parientes se desvaneció y una creciente ira sustituyó a la pena en su pecho. Siempre hablaban entre sí y nunca con él; era como si fuera un hombre muerto para ellos. Pensaba en todos aquéllos a los que había matado los primeros años después de la muerte de su padre, todos esos utemot que trataban de arrancarle al Yaksh Blanco del caudillo el deshonor de su nombre. Siete primos, un tío y dos hermanos. Un odio terco se desbordó en su interior, un odio que le aseguraba que no cedería, por muchas indignidades que hubiera de sufrir, por muchos susurros o miradas cautelosas que tuviera que soportar. Mataría a todos y a cualquiera, enemigo o igual, antes de ceder.

Fijó la mirada en el atestado paisaje del ejército de Conphas.

«¿Te mataré hoy, Exalto–General? Creo que sí.»

Unos súbitos gritos llamaron su atención a la izquierda. Al otro lado de la muchedumbre de brazos y caballos, vio el pendón de Xunnurit ondeando contra el cielo. Colas de caballo teñidas se agitaban arriba y abajo, transmitiendo la orden de que avanzaran lentamente. Más lejos, al norte, grupos de scylvendios ya habían empezado a descender por las laderas. Gritando a los miembros de su tribu, Cnaiur espoleó su caballo hacia el río, pisoteando los tréboles y ahuyentando a los abejorros. El rocío se había evaporado y la hierba, entonces, hacía un ruido áspero bajo las espinillas de su caballo. El aire olía a tierra calentándose.

Las huestes scylvendias cubrieron lentamente el extremo oriental del valle. Abriéndose paso a través de los matorrales de los terrenos que flanqueaban el río, Cnaiur vislumbró a Bannut y Yursalka dirigiéndose hacia él a través de campo abierto; los estuches con sus arcos se balanceaban a la altura de las caderas, y los escudos rebotaban sobre las ancas de los caballos. Saltaron por encima de la maleza, y Bannut estuvo a punto de caer del caballo a un profundo barranco. Al cabo de un instante estaban colocando sus monturas en paralelo a la de Cnaiur.

Por alguna razón, parecían todavía más extrañamente cómodos que de costumbre. Después de dedicar una mirada conspiratoria a Bannut, Yursalka miró a Cnaiur con unos ojos inexpresivos.

—Vamos a tomar el extremo meridional del fuerte; después, nos posicionaremos frente a la Columna Nasueret, a la izquierda del enemigo. Si Conphas avanza antes de que hayamos recuperado la posición, vamos a retirarnos hacia el sur y atacar sus flancos.

—¿Xunnurit te ha contado todo esto?

Yursalka asintió con cuidado. Bannut le miró; en sus viejos ojos refulgentes había una satisfacción maliciosa.

Balanceándose al paso de su caballo, Cnaiur miró por encima del Kiyuth, que avanzaba por entre los estandartes de color carmesí a la izquierda del Ejército Imperial. Encontró el pendón de la Columna Nasueret rápidamente: el Sol Negro de Nansur partido por el ala de una águila, con el símbolo sheyico del nueve bordado en oro debajo.

Bannut se aclaró la garganta de nuevo.

—La Novena Columna —dijo con aprobación—. Nuestro Rey–de–Tribus nos honra.

Si bien tradicionalmente estaban apostados en la frontera kianene del Imperio, se rumoreaba que los hombres de la Nasueret se encontraban entre los mejores del Ejército Imperial.

—O eso, o nos está llevando al asesinato —rectificó Cnaiur.

Quizá Xunnurit esperaba que las duras palabras que habían intercambiado el día anterior tuvieran consecuencias drásticas.

«Todos me quieren muerto.»

Yursalka espetó algo ininteligible, y después, se alejó trotando. Cnaiur imaginó que buscaría una compañía más honorable. Bannut siguió al lado de Cnaiur, pero no dijo nada.

Cuando el Kiyuth estuvo tan cerca que olieron su glacial antigüedad, varios destacamentos se separaron de las líneas scylvendias y galoparon a través de los muchos vados del río. Cnaiur observó esas cohortes con aprensión, sabedor de que su inmediata fortuna revelaría en buena medida las intenciones de Conphas. Los soldados de vanguardia nansur al otro lado del río cayeron sobre ellos, se dispersaron y echaron a correr, acribillados por descargas de flechas. Los scylvendios los siguieron hacia el grueso del Ejército Imperial; después, giraron y galoparon en paralelo a las líneas nansur, disparando nubes de flechas desde la grupa de los caballos, que avanzaban al galope. Más y más cohortes se unieron a ellos; guiaban sus caballos solamente mediante las espuelas, los gritos y las rodillas. Pronto, miles cruzaban las líneas imperiales.

Cnaiur y sus utemot atravesaron el Kiuth bajo la cobertura de esos merodeadores y dejaron rastros de agua al ascender por la orilla opuesta. Después, cabalgaron rápidamente hacia su nueva posición frente a la Nasueret. Cnaiur sabía que el momento de cruzar el río y reubicarse sería crítico, y durante todo el proceso esperó oír el sonido de los cuernos nansur señalando su avance. Pero el Exalto–General mantuvo sus columnas inmóviles, y permitió que los scylvendios se reunieran formando una gran media luna a lo largo de la orilla del río.

¿Qué estaba haciendo Conphas?

Al otro lado del campo, sobre una hierba tan desigual como la barba juvenil, les esperaba el Ejército Imperial. Cnaiur miró una fila tras otra de figuras con escudo, cargadas con armaduras e insignias, con faldas de cuero rojo y arneses revestidos de hierro con ribetes de malla. Innumerables y anónimos, pronto morirían por sus pecados.

Los cuernos bramaron. Miles de espadas golpearon como una sola. Y a pesar de todo, un asombroso silencio se había posado sobre el campo de batalla, como si todos inspiraran a la vez.

Una brisa cruzó el valle y arrastró el olor de caballos, cuero sudoroso y hombres sin lavar. El roce y el ruido de las vainas y los arneses le recordó a Cnaiur su propia armadura. Con las manos tan ligeras como vejigas llenas de aire, comprobó las cintas de su casco esmaltado blanco, un trofeo de su victoria sobre Hasjinnet en Zirkirta, y después los nudos de su pechera revestida de oro. Se balanceó por la cintura sobre su montura para flexionar sus músculos y aliviar la tensión. Susurró un homenaje en memoria del Dios–Muerto.

Las tribus reunidas se intercambiaron símbolos de crin, y Cnaiur gritó algunas órdenes a sus parientes. Se formó la primera oleada de lanceros que cabalgaría a su lado. Se ataron los escudos al cuello.

Percibiendo el escrutinio de Bannut, Cnaiur se giró hacia él; su expresión lo intranquilizó.

