Joe Knox había desaparecido bajo un montón de escombros después de que la detonación de una carga de explosivos a quince metros de distancia derrumbase la pared que tenía al lado. Los demás enseguida empezaron a excavar para sacarlo. Stone estaba arrodillado quitando los trozos de escombro que rodeaban a su amigo. Tenía dedos y brazos ensangrentados, el sudor le escocía los ojos, trabajaba frenéticamente en la oscuridad para sacar a Knox. Por fin, tocó un cuerpo con los dedos. En dos minutos le habían desenterrado por completo.
Knox respiraba, pero estaba inconsciente.
Stone se dispuso a levantarlo.
—Déjame a mí —dijo Finn.
Levantó a Knox, que pesaba noventa kilos, y se lo colocó sobre el hombro.
—La única salida que queda es hacia arriba, Harry —explicó Stone.
Finn, con expresión adusta, asintió con la cabeza.
—Te seguimos.
Stone cogió el trozo de cuerda de la mochila de Knox, el que este había utilizado para rescatar a Caleb del depósito de lodo. Cada uno se enrolló la cuerda en la cintura y la pasó después al siguiente.
—En marcha —dijo Stone.
Rezó por que Friedman no hubiese averiguado la tercera salida de la Montaña Asesina, como había hecho él todos esos años atrás. Guio al grupo por el vestíbulo principal y continuaron por el otro extremo. Se detuvieron delante de lo que parecía una imponente pared de metal, y Stone recorrió la superficie con los dedos. Era fría al tacto, todavía resistente, parecía impenetrable. Los remaches subían por un lado del panel y bajaban por el otro. Una nueva explosión sacudió el edificio. Polvo y cascotes del endeble techo cayeron sobre ellos.
Stone presionó en un punto y la pared cedió. Deslizó el metal para apartarlo y apareció un conjunto de escalones tallados en la roca. Pasaron por la abertura y subieron.
Stone se preguntó cuánto tiempo tardarían las autoridades en darse cuenta de lo que estaba sucediendo. Algún lugareño informaría de las explosiones. La información se pasaría a la oficina del sheriff o al departamento de policía que hubiese en la zona. Enviarían a alguien, probablemente a un solo agente que no tendría ni idea de a qué tenían que enfrentarse ellos. Haría algunas llamadas de teléfono. En algún momento, después de un largo intervalo, la CIA se enteraría y enviaría un equipo a lo loco.
Pero ¿qué encontraría ese equipo?
Encontraría exactamente lo que Friedman quería que encontrase. Cachas rusos muertos, probablemente vinculados a los cárteles de la droga. Y un laboratorio dedicado a la investigación de los nanobots en el complejo que la CIA había utilizado en el pasado para adiestrar a sus asesinos. Eso es lo que llegaría a los canales de noticias nacionales e internacionales como si de un proyectil nuclear se tratase.
«Y nos encontrarán —pensó Stone—. Nos encontrarán muertos».
Pero ¿cómo iba a conseguir Friedman esta última parte? Las explosiones podrían dejarlos atrapados en el interior del complejo, pero era posible que sobreviviesen hasta que llegasen los equipos de rescate. Tenían algo de comida y un poco de agua. Quizás hubiese víveres que podrían utilizar.
«Ha tenido que pensar en eso. Tiene que haber algo más».
Siguieron avanzando. Cuando Finn se cansó, Stone cargó a Knox sobre su hombro y lo llevó todo el tiempo que pudo. Después se turnó con Finn. Pero, como la ruta que seguían era ascendente, cada vez resultaba más difícil cargarlo. A pesar de todo siguieron avanzando.
Con cada detonación caían trozos de roca, pues estaban en zonas del complejo que no se habían construido, zonas donde no se había tocado la montaña.
—¿Hacia dónde nos dirigimos? —preguntó Annabelle jadeando.
Stone señaló hacia arriba.
—No falta mucho.
—¿Está en la cima de la montaña?
—Cerca.
—¿Hay un camino que baje?
Stone no contestó enseguida. Había utilizado esa salida anteriormente, la había encontrado por casualidad una noche en que no podía conciliar el sueño, pero nunca había descendido la montaña. Se había limitado a contemplar las estrellas, a disfrutar de unos momentos de paz antes de regresar y seguir una vez más con la instrucción. De manera que no sabía si había un camino de bajada, pero tenía que haberlo. Encontraría un camino.
Miró hacia atrás a Finn, que cargaba con Knox. A Caleb, que se sujetaba el hombro herido. A Annabelle, que estaba muerta de cansancio. Sintió que las piernas le temblaban a causa del gran esfuerzo.
—Encontraremos un camino, Annabelle —dijo—. Y además estar en el exterior de la montaña es mejor que estar dentro.
