Abrieron la puerta de la pequeña empalizada y echaron a andar por el caminito que conducía hasta la puerta principal que estaba pintada de azul así como los postigos exteriores de las ventanas. Diana llamó.
—¡Adelante! —dijo una voz y la niña abrió la puerta. En el interior había una habitación perfectamente cuadrada con una gran chimenea en un extremo. El suelo era de piedra, y la vieja Caperucita Roja estaba de pie junto al fuego, removiendo el contenido de un caldero.
Pero como no llevaba puesta la capa con caperuza, ya no parecía la niña del cuento. La capa roja estaba colgada de un clavo.
Noemí Barlow miró a los niños con sus ojos verde gris. Ni siquiera éstos resultaban tan verdes como habían imaginado. Sin embargo seguía pareciendo un personaje de cuento con su delantal blanco, su chal rojo y sus cabellos blancos como la nieve.
—¡Vaya! ¡Si son los huéspedes de la señorita Ana! —exclamó—. Sentaos, y os daré unas galletas hechas por mí. Siento no poder ofreceros leche, ya que debéis tener sed con el calor que hace hoy. ¿Os apetecería un poco de agua fresca de mi pozo?
—Sí, por favor —le contestó Roger en seguida—. ¿Quiere que vaya a sacarla? ¿Hay un cubo sujeto a la cuerda que sube y baja?
—Sí —repuso Noemí y entonces vio a «Miranda» encima del hombro de Nabé—. ¡Vaya con el monito! —dijo abandonando el caldero para acercarse al niño—. Una vez tuve un mono. Un circo que pasó por la Aldea de las Campanas le dejó creyéndole muerto. Yo le cuidé y estuvo viviendo conmigo más de un año.
Y acarició a «Miranda», cosa que despertó los celos de «Ciclón» y «Tirabuzón». Ella parecía estar muy a gusto con los niños, y éstos la querían.
Roger salió con Nabé a buscar agua llevando consigo un gran jarro que le entregara Noemí.
—Qué pozo tan grande para una casa tan pequeña —exclamó Roger sorprendido—. Apuesto a que es muy profundo.
Lo era… tanto que ninguno de los dos pudo ver el agua. Roger cogió una piedra y la tiró tardando algún tiempo en oír el chasquido al caer en el agua. Luego se asomó.
—Es un pozo muy bonito —dijo—. Tiene helechos y toda clase de plantas creciendo a sus lados. ¡Apuesto a que el agua está muy fría!
Entre él y Nabé fueron bajando el cubo hasta que llegó al agua, y luego volvieron a izarlo en tanto la cadena producía fuertes chirridos. Pronto lo sacaron vaciándolo en el gran jarro.
—Tócalo —dijo Nabé—. ¡Está fría como el hielo!
Disfrutaron bebiendo aquella agua fresca y cristalina y comiendo las galletas elaboradas por Noemí, que sabían a canela y eran exquisitas. Les puso algunas en una bolsa para que se las llevaran.
Los niños le pidieron que les enseñara la casita.
—No hay mucho que ver —les dijo la anciana Noemí—. ¡Sólo tres habitaciones diminutas! Ésta es mi cocina y sala de estar, donde guiso y descanso. Y éste es mi dormitorio.
El dormitorio era todavía más pequeño que la cocina. Los niños contemplaron el suelo de piedra pensando el frío que debía hacer en invierno. La cocina era igual, con grandes vigas blancas un tanto desiguales.
—Y ésta es mi despensa —dijo Noemí abriendo la puerta de la cocina y enseñándoles un cuarto semejante a un armario, que lo había convertido en despensa, y allí veíanse toda clase de tarros de embutidos, mermelada, miel, especias y toda clase de cosas. También allí el suelo era de piedra, e incluso en aquel caluroso día de mayo les pareció muy frío.
—Ésta era mi habitación cuando fui pequeña —les dijo la anciana—. Aquí dormí muchos años. Luego murió mi padre, y luego mi madre, y la convertí en despensa. Los Barlow han vivido aquí años y más años… cuatrocientos, según he oído decir. Pero ya no habrá ningún Barlow más detrás de mí, y es una lástima.
Era una casa extraña, incómoda y vieja, demasiado oscura debido a sus estrechas ventanas, y probablemente demasiado fría, con su suelo de piedra, durante el invierno. Pero Diana dijo después:
—Hay en ella un ambiente encantador, y está llena de viejos recuerdos de tiempos pasados.
—Mamá Barlow debió vivir allí también —dijo Chatín durante el camino de regreso—, me hubiera gustado conocerla. Quisiera saber por qué el abuelo no cesaba de repetir: «Preguntad a Mamá Barlow, preguntad a Mamá Barlow», el otro día cuando queríamos saber a dónde conduce el pasadizo. ¿Por qué tenía que saberlo ella?
—¡Porque probablemente lo utilizaría y debió sorprenderle! —repuso su primo—. Escuchad… ¿y dónde dormirá Nabé esta noche? Yo pensaba que viniera a casa con nosotros, pero no puede ser. Será mejor que preguntemos en el pueblo si hay algún lugar donde pueda dormir.
Y fueron a preguntarlo, primero en las tiendas de la aldea, y luego en las distintas direcciones que les indicaron.
Pero aunque muchos estaban dispuestos a aceptar a Nabé, nadie quiso a «Miranda». En vano Nabé y sus amigos rogaron diciéndoles que era completamente inofensiva, muy cariñosa y bien educada… ¡ninguno quiso tenerla en su casa!