—Tú —dijo el viejo guerrero— deberías ser juzgado por este día, Cnaiur urs Skiotha. El juicio es incesante.

Cnaiur miró con la boca abierta al hombre, transido de furia y asombro.

—Éste no es el lugar, tío, para revivir viejas heridas.

—No se me ocurre un lugar mejor.

Preocupaciones, sospechas y premoniciones le acuciaron, pero no había tiempo. Los soldados de vanguardia se estaban batiendo en retirada. En la distancia, las líneas de jinetes se separaban de las grandes huestes en dirección a las falanges del Ejército Imperial. El peregrinaje había terminado; la adoración iba a empezar.

Con un grito, ordenó a los utemot que avanzaran al trote. Algo parecido al miedo le atenazaba, una sensación de caída, como si estuviera en lo alto de un precipicio. Al cabo de un instante, se encontraron a tiro de los arqueros nansur. Gritó, y sus lanceros espolearon los caballos, que se pusieron a galopar, y sostuvieron los escudos contra los hombros y las alforjas de la montura. Cruzaron un raquítico matorral de zumaques. Las primeras saetas susurraron entre ellos; cortando el aire como si fuera tela, impactaron contra escudos, suelo, carne. Una le rozó el hombro; otra se hundió un dedo en la lámina de cuero de su escudo.

Cruzaron al galope una extensión de hierba lisa, haciendo acopio de un ímpetu mortal. Más flechas descendieron sobre ellos, y ya eran menos. Bufidos de los caballos, repiqueteo de las flechas, después sólo el sonido seco de mil cascos sobre la hierba. Con la cabeza gacha, Cnaiur observó a los soldados de infantería de la Columna Nasueret preparándose. Bajaron las picas, y eran las picas más largas que jamás había visto. El aliento contenido por la vacilación. Después espoleó el caballo para que corriera más, blandió la lanza y aulló el grito de guerra utemot. Sus parientes respondieron, y el aire tembló: «¡Guerra y culto!». Pasó volando por encima de macizos de hierbajos y flores silvestres. Su tribu cabalgaba con él, extendida como dos grandes brazos.

Alcanzado en el pecho, el caballo se inclinó y cayó sobre la hierba de la estepa. Cnaiur se golpeó contra matojos y espinillas, y se desgarró el hombro y el cuello. Por un instante, estuvo enredado entre patas. Se estremeció bajo una sombra aplastante, pero nada sucedió. Empujó para liberarse, y arrojó a un lado su escudo, desenvainó la espada y trató de comprender el sentido de la confusión que lo rodeaba. Muy cerca, al alcance de la mano, un caballo sin jinete daba patadas en círculo para golpear a los nansur. Fue destripado hasta morir por unos hombres que avanzaban tan juntos que parecían unidos con clavos.

Las filas nansur seguían en buena medida indemnes, y luchaban con terca profesionalidad. Los utemot, de repente, parecían agrestes y endebles ante ellos, empobrecidos por su cuero sin teñir y su armadura robada. Por todas partes, sus parientes estaban siendo masacrados. Cnaiur vio cómo Okkiurm, su primo, era derribado del caballo mediante unos ganchos y aporreado en el suelo. Observó cómo su sobrino Maluti se revolvía bajo espadas que se cernían sobre él, todavía bramando el grito de guerra utemot. ¿Tantos habían caído ya?

Oteó la extensión de terreno que quedaba a su espalda, esperando encontrar la segunda oleada de lanceros utemot. Con la sola excepción de un caballo solitario que renqueaba hacia el río, el terreno estaba vacío. Vio que, en la distancia, los miembros de su tribu se arremolinaban en sus posiciones originales; observaban cuando debían estar cabalgando. ¿Qué estaba sucediendo?

¿Traición?

¡Traición! Buscó a Bannut, le encontró encogido sobre la hierba, cerca, tocándose el estómago como si acunara un juguete. Un nansur salió dando tumbos de la riña y levantó su puñal para clavárselo en el cuello a Bannut. Cnaiur agarró una pesada jabalina del suelo y se la lanzó. El soldado le vio y, estúpidamente, alzó el escudo. La jabalina perforó la parte superior, y el soldado tuvo que bajarlo a causa del peso. Cnaiur saltó hacia él, cogió la jabalina y violentamente ensartó al escudo y el hombre. El soldado de infantería se sacudió y cayó al suelo sobre las manos y las rodillas, gateó bajo el sable alzado de Cnaiur y, finalmente, se desplomó al suelo sin cabeza.

Cnaiur cogió a Bannut por el arnés y le alejó a rastras del tumulto. El viejo guerrero se carcajeó; la sangre le formaba pompas entre los labios.

—¡Xunnurit recordaba bien el favor que le hizo Yursalka! —gritó.

Cnaiur le miró horrorizado.

—¿Qué has hecho?

—¡Matarte! ¡Matar al asesino de los suyos! ¡El maricón llorica que hubiera sido nuestro caudillo!

Los cuernos atronaron en medio de los rugidos. Entre latidos de su corazón, Cnaiur vio a su padre en el rostro dolorido de Bannut. Pero Skiotha no había muerto así.

—¡Te vi esa noche! —dijo Bannut resollando, con la voz cada vez más tomada por la agonía—. Vi la verdad de lo que… —Su cuerpo se acalambró y se estremeció en una tos incontrolable—. Lo que ha sucedido durante estos últimos treinta años. ¡Conté toda la verdad! ¡Ahora los utemot serán liberados de la opresión de tu deshonra!

—¡No sabes nada! —gritó Cnaiur.

—¡Lo sé todo! Vi cómo le mirabas. ¡Sé que era tu amante!

¿Amante?

Los ojos de Bannut estaban empezando a tornarse espejos, como si mirara algo sin fondo.

—El tuyo es el nombre de nuestra vergüenza —dijo entre jadeos—. ¡Por el Dios–Muerto que iba a verlo eliminado!

Cnaiur sintió que su sangre era como grava. Se giró y parpadeó para reprimir las lágrimas.

Llorica.

A través de una pantalla de figuras que peleaban y blandían espadas, vislumbró cómo Sakkeruth, un amigo de la infancia, caía de su montura. Recordó haber pescado peces con arpón junto a él bajo el amplio cielo estival. Recordó…

«No.»

Maricón. ¿Era eso lo que ellos creían?

—¡No! —gruñó, girándose hacia Bannut. La vieja ira de hierro, por fin, le había encontrado—. Soy Cnaiur urs Skiotha, el–que–detroza–caballos–y–hombres. —Clavó su espada en la hierba y cogió al hombre estupefacto por la garganta—. ¡Nadie ha matado a tantos! ¡Nadie tiene tantas cicatrices sagradas! Soy la medida de la deshonra y el honor. ¡Tu medida!

