Deidre O’Neill, conocida como Edda

Athena se hospedó en un hotel cerca de mi casa. Las noticias de Londres referentes a sucesos locales, sobre todo a los pequeños conflictos en los barrios de la periferia, jamás llegan a Escocia. No nos interesa demasiado cómo gestionan los ingleses sus pequeños problemas; tenemos nuestra propia bandera, nuestro equipo de fútbol, y pronto tendremos nuestro parlamento. Es patético que en esta época todavía utilicemos el mismo código telefónico de Inglaterra, sus sellos de correo, y que aún tengamos que sufrir la derrota de nuestra reina María Estuardo en la batalla por el trono.

Ella terminó decapitada a manos de los ingleses, bajo el pretexto de problemas religiosos, está claro. Lo que mi discípula estaba afrontando no era ninguna novedad.

Dejé que Athena descansase durante un día entero. A la mañana siguiente, en vez de entrar en el pequeño templo a trabajar utilizando los rituales que conozco, decidí llevarla a pasear con su hijo por un bosque cerca de Edimburgo. Allí, mientras el niño jugaba y correteaba entre los árboles, ella me contó con detalle todo lo que estaba ocurriendo.

Cuando terminó, empecé a hablar:

—Es de día, el cielo está nublado, y además de las nubes, los seres humanos creen que hay un Dios Todopoderoso que guía el destino de los hombres. Sin embargo, mira tu hijo, mira sus pies, escucha los sonidos que hay a tú alrededor: aquí abajo está la Madre, mucho más cercana, dándoles alegría a los niños y energía a los que caminan sobre Su cuerpo. ¿Por qué la gente prefiere creer en algo diferente y olvidar lo que es visible, la verdadera manifestación del milagro?

—Yo sé la respuesta: porque allá arriba alguien de sabiduría incuestionable guía y da órdenes, escondido detrás de las nubes. Aquí abajo nosotros tenemos un contacto físico con la realidad mágica, libertad para escoger adónde nos llevarán nuestros pasos.

—Palabras hermosas y exactas. ¿Crees que es eso lo que desea el ser humano? ¿Desea esa libertad para escoger sus propios pasos?

—Creo que sí. Esta tierra sobre la que piso me ha trazado caminos muy extraños, de una aldea en el interior de Transilvania a una ciudad de Oriente Medio, de allí a otra ciudad en una isla, después al desierto, a Transilvania de nuevo, etc. De un banco de los suburbios a una compañía de venta de inmuebles en el golfo Pérsico. De un grupo de baile a un beduino. Y siempre que mis pies me empujaban hacia delante, yo decía «sí» en vez de decir «no».

—¿De qué te ha valido?

—Hoy puedo ver el aura de la gente. Puedo despertar a la Madre en mi alma. Mi vida ahora tiene un sentido, sé por qué estoy luchando. ¿Pero por qué lo preguntas? Tú también has conseguido el poder más importante de todos: el don de curar. Andrea es capaz de profetizar y de hablar con espíritus; he seguido paso a paso su desarrollo espiritual.

—¿De qué más te ha valido?

—La alegría de estar viva. Sé que estoy aquí, todo es un milagro, una revelación.

El niño se cayó y se hizo daño en la rodilla. Instintivamente, Athena corrió hacia él, le limpió la herida, le dijo que no era nada, y el niño volvió a divertirse por el bosque. Usé aquello como una señal.

—Lo que le acaba de pasar a tu hijo me pasó a mí. Y te está pasando a ti ¿verdad?

—Sí. Pero no creo que haya tropezado y caído; creo que una vez más estoy pasando una prueba que me mostrará el siguiente paso.

En estos momentos, el maestro no debe decir nada; simplemente bendecir a su discípulo. Porque, por más que desee ahorrarle sufrimiento, el camino está trazado y los pies deseosos de seguirlo. Le sugería que volviésemos de noche al bosque, las dos solas. Me preguntó dónde podía dejar a su hijo; yo me encargaría de eso (tenía una vecina que me debía favores y a la que le encantaría quedarse con Viorel).

Al final del atardecer volvimos al mismo lugar, y por el camino discutíamos sobre cosas que nada tenían que ver con el ritual que estábamos a punto de realizar. Athena me había visto depilarme con un nuevo tipo de cera, y estaba muy interesada en saber cuáles eran las ventajas respecto a los otros procedimientos. Hablamos animadamente sobre trivialidades, moda, sitios más baratos para comprar, comportamiento femenino estilos de peinados. En un determinado momento, ella dijo algo como «el alma no tiene edad, no sé porqué nos preocupamos por eso», pero se dio cuenta de que no pasaba nada por relajarse y hablar de cosas absolutamente superficiales.

Todo lo contrario: ese tipo de conversaciones era divertidísimas, y cuidar la estética no dejaba de ser algo muy importante en la vida de una mujer (los hombres hacen lo mismo, pero de manera diferente, y no lo asumen tanto como nosotras).

A medida que me acercaba al sitio que había elegido —o mejor dicho, que el bosque estaba escogiendo por mí—, empecé a sentir la presencia de la Madre. En mi caso, esa presencia se manifiesta a través de una misteriosa alegría interior, que siempre me emociona y que casi me lleva a las lágrimas. Era el momento de parar y cambiar de tema.

—Coge algunos palos —le pedí.

—Pero si ya está oscuro.

