Ahora debo retroceder al Pueblo del Hacha para contarte cómo Umslopogaas y Galazi, el Lobo, planearon la guerra contra la tribu de los halakazis.
En cuanto abandoné la aldea, Umslopogaas reunió a sus consejeros principales y les dijo que deseaba que el pueblo se convirtiera en uno de los más poderosos de esa zona, y que para ello debían poseer miles de cabezas de ganado.
Por supuesto, los consejeros y hombres principales de la aldea le preguntaron cómo se proponía conseguir tanto ganado y si su plan consistía en hacerle la guerra al rey Dingaan. Umslopogaas les contestó que, por el contrario, se proponía ganar el favor de Dingaan; y les habló de la existencia de una bellísima doncella llamada Lirio que habitaba entre los halakazis. Algunos de los consejeros se opusieron a ese proyecto; otros, por el contrario, lo aprobaron de inmediato, pero la discusión se prolongó durante toda la tarde.
Por fin Umslopogaas perdió la paciencia y, poniéndose en pie, manifestó que el jefe del Pueblo del Hacha era él y que los demás debían limitarse a obedecer sus órdenes. Si alguno seguía oponiéndose, le invitaba a que luchara con él por la posesión del hacha, pero si nadie aceptaba su desafío, marcharían de inmediato a guerrear contra los halakazis.
Como todos temían la destreza y el valor de Umslopogaas, ninguno se atrevió a recoger el desafío, y entonces el jefe del Pueblo del Hacha mandó mensajeros a todos los rincones de su territorio, ordenando que se presentasen ante él los jóvenes en condiciones de guerrear.
Cuando Zinita, la esposa de Umslopogaas, se enteró de estos planes, se puso furiosa, en especial contra mí, ya que me culpaba de haber sembrado esa idea en la cabeza de Umslopogaas.
—¡Cómo! —le dijo—. ¿No estás satisfecho con todo cuanto tienes, que deseas ir a pelear contra quienes no te causaron el menor daño, tal vez para morir en el campo de combate o para perder la mayor parte de tus hombres y poderío? Me dices que lo haces para apoderarte de una muchacha que quiere Dingaan, y así ganar su favor. ¿Acaso no tiene Dingaan demasiadas esposas? Lo más probable es que, cansado de tus mujeres, seas tú el que quiere ir a buscar nuevas doncellas entre los halakazis, Bulalio. ¡Ya te llegará el turno de luchar cuando el rey Dingaan te ataque con sus regimientos, estúpido!
Umslopogaas tuvo que oír éstos y más reproches de labios de Zinita, porque, siendo una mujer, no podía desafiarla a luchar.
Además, mi padre, no pocos hombres terribles con sus semejantes se vuelven mansos y sufridos dentro de sus chozas. Por otra parte, Umslopogaas comprendía que Zinita le hablaba de esa manera movida por el intenso amor que sentía por él.
Al tercer día ya se encontraban reunidos en la aldea todos los jóvenes en condiciones de luchar, que llegaban a sumar dos mil. Umslopogaas recorría sus filas, y al mismo tiempo les hablaba poniéndoles al tanto del plan que se proponía llevar a cabo. Galazi, el Lobo, le acompañaba constantemente. Todos escucharon en silencio; pero, como en el caso de los consejeros, era evidente que algunos estaban de acuerdo y otros no. Galazi también les dirigió la palabra, diciéndoles de forma breve que él conocía perfectamente los atajos y senderos que conducían a la tierra de los halakazis, así como la mejor manera de atacar la aldea. Pero los guerreros todavía se mostraban vacilantes, y por eso Umslopogaas les habló de la siguiente manera:
—¡Mañana al amanecer, yo, Bulalio, Jefe del Pueblo del Hacha, ayudado por mi hermano Galazi, el Lobo, atacaré a las tribus de los halakazis! Aunque no nos sigan más que diez hombres, no por eso abandonaremos la empresa. ¡Escoged, soldados! ¡Que los que estén dispuestos a luchar como hombres me sigan, y los demás que se queden en las chozas junto a las mujeres y los niños!
