Capítulo 1

La llamada se produjo a las 6:12 exactamente. Para él ya se había convertido en un gesto automático el anotar la hora frente al dial iluminado de su reloj eléctrico de cabecera antes de encender la lámpara, un segundo después de haber buscado a tientas y silenciado la estridente insistencia del teléfono. Aunque raramente debía sonar más de una vez, él siempre temía que el timbrazo pudiera despertar a Nell. El que llamaba era conocido; el llamamiento, esperado. Era el detective inspector Doyle. La voz, con su vaga e intimidante insinuación de acento galés, le llegó clara y confiada, como si el gran corpachón de Doyle se cerniera sobre la cama.

—¿Doc Kerrison? —La interrogación era ciertamente innecesaria. ¿Quién si no él, en aquel caserón medio vacío y lleno de ecos, podía descolgar el teléfono a las 6:12 de la mañana? No contestó nada, y la voz siguió hablando.

—Tenemos un cuerpo. En los marjales, en un campo de tajón, a cosa de una milla al noreste de Muddington. Una chica. Estrangulada, según todos los indicios. Parece un caso bastante claro, pero como está usted tan cerca…

—Muy bien. Ahora voy.

La voz no manifestó alivio ni gratitud. ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Acaso no acudía siempre que era llamado? Esta disponibilidad se le pagaba bien, pero no era éste el único motivo de su obsesivo celo. Sospechaba que Doyle le habría respetado más si de vez en cuando se hubiera mostrado menos servicial. También él mismo se habría respetado más.

—Es el primer desvío de la A142 después de atravesar Gibbet’s Cross. Haré que alguien le espere.

Volvió a colgar el auricular, se sentó en el borde de la cama y, recogiendo el lápiz y la libreta, anotó los detalles mientras aún seguían frescos en su mente. En un campo de tajón. Eso probablemente significaba barro, sobre todo después de la lluvia del día anterior. La ventana estaba ligeramente abierta por su parte inferior. La deslizó hacia arriba para abrirla del todo, haciendo una mueca al oír chirriar la madera, y asomó la cabeza. El denso aroma margoso de una noche de otoño en el marjal le bañó la cara; era un olor intenso, pero fresco. Había dejado de llover y el firmamento era un tumulto de nubes grises por entre las cuales la luna, casi llena, vagaba en círculos como un pálido espectro demente. Su mente se extendió sobre los campos desiertos y los desolados diques hasta los vastos arenales del Wash, blanqueados por la luna, y los movedizos ribetes del mar del Norte. Podía imaginar que olfateaba su dejo medicinal en el aire lavado por la lluvia. Allí afuera, en las tinieblas, rodeado por toda la parafernalia de la muerte violenta, había un cadáver. Mentalmente, recreó el familiar ambiente de su profesión: los hombres que se movían como negras sombras tras el fulgor de las lámparas de arco, los automóviles de la policía ordenadamente aparcados; el aleteo de las mamparas, las voces intercambiando comentarios ocasionales mientras esperaban divisar las primeras luces de su automóvil. Ya debían de estar consultando sus relojes, calculando cuánto podía tardar en llegar hasta allí.

Tras cerrar la ventana con manos cuidadosas, tironeó de los pantalones por encima del pijama y se puso un polo. A continuación, recogió su linterna, apagó la lámpara de cabecera y salió hacia el piso de abajo, avanzando cautelosamente y caminando cerca de la pared para evitar que crujieran los escalones. Pero del cuarto de Eleanor no salía el menor ruido. Dejó que su mente cruzara los veinte metros del rellano y los tres peldaños que le separaban del dormitorio interior donde yacía su hija de dieciséis años. Siempre había tenido el sueño ligero y, aun dormida, era asombrosamente sensible al sonido del teléfono. Pero no era posible que lo hubiera oído. En cuanto al pequeño William, de tres años de edad, no le preocupaba: una vez dormido, nunca despertaba antes de la mañana.

