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Tras una noche durante la cual había retrocedido de Bischofsburg veinticinco verstas protegiéndose de los alemanes con una retaguardia renovada siempre a costa de Nechvolódov, Blagovéschenski, presa del desconcierto, se detuvo la mañana del 14 de agosto en la aldea de Mensguth y ni él ni su Estado Mayor dieron ninguna orden al Cuerpo en todo el día. La retaguardia se mantenía en las posiciones mientras lo estimaba necesario. Las unidades de infantería y caballería iban retrocediendo en tanto era para ellas más expeditivo proceder de tal modo, sin solicitarlo ni comunicarlo al mando del Cuerpo. El general de infantería Blagovéschenski nunca había tenido a su mando, en guerra, ni una compañía y, de pronto, tenía todo un Cuerpo. Había sido jefe de transporte de tropas por ferrocarril, jefe de comunicaciones militares y, en la guerra japonesa, general de servicio de un Estado Mayor, donde expedía hojas de ruta para viajes por ferrocarril y escribía un tratado acerca de cómo y en qué casos debían ser diligenciadas tales hojas de ruta y a quién se debían facilitar. Pues bien, sobre este hombre se había precipitado el día anterior un golpe aplastante, y el alma del general necesitaba ahora quietud, necesitaba reunir y encolar los fragmentos.

El día fue, en efecto, tranquilo: tanto se habían alejado por la noche, que los alemanes no les acosaban. Mas el descanso es efímero en campaña y no se extendió a la jornada entera. A las seis de la tarde se oyó ruido de combate por el norte, por el lado de la retaguardia. Las piezas alemanas de gran alcance empezaron a colocar proyectiles en el propio Mensguth, y de nuevo se alzó la inquietud en el pecho del general Blagovéschenski y un ánimo fosco cundió en su Estado Mayor.

Y, por si algo faltaba, desde otro lado completamente distinto, desde una stonia del Don destacada como protección lateral, se presentó un cosaco portador de un informe a la superioridad. Por lo que hace al parte, todo lo que decía era exacto —la sotnia había tenido un escaramuza con el enemigo a quince verstas de allí—, pero el cosaco no podía contener las ganas de contar que él, él en persona, había estado allí y hasta peleado con los alemanes. Y al ver en las afueras de Mensguth otra sotnia de su regimiento.

el intrépido cosaco refrena el caballo, y, agitando el parte,

muy tieso y arrogante —¡hemos combatido, eh!— grita alborozadamente a sus paisanos:

—¡Los alemanes!… ¡Los alemanes!…

Y sigue cabalgando, no puede entretenerse, ha de entregar el parte al Estado Mayor.

= Pero sus paisanos, acampados en una extensa

corraliza, le entienden a su modo desde

detrás de la cerca: ¡¿los alemanes?!… ¡¿Ahí están los alemanes?!

¡Y tenemos los caballos sin ensillar!

Trajín, revuelo; ensillan,

sacan corriendo los caballos de la cuadra,

salen cargados con algo de la casa,

lo ajustan a las gruperas,

montan

—¡Venga, fuera de la corraliza! ¡Fuera!

Ruido de galope.

= ¡Hala! ¡Al galope va por la calle la sotnia casi entera!

Galope ¡Por la calle!

= Mientras, un podesaúl (del mismo regimiento,

con las mismas hombreras) ve desde lejos

= desde una calle transversal,

pasar, pasar la caballería.

= ¡Vuelve a todo correr sobre sus pasos!

Cerca de allí se encuentra el Estado Mayor.

Se presenta al coronel de dragones, que está leyendo justamente el parte del primer cosaco.

= El podesaúl:

—… por… ronel, ¿me permite informarle?…

¡En la calle vecina tenemos a la caballería alemana en número de un escuadrón!

Y sigue diciendo el podesaúl sin inmutarse:

—¿Despliego la guardia del Estado Mayor para rechazar a la caballería?

= El coronel de dragones ordena inmediatamente a voz en grito:

—¡Capitán de servicio! Orden para la guardia: ¡a las armas!

= Y el capitán de servicio, sobre la marcha:

—¡A las armas!!… ¡¡A las armas!!…

= ¡Qué presteza! ¡Ya sale precipitadamente la

infantería de sus locales, fusil en mano!

