EN las profundidades del edificio, una única luz se abría paso desde un recodo de las viejas galerías de mantenimiento. Era una luz tenue y vibrante, que deshacía la oscuridad con alargadas sombras. Varias de esas sombras, deformes, se movían en la penumbra de aquí para allá, como criaturas monstruosas en busca de alimento. Desde la parte iluminada de la galería les llegaba la comida. Y la voz de un hombre, que las llamaba con dulzura para que se acercaran a él.
—Venid, amigas mías. No tengáis miedo.
Era el mendigo, sentado en su camastro. Desde allí lanzaba bolas de pan a las ratas que poblaban el sótano. Eran tímidas con los seres humanos, pero una de ellas se aproximó lo suficiente. Entró en el pequeño habitáculo que el mendigo había hecho con maderos y chapas de metal, a modo de habitación. De repente, se levantó de improviso y cerró con un tablón la estrecha abertura que hacía las veces de puerta.
Al verse atrapada, la rata chilló, enloquecida, y trató de huir. Pero su suerte estaba echada. El mendigo la acorraló en un rincón y le aplastó la cabeza de un golpe mientras se reía a carcajadas de la estupidez del pobre animal.
—Esta noche comeré carne —dijo en la soledad del sótano.
Arriba, a Mar le pareció escuchar un ruido lejano. Aunque era incapaz de saber si se trataba de algo real o fruto de su imaginación. Los hongos alucinógenos habían hecho efecto en su mente. Todos sus compañeros, menos Víctor, Germán y Clara habían tomado la droga. Al principio se quedaron juntos en torno a la lámpara halógena, pero luego el grupo se disolvió. Bárbara y Alejandro se marcharon con un saco de dormir a otra estancia, y Víctor desapareció en las profundidades del edificio. Mar se quedó sola, mientras Germán, con Clara y Feo a su lado, instalaba un grifo en la tubería que ella y Víctor habían encontrado antes de comer.
Ese Víctor le gustaba mucho. Mar sentía una atracción casi salvaje por él. No era demasiado extrovertido y eso le confería cierto misterio. A ella le gustaría descubrir ese misterio mientras follaban como animales. Ahora, bajo los efectos de la droga, el deseo aumentaba hasta hacerse irreprimible. Notaba calor en su cuerpo, la vagina húmeda y los pezones duros como piedras. Ardía en deseos de encontrar a Víctor y abalanzarse sobre él para que la montara como un caballo a su yegua.
No era capaz de ver nada en el lugar donde se había metido. Buscando a Víctor, encontró entreabierta la puerta metálica del piso bajo. Supuso que era él quien la había abierto de algún modo. Una parte más de su misterio… Encendió su linterna. Él debía de estar allí, más allá de las escaleras cuya base el haz no llegaba del todo a alumbrar. Cerró la puerta tras de sí. No quería que nadie les interrumpiera mientras se desbocaban y se entregaban al sexo. Los peldaños, repletos de grietas, parecían ahora vivos, y la alentaban a bajar por ellos para adentrarse en el sótano y hacer realidad sus deseos.
Ella les hizo caso. Fue descendiendo con cuidado, alumbrándose con la linterna en una de sus manos y asiendo con la otra la barandilla oxidada que estaba precariamente fija en la pared. Le pareció que sus extremidades se alargaban como si fueran chicle, y que la escalera no tenía fondo. Hubo un momento en que experimentó la misma sensación de vértigo que cuando soñaba con caer al fondo de un pozo. Continuó hasta el final como si el tiempo se hubiera detenido. En su imaginación alterada, una eternidad y un suspiro habrían podido durar lo mismo.
Al pie de la escalera, apuntó con la linterna hacia las galerías solitarias. La luz reverberó formando un halo en la densa humedad del aire. Había varios túneles, surcados por viejas tuberías y mangueras de cables retorcidos, que por un momento le parecieron oscuras serpientes. El ruido de las goteras era constante. Todo el suelo estaba mojado. El agua sucia de los charcos hubiera podido ocultar ese pozo sin fin por el que Mar soñaba de cuando en cuando ser absorbida.
Absurdamente, trató de no pisar ninguno de ellos. La droga le impedía distinguir con seguridad entre lo real y lo delirante. Algunos de los charcos, de hecho, le parecían palpitar como volcanes a punto de explotar en erupción. Y las paredes de la galería que eligió, que le pareció la más ancha, estaban ahora comprimiéndose y haciéndose más largas, como si no tuvieran fin. Aquel sótano era un laberinto sin límites, en cuyo centro debía estar esperándola Víctor como un minotauro ávido de sexo.