Su tío tuvo arcadas, y le sacudió con las manos empapadas de sangre. Después, se le escapó toda la fuerza. Ahogado, como se ahogaba a las hijas de los esclavos.

Recuperando el sable, Cnaiur se alejó del cadáver de su tío, que tenía una expresión ausente, dando tumbos. Los cuerpos de caballos y hombres cubrían el suelo. Reducidos a bobalicones sin sus monturas, sus utemot retrocedían ante el fiero muro de soldados de infantería. Muchos aullaban a sus distantes parientes, dándose cuenta de que habían sido engañados. Un puñado, vergonzosamente, se vino abajo y corrió. Otros se reunieron alrededor de Cnaiur.

Oficiales imperiales vociferaban por encima del barullo. Las columnas nansur avanzaban. Con la mano izquierda extendida hacia adelante, Cnaiur se quedó absorto y alzó el sable hasta que el sol refulgió a lo largo de la superficie manchada. Los soldados de infantería avanzaron por encima de los caídos, con los escudos decorados con el Sol Negro y en los rostros una máscara de desalentador júbilo. Cnaiur vio que uno lanceaba el cuerpo de Bannut. Entre los oficiales, volvieron a estallar gritos broncos sobre el estrépito de cuernos distantes. De repente, las tres primeras filas cargaron.

Cnaiur se encogió y lanzó su espada contra la protegida espinilla del primer hombre que se dispuso a ir a por él. El muy idiota cayó. Apartó el escudo de una patada y le clavó la hoja en las bandas de la armadura, justo debajo de la axila. Exultación. Liberó su sable de un tirón, se dio la vuelta y atacó a otro, al que le rompió la clavícula a través del arnés. Cnaiur gritó y alzó sus brazos llenos de cicatrices, poderosas recompensas de su pasado sangriento.

—¿Quién? —rugió en su afeminada lengua—. ¿Quién de entre vosotros será el que pondrá el cuchillo sobre mis brazos?

Un tercero cayó, vomitando sangre, pero los demás se cerraron a su alrededor, en clara superioridad, liderados por un oficial con los ojos marmóreos que bramaba «¡muere!» con cada golpe de su espada. Cnaiur le complació cortándole una parte de la mandíbula con los dientes inferiores. Impertérritos, los otros le atacaron con lanzas y escudos, empujándole por la espalda. Otro oficial se abalanzó sobre él, un joven noble con el motivo de la Casa Biaxi en el escudo. Cnaiur vio el terror en sus ojos, la conciencia de que el inmenso scylvendio que tenía delante era algo más que humano. Cnaiur le arrancó el puñal de las manos, le dio patadas salvajemente, lo golpeó. El niño cayó de espaldas, temblando y dándose palmadas en la sangre que le manaba de la entrepierna como si fuera fuego.

Le empujaron; estaban tan ansiosos por evitarle como por estar cerca de él.

—¿Dónde están vuestros poderosos guerreros? —gritó Cnaiur—. ¡Mostradme a vuestros poderosos guerreros!

Con las extremidades bulliendo de una ira devoradora, acabó con todos ellos, con los débiles y con los fuertes por igual. Luchó como un loco con el corazón partido; golpeaba escudos hasta que rompía los brazos, machacaba figuras hasta que arrojaban penachos de sangre.

Las columnas que avanzaban les rodearon, pero Cnaiur y sus utemot mataron y mataron hasta que la hierba a sus pies se convirtió en un estiércol sangriento, enmarañado de cadáveres. Los nansur amainaron y retrocedieron unos cuantos pasos, mirando boquiabiertos al caudillo utemot. Envainando el sable, Cnaiur saltó por encima de los cadáveres apilados ante él. Cogió a un herido rezagado por el cuello y le aplastó la tráquea. Rugiendo, levantó al hombre destrozado por encima de su cabeza.

—¡Yo soy el saqueador! —gritó—. ¡La medida de todos los hombres! —Arrojó el cuerpo que sostenía, que cayó a sus pies—. ¿No hay ningún hombre entre vosotros? —Escupió y después se rió ante su estupefacto silencio—. Todos nenas, pues. —Se sacudió la sangre de la melena y volvió a alzar el sable.

Entre los nansur emergieron gritos de pánico. Muchos se lanzaron contra los hombres que se apretujaban a su espalda, locos por escapar de su trastornado aspecto. Los cascos atronadores abrieron una brecha por entre el barullo de la batalla, y todas las cabezas se giraron. Más jinetes utemot explotaron entre ellos, empalando a algunos nansur con largas lanzas y pisoteando a otros. Hubo un breve instante de total confusión, y Cnaiur, con la espada ya roma convertida en un tubo de hierro, acabó con dos más. Después, los hombres de la Columna Nasueret huyeron, dejando atrás armas y escudos mientras corrían.

Cnaiur y sus parientes se encontraron solos, con los pechos jadeantes y la sangre fluyendo por heridas abiertas.

—¡Ayaaah! —gritaban mientras una cohorte tras otra galopaba huyendo de ellos—. ¡Guerra y culto!

Pero Cnaiur les ignoró y se dirigió corriendo a la cima de un pequeño montículo. El valle se abría ante él, repleto de polvo, humo e incontables miles de hombres luchando. Por un momento, la enormidad del espectáculo lo dejó sin aliento. Más lejos, al norte, vio cómo divisiones de jinetes scylvendios, oscuros a través de faldas de polvo, giraban sobre sus talones y cargaban contra lo que parecía una aislada columna nansur. Siguiendo la costumbre de la caballería munuati, compañías de jinetes se dirigieron hacia el este entre la columna aislada y el centro, y derribaron a los hombres que huían. Al principio pensó que se dirigían hacia el campamento nansur, pero los observó y se dio cuenta de que no era así. El campamento ya ardía, y Cnaiur vio esclavos, sacerdotes y artesanos nansur colgando y cayendo desde la empalizada. Alguien ya había alzado el pendón de los pulit, la más meridional de las tribus scylvendias, en lo que había sido la puerta de madera. Tan rápidamente…

Escudriñó la locura del centro. Alguien había prendido fuego a los hierbajos que quedaban en medio, y a través del humo vio a Xunnurit Akkunihor atrapado contra las resplandecientes aguas negras del Kiyuth, rodeado por todas partes por la Guardia Eótica y elementos de una columna que no pudo identificar. Caballos y hombres muertos cubrían la gran franja de tierra entre él y la desesperada posición de Xunnurit. ¿Dónde estaban los kuoti? ¿Los alkussi? Cnaiur se giró hacia el oeste, hacia el extremo más lejano del río —el lado equivocado—, y vio una batalla campal a lo largo de la abrupta cresta del valle. Identificó a los Kidruhil, la caballería de élite del Imperio, que se imponían a una destrozada cohorte scylvendia. Vio jinetes nymbricanios, los auxiliares norsirai del Emperador, desaparecer por un risco situado más al norte, y las perfectas falanges de lo que parecían dos columnas intactas marchando en su estela; una de ellas portaba pendones Nasueret…

Pero ¿cómo podía ser? Sus utemot acababan de aniquilar a la Nasueret, ¿no? ¿Y no habían sido colocados los Kidruhil en el flanco derecho de los nansur, la posición de honor entre los ketyai, la posición desde la que se encaraba a los pulit…?