Un clamor ensordecedor brotó de las gargantas de todos los soldados.
—¡Te seguiremos, Bulalio, a la victoria o a la muerte!
A la mañana siguiente, muy temprano, emprendieron la marcha. La única que no les despidió fue Zinita, que permaneció encerrada en su choza, llena de ira.
Umslopogaas, Galazi y sus soldados marcharon incansablemente hasta llegar al territorio de los Umswazi, y después siguieron sin detenerse hasta el límite de la tierra de los halakazis, en la que penetraron por un sendero angosto. Galazi temía encontrar esa senda vigilada, porque, a pesar de que no habían encontrado a ningún enemigo a lo largo del camino, no ignoraba que los halakazis contaban con gran cantidad de espías que les mantendrían al tanto de sus movimientos.
Por fortuna encontraron el camino expedito. Decidieron pasar la noche en las inmediaciones, porque todavía les faltaba un largo trecho por recorrer. Al amanecer del día siguiente Galazi le señaló a Umslopogaas el contorno de una colina que se encontraba como a dos horas de marcha del lugar donde levantaron el campamento.
—Hermano —le dijo—, allí es donde se levanta la aldea principal de los halakazis, donde nací.
Poco después reanudaron la marcha, y antes de que el sol estuviera alto ya habían llegado a la cima de una colina, desde donde oyeron el sonido de cuernos de caza a la distancia. No tardaron en ver a una gran cantidad de soldados que se aproximaban a buen paso y que sin duda constituían el grueso del ejército halakazi.
—¡Por cada uno de los nuestros hay por lo menos tres de esos perros swazis! —dijo Galazi, calculando el número de guerreros enemigos.
Los soldados de Umslopogaas también advirtieron la superioridad numérica del adversario, pero pocos dieron muestras de desaliento, pero Umslopogaas les dijo:
—Se acercan los perros swazis, hijos míos; ellos son muchos y nosotros pocos, pero ¿permitiremos que se diga en nuestra aldea que nosotros, que somos de sangre zulú, fuimos amedrentados por un puñado de perros swazis?
—¡Jamás! —gritaron algunos, mientras que otros permanecieron silenciosos.
—Regresad todos los que así lo prefiráis; todavía tenéis tiempo —siguió Umslo— pogaas. —Los que sean hombres de verdad que se queden a mi lado.
—¡Moriremos juntos! —gritaron todos.
—¿Lo juráis? —preguntó Umslopogaas, levantando la mano que sostenía el hacha.
—¡Lo juramos por el hacha! —respondieron sus soldados.
Entonces Umslopogaas y Galazi comenzaron a distribuir los soldados de la mejor manera posible. Los más jóvenes fueron apostados al pie de la colina, armados de lanzas, bajo el mando de Galazi. Los veteranos permanecieron en la parte más alta, bajo las órdenes directas de Umslopogaas.
Cuando los halakazis estuvieron más próximos, pudo verse que sumaban no menos de cuatro regimientos completos. Toda la llanura se ennegrecía con guerreros que atronaban el aire con sus gritos, mientras innumerables lanzas brillaban al sol.
Cuando estuvieron a poca distancia de la colina, hicieron alto y mandaron un emisario para hablar al enemigo, preguntándole por qué razón habían invadido su territorio. Umslopogaas le contestó que quería tres cosas: primero, la cabeza de su jefe, ya que Galazi debía ocupar ese lugar; segundo, la doncella llamada Lirio, y tercero, mil cabezas de ganado. Si le concedían esas tres demandas, no haría ningún daño al pueblo halakazi, pero si se las negaban los barrería de la faz de la tierra.
El emisario regresó a sus filas, y cuando los halakazis se enteraron de las demandas de Umslopogaas, dejaron escapar sonoras carcajadas. Umslopogaas enrojeció de ira al oírlas y sacudió el brazo que sostenía el hacha en señal de desafío.
—No se reirán cuando se ponga el sol —gritó en tono de amenaza, y comenzó a recorrer las filas de sus guerreros para alentarlos.