Sin embargo, Mar sonrió. Allí abajo hacía tanto frío como arriba, aunque no tardaría mucho en calentarse en contacto con la piel tórrida de Víctor, con su cuerpo desnudo sobre el suyo.
El mendigo dejó la rata muerta dentro de una caja de latón sin tapa. Tenía que rezar sus oraciones. Si no, Dios se enfadaría y le haría sufrir. Le castigaría como otras veces, cuando descuidaba sus obligaciones. Se arrodilló frente a un crucifijo. Estaba a un lado de su camastro, colgado de una pared que rezumaba humedad y que estaba atravesada por unos tubos herrumbrosos. Debajo, había una pequeña figura de la Virgen y varias estampas de santos y mártires. El mendigo tomó en sus manos un sobado rosario y empezó a pronunciar una letanía ininteligible.
Estaba seguro de que el Señor Todopoderoso se sentiría satisfecho de su fervor. Tenía la suerte de conocerlo bien. De saber que existía de veras, que no era una mera invención de las gentes para no perder la esperanza. Aunque sabía también que Dios era justiciero y no comprendía cómo su infinita misericordia podía tornarse en sed de venganza. «Los caminos del Señor son inescrutables», se dijo. No tenía que intentar comprender; sólo cumplir su voluntad como un siervo fiel y leal. Nunca, bajo ninguna circunstancia, había osado ni osaría contradecir los deseos de Dios.
A quien tanto temía.
—¿Eres tú, Señor? —preguntó de pronto, levantando su mirada vacía y demente hacia lo alto.
En el techo no había más que goteras y desconchones, pero el viejo miraba instintivamente hacia arriba cuando Dios se dignaba hablarle con su voz poderosa, que atronaba dentro de su cabeza.
Como ahora.
El mendigo escuchó la voz con atención. Asintió varias veces. Luego juntó las manos en señal de devoción y, por fin, se persignó.
—Sí, haré lo que tú me mandas —dijo a la eterna oscuridad del sótano. Y luego musitó—: Tengo que cumplir la voluntad de Dios.
A Mar ya no le cabía duda de que Víctor se había escondido ahí abajo. Quería jugar, y ella iba a seguirle el juego. Al fondo de la larga galería le pareció distinguir algo de luz. Apagó la linterna para comprobar que no era un resplandor del haz ni una visión de su cerebro alucinado.
Estaba en lo cierto. Allí había luz.
—¡Víctor! ¡Sé que estas ahí! —gritó hacia el túnel.
No hubo respuesta. Aunque unos oídos oyeron su voz y unos ojos distinguieron su figura.
La mortecina luz se apagó y Mar quedó completamente a oscuras. En su delirio, le pareció escuchar una respiración a su espalda. Sintió un repentino pánico. No acertaba a deslizar el interruptor de su linterna, que parpadeó varias veces sin llegar a encenderse.
Por fin lo consiguió y, nerviosa, se volvió completamente. Allí no había nada, al menos a su espalda o cerca de ella. Trató de tranquilizarse. «Qué tonta soy», pensó. Sólo era Víctor, que quería asustarla. Pero no iba a conseguirlo tan fácilmente. Estaba resuelta a no dejarlo escapar. Luego se lo agradecería, cuando los dos se fundieran en un cálido abrazo y comenzaran a intercambiar sus fluidos corporales.
Avanzó un poco más hacia el fondo de la galería. Sus pies rozaban el suelo húmedo y las gotas de agua caían sobre los pequeños charcos con cadencia regular. Otros sonidos muy leves surgieron de todas partes y de ninguna.
—Esto debe de estar lleno de bichos —dijo Mar en voz alta.