—Tendrá pulgas —dijo uno.
—Morderá a mi niño —dijo otra.
—No soporto a los monos —dijo un tercero.
Y así fueron todas las respuestas… no, no, no, hasta que los niños se desesperaron.
A Nabé desde luego no le importó. Estaba acostumbrado a dormir en cualquier parte…, un carromato, una tienda de campaña, en una cuneta, o en un pajar.
—No os preocupéis por mí —no cesaba de decirles, pero los niños sí se preocupaban. Diana les hizo observar las grandes nubes que volvían a formarse y amenazaban lluvia, como la noche anterior.
—Tienes que encontrar cobijo —insistía Diana.
—Está bien —replicó Nabé—. ¿Qué ocurriría si volviese a dormir en el Antiguo Ayuntamiento? Nadie duerme allí, y no hago ningún daño.
—Bueno —dijo Roger—. No veo por qué no. ¿Qué hora es? Creo que aún estará abierto. Vamos a verlo. Si lo está, pagaremos por entrar y buscaremos un sitio mejor para dormir que esa cama con dosel de que nos hablaste. ¡Podemos dejarte dentro!
La encargada les miró con desagrado al verles aparecer en el vestíbulo después de dejar a los perros bien atados fuera de la casa.
—Es casi hora de cerrar —les dijo.
—Aún faltan cinco minutos —replicó Roger con decisión depositando una moneda encima de la mesa—. Queremos enseñárselo a nuestro amigo.
La guardiana se fijó en el mono.
—¡No podéis pasar con ese mono! —exclamó, pero los niños ya habían echado a andar por el vestíbulo.
—Enseñadme la habitación donde está ese pasadizo secreto —dijo Nabé de pronto—. Me gustaría verlo.
—De acuerdo —convino Roger—. Pero no podemos abrirlo, porque para eso hay que pagar más, y no tengo ganas de volver junto a esa mujer tan antipática. Veamos… ¿qué habitación era?
Pasaron dos o tres hasta encontrar la reducida estancia donde se abría el pasadizo secreto, y Roger mostró a Nabé el gran tapiz que se corría a un lado abriendo un panel diminuto que había que presionar para mover el resorte que liberaba el panel mayor.
—¡Parece la casa construida por Jack! —exclamó Nabé sonriendo—. Mover el tapiz, abrir un panel para mover el resorte que corre otro panel, y…
—Resulta un poco complicado —dijo Roger—. Voy a deciros una cosa… un día vendremos a explorar el pasadizo, aunque no sé cómo nos las arreglaremos para no despertar las sospechas de la guardiana.
—Entonces tendremos que venir una noche —repuso Nabé, y Diana se estremeció.
—¡Espero que a las campanas no se les ocurra tocar precisamente entonces! —dijo la niña.
—No tocarán. ¡No somos enemigos! —exclamó Chatín—. Oíd… será un poco aventurado… ¿no?… explorar un pasadizo secreto de noche.
—Creo que esta noche dormiré en esta habitación —dijo Nabé mirando a su alrededor—. Hay un gran diván con almohadones… aunque parece bastante duro… y podría cubrirme con ese tapete que hay sobre la mesa. ¡No sabéis lo que abrigaba el de anoche! Aquí estaré más cómodo.
Una voz airada gritó desde el vestíbulo:
—¡Voy a cerrar! ¿Queréis salir, u os encierro dentro?
—No imagina siquiera que uno de nosotros quiere que le encierren aquí —susurró Chatín regocijado—. Hasta la vista, Nabé. Que duermas bien. Te veremos por la mañana.
—Toma las galletas de lo vieja Caperucita Roja para que te sirvan de cena —dijo Diana poniendo en su mano la bolsa de papel—. Y aquí tienes el chocolate que ha sobrado. Mañana por la mañana ven a casa de la señorita Ana y espera fuera. Te daremos el desayuno.
—Gracias —replicó Nabé agradecido. Los otros salieron rápidamente de la habitación y miraron hacia el vestíbulo. Oyeron a la guardiana que estaba cerrando la puerta de atrás. Ahora era el momento de salir, antes de que se diera cuenta de que eran sólo tres los que salían.
—¡Buenas noches! —gritó Roger con voz estentórea, y Diana y Chatín le imitaron. ¡Parecía que salieran una docena de niños!
La mujer no contestó, y ellos salieron rápidamente sonriéndose, burlones. ¡Qué sencillo! Desataron a los impacientes perros y echaron a andar hacia la casa de la señorita Ana.
—Nabé estará muy bien en esa pequeña habitación —dijo Roger mirando el cielo amenazador—. ¡Empiezan a caer las primeras gotas! ¡Corramos!
Y allá fueron contentos al pensar que Nabé y «Miranda» no tendrían que dormir al raso. Llegados a la casa a todo correr fueron recibidos por la señorita Pimienta.
—¡Llegáis a tiempo! —les dijo—. Temía que os cogiera la tormenta. ¿Habéis tenido un buen día?
—¡Maravilloso! —exclamó Diana—. ¿Dónde está la señorita Ana? ¡Queremos decirle que la comida estaba estupenda!
—Imponente —dijeron los niños a una—. ¡Nos lo comimos todo!
—¿Qué se ha hecho de Nabé y «Miranda»? —preguntó la señorita Pimienta cuando entraron—. Espero que le hayáis encontrado alojamiento.
Roger sonrió.
—Sí… estará muy cómodo, señorita Pimienta. ¡Tiene una habitación muy bonita para él solo, y podrá dormir sin que nadie le moleste!