Por su parte los halakazis se lanzaron al ataque contra los guerreros más jóvenes, al mando de Galazi, el Lobo; pero como el terreno al pie de la colina se presentaba muy irregular, no pudieron avanzar en formación compacta, sino en grupos aislados, facilitando la tarea defensiva de Galazi y sus hombres, que caían sobre cada uno de esos grupos y los exterminaban en contados minutos.
Pero el enemigo era tan superior en número que poco a poco perdieron terreno. A pesar de todo, Galazi y sus guerreros se lanzaron una y otra vez sobre los halakazis, y si bien abrieron grandes claros en sus filas, ellos también sufrieron pérdidas severas, y la mitad de los defensores del pie de la colina quedaron tendidos en el suelo.
Durante todo ese tiempo Umslopogaas y sus hombres seguían el desarrollo de la lucha desde lo alto de la colina.
—Esos perros swazis tienen un jefe idiota —murmuró Umslopogaas—. No sabe dirigirlos, y en vez de un regimiento parecen una multitud de hombres enloquecidos.
Los veteranos que acompañaban a Umslopogaas aprobaban de vez en cuando alguna orden de Galazi, gritando:
—¡Bien, Galazi! ¡Wow! ¡Espléndido! ¡Qué muchacho tan valiente! ¡La lucha va a culminar muy pronto!
Por fin un capitán ya no pudo contenerse y preguntó a Umslopogaas:
—¿No ha llegado el momento de entrar en la lucha, Verdugo?
—Espera —contestó Umslopogaas—. Deja que el enemigo se canse primero.
En ese momento los halakazis intentaron un último asalto, que fue muy bien contenido por Galazi y el puñado de guerreros que quedaban. En vista de su fracaso, el enemigo se dio a la fuga, encabezado por su propio jefe.
—¡A ellos, mis lobos! —gritó entonces Umslopogaas, mientras se lanzaba a toda carrera colina abajo.
Los guerreros le siguieron como un solo hombre, volcándose sin vacilar hacia el llano, en persecución del enemigo en fuga. Los pies de Umslopogaas se movían con tanta rapidez que apenas parecían tocar el suelo. Galazi oyó el rumor sordo de tantos pies, y cuando quiso reaccionar ya los zulúes habían pasado por su lado en loca carrera, en busca de una victoria decisiva.
Los halakazis también oyeron el ruido y decidieron rehacer sus filas para resistir la carga del enemigo. Al instante se cubrieron con los escudos, formando una barrera defensiva que ninguna lanza era capaz de atravesar. ¡Sin embargo el Verdugo la deshizo… y solo! En efecto, con un salto magnífico, propio de un felino, se lanzó contra la línea enemiga, abriendo una brecha con los pies.
De inmediato se levantó, en medio de la sorpresa de los que le rodeaban, y se abalanzó sobre el jefe enemigo. Cuando los halakazis pudieron reaccionar, ya su jefe yacía muerto en el suelo.
Galazi y el resto de los zulúes aprovecharon la brecha que había abierto Umslopogaas para internarse en las filas enemigas y causar gran número de bajas. Con fuerza incontenible, como la de una marejada, barrieron con todos los que se oponían a su empuje arrollador. ¡Si hasta parece que resuena en mis oídos, en estos momentos, el ruido silbante del mar; «shiiii…, shiiii…».
Ya estoy muy viejo, mi padre, y no puedo gustar más de los placeres de la guerra. Sin embargo, puedo decirte que es mejor morir en una lucha recia que vivir de cualquier otra manera.
¡Nadie era capaz de luchar mejor que Umslopogaas, el Verdugo, hijo de Chaka y hermano por la sangre de Galazi, el Lobo! ¡Los zulúes barrieron a los halakazis como el viento barre las hojas secas de los árboles! Unos pocos pudieron escapar y buscar refugio en las cuevas que les servían de morada. También murieron muchos zulúes; pero ¿qué mejor suerte para ellos que caer en el campo de la victoria? Además, los que quedaban comprendieron que el triunfo estaría muchas veces de su lado si contaban siempre con jefes tan valientes como Umslopogaas y Galazi.