Tanto sus acciones como sus pensamientos estaban medidos. Su rutina nunca variaba. Entró primero en el pequeño cuarto de baño junto a la puerta posterior, ante cuyo umbral estaban preparadas las botas de agua, con los rojos calcetines sobresaliendo de la caña como un par de pies amputados. Arremangándose por encima de los codos, se lavó manos y brazos con abundante agua fría, y luego, agachado, se remojó toda la cabeza. Siempre realizaba estas abluciones casi ceremoniales antes y después de cada caso. Hacía mucho tiempo que había cesado de preguntarse el porqué. Se había convertido en algo tan necesario y reconfortante como un ritual religioso, el breve lavado preliminar que era como una dedicatoria, la ablución final que constituía al mismo tiempo una tarea necesaria y una absolución, como si al enjuagar de su cuerpo el olor de su profesión pudiera también eliminarlo de sus pensamientos. El agua salpicó con fuerza el espejo; al incorporarse, buscando a tientas la toalla, vio su rostro distorsionado, la boca abierta, los ojos de hinchados párpados medio ocultos por relucientes mechones de cabello negro como el rostro de un ahogado vuelto a la superficie. La melancolía de la madrugada se apoderó de él. Pensó: «La semana que viene cumpliré cuarenta y cinco años, ¿y qué he conseguido? Esta casa, dos hijos, un matrimonio fracasado y un empleo que me asustaría perder porque es la única cosa que he sabido hacer bien».

La vieja rectoría, heredada de su padre, no tenía hipotecas ni gravámenes. Eso no ocurría, pensó, con ninguna otra cosa en su vida agobiada por la ansiedad. El amor, su ausencia, su creciente necesidad, la repentina y pavorosa esperanza de hallarlo, sólo eran una carga. Incluso su trabajo, el territorio donde se movía con mayor aplomo, estaba cercado por la ansiedad.

Mientras se secaba meticulosamente las manos, dedo a dedo, sintió de nuevo la vieja preocupación, opresiva como un tumor maligno. Todavía no había recibido el nombramiento de patólogo del Home Office, como sucesor del anciano doctor Stoddard, y eso era algo que deseaba muchísimo. El nombramiento oficial no le rendiría más dinero; la policía ya lo empleaba como colaborador independiente, pagándole por cada caso con suficiente generosidad. Eso, sumado a los honorarios de las autopsias que realizaba como forense, le proporcionaba unos ingresos que constituían una de las razones por las que sus colegas en el departamento de patología del hospital general del distrito se tomaban a mal y al mismo tiempo le envidiaban las imprevisibles ausencias que le imponía su trabajo policial, los largos días en los tribunales, la inevitable publicidad.

Sí, el nombramiento era importante para él. Si el Home Office buscaba otro candidato, resultaría difícil justificar ante las autoridades sanitarias regionales el mantenimiento de su acuerdo particular con la policía local. Ni siquiera tenía la certeza de que lo prefirieran a él. Se sabía un buen patólogo forense, digno de confianza, más que competente en su profesión, casi obsesivamente meticuloso y concienzudo, un testigo convincente e inamovible. La policía sabía que, estando él en el estrado de los testigos, sus minuciosamente edificadas construcciones probatorias no se desmoronarían bajo un interrogatorio riguroso, aunque él a veces sospechaba que lo consideraban demasiado escrupuloso para estar del todo tranquilos. Pero le faltaba esa fácil camaradería masculina, esa mezcla de cinismo y machismo que tan intensamente unía al viejo Doc Stoddard con el cuerpo de policía. Si tenían que pasarse sin él, no lo echarían mucho de menos, y le parecía dudoso que fueran a tomarse ninguna molestia para retenerlo.

La luz del garaje era cegadora. La puerta levadiza pivotó suavemente hacia arriba bajo su mano, y la claridad se derramó sobre la grava del camino de acceso y los descuidados márgenes de hierba plateada. Pero al menos la luz no despertaría a Nell. Su dormitorio daba a la parte de atrás de la casa. Antes de poner en marcha el motor, examinó los mapas. Muddington era un municipio en los límites de su zona, unas diecisiete millas al noroeste; con algo de suerte, menos de media hora de viaje en cada dirección. Si los científicos del laboratorio ya habían llegado —y Lorrimer, el biólogo jefe, siempre intentaba no perderse un homicidio—, entonces probablemente no tendría que hacer gran cosa. Calculando, digamos, una hora en el lugar de los hechos, todavía podría estar de vuelta a casa antes de que Nell despertara, si había suerte, y ni siquiera se enteraría de que había salido. Apagó la luz del garaje. Con mucho cuidado, como si la suavidad de su tacto pudiera silenciar de algún modo el motor, hizo girar la llave del encendido. El Rover se internó lentamente en la noche.