Oía a sus hombres llamándole, pero los ignoró. ¿Qué estaba haciendo Conphas?

Una mano le cogió el hombro. Era Balait, el hermano mayor de su segunda esposa, alguien a quien siempre había respetado. Le habían cortado el corsé y entonces le colgaba de un hombro. Todavía llevaba su puntiagudo casco de batalla, pero la sangre le corría por la sien izquierda y dibujaba una línea entre las salpicaduras.

—Venga, Cnaiur —dijo, jadeando—. Othkut nos ha traído caballos. El campo de batalla es confuso; debemos reagruparnos para golpear.

—Algo pasa, Bala —respondió Cnaiur.

—Pero los nansur están condenados… Su campamento está en llamas.

—Pero poseen el centro.

—¡Mucho mejor! Los flancos son nuestros, y lo que queda de su ejército ha sido arrastrado a campo abierto. Ahora mismo, ¡hasta Oknai Un Ojo lidera a sus munuati para liberar a Xunnurit! ¡Nos cerraremos sobre ellos como un puño!

—No —dijo Cnaiur con expresión ausente, observando cómo los Kidruhil se abrían camino a golpes por encima de la cresta—. ¡Algo pasa! Conphas nos ha dado los flancos para hacerse con el centro…

Eso explicaba por qué los pulit habían tomado tan fácilmente el campamento. Conphas había retirado a sus Kidruhil al principio de la batalla para lanzarlos contra el centro de los scylvendios. Y había dado a sus columnas estandartes falsos para que creyeran que había desplegado su principal baza en los flancos. El Exalto–General quería el centro.

—Quizá pensó que la toma del Rey–de–Tribus nos sumiría en la confusión —sugirió Balait.

—No, no es tan estúpido como eso… ¡Mira! Ha lanzado todos sus caballos hacia el centro… como si persiguiera algo.

Cnaiur se frotó la barbilla mientras observaba el panorama y recorría con los ojos una escena violenta tras otra: los afilados golpes de las espadas; los empujones mortales y el sangriento trabajo de los martillos de la guerra, y bajo su belleza, algo incomprensible, como si el propio campo de batalla se hubiera convertido en una señal viva, un pictograma como los que los extranjeros utilizaban para helar el aliento sobre la piedra y el papiro.

¿Qué significaba eso?

Balait se había unido a sus meditaciones.

—Está condenado —dijo el hombre, negando con la cabeza—. ¡Ni siquiera sus Dioses pueden salvarle!

Entonces, Cnaiur lo entendió. El aliento se le tornó gélido en el pecho. La hirviente furia de la sangre abandonó sus extremidades; sentía sólo el dolor de las heridas y el indecible hueco abierto por las palabras de Bannut.

—Tenemos que huir.

Balait le miró con desdén, estupefacto.

—¿Que tenemos que qué?

—Los Arqueros del Chorae. Conphas sabe que los ubicamos en el centro: o bien ha acabado con ellos, o los ha perseguido por todo el campo de batalla. En ambos casos, nosotros…

Entonces, vislumbró los primeros resplandores de luz profana. Demasiado tarde.

—¡Una Escuela, Bala! ¡Conphas se ha traído una Escuela!

Cerca del corazón del valle, desde donde las falanges de infantería se desplegaban rápidamente para hacer frente a Oknai Un Ojo y sus munuati, al menos dos docenas de figuras ataviadas de negro ascendieron lentamente por encima del campo hacia el cielo. Maestros. Los hechiceros del Saik Imperial. Varios se dispersaron por el valle. Los otros ya estaban cantando su cántico sobrenatural, que abrasaba la tierra y a los scylvendios con una resplandeciente llama. La carga de los munuati se convirtió en un amasijo de caballos y hombres ardiendo.

Durante un largo rato, Cnaiur no pudo moverse. Observó cómo las siluetas montadas caían en el corazón de las hogueras doradas. Vio a hombres arder como la paja en flores incandescentes. Vio soles acercándose al horizonte y chocando contra la fiera tierra. En el aire resonaban las sacudidas del trueno hechicero.

—Una trampa —murmuró—. ¡Toda la batalla estaba pensada para impedir que utilizáramos nuestros Chorae!

Pero Cnaiur tenía su propio Chorae, una herencia de su padre. Con los dedos insensibles y los brazos aturdidos de cansancio, se sacó la esfera de hierro de la pechera y la cogió con fuerza.

Como si caminara por encima de la espalda del humo y el polvo, un Maestro se dirigió hacia ellos. Se detuvo, flotando a la altura de un árbol. Su túnica negra de seda restallaba bajo el viento de la montaña, y sus bordados dorados se ondulaban como una serpiente bajo el agua. Una luz blanca refulgía en sus ojos y su boca. Una descarga de flechas se tornó carbón al impactar contra sus Guardas esféricas. El fantasma de la cabeza de un dragón ascendió pesadamente de sus manos. Cnaiur vio escamas vitreas y ojos como globos de agua sanguinolenta.

La mayestática cabeza se inclinó.

Se giró hacia Balait.

—¡Corre! —gritó.

Las fauces astadas se abrieron y arrojaron una llama cegadora.

Los dientes restallaron. La piel se cubrió de ampollas y se descamó. Pero Cnaiur no sintió nada; sólo la calidez arrojada por la sombra ardiendo de Balait. Hubo un grito momentáneo, y después explotaron intestinos y huesos.

Entonces, la espuma de luminoso fuego desapareció. Desconcertado, Cnaiur se encontró en el centro de unas ruinas quemadas. Balait y los otros utemot seguían ardiendo, chisporroteando como la carne de cerdo en la brasa. El aire olía a cenizas y grasa.

«Todos muertos…»

Un poderoso grito emergió entre la cacofonía, y a través de pantallas de humo y scylvendios que huían, vio una marea de ensagrentados soldados de infantería nansur corriendo hacia él a través de las laderas.

—El juicio es incesante… —susurró la voz de un extraño.