Después del combate se acercaron a una montaña de unos tres mil pies de circunferencia en la base. No era muy alta, pero sí difícil de escalar, porque sus flancos abruptos estaban cubiertos de piedras.
—Éste es el nido de los halakazis —dijo Galazi, el Lobo.
—Sí, es el nido, pero ¿cómo llegaremos hasta él? No veo ningún camino practicable —comentó Umslopogaas.
—Sin embargo hay un sendero —aseguró Galazi.
En efecto, les llevó hasta un lugar donde el suelo presentaba huellas del paso frecuente de hombres y animales, y donde se abría la boca de regulares dimensiones de una caverna. Pero esta entrada estaba obstruida por gran cantidad de piedras, de manera que se hacía muy difícil quitarlas desde el exterior. Era evidente que después de la salida del ejército había sido bloqueada desde el interior.
—No podemos entrar por aquí —dijo Galazi—, ¡seguidme!
Así llegaron hasta la parte norte de la montaña, donde divisaron un centinela. Cuando éste se dio cuenta de la presencia del enemigo, se ocultó de inmediato.
—El zorro ha corrido a refugiarse en la madriguera —dijo Galazi.
No tardaron en detenerse junto a un agujero excavado en la roca, apenas lo suficientemente grande para permitir el paso de un hombre, y en cuyo fondo se divisaba una claridad tenue. De tanto en tanto se oían ruidos que parecían provenir del corazón de la mole de piedra.
—¿Dónde se ha escondido esa hiena? —preguntó Umslopogaas—. ¡Cien cabezas de ganado para el que logre dar con él!
Dos jóvenes, ansiosos de ganar la recompensa prometida, se presentaron ante Umslopogaas, que les dijo:
—¡A perseguirlo! Y el que consiga atraparle, que vigile bien el camino para que sus compañeros puedan seguirlo.
Pero el primero de los guerreros tuvo mala suerte, ya que fue sorprendido por el centinela a mitad del camino y puesto de inmediato fuera de combate.
—Déjame probar a mí; quizá tenga mejor suerte —pidió entonces el segundo de los guerreros.
Umslopogaas dio su consentimiento y el guerrero comenzó a arrastrarse cauteloso a cuatro pies, después de haberse colocado el escudo en la parte superior del cuerpo para que le sirviera de protección. Pero no tardó en correr la misma suerte que su anterior compañero, ya que al poco tiempo se oyeron unos golpes y gritos, y luego todo quedó en silencio. El cadáver del segundo guerrero debió quedar obstruyendo el camino, porque ya no se filtraba claridad alguna por el túnel.
Los demás soldados contemplaron indecisos la boca de entrada a la montaña, y ninguno parecía decidido a probar suerte después de la muerte de los dos compañeros. Umslopogaas y Galazi también la contemplaron pensativos.
—Son mi gente, Bulalio, y por lo tanto me corresponde internarme ahora por el túnel —dijo Galazi, que ya se disponía a avanzar por él.
—¡Un momento, Galazi! —interrumpió Umslopogaas, deteniéndole con un gesto—. ¡Iré primero! Tengo un plan que dará buenos resultados. Tú debes seguirme de cerca. Vosotros, hijos míos —agregó, dirigiéndose a sus soldados—, gritad a todo pulmón para que el centinela no pueda oír que nos aproximamos. Si logramos vencerle, internaos de inmediato porque no sé cuánto tiempo podremos mantener despejado el túnel. ¡Escuchadme! Os doy este consejo: si llego a caer vencido, elegid por jefe a Galazi, el Lobo, si es que él queda con vida.
—¡No, Verdugo! ¡No me elijas a mí! —protestó Galazi—. Porque si tú mueres, yo también correré la misma suerte.
—Pues entonces elegid a cualquier otro hombre digno, y no regreséis más por estos lugares, porque si nosotros no podemos triunfar, nadie tendrá éxito. Tratad de buscar alimentos por los alrededores, y cuando llegue el momento oportuno, regresad a vuestros hogares. ¡Adiós, hijos míos!
