Un día antes

Era el mismo sendero que había seguido la noche anterior. La misma ruta serpenteante que recorría la ladera barrida por el viento hasta el granero donde su padre había instalado su cuartel general. La misma vista por encima del valle sumido en la oscuridad, repleto de motas luminosas de miles de hogueras, lámparas y antorchas, todas ellas resplandeciendo entre la humedad por el rabillo de sus ojos cansados. Pero todo parecía diferente. Incluso a pesar de que Hal montaba a su lado, lo suficientemente cerca como para que pudieran tocarse, mientras parloteaba sin cesar para llenar el silencio, Finree se sentía sola.

—… y menos mal que el Sabueso apareció en aquel momento porque si no, toda la división podría haberse desmoronado. Aun así, perdimos la mitad norte de Osrung, pero conseguimos mandar a esos salvajes aullando de vuelta al bosque. El coronel Brint se mostró firme como una roca. No podríamos haberlo hecho sin él. Querrá preguntarte… querrá preguntarte sobre…

—Eso será más tarde —no se veía capaz de enfrentarse a aquello—. Primero, he de hablar con mi padre.

—¿No deberías darte un baño antes? ¿Y cambiarte de ropa? Al menos, deberías pararte a recuperar el aliento un…

—Mis ropas pueden esperar —replicó ella bruscamente—. Traigo un mensaje de Dow el Negro, ¿entiendes?

—Por supuesto. Qué estúpido soy. Lo siento —Hal continuaba fluctuando entre una actitud paternal y rigurosa y la sensiblería, y Finree era incapaz de decidir cuál de las dos le estaba irritando más. Le daba la impresión de que Hal estaba enfadado, pero le faltaba el coraje necesario para expresarlo. Con ella, por haber acudido al Norte cuando él había deseado que se quedara atrás. Consigo mismo, por no haber estado allí para protegerla cuando habían llegado los hombres del Norte. Con ambos, por no saber cómo ayudarla ahora. Probablemente, le enfadaba estar enfadado, en vez de estar alegrándose de que hubiera regresado sana y salva.

Entonces, tiraron de las riendas de sus caballos y pararon, y él insistió en ayudarla a desmontar. Permanecieron sumidos en un silencio incómodo y separados por una incómoda distancia mientras la incómoda mano de Hal se apoyaba sobre el hombro de Finree sin ofrecer consuelo alguno. Ella deseaba terriblemente que Hal fuese capaz de dar con algunas palabras que la ayudasen a encontrarle algún sentido a lo que había sucedido aquel día. Pero todo había sido absurdo y cualquier palabra se quedaría patéticamente corta.

—Te quiero —dijo él sin convicción, al fin, dando la impresión de que pocas palabras podrían haberse quedado tan patéticamente cortas como aquéllas.

—Yo también te quiero —pero lo único que sintió Finree fue un temor acuciante. La sensación de que había un espantoso peso escondido en algún lugar recóndito de su cerebro que ella no quería contemplar, pero que en cualquier momento podía caer y aplastarla por completo—. Deberías volver a bajar.

—¡No! Por supuesto que no. Debería quedarme con…

Ella puso una mano firme sobre su pecho y se sorprendió al comprobar lo fuerte que estaba.

—Ahora estoy a salvo —afirmó, mientras asentía hacia el valle y los innumerables fuegos que iluminaban la noche—. Ellos te necesitan más que yo.

Finree casi pudo notar el alivio de su amado, al no seguir sintiendo ya la presión de tener que animarla y de intentar hacer más cómoda la situación.

—Bueno, si estás segura…

—Lo estoy.

Finree lo observó montar y él le dedicó una fugaz sonrisa, preocupada e incierta, y, a continuación, desapareció galopando en la noche. Una parte de ella deseó que se hubiera negado con más rotundidad a marcharse. Otra se alegró de verlo alejarse.

Caminó hasta el granero, se arropó con el abrigo de Hal y pasó junto a un guarda que vigilaba atento la entrada a la estancia de techo bajo. Era una reunión mucho más íntima que la de la noche anterior. Ahí sólo estaban los generales Mitterick y Jalenhorm, el coronel Felnigg y su padre. Por un momento, sintió una tremenda sensación de alivio al verle. Después, se percató de la presencia de Bayaz, quien estaba sentado algo apartado de los demás, con su sirviente, envuelto entre las sombras a sus espaldas y sonriendo levemente. Su alivio se extinguió rápidamente.

