Las máquinas del tiempo
Las I doble E siguieron funcionando hasta el fin. Cuando el enemigo estaba a punto de copar un terminal, éste era evacuado y sus instrumentos destruidos. Todas las seccionales de la Secreta se encontraban instaladas en sistemas subterráneos tan sólidamente edificados que no resultaba posible derrumbarlos por completo mediante explosivos convencionales. Habrían sido necesarias armas temponucleares, que los tecnócratas no estaban dispuestos a usar. Así, cuando rusos o sorias ocupaban una ciudad, la sección local de las I doble E, luego de inutilizar en lo posible a las computadoras, equipos y archivos de las cavernas blindadas, tapaban todos los accesos mediante grandes planchas de acero y plomo, derrumbando luego miles de toneladas de rocas sobre los laberintos periféricos. Pero adentro, donde fue el Comando Central excavado en las profundidades, aún quedaban huecos ciclópeos; allí, alguien —si hubiese podido llegar por arte de magia y encender una luz— habría visto un caos de escombros, máquinas descompuestas, plásticos destripados a zarpazos y hierros retorcidos. Parecían tumbas egipcias visitadas por saqueadores; las momias, semiquemadas y llenas de golpes, eran los enormes cerebros electrónicos y los servomecanismos parlantes, descompuestos para siempre.
En uno cualquiera de esos lugares, en el sitio destinado a los Archivos, ahora había montañas de papeles ardidos y cenizas, que pesaban cientos de kilos. Ya no podían encontrarse oficinistas, pero sí hojas de papel cementadas —por la explosión— contra combados blindajes, sillas de plástico semifundidas, fragmentos de escaleras, cubículos de trabajo (antes encristalados y luego sólo sus armazones como bajo prensa).
Pero lo más extraordinario era el aspecto que tenían aquellas gigantescas ruedas que fueron las I doble E, dispersas por toda la Tecnocracia Septentrional. Las explosiones en sus centros borraron a éstos, propagando las ondas expansivas por los espaciosos rayos de los corredores, respetando no obstante cierta vaga forma general. Por otro lado, si bien los estallidos no pudieron propagar presión suficiente como para derrumbarlo todo, sí lograron en cambio dilatar algo lo que serían las «llantas» de las ruedas; las fenomenales detonaciones desplazaron casi un metro los millones de toneladas de rocas que las rodeaban más allá de los blindajes.
Siempre ocurre que un estampido monstruoso está lleno de milagros. Todavía quedaban (resguardados en inaccesibles sitios) kilos de películas intactas, cintas magnéticas, circuitos aún aprovechables, datos y memorias electrónicas. Había inventos que nunca funcionaron por falta de oportunidad, planes alocados para producir, proteger o matar. Robots complicados y maravillosos, que para moverse y hablar sólo necesitaban un insignificante suministro de energía. Armas increíbles a las cuales únicamente les faltaba una pequeña pieza. Secretos incontables, recuerdos, objetos misteriosos encontrados excavando en los terrenos donde se asentaron viejas civilizaciones y de los cuales ni los mismos tecnócratas pudieron averiguar su uso o función. Había máquinas protectoras, análogas a las babilónicas, fabricadas por los hombres de Instrumentos Especiales del Estado, y que aún funcionaban. Continuarían así, protegiendo esas ruinas durante miles de años, hasta que fuesen reemplazadas por otras, inactivas en ese momento, y que también serían sustituidas cuando correspondiera.
Otras cosas, en cambio, habían sufrido la destrucción total o bien de un porcentaje tan elevado de ellas, que resultaban irreconocibles. De los sistemas de trencitos para transportar objetos y expedientes por los largos, altos y anchos pasillos que constituyeron los ejes de las ruedas, en general sólo quedaban los rieles. En todo caso y cada tanto, aparecía una masa retorcida. Por el contrario, de los complejos autónomos productores de energía no quedaban ni restos. En cuanto a los cerebros electrónicos más grandes, los que servían de paso entre las I doble E de cada ciudad y las Máquinas Centrales de la misma —en cuanto a aquellas filas y filas de colosos de Rodas electromagnéticos—, yacían desmadejados por los suelos, fundidos en partes, con todos los circuitos quemados.
Las abandonadas secciones regionales que Instrumentos poseía en la Tecnocracia Septentrional, quedaban así como inaccesibles máquinas del tiempo proyectadas hacia el futuro. Quizá algún habitante del mañana tuviera acceso a una de ellas mediante perforaciones o un movimiento tectónico que produjese una grieta lo bastante honda como para tocarla. Esta posibilidad era muy apetecida por los innumerables secretos tecnológicos y políticos que permanecían sepultados.
Tanto sorias como rusos, llenos de furia, vieron cómo los tecnócratas les habían jugado con esto una mala pasada, pues por desconocer los lugares exactos de los emplazamientos subterráneos se habrían visto forzados a acribillar kilómetros cuadrados con perforaciones profundas, difíciles de efectuar, costosísimas. Los forros de plomo, por su parte, se encargaban de imposibilitar todo tipo de averiguación astral.
Los tecnócratas, en realidad, podrían haber aniquilado todo si se hubiesen empeñado. Tal vez su falta de eficiencia destructiva, su dejar algunos cabos sueltos como pistas conductoras hasta lo que ellos habían sido en realidad, se debió a un esperanzado anhelo, no en todos los casos consciente, de que el rompecabezas volviera a ser armado otra vez por alguien a partir de unas pocas piezas dispersas.