—¡Adiós, nuestro padre! —le respondieron sus soldados—. ¡Trata de regresar triunfante, porque de lo contrario no seremos más que pobres ovejas sin pastor que nos guíe, y vagaremos solas y sin rumbo por los alrededores!
Umslopogaas se deslizó por el agujero sin llevar el escudo consigo, y Galazi le siguió muy de cerca. Después de recorrer cierta distancia, una de sus manos rozó un pie que sin duda pertenecía a uno de los dos soldados que murieron al intentar vencer al centinela apostado en algún escondrijo del túnel.
Umslopogaas, que era muy astuto, pasó la cabeza por debajo del cuerpo del muerto y se deslizó con grandes precauciones hasta colocárselo sobre la espalda. Con las manos sujetó los brazos del caído alrededor de su cuello, y así siguió avanzando con ese escudo humano que le servía de protección.
Por fortuna la oscuridad intensa que reinaba en ese tramo del túnel facilitaba los planes de Umslopogaas, ya que era imposible que el enemigo oculto en las sombras pudiese distinguir que el jefe del Pueblo del Hacha se protegía con el cuerpo sin vida de uno de sus guerreros.
En ese preciso instante oyó el rumor de una conversación, al parecer entre varios soldados halakazis.
—Las ratas zulúes se han asustado de nuestra ratonera —comentaban—. Es una lástima, porque no podremos seguir exterminándolas.
Umslopogaas siguió avanzando tan rápido como le era posible, hasta que los soldados halakazis no pudieron menos que advertir la presencia del enemigo.
Uno de ellos descargó un fuerte mazazo sobre el cuerpo sin vida del guerrero que Umslopogaas se había colocado en la espalda, mientras otro le atravesaba con tanta furia con la lanza que la punta de ésta llegó a rozar la piel de Umslopogaas.
Al mismo tiempo exclamaron:
—¡Toma! ¡Recibe este golpe! ¡Y éste, y este otro más!
Umslopogaas dejó escapar un gruñido, como el que brota de la garganta de un moribundo, y se quedó inmóvil.
—Éste ya no regresará más a Zululand —comentó uno de los halakazis—. Busquemos algunas piedras para obstruir el túnel, porque no creo que ningún otro perro zulú se atreva a arriesgarse a llegar hasta aquí.
Los otros compañeros se dieron la vuelta para buscar las piedras necesarias. Éste era el momento que tanto había ansiado Umslopogaas. Con un movimiento rápido se desprendió del cadáver de su guerrero y se puso en pie de un salto.
Al oír el ruido consiguiente los halakazis se dieron la vuelta, pero no habían acabado de hacerlo cuando ya uno de ellos rodó sin vida por el suelo, con el cráneo aplastado por el formidable hachazo que recibió.
Umslopogaas dio otro salto formidable y se refugió detrás de una roca de considerables dimensiones.
—¡No podéis deshaceros con tanta facilidad de una rata zulú! —gritó a sus sorprendidos enemigos. Después comenzó a distribuir hachazos en todas direcciones, sin que los halakazis pudiesen contestar al ataque, porque había sido tan sorpresivo que todavía no habían reaccionado. Sin embargo uno de ellos alcanzó a herir a Umslopogaas en el cuello y otro le golpeó en la espalda con su maza.
Pero Galazi, el Lobo, llegó en ese momento para secundar a Umslopogaas y los dos pudieron hacer frente a sus enemigos, a los que no tardaron en dejar tendidos a sus pies. Después, poco a poco, comenzaron a surgir del túnel las cabezas adornadas con plumas de los guerreros del Pueblo del Hacha, que no tardaron en ayudar a su jefe a desembarazarse de los últimos enemigos que quedaban.
Algunos pocos halakazis pudieron huir, abandonando la defensa del túnel, de manera que al atardecer ya todos los guerreros que constituían el ejército de Umslopogaas se encontraban en el corazón de la mole de piedra, donde los halakazis habían levantado sus moradas.