Cnaiur salió corriendo por encima de los caídos, saltando como los demás en dirección a la línea oscura del río. Tropezó con una flecha clavada en la hierba y cayó de cabeza contra el cadáver de un caballo. Apoyándose contra la ijada templada por el sol, se puso en pie y echó a correr. Pasó junto a un joven guerrero que cojeaba a causa de una flecha hincada en el muslo; después, junto a otro arrodillado en el suelo que escupía sangre; luego, junto a un grupo de utemot que emitían un ruido sordo postrados sobre sus caballos, liderados por Yursalka. Cnaiur gritó su nombre, y a pesar de que el hombre le miró momentáneamente, siguió cabalgando. Maldiciendo, se apresuró. Los oídos le tronaban. Tragaba saliva después de inspirar trabajosamente. Más adelante, vio a centenares concentrados junto a la orilla; algunos se despojaban frenéticamente de su armadura para nadar, y otros corrían hacia el sur, hacia los rápidos de poca profundidad. Yursalka y su cohorte de utemot pasaron al galope junto a los hombres que se disponían a lanzarse al río y se adentraron en las aguas. Muchos de los caballos zozobraron en la rápida corriente, pero unos cuantos lograron llevar a sus jinetes a la otra orilla. El terreno se inclinaba, y Cnaiur recorrió la distancia a grandes zancadas. Se tropezó con otro caballo muerto, y después chocó contra un matorral de vara de oro meciéndose al viento. A su derecha, vio una compañía de Kidruhil desplegándose sobre las laderas y galopando velozmente hacia los fugitivos. Se tambaleó en el angosto terreno cercano a la orilla; finalmente, se adentró dando tumbos en la histérica muchedumbre de sus paisanos. Apartando a los hombres a empujones, consiguió abrirse paso trabajosamente hacia el fango y la maleza pisoteada de la orilla.

Vio a Yursalka empujando y espoleando a su empapada montura al otro lado. Una docena de utemot le esperaban con los caballos embravecidos, piafando.

—¡Utemot! —bramó, y de algún modo le oyeron entre el clamor. Dos de ellos señalaron en su dirección.

Pero Yursalka les estaba gritando mientras golpeaba el aire con la mano abierta. Con los rostros inexpresivos, hicieron girar los caballos y, arredrados por Yursalka, galoparon hacia el suroeste.

Cnaiur maldijo su forma de batirse en retirada. Cogió el cuchillo y empezó a tambalearse cubierto con su pechera. En dos ocasiones, a punto estuvo de ser empujado al agua. Gritos de alarma cruzaban el cielo, apremiados por el creciente estruendo de cascos. Oyó cómo se partían lanzas y chirriaban los caballos. Empezó a cortar los encajes que la pechera tenía a la altura de la barriga. Los cuerpos se apretujaban contra él y hacían que se tambaleara. Vislumbró el perfil negro de un jinete Kidruhil erigiéndose contra el brillo del sol. Se arrancó la pechera y la lanzó al Kiyuth. Algo explotó sobre su cuero cabelludo. La sangre caliente le anegó los ojos. Cayó de rodillas. El suelo lleno de surcos le golpeó la cara.

Gritos, lloriqueos, y el sonido de cuerpos sumergiéndose en las agitadas aguas de montaña.

«Como mi padre», pensó, y entonces la oscuridad se arremolinó sobre él.

Voces roncas, exhaustas, enmarcadas por un coro de cantantes más distantes y más borrachos. Dolor, como si su cabeza estuviera clavada a la tierra. Su cuerpo plomizo, inamovible como el fango del río. Difícil pensar.

—¿Qué? ¿Se hinchan justo después de morir?

El horror le sacudió. La voz procedía de su espalda, muy cerca. ¿Saqueadores?

—¿Otro anillo? —exclamó otra voz—. ¡Pues córtale el maldito dedo!

Cnaiur oyó pasos aproximándose, pies enfundados en sandalias que se abrían paso sobre la hierba. Lentamente, porque los movimientos rápidos llamaban la atención, probó sus dedos y muñecas. Se movían. Con cuidado, metió la mano bajo el cinturón y cerró los cosquilleantes dedos alrededor de su Chorae; lo sacó y lo hundió en el barro.

—Es un aprensivo —añadió una tercera voz—. Siempre lo ha sido.

—¡No lo soy! Es sólo que…, que…

—¿Qué?

—Es un sacrilegio; eso es todo. Robar a los muertos es una cosa; profanarlos es otra.

—¿Tengo que recordarte —dijo la tercera voz— que estos cadáveres son de los que tú llamas scylvendios? No es fácil profanar algo que ya era maldito. ¡Eh! Aquí hay otro vivo.

El sonido de una espada saliendo enérgicamente de la vaina, un ruido sordo, un jadeo de asfixia. A pesar de que la cabeza le latía, Cnaiur hundió la cara en el fango, aunque evitando en lo posible que le entrara en la boca.

—Todavía no he logrado sacarle este maldito anillo…

—¿Quieres hacer el favor de cortarle el maldito dedo? —gritó la segunda voz, entonces tan cerca que a Cnaiur se le erizó el vello de la nuca.

—¡Por el maldito Último Profeta! ¡El único que tiene la suerte de encontrar oro en estos apestosos salvajes y está paralizado por los escrúpulos! Bueno, ¿qué tenemos aquí? Un hombretón. Por Sejenus, ¡miradle las cicatrices!

—De todos modos, dicen que Conphas quiere que cojamos todas las cabezas —dijo la tercera voz—. ¿Qué importancia tiene un dedo?

—Allí. Un pequeño brillo. ¿Crees que pueden ser rubís?

Una mano áspera cogió el hombro de Cnaiur y lo levantó del fango. Ojos entreabiertos al sol poniente. Los miembros tensos para simular el rigor mortis. La boca llena de barro inmóvil en una sonrisa sardónica. Sin respiración.

—Lo digo en serio —dijo una sombra avecinándose—. ¡Mirad las cicatrices de este cabrón! ¡Ha matado a cientos!

—Deberían dar recompensas por hombres como ése. Imagínate, uno de nuestros compatriotas por cada cicatriz.

Las manos le toquetearon el cuerpo, le dieron palmadas y fisgonearon. Sin respiración. Rígida inmovilidad.

—Quizá deberíamos llevárselo a Gavarus —sugirió la primera voz—. Tal vez quieran colgarlo o algo así.

—Buena idea —dijo la sombra cáusticamente—. ¿Qué tal si lo cargas tú?

Un risa.

—Ya no te parece tan buena idea, ¿eh? —dijo la segunda voz—. ¿Has tenido suerte por ahí, Naff?

—Ni una maldita cosa —dijo la sombra, soltando a Cnaiur en el suelo de nuevo—. El próximo anillo que encuentres es mío, cabrón. ¡Si no, te corto los dedos!

