Padecimiento invernal e investigación
Habían pasado algunos meses desde que los excéntricos de la Monitoria de Minerales Raros hicieron detonar los cincuenta megatones en el desierto. Precisamente en la misma Monitoria, en uno de sus corredores encristalados del vigésimo segundo piso; mientras afuera el sol que desaparecía volvía rojos algunos vidrios de las ventanas, un funcionario de ínfima jerarquía y vestido de manera estrafalaria, le decía al Infravicesubsecretario:
—Según el Monitor, debido a las desastrosas cosechas, durante este invierno mermarán las provisiones. Ahora digo yo: «merman» suena parecido a la palabra «mermelada». O sea: que algo de comida es, él merman. ¿No sería factible algún procedimiento por medio del cual se le extrajese la mermelada al merman?
El Infravicesubsecretario, el profesor señor doctor Simún Gedeón Galeón —para sus amigos «Zeque»—, aburrido aunque con algo de interés, contestó:
—Por el momento no poseemos la tecnología necesaria.
Su leve interés dentro de la falta general del mismo, no se refería concretamente a la pregunta del otro que, para el profesor e Infravice, era menos que un asqueante despojo. Tenía más bien relación con un chiste que se le ocurrió hacer a costillas del otro. ¡Lo que se reirían esa noche, él y sus amigos, con el asunto de la mermelada del merman!
Ahora bien, este encumbrado jerarca, pese a encontrar tan ridículos a los demás, habría sido perfectamente capaz de declarar ante los periodistas —si la Tecnocracia hubiese constituido un Gobierno que admitiera Funcionarios que lanzaran tales declaraciones—, algo como la siguiente maravilla: «Son gente que, con toda evidencia, trata de lograr aquí, allá y acullá, microclimas de violencia para distorsionar el desarrollo pacífico de nuestra democracia totalitaria. Personas que tratan de echar arena a las máquinas aceitadas de la Tecnocracia. Todo este ambiente artificial de perturbación proviene, no lo duden ustedes señores periodistas, de las conocidas fuentes que desgastan el desarrollo…». Etc.
Habría sido muy capaz, repito. Y si jamás lo dijo no fue por falta de ganas o porque careciese de capacidad para elaborar frases vacías, sino debido al hecho de que si en la Tecnocracia un funcionario largaba una gansada como ésta, más propia de Protelia o de Soria, el Monitor (o el Kratos de las Lenguas) lo cazaba de un párpado y, como a chicharra, de un ala lo iba conduciendo a patadas en el culastro hasta la frontera con cualquiera de esos países.
Pese a ello —así de raro es el hombre—, no siempre obraba como un ser abominable. Sentía por los pájaros un amor que nadie podría haberle sospechado. Quizá, pese a estar loco, intuía la importancia biológica, estética y mágica que estos seres tienen para el hombre. Así, pues, se propuso estudiar las fuerzas dinámicas y los equilibrios energéticos, que en el planeta tenían lugar gracias a las aves. Zeque llegó a ser un verdadero sabio, y un archivo de mecanismos naturales y datos sobre la cuestión. Curiosamente, tal asunto no despertaba el más mínimo interés en la Monitoria ni tenía el apoyo del Kratos; cosa muy rara y que sorprendía doblemente si se tiene en cuenta que, otros proyectos descabellados del profesor —como el de bombardear Soria con obeliscos de hielo voladores que transportasen gases nerviosos— llamaron mucho la atención y ocuparon miles de horas-hombre, papel de planos, e hicieron trabajar a dibujantes, calculistas y máquinas electrónicas durante meses. Vale decir: toda tarea irrealizable era bienvenida en Metales Raros, siendo la no factibilidad el único requisito a cumplir.
Pese a ello y a sí mismo, el profesor señor doctor Simón Gedeón Galeón, alias «Zeque», predicaba en el desierto de los pasillos y los laboratorios ante quienes se prestasen a oírlo:
—El vencejo (Cypselus apus), es un gran insectívoro. Por favor no ponga esa cara y escuche. Cierta noche, al volver a sus nidos, fueron muertos diez de ellos. Dentro de sus estómagos se encontraron 5430 insectos en cada uno[111]. Como este animalito permanece en Eurisberia aproximadamente siete meses, y siendo él muy abundante en este continente, con que sólo haya 2 000 000 de animales de tal especie, encontramos que comen 10 880 000 000 de insectos por día; o sea que, por temporada, eliminan de toda Eurisberia 2 280 600 000 000 de insectos, que pesan unos 490 000 kilos; vale decir: casi 500 toneladas de insectos por temporada.
Uno de sus oyentes lo interpeló con algo de irritación:
—Ahora, ¿me quiere decir una cosa, profesor Zeque?
—Dígole.
—¿Para qué o con qué sentido realiza usted todos estos cálculos al pedo?
