Tristram durmió en la habitación de Walter sobre un jergón de paja. Estaba profundamente dormido antes de que la vela de sebo se apagara, estiradas las largas piernas. Cuando Walter se levantó al alba, su compañero se hallaba exactamente en la misma posición; parecía no haber movido un músculo durante la noche.
Estaban terminando su desayuno consistente en carne de venado, cuando Wilderkin los interrumpió con una sorprendente noticia; Walter tenía que ir a ver a su abuelo en seguida a su cuarto de trabajo. El muchacho había tenido siempre órdenes estrictas de no entrar en aquel departamento particular. Aquella habitación daba a un oscuro rincón bajo la escalera interior, y sólo tenía una ventana en forma de roseta, con barrotes de hierro, que daba a los fosos y que sólo podía ser vista desde lo alto de la empalizada. Cuando niño, Walter solía trepar a menudo a la empalizada para mirarla y preguntarse qué habría en aquella habitación. ¿Se ocupaba su abuelo de magia para que fuera necesario tanto secreto?
Cuando llegó, su abuelo no estaba, de modo que el muchacho pudo observar acabadamente el lugar. Fue una desilusión; era un pequeño departamento sencillo, de piso grisáceo y arcilloso. Los muebles consistían en una mesa, una única silla, un brasero en el cual ardía débilmente un fuego de carbón de leña, y, en una pared, unos anaqueles abarrotados de documentos. De misterioso nada tenía; de cómodo, muy poco.
De pronto, seguido por Wilderkin, entró el amo de Gurnie. Vestía una hopalanda grisácea bordeada de piel de zorro gris, y Walter observó por primera vez de qué poca estatura era. Sentado en la única silla, puso sus bien cuidadas manos, sobre el borde de la mesa y se puso a hablar acompasadamente y con precisión, como solía hacerlo.
—Wilderkin —dijo, echando una mirada a su nieto y apartando la vista de un modo estudiado—, hay algunas cosas que quiero decir. Como lo he pensado todo muy bien, deseo terminar sin interrupciones. Si Walter considera necesario formular algún comentario, deberá, como de costumbre, dirigirse a ti.
Y se movió, intranquilo, en su silla.
—Un juramento nunca debe dejar de cumplirse, y espero que, como es natural, todos estemos de acuerdo en ello. Tengo el deseo de justificar las modificaciones que se han realizado en Gurnie —prosiguió, después de lo cual hizo una pausa y sonrió tristemente—. Es más fácil hablar de soportar el hambre que soportarla, pero muchos han dicho que sería mejor morir de inanición que hacer lo que he hecho.
Había entrelazado los dedos sobre su estómago y cruzado las piernas de modo que resaltaba la elegancia de sus botas, forradas de piel.
—Pude haber dicho que como el Rey había juzgado oportuno quitarme mis tierras, no era ya posible vivir de lo poco que me quedaba. A los caballeros se les niega el derecho de ser útiles, menos en el honorable uso de las armas, el gobierno de su gente y el consejo de su rey. Pero había unas veinte personas que dependían de mí para los alimentos que se llevaban a la boca. Ninguna de ellas tenía el menor deseo de morir de hambre. No estaban ligadas por tradiciones caballerescas y tenían vientres normales que clamaban por comida. Además, mi hija necesitaba todos los cuidados que pudiera yo dispensarle por… por el tiempo, quizá corto, que podemos esperar tenerla aún con nosotros.
»Probé otros medios. Dominé mi orgullo al pedir reiteradas veces que se me devolvieran algunas de mis tierras. Hasta ofrecí mis servicios al Rey, convencido de que mi experiencia y buen criterio, que considero acertado, me harían útiles para él. Me hicieron saber que no se me devolvería tierra alguna y que no había lugar para mí en el servicio real. Así, pues, seguí el único camino que me quedaba abierto. No debiera ser necesario decir cuán repugnante fue para mí. Por mis venas corre la mejor sangre de Inglaterra, y siempre he estado orgulloso de mis derechos y privilegios, y los he defendido con tenacidad. He tratado de aceptar lo inevitable con buena cara, y no creo que sea demasiado pretender, por cierto, el esperar que los que dependen de mi hagan lo mismo.
Walter había escuchado con la mayor atención y con una creciente sensación de arrepentimiento. Comprendía ya que su abuelo había adoptado el único camino que le dejaban abierto las circunstancias. Debió advertir desde un comienzo que las consecuencias de meterse en el comercio eran más repugnantes para el anciano que para él mismo.
—Me gustaría destacar, Wilderkin —dijo el muchacho a pesar del pedido de su abuelo de no ser interrumpido—, que veo claramente la posición de mi señor Alfgar y que considero que se ha portado con valentía y caballerosidad.