¡Pero cuántos son! ¡Hay dos compañías!

Sus apuestos mandos ordenan con buen tino:

—¡En columna de secciones…, a for-mar!… ¡Numerarse!

No están las cosas como para numerarse.

Ya salen a paso ligero por las puertas abiertas

de par en par y, en el acto, tuercen

= hacia donde les indica el podesaúl: ¡hacia allá! ¡Hacia allá!

= Mientras, en la habitación, el coronel de dragones

informa a un general canoso, derrengado, desmadejado,

que se hunde en el desfallecimiento a cada palabra:

—¡Excelencia! ¡La caballería del enemigo ha irrumpido en la aldea de Mensguth!

Las medidas que acabo de tomar…

¡Oh, qué duro trance para este anciano enfermo!

¡No esperaba él semejante horror! ¡Oh, con placer se tumbaría, bien al resguardo, en una ancha cama nobiliaria… y hasta sobre una sencilla estufa rusa…!

¡Porque está enfermo y todo le duele a este mártir de general! ¡Que le lleven a que los médicos le cuiden, que le lleven a la quietud del hospital…!

Hasta los labios se le desquician y no pueden retener la forma de la boca:

—A Ortelsburg… a Ortelsburg…

= El coronel de dragones ordena enérgicamente.

= ¡Cargad los efectos! ¡Nos vamos!

= Los oficiales del Estado Mayor iban a colgar un plano en la pared

—¡menos mal que no hemos tenido tiempo, lo enrollamos otra vez!

= ¡No necesita mucho tiempo el Estado Mayor para ponerse en marcha!

Cargan a toda prisa, cada cual sabe lo que le toca,

= y el automóvil ya está preparado, espera ya.

= y el general se apresura como puede, lo llevan del brazo.

¡Y ya está lleno el automóvil! ¡Arranca!

Con escolta de cosacos montados, por supuesto;

luego, cada cual sube al carruaje que puede.

¡En marcha! ¡En marcha! ¡Venga, aprisa!

= La carretera.

No es una carretera, es un río de gente que corre;

no es que corra (hay demasiado agolpamiento): se precipita.

Cada cual, cada cual quiere vivir, no quiere

ser hecho prisionero —

y la madre infantería;

y en los carros de munición;

y hasta sobre los cañones, todos retroceden,

¿es que somos peores que los demás, o qué?

Y el ranchero de la cocina de campaña, con la

chimenea torcida;

y los conductores de los carros,

¡los conductores de los convoyes antes que nadie!

Mandan las ordenanzas que ellos han de ser los primeros al retroceder, ¡y les ganan la mano!

Ruidos de movimiento.

= Y en este río humano

¿cómo puede nadar el automóvil del jefe del Cuerpo,

nadar con más rapidez que todos, adelantando a todos?

Él necesita ir con mayor celeridad, ¡su vida es la más preciosa!

¿Dando bocinazos?

No sirve de nada.

= Este es el procedimiento: los cosacos de delante desembarazan el camino,

aunque sea tirando a la cuneta a los demás,

¡¿Qué te pasa a ti, imbécil?!

Y por el espacio vacío nada el automóvil,

Y tan pronto pasa, se cierra el río por detrás.

= El dichoso general tiene ya por cabeza un badajo,

a él le da lo mismo todo, piensa sólo

en que le lleven en el automóvil.

= Mientras, el sol se pone, y la lejanía

= se ve ya mal. Fluye la masa gris.

Aunque, allá lejos, delante, se ve fuego.

Plano más grande.

Un gran incendio.

Más grande, más cerca.

Es Ortelsburgo. Arde.

Arde en una llamarada única.

A menudo y constantemente se oye el chasquido de las tejas al romperse.

Conforme se ve desde la cabeza de la columna:

cruza la cuneta, salta por los hoyos,

= es sencillamente imposible ir hacia allí a través de la ciudad.

= La columna se detiene, se detiene.

= Sólo el automóvil del jefe del Cuerpo, con la cooperación cosaca, con el blandir de sables

—¿Qué, vais como borregos? ¡Paso!

vence los últimos metros de atasco, gira hacia

un lado, enfila una derivación.