—No son al pedo. Es solamente a través de las cifras que nos damos cuenta de los fenomenales dispositivos biológicos de la naturaleza. Al pensar en toneladas, por lo general traducimos en términos de lingotes de acero por año, o en toneladas de carbón. Pero si de pronto «vemos» a un animal tan chiquitito como es un pájaro y empezamos a comprender que, por año, la cantidad de insectos comidos por todas las aves insectívoras del mundo ascienden a miles de toneladas, recién ahí observamos con claridad las máquinas gigantescas de equilibrio de la naturaleza para mantener la vida sobre la Tierra.
—Sí sí sí sí sí. Pero lo que yo quisiera saber es cómo marchan las investigaciones para extraer cobalto y magnesio de los abedules.
Zeque, lamentablemente, necesitaba poco estímulo para desbarrar. Bastaba darle un empujoncito. Abandonaba un camino, lúcido y exacto, para tomar por el opuesto, con la más olímpica esquizofrenia. Después de un análisis lógico y digno de ser tenido en cuenta, gracias a la influencia directa de sus colaboradores inmediatos —gente que quedó encerrada en la heladera cuando era chica—, podía llegar a decir cosas como la siguiente:
—Si el colegio tiene 1300 alumnos, eso quiere decir que tiene 13 multiplicado por 100 alumnos cuadrados; o, lo que es lo mismo, 13 por 10 por 10 alumnos cúbicos.
Colaborador:
—Notable, notable.
—¿Qué cosa es notable? —preguntó Zeque con curiosidad.
Colaborador, con ojos aterciopelados y mente en blanco:
—Notable conclusión.
Sin sentido, orden ni unidad temática, el profesor enganchó con su tema favorito, pero ahora sí tomando para el lado de la patafísica de los tomates:
—Seguro. Aparte de que si logramos industrializar las cacas de pájaros por algún procedimiento moderno —tal vez abarajándolas en el aire mismo—, es posible que logremos disminuir el padecimiento invernal que auguró nuestro Monitor) aumentando en algo la parte comestible del merman.
Por lo visto, Zeque, quien se había burlado sin piedad de su infortunado ayudante cuando éste le habló de la mermelada del merman, no sólo había terminado creyendo en la factibilidad del procedimiento, sino que además no tuvo inconveniente alguno en plagiárselo.
El profesor señor doctor Simón Gedeón Galeón Iseka fue, además, el responsable de que el Gobierno declarase a la mierda humana como de Interés Nacional. La Monitoria de Minerales Raros la incluyó en el rubro de los materiales estratégicos. Todo el proyecto fue puesto en manos de Zeque. Según parece, los científicos de su equipo sostenían que los excrementos contenían (y contienen) vestigios de minerales rarísimos, que se precisaban para las aleaciones resistentes a altas temperaturas, indispensables para la fabricación de naves aéreas. Se veía a este grupo de espeleólogos de la bosta, efectuar patrullajes por las cloacas, munidos de pértigas, pescando cacas como si fuesen truchas.
Pero éstas no eran en modo alguno las únicas investigaciones. Basados en las novelas de H. R. Haggard buscaban las minas del Rey Salomón, las cavernas de Kor y la Reina Blanca; o bien, por influencia del drama de Hebbel, trataban de encontrar el tesoro de los Nibelungos dragando los ríos o, cuanto menos, descubrir el Tarnhelm o yelmo de la invisibilidad.
Y sin embargo, todas estas locuras no eran lo malo. Al contrario: en cierto sentido eran sus partes buenas y positivas. Lo terrible, el horror, sólo comenzaba allí donde esa capacidad para la búsqueda patafísica se transformaba en techo, en tope, actuando como cerrojo e impidiéndoles acceder a mayores alturas. Ello les brindaba una peligrosa capacidad para transformarse en sorias en el momento menos pensado, aunque de momento estuvieran ataviados con la galanura del delirio. Así como la metafísica es «lo que está más allá de la física», la patafísica ha sido definida como «lo que se encuentra más allá de la metafísica». Todo el accionar del patafísico tiene características de «cosa en sí»; desprovistos de referencias exteriores, actúan sin que los afecte ninguna esperanza ni estímulo externos. Ahora bien, de la misma forma en que los bolches tienen sus padecimientos (desviaciones de derecha e izquierda) y demás enfermedades infantiles detectadas por Lenin con su diabólica lucidez, de parecida manera los tecnócratas tenían la enfermedad infantil de la patafísica (la trascendencia sin trascendencia) y lo peor era que no sabían cómo sacársela de encima. Tal avería perniciosa —por muy simpáticos y seductores que pudieran parecer aquellos eufóricos falsarios—, bien podía llegar a costarles muy cara. El Kratos de las Lenguas lo intuía, pero sólo a medias.