El anciano asintió con sonrisa de satisfacción.
—Bien dicho. Y ahora he de descubrir algunos planes que tengo para lo futuro. Tengo un espíritu lógico, y una vez que he llegado a una decisión siempre estoy dispuesto a realizarla con todo el vigor que poseo. Mis iguales, mejor dicho todos los que pretenden ser mis iguales, me miran ahora desde lo alto. Lo mismo me da ganarme su desprecio total. He mandado hacer utensilios y recipientes para la fabricación de quesos. Proyecto hacerlos en gran escala y venderlos en Londres, donde los precios serán buenos. Habrá en ello un doble beneficio, pues los cerdos engordarán con el suero. Luego, me quedan unas hectáreas de vergeles. Haré sidra, una excelente sidra, fuerte, según la receta de los Gurnie. Compraré manzanas en los alrededores con ese objeto.
—Pero, Wilderkin, quiero hacer una pregunta —arriesgó Walter—. ¿No podría prescindirse de todo ese metal viejo?
—Ahora estoy en el comercio y tengo que convertirme en el mejor de los comerciantes, del mismo modo que antes era el más sagaz de los caballeros. Cierto es que el metal viejo podría ser almacenado en la otra orilla de Oswiu Pond, donde no ofendería de ese modo la vista. Pero ¿cómo entonces podría vigilarlo y estar seguro de que los ladrones no se me llevaran las mejores piezas? El montón de hierro viejo tiene que quedar donde está, del mismo modo que mi fábrica de queso debe abarcar parte de los alojamientos del personal de la casa, aun cuando el olor de la cuajada sea difícil de soportar.
El viejo se volvió en su silla y miró de frente a su nieto. Hasta llegó a amenazarlo con el dedo.
—Y allí es donde se equivoca, Wilderkin —concluyó con triunfal risotada—. No hay rosas sin espinas. Siempre hay que ser lógico.
«Tiene razón —pensaba Walter, aunque muy a pesar suyo—. ¿Qué motivos tengo para censurar su actitud?».
—Y ahora, Wilderkin —prosiguió su abuelo en tono más vivaz—, hay otros asuntos que comentar. He oído decir que no sería prudente que Walter fuera al castillo de Bulaire para el entierro. No veo motivo alguno por el cual no ir. La mujer normanda no se atreverá a descargar su odio en él. De eso estoy convencido.
—No abrigo temores a ese respecto —dijo Walter.
—Aun cuando hubieran riesgos, tendría que ir —prosiguió Alfgar, mirando a la mesa, pero Walter comprendió que estaba formulando astutas conjeturas—. En primer lugar, por el testamento. Es razonable esperar que contenga alguna disposición relativa a él. El reconocimiento que acompañará la aceptación de un legado será un trago amargo, pero era hijo del difunto y no puede, según sus más importantes intereses, ser dejado de lado. Espero —añadió suspirando—, que le hayan dejado algunas tierras. ¡Nos son tan necesarias! ¡Y qué buen destino podríamos darles!
—Tengo derecho a parte de la herencia —declaró Walter—, pero si no hay disposición alguna, Wilderkin, aceptaré la situación con buena cara. No tengo deseo alguno de deberles gratitud a los de Bulaire.
—Bien dicho otra vez. Me gusta el ánimo que demuestra, Wilderkin. Pero tenemos que ser lógicos en esto como en las demás cosas. Tiene por cierto derecho a participar de aquellas hermosas y proficuas tierras. Tenemos que dominar nuestro orgullo y recibir cuanto podamos.
El viejo estiró la mano detrás de sí y cogió un documento de los estantes. Abriéndolo con cuidadoso movimiento de la mano, como si quisiera ocultarlo a las miradas de los demás, se puso a estudiar los números que en él había escrito. Tenía que acercarse mucho al pergamino, pues era corto de vista.
—Gurnie está empezando a producir bien. No es que nos sobre mucho —añadió levantando, alarmado, la cabeza—. Aún tenemos que vivir con muy poco y hacer cada uno el trabajo de diez. Pero lo cierto es que nuestra situación acusa una mejoría.
Cerró los documentos y los puso a un lado. Luego miró a Walter y sonrió; fue aquélla una sonrisa cálida y afectuosa, la primera que su nieto recibiera de él.
—Es un buen muchacho, Wilderkin. Siempre me ha gustado, aunque me ha sido imposible demostrarlo, y ahora hasta estoy orgulloso de él. No debe culpársele de que su padre haya sido un hombre débil ni de que haya violado el más sagrado de los votos caballerescos.
Se inclinó sobre la mesa y le tocó el brazo a Walter.
—He llegado a una decisión difícil, Wilderkin. Voy a dejarle cuanto poseo.