Mitterick estaba yéndose por las ramas, como siempre, y, como siempre, Felnigg le escuchaba con la misma expresión que si tuviera que rescatar algo del fondo de una letrina.

—El puente está en nuestro poder y, en este preciso instante, mis hombres están cruzando el río. Antes de que amanezca tendré varios regimientos de repuesto apostados en la orilla norte, acompañados de una potente caballería; además, contaré con el terreno necesario para poder utilizarla. Los estandartes de la Segunda y la Tercera se alzan ya sobre las trincheras de los hombres del Norte. Y mañana me aseguraré de que Vallimir mueva el culo y entre en combate, aunque tenga que obligarlo a cruzar el río de una patada. Conseguiré que esos cabrones norteños se den a la fuga antes de que…

Sus ojos se desplazaron hacia Finree y, acto seguido, se aclaró incómodamente la garganta y guardó silencio. Uno tras otro, los demás oficiales siguieron la mirada de Mitterick, y ella vio en sus rostros el reflejo del estado en que debía encontrarse. Si hubieran visto a un cadáver alzándose de su tumba, no habrían tenido un aspecto de mayor estupefacción. Todos se encontraban atónitos, excepto Bayaz, cuya mirada era tan calculadora como siempre.

—Finree —su padre se levantó, la estrechó entre sus brazos y apretó con fuerza. Probablemente, ella debería haberse deshecho en lágrimas teñidas de agradecimiento, pero al final fue él quien terminó secándose los ojos con una de sus mangas—. Pensaba que a lo mejor… —esbozó una mueca de honda emoción mientras acariciaba su pelo ensangrentado, como si fuese incapaz de concluir siquiera ese pensamiento—. Gracias a los Hados que estás viva.

—Dáselas a Dow el Negro. Ha sido él quien me ha enviado de vuelta.

—¿Dow el Negro?

—Sí, lo he conocido. He hablado con él. Quiere parlamentar. Quiere iniciar unas conversaciones de paz —al instante, reinó un silencio teñido de incredulidad—. Le he persuadido para que dejara regresar a unos cuantos heridos, como gesto de buena fe. A unos sesenta. Eso ha sido todo que he podido conseguir.

—¿Ha convencido a Dow el Negro de que libere prisioneros? —Jalenhorm hinchó los carrillos y resopló—. Menuda hazaña. Quemarlos es más de su estilo.

—Ésa es mi chica —afirmó su padre, y el orgullo que había en su voz le hizo sentir una arcada a Finree.

Bayaz se inclinó hacia delante en su silla.

—Descríbamelo.

—Es alto. Fornido. De aspecto fiero. Y le falta la oreja izquierda.

—¿Quién más estaba con él?

—Un hombre mayor llamado Craw, que me ha traído hasta el río. Otro hombre grandullón con la cara marcada y… un ojo de metal. Y… —todo parecía tan extraño que ahora empezaba a preguntarse si no se lo habría imaginado todo— una mujer de piel negra.

Los ojos de Bayaz se entornaron y la tensión se apoderó de sus labios. A Finree se le erizaron los pelos de la nuca.

—¿Se refiere a una mujer delgada de piel negra, envuelta en vendajes?

Finree tragó saliva.

—Sí.

El Primero de los Magos volvió a recostarse lentamente en su silla e intercambió una mirada con su sirviente.

Están aquí.

—Ya se lo había dicho yo.

—¿Es que las cosas nunca pueden ser sencillas? —rezongó Bayaz.

—Rara vez lo son, señor —replicó el sirviente. Sus ojos de diferente color se desplazaron perezosamente de Finree a su padre y, de nuevo, se posaron en su amo.

—¿Quiénes están aquí? —preguntó un desconcertado Mitterick.

Bayaz no se molestó en responder. Se encontraba muy ocupado observando al padre de Finree, que se había acercado a su escritorio y se había puesto a escribir.

—¿Qué está haciendo, Lord Mariscal?

—Creo que será mejor que escriba a Dow el Negro para organizar un encuentro, de modo que podamos discutir los términos de un armisticio…

—No —dijo Bayaz.

—¿No? —se produjo un tenso silencio—. Pero… parece que está dispuesto a mostrarse razonable. ¿No deberíamos al menos…?