Por mucho que se dijera que allí no había ningún peligro, no pudo evitar un instintivo y súbito temor en ese lugar solitario y oscuro. Aquello había dejado de ser divertido. Se sintió mareada. El claustrofóbico pasillo pareció estrecharse aún más. Vio cómo el techo y las paredes mugrientas se acercaban hasta llegar a un palmo de su cuerpo y decidió que era hora de volver arriba, estuviera o no Víctor allí. Se puso a silbar para ahogar los indefinibles sonidos y su creciente angustia. Una cancioncilla que siempre le había gustado, y que usaba desde niña para darse ánimos cuando estaba sola y le entraba miedo. No recordaba su nombre, aunque pertenecía a Las bodas de Fígaro, de Mozart. Sus padres eran cantantes de ópera en los tiempos en los que ella era pequeña y vivía feliz. Luego sucedió lo impensable. Parecían una pareja sin el menor problema, pero su madre se lió con un director de orquesta y su padre enloqueció al enterarse. Todo sucedió muy rápido. Los mató a los dos y luego se suicidó. Un mundo entero puede desaparecer en un breve instante, y la luz convertirse en oscuridad.
Mar tenía entonces sólo doce años, y su vida se derrumbó. Tuvo que ir a vivir con una horrible tía suya, que era francesa, solterona y de carácter arisco. Nunca le tuvo ningún cariño y tan sólo se preocupó de internarla en un rígido colegio de señoritas, a las afueras de París, donde ella se dedicó a acostarse con la mitad de sus compañeras y casi todos los muchachos del pueblo vecino.
Acabaron echándola. Su tía montó en cólera y Mar se escapó; regresó a España tras una breve estancia en París, donde estuvo trabajando en un bar de copas y haciendo topless hasta que la policía lo cerró y detuvo al dueño por contratar a chicas menores de edad. Entonces, Mar se unió por vez primera a un grupo de okupas y empezó a interesarse por el arte. Al principio hacía grafitis y cosas por el estilo, pero luego tuvo una especie de novio, mayor que ella, que le enseñó a pintar y modelar.
Ése era ahora su sueño. Convertirse en una artista de verdad, exponer en alguna galería y canalizar toda la energía que llevaba dentro en algo más constructivo que las drogas y el sexo por el sexo.
Siguió silbando mientras regresaba por el túnel de vuelta al piso superior, con paso cada vez menos decidido. De pronto, a su lado surgieron de los muros una especie de formas arborescentes que tenían bocas humanas. Juntaron los labios y se pusieron a silbar con ella, al tiempo que seguían con sus finos cuerpos fibrosos el ritmo de la música.
Era evidente que estaba alucinando. Y a su alucinación se unió también una voz lejana que cantaba los versos de la ópera.
No quieras ir más lejos, amorosa mariposa,
Día y noche pululando por ahí,
De las bellas turbando el reposo,
Narcisillo, Adonis enamorado.
Tenía que ser Víctor, se dijo. Y quiso creerlo. ¿Quién podía ser si no? La desazón de Mar se convirtió en una euforia repentina y se lanzó casi corriendo otra vez hacia el fondo del túnel. También ella cantaba ahora, hasta que tropezó con algo y cayó de bruces. La linterna se le escapó de la mano y rodó por el suelo hasta quedar a varios metros de ella. Los simpáticos seres musicales desaparecieron. Sin embargo, la voz que cantaba no se detuvo.
Una sombra oscilante se dibujó delante de ella. Vio unos pies y luego el resto de un cuerpo, recortado sobre la luz de la linterna.
—¿Víctor…? —dijo ella dirigiéndose a la figura—. ¿Eres tú?
No hubo respuesta. El temor regresó. En su boca notó el inconfundible sabor del miedo. Sentía las rodillas magulladas y las manos llenas de rozaduras. Se había golpeado la mandíbula contra el suelo y el cuerpo le dolía. Pero la inyección de adrenalina que su corazón bombeó por su torrente sanguíneo hizo que el dolor se esfumara.
Se levantó de un salto y trató de correr hacia el lado opuesto del pasadizo. Si lo que Víctor pretendía era asustarla, lo había conseguido. «El muy capullo». No le importaba que luego se riera de ella con todos los demás. Sólo quería escapar de ese túnel húmedo y oscuro.
Pero no pudo hacerlo. Algo la agarró por una de sus piernas y tiró con fuerza hasta hacerla caer de nuevo. Boca abajo, y en sentido contrario a la luz, sólo pudo ver la alargada sombra que la iba cubriendo.
Quiso darse la vuelta, pero ese mismo algo se lo impidió. Un relámpago de dolor atenazó entonces sus músculos; ni siquiera pudo gritar. Sintió el frío de una hoja metálica que rasgaba su carne y le atravesaba la espalda. Sus ojos, antes de morir, mostraron, más que temor, una terrible incredulidad.
Que sólo Dios pudo ver.