Un golpe desde la oscuridad. Un dolor que nunca había sentido antes. El mundo rugió. Trató de no vomitar.

—Claro —dijo la primera voz, amistosamente—. ¿Quién necesita oro después de un día como éste? ¡Imagínate la celebración del triunfo cuando volvamos! ¡Imagínate los cánticos! Los scylvendios destruidos en su propio país. ¡Los scylvendios! Cuando seamos viejos, sólo tendremos que decir que servimos junto a Conphas en Kiyuth, y todo el mundo nos observará con respeto y miedo.

—La gloria no sirve para nada, chico. Oro. Lo único que importa es el oro.

Por la mañana, Cnaiur se despertó temblando. Sólo oyó el chapoteo de la profunda corriente del río Kiyuth.

Un inmenso dolor de acero se le expandía desde la nuca, y durante un momento se quedó inmóvil, aplastado por su peso. Las convulsiones le sacudieron el cuerpo y escupió bilis sobre la huella que tenía ante su cara. Tosió. Con la lengua palpó una suave y salada mella entre sus dientes.

Por alguna razón, el primer pensamiento claro que emergió de su estado de sufrimiento fue su Chorae. Metió los dedos en el vómito y el fango, y lo encontró en seguida. Se lo metió debajo del cinturón revestido de hierro.

«Mío. Mi recompensa.»

El dolor le apretaba como una herradura contra la base del cráneo, pero logró ponerse a cuatro patas. La hierba estaba manchada de barro y afilada, como pequeñas navajas bajo sus dedos. Se alejó a rastras de la corriente del río. El suelo del terraplén estaba cubierto de huellas fangosas y entonces era el frágil recuerdo de la matanza. Los cadáveres parecían unidos con cemento al suelo: la carne era correosa bajo las moscas; la sangre se coagulaba como una cereza aplastada. Se sintió como si estuviera arrastrándose por uno de esos mareantes relieves en piedra que cubrían las paredes de los templos en Nansur, en los que hombres que forcejeaban eran esculpidos a modo de una representación profana. Pero eso no era ninguna representación.

Coronando la cumbre que tenía ante él, un caballo muerto se erigía como una redondeada cordillera, con el vientre en la sombra. El punto brillante del sol se alzaba en el extremo opuesto. Los caballos muertos siempre tenían el mismo aspecto, ridículamente tenso, como si hubieran sido grabados en madera siendo simplemente repujados por los lados. Se subió a él y se dejó caer dolorosamente. Contra su mejilla, estaba tan frío como el fango del río.

Con la salvedad de las grajillas, los buitres y la muerte, no había nadie en el campo de batalla. Contempló la gradual pendiente por la que había escapado.

Escapado… Cerró los ojos con fuerza. Una y otra vez, corría; el cielo azul se encogía por el rugido que tenía tras él.

«Nos vencieron abrumadoramente.»

Derrotados. Humillados por su enemigo ancestral.

Durante un largo rato, no sintió nada. Recordó esas mañanas de su juventud en las que, por cualquiera que fuera la razón, se despertaba antes del amanecer. Salía sigilosamente del yaksh y se adentraba en el campo, en busca de un terreno más elevado desde el que pudiera observar cómo el sol abrazaba la tierra. El viento siseaba por entre la hierba. El sol, agachado, salía, incorporándose. Y él pensaba: «Soy el último. Soy el único».

Como en ese momento.

Por un absurdo instante, sintió el extraño entusiasmo de quien ha profetizado su propia destrucción. Se lo diría a Xunnurit, el idiota de ocho dedos. Habían pensado de él que era una vieja propagadora de miedos ridículos. ¿Dónde estaba entonces su risa?

«Muerta», pensó. Todos ellos estaban muertos. ¡Todos! Las huestes se habían apostado en el horizonte, habían estremecido la Cámara del Cielo con el estruendo de sus avances, y entonces habían desaparecido, habían sido vencidas, estaban muertas. Desde el lugar en el que estaba tendido, vio grandes franjas de prado quemado, la cáscara abrasada de lo que habían sido miles de hombres arrogantes. Más que vencidos; habían sido masacrados.

¡Y por los nansur! Cnaiur había participado en demasiadas escaramuzas fronterizas para no respetar a sus guerreros, pero al final había despreciado a los nansur como lo hacían todos los scylvendios: como una raza mestiza, una especie de alimaña humana, merecedora de ser perseguida e incluso, extinguida. Para los scylvendios, la mención del Imperio–tras–las–Montañas evocaba innumerables imágenes de degradación: monjes lascivos postrándose ante su profano Colmillo; hechiceros enfundados en túnicas de fulana, que pronunciaban obscenidades sobrenaturales mientras cortesanos pintados, con sus suaves cuerpos espolvoreados y perfumados, cometían las carnales. Ésos eran los hombres que los habían conquistado: cultivadores de la tierra y escritores de palabras; hombres que se divertían con hombres.

Su respiración se convirtió en un dolor en el velo del paladar.

Pensó en Bannut, en la traición de sus parientes. Se agarró a la hierba, con sus manos doloridas, como si fuera tan débil, estuviera tan vacío, que pudiera elevarse en cualquier momento hacia el cielo hueco. Un grito desesperado se desencadenó en su pecho, pero se tornó en un simple bufido entre sus dientes apretados. Jadeó en busca de aire, gimió, giró la cabeza a un lado y a otro a pesar de la agonía. «¡No!»

Entonces, gimoteó. Lloró.

«Llorica.»

Bannut riéndose a carcajadas, escupiendo sangre lechosa.

«Vi cómo le mirabas. ¡Sé que era tu amante!»

—¡No! —gritó Cnaiur, pero su odio le falló.

Todos esos años dándole vueltas a sus silencios, obsesionándose por la reprimenda silenciosa en sus ojos, creyéndose loco por sus sospechas, vilipendiándose a sí mismo por sus miedos, pero siempre pensando en los pensamientos ocultos de los demás. ¿Cuántas calumnias murmuradas en su ausencia? ¿Cuántas veces, atraído por el ruido de las carcajadas, había entrado en un yaksh para encontrar sólo labios cerrados y miradas insolentes? Todo ese tiempo, ellos… Se agarró el pecho.

«¡No!»

Reprimió las lágrimas que le afloraban a los ojos, golpeó con su puño mugriento, cada vez con más fuerza, la hierba, como si le estuviera echando carbón a un horno. El rostro de hacía treinta años flotó en su imaginación, poseído por una demoníaca tranquilidad.

—¡Tú me obligaste! —murmuró entre dientes—. Me obligaste a cargar con un peso tras otro…

Un repentino destello de miedo le acalló. Le llegaban voces a través del viento.