—Dow el Negro no es un hombre razonable. Y sus aliados son… —Bayaz curvó un labio y Finree se arropó aún más el abrigo de Hal a la altura de los hombros— bastante menos razonables. Además, hoy lo ha hecho maravillosamente bien, Lord Mariscal. Han realizado un trabajo estupendo tanto usted como el general Mitterick, el coronel Brock y el Sabueso. Se ha ganado terreno, se han hecho sacrificios, etcétera. Creo que, por todo esto, sus hombres se merecen volver a intentarlo mañana. Bastará con sólo un día más, diría yo. ¿Y qué más da un día más?

Finree se dio cuenta de que se sentía terriblemente débil. Mareada, incluso. La fuerza que le había estado sosteniendo durante las últimas horas estaba menguando con rapidez.

—Lord Bayaz… —su padre parecía atrapado en una tierra de nadie entre el dolor y el desconcierto—. Sí, un día sólo es un día. Seguiremos luchando, por supuesto, hasta la última fibra de nuestro ser si tal es la voluntad del rey, pero lo más probable es que no seamos capaces de asegurar una victoria decisiva en un solo día.

—Esa cuestión ya nos la plantearemos mañana. Todas las guerras son únicamente un preludio para las conferencias de paz, Lord Mariscal. Lo importante es saber —entonces, el Mago alzó la mirada hacia el techo, frotando uno de sus gordos pulgares contra la yema del otro dedo— con quién hablar. Será mejor que esta información quede entre nosotros. Una noticia así podría ser muy mala para la moral de las tropas. Así que la batalla se prolongará un día más, si no le importa.

El padre de Finree inclinó obedientemente la cabeza, pero cuando arrugó su carta a medio escribir en un puño, la apretó con tanta rabia que los nudillos se le tornaron blancos.

—Siempre estoy a disposición de Su Majestad.

—Como todos —replicó Jalenhorm—. ¡Y mis hombres están preparados para cumplir con su deber! Solicito humildemente el derecho a dirigir un asalto contra los Héroes para redimirme en el campo de la batalla.

Como si alguien se redimiera en el campo de batalla. Por lo que había visto Finree, lo único que hacían allí era morir. Entonces, al dirigirse hacia la puerta situada en la parte trasera del cuarto, tuvo la sensación de que sus piernas le pesaban una tonelada.

Tras ella, Mitterick se afanaba en desgranar sus perogrulladas militares.

—¡Mi división está marcando el terreno a sangre y fuego, no le quepa duda, Mariscal Kroy! ¡No le quepa duda, Lord Bayaz!

—No la tengo.

—Nos hemos hecho con el puente, tendremos una posición avanzada en territorio enemigo. Mañana expulsaremos a esos cabrones, ya lo verán. Sólo un día más…

Finree cerró la puerta ante sus baladronadas y apoyó la espalda contra la madera. Quizá el pastor que había levantado aquel granero había vivido en aquella estancia. Ahora su padre dormía allí, con su cama colocada contra una pared sin rematar y sus baúles ordenadamente organizados contra las demás como si se tratara de soldados en un desfile.

De repente, le dolía todo. Se remangó la chaqueta de Hal y contempló, esbozando una mueca de dolor, el largo corte que tenía en el antebrazo, ribeteado por dos ronchas de un rosa muy intenso. Probablemente iba a necesitar que le dieran puntos, pero no podía volver a la habitación contigua. No podía afrontar sus expresiones de conmiseración y esa cháchara patriotera. Además, cada vez que movía la cabeza, era como si su cuello estuviera atravesado por diez cuerdas de agonía que se rozaran entre sí. Se tocó el cuero cabelludo que tanto le picaba con las puntas de los dedos. Tenía una buena costra por debajo del grasiento pelo. No pudo impedir que le temblara la mano al retirarla. Casi se rio al ver lo terriblemente que se estremecía, pero sólo consiguió proferir un desagradable bufido. ¿Volvería a crecerle ahí el pelo? Resopló de nuevo. ¿Qué importaba eso, comparado con lo que había visto? Entonces descubrió que no era capaz de dejar de resoplar. Respiraba entrecortada y temblorosamente, y, al instante, sus doloridas costillas se movieron al compás de los sollozos y el aliento se le quedó trabado en la garganta. Tenía el rostro contraído y le tiraba el labio partido. Se sintió como una estúpida, pero su cuerpo no le respondía. Se dejó caer junto a la puerta hasta que sus posaderas tocaron la piedra y se mordió los nudillos para ahogar el llanto.

Se sintió absurda. Peor aún, desagradecida. Traidora. Cuando debería haber estado llorando de alegría. Pues era, al fin y al cabo, muy afortunada.