Da tumbos por los montículos, sigue adelante,

indica el camino dejando a un lado la ciudad. Le siguen los demás.

(La iluminación viene del incendio de la ciudad.)

Detrás está ya oscuro.

Pero, allá lejos, más hacia detrás, se mueve algo.

Un movimiento inquietante, rápido, ¡viene hacia aquí!

Gritos desgarradores:

—¡La caballería!

—¡Estamos copados!

= ¡Confusión! ¿Por dónde escapar de la carretera? ¡Atasco!

Pavor y espanto en los semblantes (se ve a la luz del incendio).

= ¡Nada, sea lo que sea! Un carruaje gira hacia un lado cruza

la cuneta, salta por los hoyos,

¡vuelca!

= ¡Lo mismo da! ¿Giran todos los que pueden?

Se oyen por detrás disparos de fusil.

= Son los nuestros, los de la columna. ¡Disparan hacia detrás, contra la caballería!

La caballería no se ve aún. Son unas sombras, desaparecen.

= En este momento pasa un caballo, derriba a alguien, lo atropella:

—¡A-a-a…!

de más lejos se oye:

—¡Hurra-a-a…!

Disparos más nutridos.

= No sabe uno quién dispara. Meten las balas el aire.

Voz de mando:

—¡Coom-pañía! ¡Desplegarse! ¡Cuerpo a tierra!

= Las figurillas se aplastan a los dos lados de carretera. Fogonazos a ras de tierra.

= ¡Han herido a los caballos! ¡Los caballos arrastran un carro de munición, allá van!

¡Se echan sobre la gente! ¡La atropellan!

—¿rra-a-a?… ¡a-a-a!…

¡El convoy está enloquecido! La gente se aparta saltando,

huye de la carretera. Todos dejan lo que llevaban, lo que sostenían.

= ¡Ay, baja rodando un cañón! ¡Derriba un carro!

¡Otro!

Crujen y se rompen las varas.

= Cortan los tirantes de la collera. ¡Vuelcan carro sobre la cuneta y se montan a los caballos!

Todo esto se ve ya al resplandor del incendio de la ciudad, ya sobre el fondo del mismo.

= Se precipita un carro de munición y la gente huye saltando delante de él,

la carretera ha quedado limpia de gente,

sólo los efectos abandonados patean los caballos,

saltan y se desprenden las ruedas…

chasquido.

= ¡Una ambulancia que pasa desbocada!

Y, de pronto, se le desprende una rueda.

¡Se le ha escapado sobre la marcha!

¡Y, ella sola, se adelanta! ¡Y sigue rodando!

¡La rueda! Se agranda cada vez más.

¡Más y más!

¡Ocupa toda la pantalla!

¡La rueda! ¡Ahí viene, iluminada por el incendio!

¡Una realidad por sí misma!

¡Incontenible!

¡Lo atropella todo!

¡A la rueda!

¡Fuego de fusil alocado, frenético! ¡Fuego de ametralladora! ¡Disparos de cañón!

¡Ahí va la rueda, teñida por el incendio!

= ¡Por el alegre incendio!

= ¡La rueda purpúrea!

= Y ahí están las caras de la diminuta gente empavorecida:

¿por qué gira ella sola? ¿Por qué es tan grande?

= No, todavía no. Va disminuyendo de tamaño. Sí, está disminuyendo.

= Es una rueda normal de ambulancia, pierde ya el impulso. Se desploma.

=Mientras, la ambulancia corre sin la rueda y el eje abre un surco en la tierra…

y detrás de ella va la cocina de campaña, con

la chimenea truncada, parece que se le va a desprender.

Fuego de fusil.

= La compañía, cuerpo a tierra, dispara; dispara hacia allá, hacia detrás.

= Y desde allí, desde las tinieblas, ¡vienen galopando!

¡Sí, se nos viene encima la caballería!

¡Nada, estamos perdidos, no tenemos salvación!

Y gritan, nos gritan los dragones:

—¡Qué somos nosotros! ¡Qué somos nosotros, la madre que os parió!

¡¿Contra quién disparáis?!