—La luna llena de bastante luz, incluso estando detrás de las nubes. Educa tus ojos: han sido hechos para ver más allá de lo que crees.

Ella se puso a hacer lo que le pedí, blasfemando a cada rato porque había tocado un pincho. Pasó casi media hora, y durante ese tiempo no hablamos; yo sentía la emoción de la presencia de la Madre, la euforia de estar allí con aquella mujer que todavía parecía una niña, que confiaba en mí, que me hacía compañía en esa búsqueda a veces demasiado alocada par la mente humana.

Athena todavía estaba en la fase de contestar preguntas, como había respondido las mías aquella tarde. Yo ya había sido así en una época, hasta que me dejé transportar por completo al reino del misterio, sólo contemplar, celebrar, adorar, dar las gracias y permitir que el don se manifieste.

Veía a Athena cogiendo los palos, y veía a la niña que un día fui, también buscando secretos velados, de poderes ocultos. La vida me había enseñado algo totalmente diferente: los poderes no eran ocultos, y los secretos ya han sido revelados hace mucho tiempo. Cuando vi que la cantidad de palos era suficiente, le indiqué que parase.

Busqué, yo misma, unas ramas más grandes, y las puse encima de los palos; la vida era así. Para que prendiesen fuego, antes tenían que consumirse los palos. Para poder liberar la energía de lo fuerte es necesario que lo débil tenga la posibilidad de manifestarse.

Para poder entender los poderes que tenemos y los secretos qua ya han sido revelados, antes hay que dejar que la superficie —las expectativas, los miedos, las apariencias— se consuma. Entonces entramos en esta paz que ahora encontraba en el bosque, con el viento soplando sin demasiada violencia, la luz de la luna por detrás de las nubes, los ruidos de animales que salían por la noche a cazar cumpliendo el ciclo de nacimiento y muerte de la Madre, sin que jamás fuesen criticados por seguir sus instintos y su naturaleza.

Encendí la hoguera.

Ninguna de las dos tuvo ganas de decir nada; simplemente permanecimos contemplando la danza del fuego durante un tiempo que me pareció una eternidad, y sabiendo que, en aquel momento, cientos de miles de personas debían de estar delante de sus chimeneas, en diferentes sitios del mundo, independientemente del hecho de tener en sus casas modernos sistemas de calefacción; lo hacían porque estaban ante un símbolo.

Fue necesario un gran esfuerzo para salir de aquel trance, que aunque no me dijera nada en especial, no me hiciera ver dioses, ni auras, ni fantasmas, me dejaba en el estado de gracia que tanto necesitaba. Volví a concentrarme en el presente, en la chica que estaba a mi lado, en el ritual que tenía que hacer.

—¿Cómo está tu discípula? —le pregunté.

—Difícil. Pero su no fuera así, tal vez yo no aprendería lo que necesito.

—¿Y qué poder está desarrollando?

—Ella habla con los entes del mundo paralelo.

—¿Igual que tú hablas con Santa Sofía?

—No. Sabes que Santa Sofía es la Madre que se manifiesta en mí. Ella habla con los seres invisibles.

Yo ya lo había entendido. Pero quería estar segura. Athena estaba más callada que de costumbre. No sé si había hablado con Andrea sobre los acontecimientos de Londres, pero eso no venía al caso. Me levanté, abrí la bolsa que llevaba conmigo, saqué un puñado de hierbas especialmente escogidas y lo eché al fuego.

—La madera ha empezado a hablar —dijo Athena como si fuese algo absolutamente normal, y eso era bueno; ahora los milagros formaban parte de su vida.

—¿Qué dice?

—De momento nada, sólo son ruidos.

Minutos después ella escuchaba la canción que venía de la hoguera.

—¡Es maravilloso!

Allí estaba la niña, ya no la mujer, ni la madre.

—Quédate como estás. No intentes concentrarte ni seguir mis pasos, ni tampoco entender lo que estoy diciendo. Relájate, siéntete bien. Eso es todo lo que a veces podemos esperar de la vida.

Me arrodillé, cogí un palo ardiendo, tracé un círculo a su alrededor, dejando una pequeña abertura para poder entrar. Yo también oía la misma música que Athena, y bailé a su alrededor, invocando la unión del fuego masculino con la tierra que ahora lo recibía con los brazos y las piernas abiertos, que todo lo purificaba, que transformaba en energía la fuerza contenida dentro de aquellos palos, troncos, seres humanos, entes invisibles. Bailé mientras duró la melodía del fuego e hice gestos de protección a la criatura que estaba dentro del círculo, sonriendo.

Cuando las llamas se extinguieron, cogí un poco de ceniza y la eché en la cabeza de Athena; después borré con los pies el círculo que había hecho alrededor de ella.

—Muchas gracias —dijo ella—. Me he sentido querida, amada, protegida.

—No lo olvides en los momentos difíciles.

—Ahora que he encontrado mi camino, no habrá momentos difíciles. Creo que tengo una misión que cumplir, ¿no?

—Sí, todos tenemos una misión que cumplir.

Ella empezó a sentirse insegura.

—No me has respondido sobre los momentos difíciles.

—No es una pregunta inteligente. Recuerda lo que te he dicho hace un momento: eres amada, querida y protegida.

—Haré lo posible.

Sus ojos se llenaron de lágrimas. Athena había entendido mi respuesta.