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Tom Hemingway estaba en su modesto apartamento cerca del Capitolio. Se había quitado el traje y se había puesto unos pantalones cortos, una camiseta e iba descalzo. Aunque era muy tarde no estaba cansado.

De hecho, la adrenalina le corría por las venas. Acababa de enterarse de la noticia: Patrick Johnson estaba muerto. Hemingway no sentía ningún remordimiento. Johnson se había buscado ese final. Pero alguien había sido testigo del asesinato y había escapado. Y eso podía cambiarlo todo.

Fue a su dormitorio, abrió una caja fuerte oculta en el suelo, extrajo una carpeta y luego se sentó a la mesa de la cocina. La carpeta contenía fotografías de más de dos docenas de hombres y una mujer. Todos eran musulmanes.

Las autoridades los clasificarían como enemigos de EE. UU. Lograr reunir esas personas había insumido dos años de la vida de Tom Hemingway. Y para los miembros del grupo que habían cometido algún delito, Hemingway había conseguido un milagro: hacer que dieran por muertos a los vivos.

El padre de Hemingway, el honorable Franklin T. Hemingway, había sido un estadista, cuando esa palabra todavía tenía cierto significado.

Había ido subiendo de categoría hasta ser nombrado embajador en algunos de los países que suponían un mayor desafío diplomático. Antes de su muerte prematura se le había aclamado como uno de los mayores conciliadores de su generación, un funcionario dedicado y honrado.

Tom Hemingway acabó asumiendo la muerte violenta de su padre; sin embargo, sabía que era algo que no superaría, ni debía. Había querido y respetado a su padre, aprendiendo cortesía y compasión gracias a su ejemplo. A diferencia de muchos otros embajadores que «compraban» el cargo con grandes campañas de donativos y que nunca se preocupaban de aprender bien el idioma y la cultura del país al que los enviaban, Franklin Hemingway se sumergía de lleno, junto con su familia, en la lengua y la historia de la tierra a la que lo enviaban. Así pues, Tom Hemingway comprendía y apreciaba mucho mejor que prácticamente cualquier otro norteamericano el mundo islámico y asiático.

No obstante, Tom no había seguido los pasos de su padre porque consideraba que no tenía el temperamento adecuado para la carrera diplomática. Se había decantado por el mundo del espionaje: empezó en la Agencia de Seguridad Nacional antes de pasar a la CIA e ir ascendiendo. Le parecía una profesión importante e incluso honorable y se había dedicado a ella con la ética profesional que su padre le había inculcado.

Se convirtió en un extraordinario agente sobre el terreno, destinado a algunos de los puntos más conflictivos del mundo. Había sobrevivido a varios intentos de asesinato, a veces por los pelos. Él, a su vez, había matado en nombre de su gobierno. Ayudaba a orquestar golpes de Estado que derrocaban a gobiernos elegidos democráticamente, y también supervisaba operaciones que creaban inestabilidad en frágiles países del Tercer Mundo, porque se consideraba la mejor manera de promover un ambiente beneficioso para EE. UU. Había hecho todo lo que le habían pedido y más.

Pero, en última instancia, había sido en vano. El valioso trabajo realizado era una farsa, alimentado más por intereses empresariales que nacionales, y lo único que conseguía era empeorar una situación ya de por sí mala.

El mundo estaba más próximo a la destrucción que nunca y Tom Hemingway lo sabía con conocimiento de causa.

Había muchas razones, empezando por la escasez crítica de agua, petróleo, gas, acero, carbón y otros recursos naturales. Los países ricos como EE. UU., Japón y China se llevaban la mejor parte de esas preciadas materias primas y no dejaban más que migajas a las naciones más pobres. Pero era algo más que el asunto históricamente complejo de los ricos y los pobres. Era una cuestión fundamental de ignorancia e intolerancia.

Hemingway siempre había considerado que la ignorancia y la intolerancia eran como las comas, porque suelen presentarse a pares, y casi nunca se encontraba una, la ignorancia, sin su gemela malvada, la intolerancia.

A los cuarenta años el padre de Hemingway había ayudado a alcanzar la paz en países que sólo habían conocido la guerra. A la misma edad, su hijo había ayudado a entorpecer la paz en países de todo el mundo, por lo que buena parte del mismo estaba sumido en el caos. Teniendo en cuenta quién era su progenitor, había sido una constatación devastadora.

Entonces se había parado a analizar sus opciones y poco a poco había urdido un plan.

Muchas personas habrían visto lo que intentaba y le habrían tachado de ingenuo incorregible. Habrían argüido que así no funcionaba el mundo. «Estás condenado al fracaso», habrían sentenciado. Y no obstante eran las mismas personas que habían cometido atrocidades en ciertos países con el pretexto de ayudar. Cometían esos crímenes por motivos tan burdos como el dinero y el poder y esperaban salirse con la suya sin que los perjudicados les exigiesen cuentas. ¿Quién era el ingenuo?, pensaba Hemingway.

Su profesión oficial le había permitido cruzar Oriente Medio a lo largo de los últimos años. Durante esa época fue uniendo las piezas de su rompecabezas, reuniéndose con personas cuya ayuda necesitaba. Encontró escépticos en abundancia, pero entonces un hombre, alguien a quien respetaba y que había sido amigo de su padre, aceptó ayudarle.

El hombre no sólo le proporcionó contactos sino también los fondos necesarios para planear una operación compleja. Hemingway no creyó ni por un momento que ese hombre carecía de motivos personales para actuar de ese modo. Sin embargo, Tom Hemingway, un norteamericano de pura cepa, por muchos contactos que tuviera y por mucho que conociera el idioma y la cultura de la región nunca habría conseguido algo tan monumental por sí solo. Y aunque quizá padeciera cierto idealismo rayano en la ingenuidad, era sumamente realista acerca de la mejor manera de poner en práctica su plan.

A menudo deseaba que su padre siguiera vivo para poder pedirle consejo. Sin embargo, sabía lo que Franklin Hemingway le habría dicho: «Está mal. No lo hagas». Pero él iba a hacerlo.

¿Y cuál era su verdadera motivación? Hemingway se había formulado esa pregunta a menudo a lo largo del proceso. Había encontrado distintas respuestas según el día. Al final había llegado a la conclusión de que no lo hacía por su país y tampoco por Oriente Medio. Lo hacía por un planeta al que se le estaban agotando las segundas oportunidades.

Y quizá también como homenaje a un padre que fue un hombre de paz pero murió de forma violenta, porque la gente se negaba a entenderse mutuamente.

Tal vez fuera sencillo y complejo a la vez.