Tendido inmóvil, con los ojos solamente entreabiertos de modo que las pestañas emborronaban su visión, escuchó. Hablaban en sheyico, pero lo que decían le resultó indescifrable.

¿Estaban los saboteadores recorriendo todavía el campo de batalla?

«¡Corazón de ciervo desgraciado! ¡Levántate y muere!»

El viento se calmó y los sonidos aumentaron. Oía los pasos de caballos y el roce regular de los bártulos. Al menos había dos hombres montados. El acento aristocrático de su habla parecía sugerir que se trataba de oficiales. Se acercaban, pero ¿desde qué dirección? Reprimió el loco impulso de sentarse y mirar a su alrededor.

—Desde los días de Kyraneas, los scylvendios han estado aquí —decía la voz más refinada—, tan implacables y pacientes como el océano. ¡Y sin sufrir ningún cambio! Algunos pueblos se alzan y otros se hunden, razas y naciones enteras desaparecen, pero los scylvendios permanecen. ¡Y los he estudiado, Martemus! He estudiado todas y cada una de las informaciones sobre ellos que he podido encontrar, antiguas y recientes. ¡Hasta conseguí que mis hombres entraran en la Biblioteca de los Sareots! ¡Sí, en Iothiah! Aunque no encontraron nada. Los fanim han dejado que se caiga a pedazos. Pero esto es lo importante: todas las descripciones de los scylvendios que he leído, por muy antiguas que fueran, podrían haber sido escritas ayer. Han pasado miles de años, Martemus, y los scylvendios no han experimentado ningún cambio. Deja de lado sus estribos y su hierro, y podrían ser indistinguibles de los que destruyeron Mehtsonc hace dos mil años o los que saquearon Cenei mil años después. Los scylvendios son, como dijo el filósofo Ajencis, un pueblo sin historia.

—Pero son gentes analfabetas, ¿no? —preguntó el otro hombre, Martemus.

—Pero incluso los pueblos analfabetos cambian a lo largo de los siglos, Martemus. Migran. Se olvidan de los dioses viejos y descubren otros nuevos; hasta sus idiomas cambian. Pero no los scylvendios. Están obsesionados con las costumbres. Donde nosotros construimos inmensos edificios de piedra para vencer el paso de los años, ellos hacen monumentos de sus acciones, templos de sus guerras.

La descripción le dio un vuelco al corazón de Cnaiur. ¿Quiénes eran esos hombres? Uno era, sin lugar a dudas, de las Casas.

—Es interesante —dijo Martemus—, pero eso no explica que tú supieras que los derrotaríamos.

—No seas pesado. No soporto que mis oficiales sean pesados. Primero me haces preguntas impertinentes y después te niegas a considerar respuestas mis respuestas.

—Lo siento, Exalto–General. No pretendía ofenderte. Te ruego que me disculpes y me castigues por mi franco…

—¡Ah, Martemus!, siempre la misma farsa. El recatado general de provincias sin otra ambición que servir. Te conozco mejor de lo que crees. He visto cómo tu interés aumenta cuando menciono cuestiones de Estado, del mismo modo que ahora veo ansia de gloria en tus ojos.

Era como si una gran piedra le hubiera caído a Cnaiur sobre el pecho. No podía respirar. Era él. ¡Él! ¡Ikurei Conphas!

—No lo negaré. Pero no pretendo cuestionarte. Es sólo que…, que…

Al decir esas palabras, los dos hombres se detuvieron. Cnaiur ya podía verlos; eran como sombras montadas a través del borrón de sus pestañas. Respiró superficialmente.

—¿Qué, Martemus?

—Durante toda esta campaña, he mantenido la boca cerrada. Lo que estábamos haciendo me parecía una locura, tanto que…

—¿Qué?

—Que mi fe en ti ha titubeado.

—Pero a pesar de eso no has dicho nada, no has preguntado nada… ¿Porqué?

Cnaiur trató de levantarse del suelo, pero no pudo. En sus oídos, las voces incorpóreas se habían convertido en un estruendo burlón. Asesinarle. ¡Debía hacerlo!

—Por miedo, Exalto–General. Uno no sale de lo más bajo como yo he hecho sin saber el peligro que entraña cuestionar a los superiores…, especialmente cuando están desesperados.

Risas.

—Así que ahora, rodeados por esto —la sombra de Conphas señaló los campos repletos de maltrechos cadáveres—, das por hecho que ya no estoy desesperado; te parece que es seguro hacer las enconadas preguntas que me estás haciendo.

Una súbita conciencia de sí mismo y su entorno sobrevino a Cnaiur. Era como si se viera desde lejos: un hombre encogido, acurrucado contra el cadáver de un caballo, rodeado de inmensos círculos de muerte. Incluso esas imágenes le causaban recriminaciones. ¿Qué clase de pensamientos eran ésos? ¿Por qué siempre debía pensar demasiado? ¿Por qué tenía que estar pensando siempre?

«¡Mátale!»

—Exactamente —respondió Martemus.

«Abalánzate sobre ellos. Asusta a sus caballos. ¡Córtales el cuello aprovechando su confusión!»

—¿Debo consentírtelo? —prosiguió Conphas—. ¿Debo permitirte que des un paso más hacia la cima, Martemus?

—Mi lealtad y discreción, Exalto–General, son tuyas sin ninguna reserva.

—Eso ya lo daba por sentado, pero gracias por repetírmelo. ¿Qué me dirías si te dijera que la batalla que acabamos de librar, la gloriosa victoria que hemos logrado, no es más que el primer combate de la Guerra Santa?

—¿La Guerra Santa? ¿La Guerra Santa del Shriah?

—Si la Guerra Santa es del Shriah o no, no es la cuestión aquí.

«¡Muévete! ¡Véngate! ¡Venga a tu gente!»

—Pero ¿qué hay de…?

—Me temo que sería una irresponsabilidad por mi parte contarte más, Martemus. Pronto, quizá, pero no ahora. Mi triunfo aquí, tan magnífico, tan divino, será un pequeño sacrificio al lado de lo que seguirá. Pronto, los Tres Mares enteros celebrarán mi nombre, y entonces… Bueno, eres más un soldado que un oficial. Sabes que con frecuencia los comandantes necesitan tanto de la ignorancia de sus subordinados como de sus conocimientos.

—Sí. Debería habérmelo esperado.

—¿Esperado, qué?

—¡Que tus respuestas alimentarían mi curiosidad en lugar de saciarla!

Risas.

—Venga, Martemus, aunque te dijera todo lo que sé, te seguiría sucediendo lo mismo. Las respuestas son como el opio: cuanto más ingieres, más necesitas. Ésa es la razón por la que el hombre sobrio encuentra solaz en el misterio.