Ascendieron otros treinta metros. Cada vez que se encontraban con un cruce de túneles, Stone tenía que detenerse y pensar cuál era el correcto. Se equivocó dos veces. La tercera vez se adelantó solo hasta que estuvo seguro del camino y entonces regresó para recoger a los demás.
—Knox no está muy bien —le dijo Finn con voz queda.
Stone se arrodilló al lado del herido y le iluminó el rostro con la linterna. Estaba gris, sudoroso, pero frío al tacto. Suavemente, le levantó uno de los párpados y enfocó el ojo con la linterna. Soltó el párpado y se levantó.
A Knox no le quedaba mucho tiempo de vida.
—Vamos.
—¿Es mi imaginación o cada vez resulta más difícil respirar? No pensaba que las montañas de Virginia fueran tan altas —dijo Chapman.
—No lo son —repuso Stone. Respiró hondo y, antes de que el aire le llenase los pulmones, el oxígeno se agotó.
Ahora Stone ya tenía la respuesta. Friedman iba a asfixiarlos. Más abajo se oía el ruido de máquinas en funcionamiento.
—Ventiladores —añadió—. Para sacar el aire.
Tomó otra bocanada de aire y las facciones se le paralizaron de forma involuntaria.
Finn le miró.
—Y ha añadido algo al aire que no desaparece. Algo que no necesitamos en los pulmones. Aparte de todo el humo y la porquería de las explosiones.
—Deprisa —apremió Stone—. Por aquí.
Otros quince metros de senderos rocosos como grandes peldaños hechos de piedra. Eran irregulares, demasiado anchos en algunos lugares, muy estrechos en otros.
Stone miró a Finn. Sabía que su amigo tenía una fuerza poco común y la resistencia casi infinita del SEAL de la Armada que había sido, pero funcionaba con aproximadamente la mitad del oxígeno necesario y la situación empeoraba por momentos.
Annabelle rodeaba a Caleb con el brazo, ayudándole a ascender por el sendero, pero Caleb se cansaba con rapidez. No tenía la resistencia ni el aguante de los demás.
Al final, se detuvo y se sentó, resoplaba con desesperación.
—Mar… marchaos. De… dejadme. No puedo …
Stone se dio media vuelta, pasó el brazo por debajo del hombro sano de Caleb y lo puso en pie. Caleb hizo una mueca de dolor.
—No vamos a dejar a nadie atrás —dijo—. O nos quedamos todos aquí o seguimos todos.
Continuaron avanzando con esfuerzo.
Annabelle fue la primera que la vio.
—¡Luz! —exclamó.
Corrieron hacia delante, animados porque quizá fuese el final de su viaje.
Se trataba de una hendidura natural en la cima de la montaña que décadas atrás Stone había agrandado para después cubrirla con materiales que había subido a hurtadillas del complejo. Los rayos de luz no engañaban. Fuera amanecía. A Stone le resultaba difícil creer que habían pasado varias horas en el interior de la montaña.
Alcanzaron la veta de luz. Stone se abrió camino entre el contrachapado y las placas de metal desplazadas que había colocado allí años atrás. La veta de luz se transformó en una abertura de unos treinta centímetros. Finn dejó a Knox en el suelo y ayudó. Treinta centímetros se convirtieron en un metro. Mucho más abajo oyeron una explosión, pero ahora ya habían salido de la montaña.
No obstante, Stone les pidió cautela.
—Estad preparados. Yo iré delante.
Todos se pusieron tensos. Finn cogió a Knox y desenfundó su arma. Chapman tenía la Walther en una mano y lo que parecía un cuchillo para lanzar en la otra. Annabelle sujetaba a Caleb, que estaba de pie, medio muerto tras la larga ascensión.
Stone dio un paso hacia delante, tropezó y a punto estuvo de caerse de rodillas. Miró hacia abajo.
—¡Mierda!
No se había tropezado a causa del irregular terreno. Habían extendido un cable entre los lados rocosos de la abertura. Miró hacia la derecha. Encajado en una grieta estaba el último explosivo. Tenía un temporizador. Quedaban cinco segundos.
—¡Retroceded! —gritó Stone mientras se lanzaba hacia la bomba. En ese mismo instante Chapman se precipitó hacia delante.
Annabelle gritó. Caleb gimió. Finn se tambaleó hacia atrás bajo el peso de Joe Knox.
Stone echó un vistazo a la agente del MI6. Ella no le miraba. Miraba fijamente la bomba, la mandíbula tensa, los brazos levantados. Se afianzó en el suelo de roca y se lanzó por delante de él.
—¡No, Mary! —gritó Stone.
El temporizador marcó el uno.