—Al menos, podrías explicarme, zopenco como soy, cómo sabías que los ganaríamos.

—Como te decía, los scylvendios están obsesionados por las costumbres. Eso significa que ellos repiten, Martemus. Siguen la misma fórmula una y otra vez. ¿Lo entiendes? Veneran la guerra, pero no comprenden qué es en realidad.

—¿Y qué es en realidad?

—Intelecto, Martemus. La guerra es intelecto.

Conphas espoleó el caballo para que reemprendiera la marcha y dejó a su subordinado debatiéndose con la trascendencia de lo que acababa de decir. Cnaiur observó cómo Martemus se quitaba el casco tocado con plumas y se pasaba la mano por el pelo corto. Durante un instante sin aliento, pareció mirarle directamente a él, como si pudiera oír el martilleo de los latidos del corazón de Cnaiur. Entonces, de repente, espoleó el caballo para que siguiera al del Exalto–General.

—Esta tarde, cuando nuestros hombres se hayan recuperado de sus diversiones, empezaremos a recoger cabezas de scylvendios —le gritó Conphas a Martemus cuando éste estuvo cerca—. Voy a hacer un camino de trofeos, desde aquí hasta nuestra gran y enfermiza capital de Momemn, Martemus. ¡Piensa en la gloria!

Sus voces se apagaron, y sólo quedó la corriente de aguas frías contra el silencio zumbante y el pálido aroma de hierba arrasada.

Tan frío. El suelo era tan frío. ¿Adónde debía ir?

Había huido de su infancia y había recuperado lentamente el honor del nombre de su padre, Skiotha, caudillo de los utemot. Con la ignominiosa muerte de su padre, había huido y había recuperado lentamente el nombre de su pueblo, los scylvendios, que eran la cólera de Lokung, más venganza que hueso o carne. Entonces, también ellos habían muerto ignominiosamente. No le quedaba nada.

Estaba tendido en ninguna parte, entre los muertos.

Algunos acontecimientos nos marcan tan profundamente que tienen una presencia más evidente en sus secuelas que mientras suceden. Se resisten a convertirse en pasado, y así se vuelven contemporáneos de nuestros corazones palpitantes. Algunos acontecimientos no se recuerdan, se reviven.

La muerte del padre de Cnaiur era uno de esos acontecimientos.

Cnaiur está sentado en la oscuridad del gran yaksh del caudillo como lo estuvo veintinueve años atrás. Un fuego arde en el centro, muy brillante si se mira directamente, pero ilumina poco. Cubierto con pieles, su padre habla con otros distinguidos miembros de la tribu acerca de la insolencia de sus parientes kuoti del sur. En las sombras proyectadas por esos hombres robustos, los esclavos merodean nerviosamente; llevan odres de gishrut, leche de yegua fermentada. Cuando un cuerno es alzado por un brazo lleno de cicatrices, lo llenan. El lugar apesta a humo y licor agrio.

El Yaksh Blanco ha visto muchas escenas semejantes, pero esta vez, uno de los esclavos, un hombre norsirai, abandona las sombras y entra en la luz del fuego. Levanta el rostro y se dirige a los estupefactos líderes en un scylvendio perfecto, como si él mismo fuera de la tierra.

—Quisiera hacer una apuesta contigo, caudillo de los utemot.

El padre de Cnaiur no sale de su asombro, tanto por la insolencia como por la gran transformación. Un hombre doblegado hasta entonces se ha vuelto tan augusto como cualquier rey. Sólo Cnaiur no está sorprendido.

Los otros hombres, que se refugian en la oscuridad, guardan silencio.

—Ya has hecho una apuesta, esclavo. Y has perdido —responde su padre desde el otro lado del fuego.

El esclavo sonríe burlonamente, como un soberano entre gente inmadura.

—Pero quiero apostar mi vida contigo, Skiotha.

Un esclavo pronunciando un nombre. ¡Hasta qué punto esto deroga las antiguas costumbres! ¡Cómo subvierte el orden tradicional!

Skiotha sopesa esa situación absurda y finalmente se ríe. La risa empequeñece, y esta afrenta debe ser empequeñecida. La furia daría fe de la profundidad de este combate y convertiría al esclavo en un combatiente. Y el esclavo lo sabe.

Así que el esclavo continúa.

—Te he estado observando, Skiotha, y me he preguntado por el tamaño de tu fuerza. Muchos aquí se lo preguntan… ¿Lo sabes?

La risa de su padre se borra. El fuego sisea quedamente.

—He sido juzgado, esclavo —dice Skiotha, temeroso de mirar a la cara de sus parientes.

Como avivado por esas palabras, el fuego chisporrotea, radiante, y se adentra más en las zonas en penumbra, entre los hombres reunidos. Su calor renovado le muerde la piel a Cnaiur.

—Pero el juicio —replica el esclavo— no es algo que se obtiene y luego se olvida, Skiotha. El viejo juicio es solamente una base para el nuevo. El juicio es incesante.

La complicidad las hace inolvidables, graba escenas con una claridad insoportable, como si la extensión de la condena fuera consecuencia de la precisión de los detalles. El fuego tan caliente que podría mecerlo en su regazo. El frío de la tierra bajo sus muslos y nalgas. Sus dientes apretados, como si mascaran arena. Y el rostro pálido del esclavo norsirai girándose hacia él, con los ojos azules refulgentes, abarcando más que cualquier cielo. ¡Ojos que ordenan! Ojos que subyugan, que hablan.

«¿Recuerdas tu parte?»

Cnaiur ha recibido un guión para ese momento.

—¿Tienes miedo, padre? —dice entre los hombres sentados—. ¡Locas palabras! ¡Traicioneras y locas!

Una mirada hiriente de su padre. Cnaiur baja los ojos. Skiotha se gira hacia el esclavo.

—¿Cuál, pues, es tu apuesta? —le pregunta con una indiferencia artificiosa.

Y Cnaiur es atenazado por el miedo de que pueda morir. Miedo a que el esclavo, Anasurimbor Moenghus, ¡pueda morir! No su padre. Moenghus…

Después, cuando su padre yacía muerto, lloró ante los ojos de su tribu. Lloró de alivio.

Al fin, Moenghus, el que se llamó a sí mismo dunyaino, era libre.

Algunos nombres nos marcan profundamente. Treinta años, ciento veinte estaciones… Mucho tiempo en la vida de un hombre.

Y no significaba nada.

Algunos acontecimientos nos marcan profundamente.

Cnaiur huyó. Con la caída de la oscuridad, se escabulló entre las refulgentes hogueras de las patrullas nansur. El vasto cuenco de la noche parecía algo en lo que pudiera desplomarse; tan grande era la reprobación de la tierra. La muerte lo perseguía con sus propios pies.